<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906</id><updated>2011-12-14T19:11:26.432-08:00</updated><title type='text'>Lecturas Peligrosas</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>41</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115528474741039766</id><published>2006-05-30T01:23:00.000-07:00</published><updated>2006-08-11T08:43:29.513-07:00</updated><title type='text'>Alvaro Abos -Libros que muerden-</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000066;"&gt;&lt;strong&gt;Libros que muerden&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Alvaro Abos&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para algunos, leer es siempre bueno. Muchos niños han sido martirizados con esta ideología que adjudica a la lectura un poder civilizador a veces casi mágico. "Nene, tenés que leer, si no, nunca serás nada en la vida", amenaza el estereotipo de la madre imbuida de esta religión del libro, mientras zarandea a un infante quizá más interesado en otras actividades como, por ejemplo, jugar a la pelota en la vereda. La sabiduría popular porteña ha expresado la misma idea en el siguiente imperativo: "¡Garrá lo libro, que no muerden!".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Es esto cierto? A mi entender los libros muerden, y cómo. No creo en la lectura como panacea civilizatoria, ni en los libros como fetiches culturales infalibles. Ha habido y hay personas que leían mucho y que no por ello fueron ejemplo de nada. Ni el libro es, de por sí, sinónimo de cultura (hay muchos libros que son auténtica basura) ni el leer es un pasaporte seguro a la sabiduría o a la madurez. Ni a la inteligencia. Decía Chesterton que en el así llamado "mundo de la cultura" encontraba muchas personas que eran incapaces de pensar nada que no fuera banal: veneraban la inteligencia, pero no la practicaban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El mismo universo libresco brinda ejemplos de las consecuencias perniciosas que puede acarrear el libro: mientras que a Don Quijote tanto leer lo volvió loco, a madame Bovary la indigestión de lectura la llevó al adulterio y al suicidio. Leer esos folletos antisemitas que circulaban por Europa pudrió el cerebro de Hitler, mientras que al peruano Abimael Guzmán un cóctel de Mariátegui, Lenin y Mao lo llevó a perderse en un Sendero poco Luminoso, con las consecuencias conocidas. Por supuesto que admitir los peligros del libro no impide reconocer sus virtudes. Saber que algunos mueren por amor (y, mucho peor, otros matan) no ha de llevarnos a abominar del amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para escribir hay que leer, pero no basta leer para escribir bien, ni siquiera para escribir, simplemente. Un escritor no se concibe sin biblioteca y hay muchos escritores, empezando por Borges, que son auténticos escritores-biblioteca, aunque debido a la ceguera Borges, que leyó mucho de joven, no leyó de viejo, o sólo leyó lo que alguien le leía. ¿Puede existir un gran escritor que no lea? Sí, hay escritores que escribieron sin leer, algunos porque no podían y otros porque no querían, o porque no lo necesitaban. Antonio Gramsci (1891-1937) era un escritor y político antifascista que, detenido por Mussolini, pasó once años encerrado en reclusión solitaria, hasta su muerte, construyendo una enorme obra teórica y ensayística contando apenas con los libros que le enviaba su familia y que conseguían burlar la censura de los guardianes o los que le proveía la biblioteca de la cárcel. Aquel hombre casi lisiado, agobiado por terribles dolores y por la soledad del ergástulo, no escribió los géneros típicos de la literatura carcelaria, poemas (como Oscar Wilde en la cárcel de Reading) o autobiografía (como el general José María Paz), para los que basta la inspiración o el recuerdo, sino ensayos eruditos sobre la historia cultural de Italia. ¿Cómo suplía la falta de fuentes? Con su prodigiosa memoria e imaginación, que también es una forma del conocimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En 1943 se publicó en Buenos Aires un modesto volumen de poemas breves y aforismos titulado Voces. El autor era un ex tipógrafo y carpintero, un inmigrante calabrés que se llamó Antonio Porchia (1886-1968). Parecía el típico aficionado que pergeña versos de domingo, motivo por el cual en principio no fue tomado en cuenta casi por nadie. Cuando Roger Callois, y luego André Breton y René Char, y luego Raymond Queneau y Henry Miller y Octavio Paz y, finalmente, hasta Borges (que lo comparó con Novalis y La Rochefoucauld) reconocieron el valor literario de las Voces, quienes frecuentaban a Porchia en su casa pobretona de Vicente López no podían creer la escasez de su biblioteca. Esa poesía había surgido no de una cultura literaria vasta, como todo hubiera hecho pensar, sino de muy pocos libros, o de otra cosa, misteriosa o innombrable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Podrá suponerse que esta nota es una denigración del libro y la lectura, postura sin duda inoportuna en estos días en los cuales todo es celebrar al libro como a un dios absoluto. Mi propia experiencia desmiente esa suposición. Llevo ya más de medio siglo leyendo, desde que mi hermana mayor me enseñó a hacerlo, antes de ingresar en el primer grado inferior, quizá porque me vio flojo para aprender a la par de los demás chicos. Y así me aficioné y la afición se convirtió en vicio, y luego en condena y en salvación, en regla de vida y en moralidad. Tengo la suerte de vivir de lo que escribo -es decir, de lo que leo- por lo que soy como una ninfómana que trabajara de prostituta. Sin embargo, a veces envidio a los lectores vírgenes que aún tienen mucho territorio por conquistar, para los cuales Kafka, Pessoa o Borges pueden ser, aún, un descubrimiento. Así como los niños lloran cuando cae el telón sobre las peripecias de los títeres que los han fascinado, a veces, cuando el agobio de la lectura profesional me borra el entusiasmo de leer, me pregunto con melancolía: ¿dónde está aquella voracidad? Esa voracidad la veo en los jóvenes de hoy, tantas veces acusados de preferir las pantallas electrónicas a la letra impresa, pero que, entrenados como están en la velocidad cibernética, son lectores alucinantes. No todos, por supuesto, pero tampoco antes, en nuestra juventud, éramos todos grandes lectores. Pronto, nuevos desafíos borran ese desánimo y resurge la pasión de leer (¿de conocer?), ese rayo que no cesa...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;César Bruto, mi maestro, tenía una regla de vida: "Menos trabajo y más osio". Parafraseándolo, yo me recomiendo a mí mismo (con esa duplicidad del ex libertino que predica moderación): menos libros, pero mejor leídos y mejor asimilados.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115528474741039766?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115528474741039766'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115528474741039766'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2006/05/alvaro-abos-libros-que-muerden.html' title='Alvaro Abos -Libros que muerden-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115530870881431451</id><published>2006-05-27T08:03:00.000-07:00</published><updated>2006-08-11T08:44:44.420-07:00</updated><title type='text'>Luis Beltrán Almería -Canon y utopía-</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000066;"&gt;Canon y utopía.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;color:#000000;"&gt;Luis Beltrán Almería&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;No parece haber un dominio común a los conceptos de canon y utopía. Al menos, la crítica actual no lo ha encontrado ni necesitado. Quizá, por eso, sea conveniente explicar que, ante todo, me interesa esa oposición radical, esa provocación que parecen suscitarse ambas ideas. Canon es sinónimo de conservadurismo, es la herencia del pasado, la autoridad y el autoritarismo. Utopía es sinónimo de radicalismo, es la esperanza en el futuro, la crítica y el criticismo. Un tema, el canon, es hoy omnipresente en la crítica literaria americana (no así en la europea). El otro, la utopía, es hoy un tema ausente de la crítica literaria de Europa y América. Bien podría decir que la única imagen que puede acoger al mismo tiempo los conceptos de canon y utopía es esa efigie del dios Jano, el dios del templo con dos puertas y dos caras: la que mira al pasado y la que mira al futuro.&lt;br /&gt;La efigie de Jano es útil para proponer una imagen de esta ponencia, pero no resulta muy útil como imagen de la crítica literaria de hoy (de la segunda mitad del siglo XX). El pensamiento crítico actual está claramente volcado hacia una de las dos direcciones: la del canon,&lt;br /&gt;la del pasado. Y, aunque la crítica del canon sea hoy uno de los temas favoritos de la crítica, lo verdaderamente llamativo es que esa actitud crítica no es capaz de incorporar una proyección hacia el futuro. Y es de esa incapacidad para afrontar el futuro y para ver el futuro en la literatura de lo que les voy a hablar en esta ocasión.&lt;br /&gt;El debate sobre el canon&lt;br /&gt;Dos aspectos me han llamado la atención acerca del debate sobre el canon: que es un debate fundado en la inseguridad, en la desconfianza, y que representa la última versión de un viejo debate: el problema de la identidad. Quiero decir con esto que no me voy a referir ahora a la dimensión progresista y liberal de la crítica del canon, una crítica antidogmática, que denuncia la exclusión de grupos sociales del mundo de la creación, la servidumbre de los criterios de valoración puestos en práctica habitualmente por la crítica canónica y los intereses que mueven a las instituciones que han creado y preservado el canon. El lema liberal de "abrir el canon" a los excluidos expresa una voluntad de integración y de participación loable y deseable. Pero no siempre las buenas voluntades se corresponden con las dinámicas creativas y trasformadoras. Y, por desgracia, creo que éste es uno de esos casos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por esta razón voy a tratar de exponer mi crítica a la crítica del canon, a riesgo incluso de ser confundido con la crítica conservadora. Retomaré, en primer lugar, el problema de la inseguridad valoradora y de la desconfianza ante la crítica tradicional y ante el canon mismo. Esta desconfianza ha generado esa imagen de la selección del canon mediante la votación secreta de una élite, envuelta en un cierto aire conspirativo. He de admitir que no falta algo de verdad en esa imagen ingenua. En España ha sido hasta ahora el Estado el que impone en la Enseñanza Media una serie de autores y obras. Y, aunque los profesores gozan de cierta libertad, para variar el contenido de los programas del Estado, la verdad es que la inmensa mayoría se atiene estrictamente al canon oficial, e incluso ve mal las innovaciones minoritarias. Y esto ocurre no sólo para la literatura española, el mismo fenómeno se repite en la enseñanza de las literaturas gallega, catalana y vasca. Pero esto nos desvía de lo fundamental: la desconfianza y la inseguridad valoradora. En verdad, estos sentimientos de desconfianza e inseguridad están en la Modernidad muy extendidos en los diversos dominios de la investigación ideológica. Tan extendidos están en la filosofía, la historia, las ciencias sociales, la filología, la estética e, incluso, la política que, en mi opinión, constituyen las características básicas del pensamiento occidental del siglo XX, lo que suelo llamar relativismo. Casi toda la filosofía de este siglo se funda en la desconfianza respecto a la posibilidad de alcanzar la verdad, ya sea por causas ontológicas o por la escasa fiabilidad del lenguaje (de ahí toda la corriente de la filosofía del lenguaje orientada ya sea a la búsqueda de un lenguaje ideal, científico, ya sea a la búsqueda de las condiciones idóneas de significación del lenguaje corriente). También la crítica literaria está empapada de desconfianza e inseguridad. Esos sentimientos no han hecho otra cosa que crecer, y los movimientos postestructuralistas y el nuevo historicismo son la expresión más clara de esa desconfianza. Pero la propia crítica literaria moderna, la que inauguraron hace ahora dos siglos los filólogos alemanes, incluso en los momentos de mayor autoconfianza en sus fuerzas, se ha fundado en la inseguridad. Es una característica esencial de la crítica literaria moderna (esto es, la de los siglos XIX y XX) la ausencia de una escala positiva de valores. Del conjunto de discursos críticos que recorren la filología moderna, la evaluación ha sido (y es) su punto más débil, su talón de Aquiles. Se ha querido cubrir este vacío con una reducida serie de principios retóricos: la adecuación forma-contenido, la novedad/originalidad, hasta que un discurso liberal-radical ha dado en denunciar que tras la falacia de los valores estéticos se esconden intereses particulares y valores ideológicos. Es decir, que también por el poco transitado camino de la evaluación llegamos al topos de la desconfianza, si bien, aquí hay que reconocer que hemos partido ya desde el muy cercano topos de la inseguridad.&lt;br /&gt;Los defensores de la desconfianza suelen argumentar al verse acusados por los sectores conservadores de irracionalismo que no cabe actitud más racional hoy que la desconfianza. Pero callan que esa desconfianza va unida por un cordón umbilical a la inseguridad. Desconfianza e inseguridad son una pareja gemela y, en verdad, resulta una pareja poco productiva. Si trasladamos el criterio de la productividad a la crítica del canon veremos que esta se agota en la reivindicación de los valores de los sectores discriminados (las mujeres, los y las homosexuales, las minorías). Y esta tarea tiene un valor innegable, pero limitado. Innegable porque aporta argumentos en la lucha contra la opresión, pero limitado porque no enseña gran cosa acerca de lo que es y de lo que cabe esperar de la literatura misma. Y quizá convenga que añada a continuación que lo que yo espero de la literatura no es una aportación neutra a la cultura, ni tiene un destino exclusivamente académico. Lo que espero de la literatura es precisamente reflexión, argumentos contra la opresión, pero argumentos de un calibre muy superior a los que puede aportar la crítica del canon. Y con esto estoy refiriéndome al segundo argumento de este artículo, a la utopía, pero antes de entrar en ello me detendré en el segundo aspecto que quiero destacar de la crítica del canon: la cuestión de la identidad. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115530870881431451?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115530870881431451'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115530870881431451'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2006/05/luis-beltrn-almera-canon-y-utopa.html' title='Luis Beltrán Almería -Canon y utopía-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115528327905388107</id><published>2006-05-26T00:59:00.000-07:00</published><updated>2006-08-11T08:28:36.873-07:00</updated><title type='text'>Mario Anteo -La feria del lector-</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000066;"&gt;&lt;strong&gt;La feria del lector&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Mario Anteo&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Hoy domingo concluye la Feria del Libro en Cintermex y comienza la del lector. Pues si compraste algún libro en tal océano de letras, habrás de leerlo, degustarlo, sacarle su jugo, eso si no quieres que tu compra sea como la del aparato de gimnasia que te costó una fortuna y que intacto duerme en el clóset hace un año.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Supongo que hace tiempo se extinguió el lector decimonónico que, en batín y pipa en boca, arrellanado en el sofá, paladeaba a Dante, mientras la lluvia escurría en la ventana y los leños ardían en la chimenea. De hecho me pregunto si alguna vez existió tan idílico lector, popularizado por el recuerdo victoriano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde que tomamos el libro comienzan las dificultades, particularmente si somos de esos lectores remilgosos que no pueden ponerse a leer sin más. Los fumadores deberán conseguir los implementos de su vicio, mientras los adictos al café hervir agua. Quien no pueda leer un concepto sin subrayarlo irá a buscar un lápiz, y los asépticos descombrarán el sofá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;O sea que fatigoso ejercicio es la lectura, al menos la cómoda que huye de las prisas. Pues cuando por fin te has sumergido en el libro, no faltan contratiempos que te arranquen de la letras: llaman a la puerta, hay que revisar los frijoles de la estufa, es hora de ir por los niños.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y entonces, otro problema: ¿con qué separar la última página leída, a fin de que a nuestro regreso retomemos el hilo? Doblar las esquinas de las hojas es criminal, arrancar una tira de una hoja de máquina un dispendio. Bueno, por esta vez coloquemos entre las páginas cualquier cosa a la mano, por ejemplo una caja de aspirinas, y vayamos a contestar el teléfono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lectores menos quisquillosos aprovecharán los ratos libres y sabrán aislar su mente y sumergirse en las letras en cualquier sitio: en la antesala del consultorio médico, mientras se espera al amigo en el café, etc. Obvio que una lectura tan entrecortada muchas veces requiere a la relectura, siquiera la del último párrafo, para retomar la corriente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Noto que el transporte urbano ya no alberga al lector de historietas de vaqueros. Ahora en los camiones si acaso vemos al estudiante atento a los apuntes de clase, y muy de vez en vez al joven ilustrado que lee una obra "motivacional". En cuanto a la literatura de ficción, sólo recuerdo a una joven que leía a Benedetti en un "ruta uno", camino a la Universidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se antoja increíble la hazaña de Arthur Miller; según él, leyó "La Guerra y la Paz" completita, sólo en los ratos mientras viajaba en metro camino a su trabajo. Demoró un año en despachar una novela de cientos de personajes, y quién sabe cómo logró desbrozar el enmarañado argumento, entre tanto jaleo de los pasajeros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos lectores excepcionales, ambos con el mismo apellido: nuestro desaparecido amigo y poeta Jorge González, y Gonzalitos. Los dos leían mientras caminaban por la calle. De la ambulante lectura del primero yo fui testigo, pues Jorge vivía frente a mi casa, y en el recuerdo aún lo veo leyendo mientras se dirigía al mercado Juárez. En cuanto al segundo, se dice que respetuosamente la gente se hacía a un lado mientras el médico caminaba absorto en la lectura, y hay quien dice que tal "vicio" contribuyó a su posterior ceguera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Irónico que el estudiante de Letras no pueda degustar los libros, pues a veces tiene que leer dos o tres novelas en unos cuantos días. Debe pues leer a mil por hora, saltándose descripciones y circunloquios, sobre todo si mañana es el examen y apenas hoy consiguió el libro, y el maestro es tan quisquilloso y malvado, que el infeliz saca las preguntas de la paja de en medio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo que en mis tiempos de estudiante de Letras, la biblioteca de la escuela poseía un gordinflón libro llamado "Mil libros", que condensaba mil obras narrativas. Era cuestión de suerte hallar desocupado este "mil usos", de modo que no era rara su consulta por dos y hasta tres estudiantes amontonados. ¡De cuántos apuros nos libró este libro sagrado! En fin, hay muchas clases de lectores. Está el que con tinta roja lo subraya todo, el que para dormir lee unas cuantas líneas a modo de somnífero, el que lee en la cama boca abajo sin que se le tuerza el pescuezo, el que despanzurra los libros de tanto forzarles el lomo, el que lee equis obra porque en el club no se habla de otra cosa, el que se infarta cuando en el clímax de la novela topa con una página que la distraída imprenta dejó en blanco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, definitivamente, el peor lector es el que, tras desembolsar su dinero a cambio digamos de un Quijote de lujo, coloca el libro en el estante mientras jura que algún día lo leerá, siquiera para no sentirse un tonto por gastar dinero de oquis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero pasan los años y el Quijote aún aguarda su lectura, y un día hay aseo general en casa, y el bonche de libros, incluyendo el de Cervantes, va a dar a la calle Guerrero, donde una permanente, antiquísima Feria del Libro quizá te ofrezca un Quijote nuevecito e ilustrado por 20 pesos.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115528327905388107?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115528327905388107'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115528327905388107'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2006/05/mario-anteo-la-feria-del-lector.html' title='Mario Anteo -La feria del lector-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115530844122035006</id><published>2006-04-29T07:57:00.000-07:00</published><updated>2006-08-11T09:04:08.883-07:00</updated><title type='text'>Fernando Báez -Los libros que no vamos a leer-</title><content type='html'>&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000066;"&gt;Los libros que no vamos a leer&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Fernando Báez&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Oscar Wilde, en uno de sus artículos más oblicuos, inteligentes y breves, titulado “Leer o no leer”, dividió los libros en tres clases: los que deben leerse (entre los que mencionó, por decir, la Autobiografía de Benvenuto Cellini), los que deben releerse (escritos por autores como Platón o John Keats) y los que no deben leerse nunca (para él todo libro que intentase probar algo por medio de argumentos). Olvidó, sin embargo, los libros que no pueden leerse, bien porque alguna superstición personal lo impide, una razón económica o simplemente porque resulta imposible hacerlo. Si se considera, y vale la pena dedicar este breve texto a ese fin, que hoy en día hay más libros y menos tiempo para leerlos, resulta fácil comprender que son miles o millones los textos valiosos que no vamos a leer nunca. Tengo, por decir (y perdone el lector que confunda la intimidad con la estadística), unos cuatro mil volúmenes en mi biblioteca, todos imprescindibles, oportunos, en la mayor parte clásicos o al menos importantes. Mi abuelo reunió unos mil, seguido por mi padre, que aumentó la biblioteca hasta llevarla a tres mil obras y, si no me equivoco, debo haber adquirido unos mil libros. Del modo que sea, aún leyendo con fanatismo 10 libros por mes, es decir, 120 libros por año, ni en un período de 30 años habré leído mi propia biblioteca. Esto lo veo, claro, a pequeña escala, porque desde una perspectiva más universal las preocupaciones son mayores. Las listas de clásicos que prodigan las sociedades de críticos cada cierto tiempo hablan de más de 20.000 obras determinantes para la historia de la creación del hombre. Nadie, al cabo de una vida, podrá leerlas y por un Cervantes que se conozca es probable que no se haya leído una novela tan enriquecedora como El juego de abalorios de Hermann Hesse. Por un García Márquez que se estime, se habrá dejado de leer a Plinio o a Stevenson, igualmente magníficos. Hay, por otra parte, libros extraordinarios que no están a nuestro alcance, por su idioma, por su precio o porque su acceso está restringido a pesar de las políticas editoriales demagógicas de estos tiempos. Se trata, asimismo, de libros que no vamos a leer, sin importar lo que hagamos. Ante esto, queda la nostalgia, la resignación y cierta sensación, digámoslo sin cortapisas, de alivio. En lo personal, creo que hay demasiadas cosas maravillosas por vivir que ninguna lectura puede compensar. Hay, además, un nivel de intensidad que proporcionan ciertos escritos que los hacen dignos de ocupar el espacio de decenas de otras lecturas. No cambiaría las cientos de horas que reservo para leer a Píndaro por conocer otros poetas. Pueden ser muy buenos, pero hay algo en Píndaro que llena mis días y que no logro definir (o no quiero explicar, aduciendo que como decía Cortázar una explicación es sólo un error bien vestido). Lo que importa, lo que debe predominar, es un sentido consciente de limitación justa, un equilibrio pertinente, audaz, fructífero. Es conveniente precisar que somos todo lo que nos limita. No vamos, ciertamente, a leer millones de libros; tampoco vamos a vivir millones de años ni a tener millones de vidas en la tierra. Por tanto, conviene pensar que esa clase de libros que ignoró Wilde en su lista debe servir sólo para concentrar esfuerzos en la búsqueda de grandes páginas que enriquezcan y hagan más auténtica nuestra vida. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115530844122035006?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115530844122035006'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115530844122035006'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2006/04/fernando-bez-los-libros-que-no-vamos.html' title='Fernando Báez -Los libros que no vamos a leer-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115528596249034797</id><published>2006-04-01T01:43:00.000-08:00</published><updated>2006-08-11T08:49:57.616-07:00</updated><title type='text'>Guillermo Busutil -Kylindros-</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000066;"&gt;Kylindros &lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Guillermo Busutil&lt;/strong&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Sin embargo ese compendio del yo, modelado y enriquecido por nuestra directa relación con la lectura, se inicia en realidad antes de que sepamos qué es un libro y cómo mordisquear cada una de las palabras de nuestra lengua. Y es que el primer capítulo de esta aventura arranca con la voz de un ser querido contándonos un cuento y convirtiéndose así en el primer libro que nos habla, despertándonos la imaginación y el placer de escuchar. Igual que hacía mi madre al arroparme la noche del sueño con los avatares de Esaú, David, Jonás, Salomón y otros personajes de la historia sagrada, sembrando en mi interior el embrujo de las palabras que transmiten emocionantes andanzas y gestas. Poderoso hechizo de sonidos e imágenes que a veces provocan un extraño comportamiento en quien las escucha, como le sucedió a un Stevenson niño que se negaba a aprender a leer para seguir oyendo las lecturas de su niñera. Qué magnífico ejemplo para explicar el origen de esa entrañable relación con la lectura y que libro a libro termina conformando una especie de álbum sentimental. Una metáfora que Mario Benedetti expresó mucho mejor en uno de los cuentos de su libro Buzón de Tiempo.«Al fin de cuentas, la biblioteca es su verdadera autobiografía. Aquí y allá asoman libros que han estado ligados a algún hecho o a algún sentimiento, decisivos o triviales, de su vida.»&lt;br /&gt;Todo empezó con La Odisea. Aquel libro del que mi abuelo decía que era una mágica caracola y que se comprometió a leerme, a cambio de que yo me aprendiese cada día una página del diccionario y los significados de cada una de sus palabras, con el propósito de que pudiese convertirlas en pájaros, cinceles, amuletos y armas, según necesitase de ellas a lo largo de la vida. De ese modo su voz escenificaba durante la hora de la siesta, de cuya obligación me liberó, el asombroso peregrinaje de Ulises y a cuya travesía le siguieron las de Simbad el Marino, Gulliver y el capitán Ahab. Lecturas primeras con las que el abuelo me preparó para emprender en solitario el viaje por las tormentas, puertos, mares e islas del tesoro que son los libros y dejándome creer, con protectora ternura, que el mediterráneo era la primera biblioteca del mundo. Precisamente el otro fascinante hallazgo que le debo también a mi abuelo, a quien tanto le gustaba hablarme sobre las maravillosas bibliotecas de Nínive y Pergarmo, la del califa cordobés Al-Hakem y la que Demetrio de Fáleron dirigió en Alejandría con sus numerosos rollos de papiro, llamados Kylindros por los griegos.&lt;br /&gt;Deslumbrantes narraciones que yo seguía entusiasmado, mientras el abuelo deslizaba su índice por la gran bola terráquea que tenía en su pequeña biblioteca, siempre en penumbra al fondo del pasillo de su casa, haciendo que su dedo me guiase a través de la antigua ruta de los libros. El apasionante tema sobre el que no me cansaba de escuchar y preguntar, como tampoco de demandarle al abuelo que también me contase los relatos de los avatares y enigmas protagonizados por misteriosos personajes como el polígrafo Maggliabecchi y su fantástica memoria de ocho mil tomos, el florentino Vespasiano da Bisticci, príncipe de los libreros del siglo XIV, Jacobo Rosenthal que eligió morir acompañado por los libros que custodiaba en la Biblioteca de Colonia incendiada en 1514, o Harry Elkins Widerner, el millonario americano que pereció en El Titanic junto a los siete mil volúmenes de la biblioteca subastada del banquero inglés Henry Huth. Personajes reales a los que, víctima de su afición por las bibliotecas y sus leyendas, admiraba con cierta envidia y un deleite que despertó en mí la vocación infantil de ser, cuando fuese mayor, un famoso ladrón de libros al servicio de mi abuelo.&lt;br /&gt;Decía Rilke que la única patria es la infancia. Aunque en mi caso podríamos añadirle que mi patria también fueron los libros. Un asombroso territorio que, una vez adiestrado en la lectura, recorrí durante cinco semanas en globo, haciendo veinte mil leguas de viaje submarino, cruzando China junto a Marco Polo, sorteando peligros de Alaska, de las praderas de Missouri, de la estepa rusa y la jungla india junto a Jack London, Zane Grey, Miguel Strogoff y Kim. A todos ellos les debo que me enseñasen el esfuerzo, la valentía, la fecunda compañía de la soledad, el aprecio de la amistad y la intrepidez de la imaginación.Valores que actualmente están ajados o en desuso, debido a varias causas entre las que se encuentran el contradictorio empobrecimiento cultural, en una época sin prohibiciones y de fácil acceso al conocimiento, la precaria estimulación de la lectura en el ámbito educativo y el dominio de una mal llamada sociedad de la imagen, en la que sus defensores desconocen que una palabra vale más que mil imágenes porque puede suscitarlas todas. Igual que muchas personas ignoran que las imágenes se limitan a estimular maneras de sentir, mientras que leer es una forma de pensar. Y pensar es lo que el individuo necesita cuando aborda el difícil y complejo período de la adolescencia, donde los libros nos crean una figuración de la vida, de la historia, del mundo y de la identidad que entonces se descubre múltiple e indagatoria. Factores que condicionan al lector adolescente en la búsqueda de libros que se abran a las promesas de lo posible, que aporten algo de luz sobre sus emociones confusas y secretas o acerca de las rutas a seguir, con objeto de convertirse en aquel que sueñan.&lt;br /&gt;A esa época de la primavera existencial corresponden El guardián entre el centeno, las lecturas de Poe, Conrad, Kafka, Baroja, Valle-Inclán, Herman Hesse, Arturo Barea, los miércoles en los que acudía a la Taberna del Ciervo Blanco para escuchar los cuentos de Arthur C. Clarke. Preferencias y hallazgos a los que sumarle el encuentro con la poesía de León Felipe, Lorca, Cernuda, Baudelaire, Cavafis y aquellas lecturas que, como dijo André Maurois, son un diálogo incesante en el que el libro habla y el alma contesta. Una cartografía de la aventura del espíritu, donde los libros ya no eran sólo una máquina del tiempo (que me llevaba a otros mundos y civilizaciones remotas) sino una manera de acercarme a lo real y extraño de la existencia, que además me permitía adquirir un conocimiento de mi carácter. Influjo que tuvo como principal protagonista la lectura de Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, con la que yo imité a sus héroes al pasear por los jardines intentando memorizar el libro en el que debía convertirme, mientras las chicas sonreían a mi paso solitario, ensimismado y consciente de que un libro también comenzaba a ser un diario sentimental. De hecho ¿quién no ha cumplido ese ritual adolescente que consiste en guardar entre las páginas de un libro la flor de una tarde, la frase que no nos atrevimos a decirle o el billete de aquel trayecto que hicimos al barrio del primer amor?&lt;br /&gt;Qué recuerdos de una lejana primavera, en la que aquellos libros que fueron mis juguetes preferidos de la infancia iban dejándole paso a otras lecturas más intricadas y pedagógicas. Las cuales solían promover el boca a boca, entre amigos de inquietudes afines, que le confería a cada libro la cualidad de ser una lámpara que iluminaba el pensamiento y orlaba con metafórica luz la militancia en la libertad y en el espíritu crítico. Pilares básicos con los que pretendíamos construir un futuro que cambiase el mundo. Sólo esa confianza en nuestro papel generacional explica que, aún sin entender del todo los sesudos contenidos, devorásemos manuales de filosofía, política, teatro, el descubrimiento de los existencialistas como Sartre y Camus, de los maestros sudamericanos a quienes tanto debo, especialmente a Macedonio Fernández, Cortázar y Borges, como deudor soy igualmente de Fitzgerald, Lawrence Durrell, Kawabata, Marsé, Capote, Aldecoa y Hammett. Escritores cuyas obras completas adquiría en las entrañables ediciones de bolsillo de Bruguera/Libro Amigo, en las bibliotecas universitarias a las que fui inquebrantablemente asiduo o bien pidiéndolas cuando se aproximaba mi cumpleaños. Costumbre familiar, ya que desde mi infancia los Reyes Magos, mis padres y el abuelo solían sorprenderme con un lote de libros que primero olía, haciendo revolotear sus páginas, y después marcaba en la página de respeto con mi nombre y la fecha. Igual que hacía mi abuelo, igual que hoy hacen mis hijas.&lt;br /&gt;De esos años de lector omnívoro, en palabras de Onetti, guardo casi todos los libros, con anotaciones al margen (realizadas con aquellos lápices de punta azul y equidistante de la roja), con párrafos y líneas subrayados, con esas huellas disecadas que evocan emociones, viajes, cafeterías, parques, espacios y geografías en los que estuve leyendo cada uno de esos ejemplares. Incluso hay uno, Rayuela de Cortázar, que durante mucho tiempo fue mi cuaderno de aprendiz de escritor y la caja secreta que todavía hoy alberga mi mapa personal/afectivo de París. La ciudad en la que un buen amigo que padecía la enfermedad de la bibliofilia, esa pasión por las ediciones raras, me aficionó a visitar las librerías antiguas de la rue de Seine, Saint Germain o Monsieur Le Prince, en busca de incunables perdidos, de ejemplares descatalogados, con una firma manuscrita en el frontispicio o una remota fecha de impresión, no demasiado dañados por la polilla del tiempo. Joyas de alto valor que tuve en mis manos, ojeándolas delicadamente, igual que si fuesen frágiles y prístinas mariposas de Gutenberg que podían deshechizarse en polvo. Nunca pude comprar ninguno de aquellos maravillosos ejemplares de palabras y tiempo, aunque sí que aprendí de los propietarios de aquellos establecimientos muchas e interesantes lecciones acerca del libro. Como que en Grecia existían mercados de obras autógrafas que alcanzaban precios desorbitados, que un rollo de papiro solía costar una dracma y dos óbolos, la habilidad de algunos comerciantes que envejecían un papiro recién copiado introduciéndolo en una cesta con cereales o que en Egipto, 3000 años a. de C., se realizaron múltiples ejemplares del célebre Libro de Los Muertos. Instructivas lecciones que, al igual que un libro te conduce a otro, me llevaron a interesarme por los Libros de Horas, los Sibilinos romanos, la Biblia del Diablo de Bohemia, los fabulosos Bestiarios del Medievo, los manuales sobre kábala y los Libros elzevirios del XVIII.Alhajas y rarezas impresas que forman parte de la cautivadora y legendaria historia del libro y de su valor como medio de comunicación de gran riqueza cultural. Además de su constante evolución en consonancia con las diferentes épocas de la humanidad. Lo mismo que la lectura es una actividad que se va depurando, a medida que uno enfila y modela las diferentes etapas de su biografía. La cual y en el caso de quien les habla, ocupándoles su tiempo, enlaza los últimos recuerdos de esa primavera existencial con la primera memoria del otoño de la vida.&lt;br /&gt;A la edad del corazón y del yo, le sigue la edad del trabajo que se inicia con la difícil decisión de escoger un oficio con el que hacernos adultos y recorrer el camino. Y desde luego que para elegir no sirven los libros, pese a que después uno pueda encontrarse en la vida a numerosos piratas, lobos solitarios, pistoleros, fantasmas o individuos metamorfoseados en cucarachas, aunque en mí sí que tuvieron un primordial punto de partida ya que ellos fueron los causantes de que, durante mi infancia, decidiese convertirme en escritor. Y esa fue la razón por la que me adentré en una carrera universitaria, donde los libros eran el medio y el fin. Un período en el que la lectura, como placer, brújula y herramienta para edificar mi yo, dejó paso a la lectura profunda como adiestramiento en el arte de explorar las palabras desde dentro y de ese modo poder un día librearme con ellas. No olvidemos que el lenguaje es el arquitrabe maestro que sostiene lo que consensuamos como real, a la vez que permite levantar la casa encendida de la ficción. Ese fue el hilo de Ariadna con el que me guié a través de las lecturas de Barthes, Foucault, Lukàcs, Joyce, Nabokov, Juan Goytisolo, Proust, Cervantes, entre otros muchos teóricos y autores a los que añadirle el estudio de los clásicos españoles de Austral, la literatura de otras culturas y de los autores que los suplementos ponían de moda, como también de aquellos más desconocidos o condenados al ostracismo por la miopía política. Con cada uno de esos libros y escritores disfruté en soledad, en los debates de clase y en las charlas con otros adictos que formaban clubes de amigos de Virginia Woolf, de Borges, Mishima, Paul Morand, Ramón Gómez de la Serna, Graham Green, Miller o Kundera y cuando no llegaba a final de mes, a causa de mi precaria economía de estudiante independizado, más de una noche la lectura me sirvió de alimento, haciéndome olvidar el vacío del estómago mientras saciaba mi mente. Igual que en muchos momentos de enfermedad emocional, los libros aliviaron mis síntomas y me devolvieron el buen ánimo. Con lo que en cierto modo certificaron la creencia de Diderot en las propiedades curativas de las novelas, siendo para él más eficaces aquellas de argumento picante.&lt;br /&gt;Bellos recuerdos de aquel tiempo, en el que siempre llevaba un libro en el bolsillo y otro en la cabeza. Tiempo donde el mundo era una biblioteca y cada casa un libro, con su portada, sus personajes, sus historias cruzadas y un ascensor que simbolizaba el marcapáginas.Sin embargo ahora, cuando la desmemoria gobierna nuestra rutina, anestesiada por tanta basura televisiva, y los libros combaten por sobrevivir a la errónea cultura de lo desechable en aras de la novedad de lo efímero, se dice que ya no hay tiempo para leer. Claro que tampoco lo hay para todo lo importante y humano. De hecho a contratiempo emprendemos el amor, la meditación, el diálogo, la lectura que promueven los libreros, editores y políticos, mientras cada vez son menos los lectores en embrión que ocupan su ocio con la aventura de leer. Y precisamente en ellos, en su hábito, en su mirada curiosa, reside el futuro del libro, como no hace mucho señalaba en un artículo el escritor Antonio Soler.«Al libro sólo podrán despojarlo de su leyenda negra en los colegios. Enseñando a leer a los niños, metiendo en sus vidas esa higiene mental.»&lt;br /&gt;Pero para conseguir que la infancia descubra y aprecie la compañía amiga de los libros, primero hace falta que los mismos padres les enseñen a sus hijos el placer de la lectura. Basta con olvidarse del estrés de la jornada y sus problemas para tenderse un rato en la cama y prestarle voz a los cuentos de siempre, imitando a los antiguos narradores de las maqamas andalusíes que jugaban con las voces del viento y de los personajes, dejando la narración en un suspense que provocará que los pequeños demanden a la noche siguiente el resto de la historia. También vale inventar relatos con restos de la vida cotidiana y los sucesos en los que han participado los hijos, incluso darle la vuelta a los cuentos tradicionales de Perrault, Grim o Andersen para ubicar su acción en el tiempo que ocupamos. Y más adelante, cuando los niños ya pueden erguir su voz sobre las palabras escritas, compartir con ellos los párrafos del texto mediante un lúdico reparto de voces que asimismo les enseñe a escenificar la lectura. Un método asequible y afectivo con el que inculcarles el amor por los libros, al mismo tiempo que crearemos una bonita complicidad con nuestros hijos. Luego vendrían los maestros, responsables también de escolarizar la lectura con una renovación pedagógica que se aleje de la obligatoriedad y se enfoque como esa aventura con tantos siglos de historia. Algo fácil teniendo en cuenta la cantidad de publicaciones (cerca de diez mil títulos editados el pasado año) y autores infantiles que existen actualmente, dispuestos además a visitar los colegios y articular un libroforum con los incipientes lectores de sus obras. Libros que los maestros primero y después los profesores han de escoger con esmero, en función de la edad, de los problemas comunes o de las lecciones que estén impartiendo. De ese modo, educarán a los pequeños estudiantes en la costumbre y la pasión de leer un libro, para que de mayores sepan leer el mundo y a lo largo de sus vidas siempre les acompañen esos amigos, los mejores, como dice mi hija Paula. Libros que nos enseñan palabras y cosas importantes y divertidas, según mi pequeña Gala y libros que, en palabras de su amiga Olivia, nos ayudan a desarrollar la imaginación contra todo lo aburrido. Conceptos sinceros, hermosos y bien hilvanados, por los que también los adultos deberían acercarse más a menudo a la práctica de la lectura. Lo cual no hacen desde hace largos años, si recordamos que en el siglo XIX John Ruskin propuso, en una conferencia, sustituir el servicio militar obligatorio por una especie de servicio obligatorio de lectura.Esperemos que no haga falta buscar una medida similar en nuestros días. Que la agonía del libro, anunciada ya por McLuhan en los años sesenta, sea la antesala de su definitivo renacimiento y que todos sean conscientes de que sin libros no hay historia heredable, personal o colectiva. Un ambicionado y posible futuro que resulta más fácil en esta Málaga, ciudad que pare y acoge desde siempre a poetas, impresores exquisitos, editores, libreros y narradores, cuya enumeración podría dar para elaborar un libro de nombres admirados, queridos, cómplices, famosos, ausentes, activos y venideros. Nombres que en estos días están junto a los libros que nos miran, igual que los miramos a ellos, o dedicados, en la soledad de su hábitat, a darle vida y letra a un libro, con el que mañana alguien tenga un mundo en sus manos y compruebe la acertada reflexión de Alberto Manguel:«Leer es reconocer, en una combinación mágica de letras, intuiciones sobre el incierto futuro y lecciones del inmutable pasado».&lt;br /&gt;Por mi parte poco más que decirles, después de repasar el querido álbum bibliográfico de mi existencia y algunos de los libros en los que, como en cada uno de los que he leído, hay un trozo de mi yo más íntimo. Vieja y estimable relación sentimental que demuestra que la vida cabe entre la realidad y un libro, además de no haberme defraudado nunca. Por eso mismo entendí al maestro Joan Perucho cuando, no hace muchos meses, dijo que pese a no poder leer él seguía comprando libros para tocarlos y olerlos. Y ese mismo amor, que en mi caso incluso es rentable ya que desde hace años me pagan por leer y escribir, es por el que sé que moriré con un libro en la mano. O al menos que mis seres queridos no se olviden de colocarme un libro en mi bolsillo cuando tenga que partir, lo mismo que yo le puse al abuelo el ejemplar de La Odisea para que se lo llevase con él en su último viaje. Pero mientras llega ese final, seguiré acercándome al oído esa mágica caracola que son libros, con la ilusión y el propósito de que su voz interior me descubra una vez más el nuevo tesoro de otra isla.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115528596249034797?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115528596249034797'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115528596249034797'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2006/04/guillermo-busutil-kylindros.html' title='Guillermo Busutil -Kylindros-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115530861410761771</id><published>2006-03-27T08:00:00.000-08:00</published><updated>2006-08-11T08:51:19.330-07:00</updated><title type='text'>Italo Calvino -Por qué leer a los clásicos-</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000066;"&gt;Por qué leer a los clásicos&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Italo Calvino&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Empecemos proponiendo algunas definiciones. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;I. Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir: «Estoy releyendo...» y nunca «Estoy leyendo ...».&lt;br /&gt;Es lo que ocurre por lo menos entre esas personas que se supone «de vastas lecturas»; no vale para la juventud, edad en la que el encuentro con el mundo, y con los clásicos como parte del mundo, vale exactamente como primer encuentro.&lt;br /&gt;El prefijo iterativo delante del verbo «leer» puede ser una pequeña hipocresía de todos los que se avergüenzan de admitir que no han leído un libro famoso. Para tranquilizarlos bastará señalar que por vastas que puedan ser las lecturas «de formación» de un individuo, siempre queda un número enorme de obras fundamentales que uno no ha leído.&lt;br /&gt;Quien haya leído todo Heródoto y todo Tucídides que levante la mano. ¿Y Saint-Simon? ¿Y el cardenal de Retz? Pero los grandes ciclos novelescos del siglo xix son también más nombrados que leídos. En Francia se empieza a leer a Balzac en la escuela, y por la cantidad de ediciones en circulación se diría que se sigue leyendo después, pero en Italia, si se hiciera un sondeo, me temo que Balzac ocuparía los últimos lugares. Los apasionados de Dickens en Italia son una minoría reducida de personas que cuando se encuentran empiezan en seguida a recordar personajes y episodios como si se tratara de gentes conocidas. Hace unos años Michel Butor, que enseñaba en Estados Unidos, cansado de que le preguntaran por Emile Zola, a quien nunca había leído, se decidió a leer todo el ciclo de los Rougon-Macquart. Descubrió que era completamente diferente de lo que creía: una fabulosa genealogía mitológica y cosmogónica que describió en un hermosísimo ensayo.&lt;br /&gt;Esto para decir que leer por primera vez un gran libro en la edad madura es un placer extraordinario: diferente (pero no se puede decir que sea mayor o menor) que el de haberlo leído en la juventud. La juventud comunica a la lectura, como a cualquier otra experiencia, un sabor particular y una particular importancia, mientras que en la madurez se aprecian (deberían apreciarse) muchos detalles, niveles y significados más. Podemos intentar ahora esta otra definición:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II. Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos.&lt;br /&gt;En realidad, las lecturas de juventud pueden ser poco provechosas por impaciencia, distracción, inexperiencia en cuanto a las instrucciones de uso, inexperiencia de la vida. Pueden ser (tal vez al mismo tiempo) formativas en el sentido de que dan una forma a la experiencia futura, proporcionando modelos, contenidos, términos de comparación, esquemas de clasificación, escalas de valores, paradigmas de belleza: cosas todas ellas que siguen actuando, aunque del libro leído en la juventud poco o nada se recuerde. Al releerlo&lt;br /&gt;en la edad madura, sucede que vuelven a encontrarse esas constantes que ahora forman parte de nuestros mecanismos internos y cuyo origen habíamos olvidado. Hay en la obra una fuerza especial que consigue hacerse olvidar como tal, pero que deja su simiente. La definición que podemos dar será entonces:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III. Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.&lt;br /&gt;Por eso en la vida adulta debería haber un tiempo dedicado a repetir las lecturas más importantes de la juventud. Si los libros siguen siendo los mismos (aunque también ellos cambian a la luz de una perspectiva histórica que se ha transformado), sin duda nosotros hemos cambiado y el encuentro es un acontecimiento totalmente nuevo.&lt;br /&gt;Por lo tanto, que se use el verbo «leer» o el verbo «releer» no tiene mucha importancia. En realidad podríamos decir:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;V. Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La definición 4 puede considerarse corolario de ésta: &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;VI. Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras, que la definición 5 remite a una formulación más explicativa, como: &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;VII. Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres).&lt;br /&gt;Esto vale tanto para los clásicos antiguos como para los modernos. Si leo la Odisea leo el texto de Homero, pero no puedo olvidar todo lo que las aventuras de Ulises han llegado a significar a través de los siglos, y no puedo dejar de preguntarme si esos significados estaban implícitos en el texto o si son incrustaciones o deformaciones o dilataciones. Leyendo a Kafka no puedo menos que comprobar o rechazar la legitimidad del adjetivo «kafkiano» que escuchamos cada cuarto de hora aplicado a tuertas o a derechas. Si leo Padres e hijos de Turguéniev o Demonios de Dostoyevski, no puedo menos que pensar cómo esos personajes han seguido reencarnándose hasta nuestros días.&lt;br /&gt;La lectura de un clásico debe depararnos cierta sorpresa en relación con la imagen que de él teníamos. Por eso nunca se recomendará bastante la lectura directa de los textos originales evitando en lo posible bibliografía crítica, comentarios, interpretaciones. La escuela y la universidad deberían servir para hacernos entender que ningún libro que hable de un libro dice más que el libro en cuestión; en cambio hacen todo lo posible para que se crea lo contrario. Por una inversión de valores muy difundida, la introducción, el aparato crítico, la bibliografía hacen las veces de una cortina de humo para esconder lo que el texto tiene que decir y que sólo puede decir si se lo deja hablar sin intermediarios que pretendan saber más que él. Podemos concluir que:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VIII. Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima.&lt;br /&gt;El clásico no nos enseña necesariamente algo que no sabíamos; a veces descubrimos en él algo que siempre habíamos sabido (o creído saber) pero no sabíamos. que él había sido el primero en decirlo (o se relaciona con él de una manera especial). Y ésta es también una sorpresa que da mucha satisfacción, como la da siempre el descubrimiento de un origen, de una relación, de una pertenencia. De todo esto podríamos hacer derivar una definición del tipo siguiente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IX. Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.&lt;br /&gt;Naturalmente, esto ocurre cuando un clásico funciona como tal, esto es, cuando establece una relación personal con quien lo lee. Si no salta la chispa, no hay nada que hacer: no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por amor. Salvo en la escuela: la escuela debe hacerte conocer bien o mal cierto número de clásicos entre los cuales (o con referencia a los cuales) podrás reconocer después «tus» clásicos. La escuela está obligada a darte instrumentos para efectuar una elección; pero las elecciones que cuentan son las que ocurren fuera o después de cualquier escuela.&lt;br /&gt;Sólo en las lecturas desinteresadas puede suceder que te tropieces con el libro que llegará a ser tu libro. Conozco a un excelente historiador del arte. Hombre de vastísimas lecturas, que entre todos los libros ha concentrado su predilección más honda en Las aventuras de Pickwick, y con cualquier pretexto cita frases del libro de Dickens, y cada hecho de la vida lo asocia con episodios Pickwickianos. Poco a poco él mismo, el universo, la verdadera filosofía han adoptado la forma de Las aventuras de Pickwick en una identificación absoluta. Llegamos por este camino a una idea de clásico muy alta y exigente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;X. Llámase clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes.&lt;br /&gt;Con esta definición nos acercamos a la idea del libro total, como lo soñaba Mallarmé.&lt;br /&gt;Pero un clásico puede establecer una relación igualmente fuerte de oposición, de antítesis. Todo lo que Jean-Jacques Rousseau piensa y hace me interesa mucho, pero todo me inspira un deseo incoercible de contradecirlo, de criticarlo, de discutir con él. Incide en ello una antipatía personal en el plano temperamental, pero en ese sentido me bastaría con no leerlo, y en cambio no puedo menos que considerarlo entre mis autores. Diré por tanto:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XI. Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él.&lt;br /&gt;Creo que no necesito justificarme si empleo el término «clásico» sin hacer distingos de antigüedad, de estilo, de autoridad. Lo que para mí distingue al clásico es tal vez sólo un efecto de resonancia que vale tanto para una obra antigua como para una moderna pero ya ubicada en una continuidad cultural. Podríamos decir:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XII. Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lee aquél, reconoce en seguida su lugar en la genealogía.&lt;br /&gt;Al llegar a este punto no puedo seguir aplazando el problema decisivo que es el de cómo relacionar la lectura de los clásicos con todas las otras lecturas que no son de clásicos. Problema que va unido a preguntas como: «Por qué leer los clásicos en vez de concentrarse en lecturas que nos hagan entender más a fondo nuestro tiempo?» y «¿Dónde encontrar el tiempo y la disponibilidad de la mente para leer los clásicos, excedidos como estamos por el alud de papel impreso de la actualidad?».&lt;br /&gt;Claro que se puede imaginar una persona afortunada que dedique exclusivamente el «tiempo-lectura» de sus días a leer a Lucrecio, Luciano, Montaigne, Erasmo, Quevedo, Marlowe, el Discurso del método, el Wilhelm Meister, Coleridge, Ruskin, Proust y Valéry, con alguna divagación en dirección a Murasaki o las sagas islandesas. Todo esto sin tener hacer reseñas de la última reedición, ni publicaciones para unas oposiciones, ni trabajos editoriales con contrato de vencimiento inminente. Para mantener su dieta sin ninguna contaminación, esa afortunada persona tendría que abstenerse de leer los periódicos, no dejarse tentar jamás por la última novela o la última encuesta sociológica. Habría que ver hasta qué punto sería justo y provechoso semejante rigorismo. La actualidad puede ser trivial y mortificante, pero sin embargo es siempre el punto donde hemos de situarnos para mirar hacia adelante o hacia atrás. Para poder leer los libros clásicos hay que establecer desde dónde se los lee. De lo contrario tanto el libro como el lector se pierden en una nube intemporal. Así pues, el máximo «rendimiento» de la lectura de los clásicos lo obtiene quien sabe alternarla con una sabia dosificación de la lectura de actualidad. Y esto no presupone necesariamente una equilibrada calma interior: puede ser también el fruto de un nerviosismo impaciente, de una irritada insatisfacción. Tal vez el ideal sería oír la actualidad como el rumor que nos llega por la ventana y nos indica los atascos del tráfico y las perturbaciones meteorológicas, mientras seguimos el discurrir de los clásicos, que suena claro y articulado en la habilitación. Pero ya es mucho que para los más la presencia de los clásicos se advierta como un retumbo lejano, fuera de la habitación invadida tanto por la actualidad como por la televisión a todo volumen. Añadamos por lo tanto:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XIII. Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;XIV. Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone.&lt;br /&gt;Queda el hecho de que leer los clásicos parece estar en contradicción con nuestro ritmo de vida, que no conoce los tiempos largos, la respiración del otium humanístico, y también en contradicción con el eclecticismo de nuestra cultura, que nunca sabría confeccionar un catálogo de los clásicos que convenga a nuestra situación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estas eran las condiciones que se presentaron plenamente para Leopardi, dada su vida en la casa paterna, el culto de la Antigüedad griega y latina y la formidable biblioteca que le había legado el padre Monaldo, con el anexo de toda la literatura italiana, más la francesa, con exclusión de las novelas y en general de las novedades editoriales, relegadas al margen, en el mejor de los casos, para confortación de su hermana («tu Stendhal», le escribía a Paolina). Sus vivísimas curiosidades científicas e históricas, Giacomo las satisfacía también con textos que nunca eran demasiado up to date: las costumbres de los pájaros en Buffon, las momias de Frederick Ruysch en Fontenelle, el viaje de Colón en Robertson.&lt;br /&gt;Hoy una educación clásica como la del joven Leopardi es impensable, y la biblioteca del conde Monaldo, sobre todo, ha estallado. Los viejos títulos han sido diezmados pero los novísimos se han multiplicado proliferando en todas las literaturas y culturas modernas. No queda más que inventarse cada uno una biblioteca ideal de sus clásicos; y yo diría que esa biblioteca debería comprender por partes iguales los libros que hemos leído y que han contado para nosotros y los libros que nos proponemos leer y presuponemos que van a contar para nosotros. Dejando una sección vacía para las sorpresas, los descubrimientos ocasionales.&lt;br /&gt;Compruebo que Leopardi es el único nombre de la literatura italiana que he citado. Efecto de la explosión de la biblioteca. Ahora debería reescribir todo el artículo para que resultara bien claro que los clásicos sirven para entender quiénes somos y adónde hemos llegado, y por eso los italianos son indispensables justamente para confrontarlos con los extranjeros, y los extranjeros son indispensables justamente para confrontarlos con los italianos.&lt;br /&gt;Después tendría que reescribirlo una vez más para que no se crea que los clásicos se han de leer porque(«sirven» para algo. La única razón que se puede aducir es que leer los clásicos&lt;br /&gt;Y si alguien objeta que no vale la pena tanto esfuerzo, citaré a Cioran (que no es un clásico, al menos de momento, sino un pensador contemporáneo que sólo ahora se empieza a traducir en Italia): «Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates aprendía un aria para flauta. "¿De qué te va a servir?", le preguntaron. "Para saberla antes de morir"». &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115530861410761771?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115530861410761771'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115530861410761771'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2006/03/italo-calvino-por-qu-leer-los-clsicos.html' title='Italo Calvino -Por qué leer a los clásicos-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115527481860143019</id><published>2006-02-26T22:38:00.000-08:00</published><updated>2006-08-11T08:16:56.376-07:00</updated><title type='text'>Roger Chartier -El concepto de lector moderno-</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000066;"&gt;El concepto del lector moderno&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Roger Chartier&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;École des Hautes Études en Sciences Sociales-Paris&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este trabajo está dedicado a presentar cómo afectaron a los lectores de España las mutaciones que modificaron profundamente las relaciones con la cultura escrita en la Europa de la primera Edad Moderna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Libros impresos, textos manuscritos&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;¿Se puede definir la «modernidad» de la lectura de los años 1480-1680 a partir de la circulación de los textos impresos? Es claro que con la imprenta se ampliaron a la vez el público de los lectores y la familiaridad con los libros. El librero condenado al infierno, en los Sueños de Quevedo, lo indica irónicamente: «yo y todos los libreros nos condenamos por las obras malas que hacen los otros, y por lo que hicimos barato de los libros en romance y traducidos del latín, sabiendo ya con ellos los tontos lo que encarecían en otros tiempos los sabios, que ya hasta el lacayo latiniza, y hallarán a Horacio en castellano en la caballeriza» (Arellano, 186). Facilitando la multiplicación de los ejemplares, las ediciones en pequeño formato, las traducciones en las lenguas vulgares, la imprenta aseguró la difusión de los textos clásicos y sabios más allá de los medios restringidos que solían leerlos en la cultura manuscrita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Semejante divulgación de la cultura escrita otorgada por la imprenta, fundamentó el desprecio de la nueva técnica y de sus productos (Bouza, 1977). Duraderamente en los siglos XVI y XVII se opuso a la alabanza de la invención de Gutemberg, las quejas contra las corrupciones que había introducido. Tanto los autores fieles a un modelo aristocrático de la escritura como los eruditos de la «Respublica litteratorum» despreciaban el negocio de los libreros y la publicación impresa de los textos, porque según ellos, corrompían a la vez la integridad de las obras, deformadas por los yerros y gazapos los componedores y correctores ignorantes, la ética literaria, destruida por la codicia, la avidez y las piraterías de los editores, y, finalmente, el sentido mismo de los textos, comprados y leídos por lectores incapaces de entenderlos. Los aristócratas y los eruditos preferían la circulación manuscrita de las obras porque destinaba los textos sólo a los que podían apreciarlos o comprenderlos, y porque expresaba la ética de obligaciones recíprocas que caracterizaba tanto la urbanidad nobiliaria como las prácticas intelectuales eruditas.&lt;br /&gt;No abandonó el lector moderno los manuscritos. En las casas aristocráticas, la advertencias y consejos que los nobles componían para sus hijos conservaron una forma manuscrita que, a la vez protegía su secreto o privacidad y permitía la incorporación de correcciones o adiciones. Pero más allá del ámbito nobiliario, la lectura de los textos manuscritos se mantuvo durante toda la primera Edad Moderna. El caso inglés propone una tipología de esta producción manuscrita que indica los géneros que fueron más que otros trasladados por copistas profesionales o simples lectores como por ejemplo los discursos, libelos o sátiras políticas, las obras poéticas reunidas en misceláneas, o las partituras (Love, Woudhuysen). Podemos pensar que la situación era idéntica en el mundo español de los siglos XVI y XVII y que la lectura moderna no significó el fin de la circulación de los manuscritos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Lectura silenciosa, lectura en voz alta&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;La más espectacular de las mutaciones reside en los progresos de la lectura silenciosa que no supone la oralización del texto para los otros o para sí mismo. Ya antes de la invención de la imprenta, este modo de leer se había difundido en el mundo universitario medieval y escolástico, y después en las cortes y las aristocracias seglares (Alessio, Saenger). Durante los dos siglos de la primera modernidad, la práctica conquista lectores más numerosos, que no son lectores profesionales o cortesanos y a quienes les gustan las obras de ficción.&lt;br /&gt;Diversos son los indicios de esta transformación de la práctica de lectura que supone que el lector pueda entender un texto sin necesariamente leerlo en voz alta. Por un lado, el verbo «leer» adquiere comúnmente el significado de leer silenciosamente. Cervantes casi siempre lo empleaba con este sentido y añadía un adverbio o una expresión («leyendo en pronunciando», «leyendo en voz clara», «leyendo alto») cuando evocaba una lectura oralizada (Frenk 1999). Por otro lado, es la percepción de los progresos de la lectura silenciosa la que refuerza la denuncia de los efectos peligrosos de la ficción tal como los denunciaban ya anteriormente la condena cristiana de los malos ejemplos y la referencia neoplatónica a la expulsión de los poetas de la República (Ife). Se consideraba que las fábulas, cuando estaban leídas silenciosamente, se apoderaban con una fuerza irreprimible de lectores maravillados y embelesados, que percibían el mundo imaginario desplegado por el texto literario como más real que la realidad misma. Cervantes ejemplificó este poder de la lectura silenciosa por su manera de inscribir el inverosímil Coloquio de los perros dentro del Casamiento engañoso. En efecto, Campuzano no lee en voz alta ni recita el Diálogo de los perros del Hospital de la Resurrección de Valladolid que oyó y trasladó, sino que propone a Peralta leerlo privadamente, silenciosamente, como si esta relación con la ficción permitiera más fácilmente la creencia en lo increíble: «Yo me recuesto -dijo el Alférez- en esta silla, en tanto que vuestra merced lee, si quiere, esos sueños o disparates» (Molho, 124).&lt;br /&gt;Sin embargo la difusión más extendida de la lectura silenciosa no debe hacer olvidar la larga y profunda persistencia de las prácticas de las lecturas oralizadas en la España de los siglos XVI y XVII. Para ciertos autores, fieles al Tesoro de la lengua castellana de Sebastián Covarrubias (1611), que define «leer» como «pronunciar con palabras lo que por letras está escrito», el verbo seguía significando leer en voz alta. Es el caso de Lope de Vega que precisaba el verbo cuando aludía a una lectura silenciosa- por ejemplo escribiendo «leer para sí» (Frenk, 1999)-.&lt;br /&gt;Como práctica de la sociabilidad letrada, la lectura en voz alta se apoderaba de todos los géneros literarios: no sólo los géneros poéticos en sus diversas formas, sino también las novelas caballerescas o pastoriles, los libros de historia, las epístolas o las obras teatrales (Frenk, 1977, 21-38). El prólogo de Fernando de Rojas y los versos de Alonzo de Proaza, muestran claramente que el texto de la Celestina se dirigía a un lector que iba a leer la obra en voz alta para un público restringido de oyentes. Indica el autor: «Assí que cuando diez personas se juntaren a oír esta comedia en quien sepa esta differencia de condiciones, como suele acaescer, ¿quién negará que aya contienda en cosa que de tantas maneras se entienda?», y precisa el «corrector de la impressión»: «Si amas y quieres a mucha atención / leyendo a Calisto mover los gentes, / cumple que sepas hablar entre dientes / a vezes con gozo, esperança y passión, / a vezes ayrado con gran turbación; / Finge leyendo mil artes y modos; / Pregunta y responde por boca de todos, / llorando o ryiendo en tiempo y sazón» (Severin, 80-81 y 345).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Numerosas son las circunstancias de la vida cortesana o aristocrática que movilizaban la lectura en voz alta (Bouza, 2000, 99-100). Así, las lecturas dirigidas al príncipe cuando comía o después de su cena; las lecturas religiosas hechas por el amo de casa para su familia o sus criados; las lecturas de los libros de caballerías entre madre y hija, tal como las recuerda Teresa de Jesús (Chicharro 123-124); o las lecturas para pasar tiempo, como ésta que propone don Juan a don Jerónimo, en el capítulo LIX de la Segunda Parte del Quijote: «Por vida de vuestra merced, señor don Jerónimo, que en tanto que traen la cena leamos otro capítulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha» (Rico, 1998, 1110).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La lectura en voz alta desempeñaba otro papel: transmitir los textos a los analfabetos que son numerosos en la España del Siglo de Oro, aunque los niveles de alfabetización en la Península no sean tan débiles como se ha afirmado durante mucho tiempo (Viñao Frago). Cervantes ficcionalizó semejante transmisión de los textos en el capítulo XXXII de la Primera parte del Quijote, donde el ventero Juan Palomeque evoca la lectura en voz alta de dos novelas de caballería, Don Cirongilio de Tracia y Felixmarte de Hircania, y de una crónica, la Historia del Gran Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba: «cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí las fiestas muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno destos libros en las manos, y rodeámos dél más de treinta, y estámosle escuchando con tanto gusto, que nos quita mil canas» (Rico, 1998, 369).&lt;br /&gt;Se aseguraba así a los textos de ficción, una circulación más allá de los «lectores», la lectura en voz alta era sin duda movilizada de una manera aún más importante para los sacerdotes y los predicadores. Con la presentación de imágenes y la teatralización de la palabra viva, la lectura y el comentario de pasajes, tanto de las Escrituras como de libros de devoción, eran una de las estrategias esenciales de la misión católica. Es muy claro entonces, que la forma «moderna» de la lectura en silencio y en soledad, no borró inclusive para los letrados, las prácticas más antiguas que ligaban el texto y la voz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;La lectura docta&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;La primera Edad Moderna conoció una transformación importante de los hábitos de lectura de los doctos. Fernando Bouza esbozó una tipología de este nuevo modo de leer que hace hincapié en tres prácticas: confeccionar cuadernos o cartapacios de citas, hacer escolios manuscritos junto al texto impreso, elaborar sumas del contenido de los libros leídos (Bouza, 2000, 84-85). Todas estas maneras de leer se remiten a una misma técnica intelectual común: la técnica de los tópicos o lugares comunes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos objetos fueron el soporte y el símbolo de esa manera de leer. El primero es la rueda de libro. Estaba ya presente en las bibliotecas medievales, pero los ingenieros del Renacimiento propusieron su perfeccionamiento gracias a los progresos de la mecánica. Movida por una serie de engranajes, la rueda de libros le permitía al lector hacer que simultáneamente aparecieran ante su vista los diferentes libros que estaban dispuestos en cada uno de los pupitres del aparato. La lectura que autorizaba ese instrumento era una lectura de varios libros a la vez. El lector docto que la realizaba era un lector que confrontaba, comparaba y cotejaba los textos, que los leía para extraer de ellos citas y ejemplos, y que los anotaba al fin de recopilar los pasajes que retenían su atención.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los cuadernos de tópicos recibían los fragmentos textuales así marginados. Se trataba, en primer lugar, de un instrumento pedagógico ya que cada estudiante debía copiar en unos cuadernillos, organizados por temas y tópicos, las citas que merecían una atención particular por su interés gramatical, su ejemplaridad estilística o su valor demostrativo. Es así que Lope de Vega indicó a su hijo, en la dedicatoria de su comedia El verdadero amante: «Si no os inclináredes a las letras humanas, de que tengáis pocos libros, y esos selectos, y que le saquéis las sentencias, sin dejar pasar cosas que leáis notable sin línea o margen» (Case, 104). Pero los cuadernos de lugares comunes acompañaban también todas las lecturas sabias. La abundancia de «sentencias» que contenían alimentaba el ideal retórico de la «copia verborum ac rerum», necesaria para toda argumentación o composición tal como lo demuestran los «libros» de lugares comunes del siglo XVI, conservados por ejemplo los «notata» de Alvar Gómez de Castro, Pedro Velázquez o Juan Vázquez de Mármol (Bouza, 200, 84-85).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La lectura que caracterizaba la técnica de los tópicos tenía sus especialistas: aquellos lectores profesionales empleados por las familias aristocráticas para acompañar a sus hijos en las universidades, asumir las tareas de secretario o de «lector», y componer los epítomes, compendios, y glosas que ayudaban a su amo en la lectura de los clásicos (Jardine y Grafton). Pero más allá de estos profesionales de la lectura, a menudo antiguos graduados universitarios, los libros de lugares comunes constituían un recurso compartido para cualquiera lectura letrada. Dos iniciativas de los editores lo demuestran. Por un lado, numerosas fueron las ediciones de obras teatrales o poéticas que indicaron con diversos dispositivos (bastardilla, comas invertidas, estrellas, o pequeñas manos en las márgenes) los versos o la líneas que el lector debía destacar y eventualmente copiar (Hunter). Por otro lado, algunos editores publicaron antologías impresas de lugares comunes que circulaban en toda Europa y que permitían a los lectores conseguir fácilmente las citas que necesitaban para la composición de sus propios textos (Moss). Los repertorios de apotegmas (definidos por Covarrubias como «una sentencia breve dicha con espíritu y agudeza, por persona grave y de autoridad») que recopilaban los dichos emitidos por los Antiguos o autores españoles canónicos, desempeñaban un papel semejante procurando a su lector las citas indispensables a una argumentación (Cuartero y Chevalier).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Lengua vulgar y lectura en latín&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Otra definición del lector moderno podría vincularse con la lectura en lengua vulgar. En el Diálogo de la lengua, Valdés contesta así la pregunta de Coriolano en cuanto a los libros castellanos que deben leerse por su buen estilo: «Digo que, como sabéis, entre lo que está escrito en lengua castellana principalmente ay tres suertes de scrituras, unas en metro, otras en prosa, compuestas de su primer nacimiento en lengua castellana, agora sean, falsas, agora verdaderas; otras ay traduzidas de otras lenguas, espacialmente de la latina» (Barbolani, 239-240). Solamente cincuenta años después de la introducción de la imprenta en España, Juan de Valdés podía proponer una biblioteca de las mejores obras en lengua vernacular que contenía libros «romançados de latín» (el Boecio de consolación, el Enquiridión, algunos textos de devoción), traducciones del italiano (por ejemplo la del Cortesano, que sin embargo, Valdés pretendía no haber leído), los poetas castellanos del siglo XV, los libros de caballería, y La Celestina, de la cual Valdés dice: «Corregidas estas dos cosas (el uso de vocablos fuera de propósito y el abuso de vocablos «tan latinos que no se entienden en castellano»), soy de opinión que ningún libro ay escrito en castellano donde la lengua esta más natural, más propia ni más elegante» (Barbolani, 255). A este repertorio literario, Juan de Valdés añadía las coplas, romances, canciones y villancicos que se encuentran impresos en el Cancionero general «porque en aquellos refranes se vee muy bien la puridad de la lengua castellana» (Barbolani, 126).&lt;br /&gt;Tanto la actividad editorial como el contenido de las bibliotecas particulares siguieron, pero con un notable retraso, los progresos de la escritura en lengua vulgar. Por un lado, los libros en latín mantuvieron su importancia en la producción libresca. Constituyeron entre 35 y 45% de los libros impresos en cada década en Valencia entre 1490 y 1536 y aún 52% entre 1545 y 1572 (Berger, 366); mientras que en Barcelona formaron el 60% de la producción editorial entre 1501 y 1509, entre 45% y 50% entre 1510 y 1529, y entre 25% y 35% para la décadas comprendidas entre 1530 y 1589, salvo entre 1560 y 1569, donde alcanzaron el 41% (Peña, 1996, 288). En ambas ciudades la castellanización de la producción progresa durante el siglo XVI a expensas, tanto del valenciano y del catalán, como del latín.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La conquista del castellano fue más precoz en Valencia, ya que es en la década de 1510, que los libros en castellano superaron a los que estaban en valenciano, y es en la década 1520, cuando compusieron entre el 50% y 66% de la producción. La conquista fue más lenta en Barcelona, donde es recién en la década 1560, cuando los libros en castellano, superaron a los que estaban en catalán, para lograr más del 60% recién a partir de 1580.&lt;br /&gt;Por otro lado, en Barcelona por lo menos, las bibliotecas de las elites urbanas tradicionales, eclesiásticas pero también seglares, mostraron una resistencia aún más fuerte del latín que continúa siendo la lengua dominante en estas colecciones (Peña, 1997). La «modernidad» lingüística caracterizó ante todo las bibliotecas más modestas de los mercaderes y artesanos, dominadas por el catalán hasta el último tercio del siglo y, después, por el castellano. Esto no significa que en la Barcelona del siglo XVI no circulaban en una amplia escala textos impresos en lengua catalana, sino que estos textos pertenecían a los repertorios de los «papeles populares» sin valor económico que no registraban los notarios cuando hacían el inventario de los libros de un difunto: berceroles, franselms, isopets, goigs, llunaris, calendaris, cobles, etc. Es claro, sin embargo, que más duraderamente que lo sugiere la «biblioteca» en romance de Juan de Valdés, los textos en latín conservaron una importancia fundamental en la producción y la posesión de los libros.&lt;br /&gt;En 1672 la bibliografía «nacional» de Nicolás Antonio, publicada en latín en Roma, borró la diferencia entre lengua antigua y lengua vulgar puesto que la obra mencionaba a todos los autores antiguos o contemporáneos que nacieron en una «patria» que pertenece -o perteneció- a la monarquía española y que escribieron en latín o en la lengua «popular» (Antonio). Un doble criterio organizaba entonces el monumento edificado a la gloria de las letras españolas por Nicolás Antonio: el criterio de la soberanía política -aún cuando no exista más como en el caso de los autores portugueses incluidos en la Bibliotheca Hispana- y el criterio de la lengua que condujo a acoger a autores extranjeros pero que redactaron sus escritos en «la lengua nacional de nuestro pueblo». Escrita en latín pero con comentarios en castellano sobre las obras, procurando referencias a libros redactados en ambas lenguas, la Bibliotheca Hispana reivindicaba y alababa un patrimonio literario «nacional» cuya excelencia estaba presentada a la Europa letrada como contrapunto a la decadencia de la monarquía católica (Géal).&lt;br /&gt;La obra de Nicolás Antonio debe ubicarse en un doble contexto. En primer lugar, es un ejemplo tardío del género de las bibliografías que a partir de finales del siglo XV habían publicado sea un catálogo de los autores nacidos en un mismo territorio «nacional», como por ejemplo en los libros de Johnan Tritheim para Alemania (1495) o John Bale para Gran Bretaña (1548), o bien un catálogo de los autores que escribieron en la lengua vulgar: así la Libraria de Anton Francesco Doni (1550), la Bibliothèque de François de La Croix du Maine (1584) o la Bibliothèque d'Antoine Du Verdier (1585) (Chartier, 76-89). En España, semejante proyecto había conducido a la publicación de dos «bibliotecas» que la obra de Nicolás Antonio querría armonizar: la Hispaniae Bibliothecae de Andreas Schott (alias Peregrinus), publicada en Francfurt en 1608 escrita en latín y dominada por las obras en esta lengua, y el Epítome de una Biblioteca oriental y occidental, náutica y geográfica de Antonio León Pinelo, editado en Madrid en 1629, que traducía al castellano los títulos de obras escritas en cuarenta y cuatro lenguas tanto en la Península como en las Indias.&lt;br /&gt;La Bibliotheca Hispana se sitúa también en el marco de los nuevos instrumentos propuestos a los lectores para que puedan ordenar y componer sus bibliotecas: los repertorios de autores y títulos tal como los libros de Schott o Pinelo, los catálogos de bibliotecas ilustres que circulaban en ediciones impresas (por ejemplo en el caso de las bibliotecas de Antonio Agustín, arzobispo de Tarragona, o de Gabriel Sora y Aguerri, obispo de Albarracín, cuyos catálogos fueron editados en 1586 y 1618), y, finalmente, los métodos para organizar cualquier colección de libros, real o posible. En España, el primer ejemplo impreso de tal libro es el De bene disponenda bibliotheca publicado por Francisco de Araoz en Madrid en 1631 (Solís de los Santos). Impreso en 8º «para poder tenerse más fácilmente a mano y llevarse con la suficiente comodidad por donde se quiera mientras se trabaja en la formación de bibliotecas», el libro de Francisco de Araoz distribuía entre quince categorías los títulos de los libros que sin establecer un repertorio cerrado procuraban ejemplos para la constitución de una colección de libros «dignos de ubicación, estudio y ponderación» (Solís de los Santos, 106 y 116).&lt;br /&gt;Estos instrumentos intentaban responder a dos ansiedades contradictorias frente a la cultura escrito. La primera era el temor de la perdida, de la desaparición. Fundamentó en el Renacimiento la búsqueda de los textos antiguos, la copia y la impresión de los manuscritos, la constitución de las bibliotecas regias o principescas que, como la Laurentina, debían abarcar todos los saberes y encerrar dentro de sus muros y apartados (sesenta y cuatro en la biblioteca del Escorial) el universo mismo (Bouza, 1998, 168-185).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero la acumulación de los libros antiguos y la multiplicación de los nuevos gracias a la imprenta produjeron otra inquietud: el miedo frente a un exceso indomable, a una abundancia caótica. Tanto en España como en otras partes de Europa, los catálogos, cualquiera que sea su objeto (una colección particular, un repertorio de los autores de una «nación», la propuesta de una biblioteca ideal) fueron instrumentos poderosos para establecer un orden moderno de los discursos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Discreto lector y vulgo&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;La imprenta sustituyó a las audiencias separadas y especializadas de la edad del manuscrito por un nuevo público, en el cual se mezclaban los estamentos, edades y sexos (De Courcelles y Val Julián). Es a este público que se dirigían los nuevos géneros tipográficos que ligaban una fórmula editorial -el pliego suelto- y un repertorio textual en versos o prosa (Infantes, 1998). La forma del pliego o del plecs, se define como una hoja de papel doblada dos veces -es decir, ocho páginas en el formato en 4º. En una jornada de trabajo, una prensa podía imprimir entre 1. 250 y 1.500 ejemplares de un pliego. Así ajustada a las estructuras de la imprenta española que contaba muchos talleres que no disponían más que de una prensa, la fórmula del pliego (que podía ampliarse hasta cuatro hojas de imprenta, sea treinta y dos páginas) imponía la elección de los textos cuya circulación podía asegurar. Tenían que ser breves, susceptibles de gran difusión y pertenecer a géneros «populares» en el doble sentido, social y comercial, de la palabra. De ahí, en los siglos XVI y XVII las preferencias para el repertorio poético tradicional (Rodríguez-Moñino, Escobedo, García de Enterría, 1973), las relaciones de sucesos cuya producción anual se incrementó fuertemente a partir de la última década del siglo XVI (Agulló y Cobo), o las comedias sueltas (Moll). La amplia difusión de los pliegos permitió la presencia del escrito impreso en la cultura de lo cotidiano -aún para los analfabetos o mal alfabetizados. El pliego poético, por ejemplo, fue un objeto utilizado para el aprendizaje de la lectura tal como lo fue la cartilla a la cual se refiere el diálogo entre Peribañez y Casilda en la comedia de Lope: «Amar y honrar su marido / es letra deste abecé, / sieno buena por la B, / que es todo el bien que te pido.» (McGrady, 29-32, Infantes, 1995).&lt;br /&gt;Al crear un nuevo público gracias a la circulación de los textos en todos los estamentos sociales, los pliegos sueltos contribuyeron a la construcción de la división entre el «vulgo» y el «discreto lector». Cierto es que la categoría de «vulgo» no designaba, ni inmediatamente ni exclusivamente, a un público «popular» en el sentido estrictamente social del término (Riley). Mediante una dicotomía retórica que encontró su expresión más contundente en la fórmula del doble prólogo, lo importante era descalificar a los lectores (o espectadores) desprovistos de juicio estético y competencia literaria. En 1599, Mateo Alemán opone así en los dos prólogos del Guzmán el «vulgo» y el «discreto». Dirigiéndose al primero declara: «No quiero gozar el privilegio de tus honras ni la franqueza de tus lisonjas, cuando con ello quieras honrarme, que la alabanza del malo es vergonzosa. Quiero más la reprehensión del bueno, por serlo el fin con que la hace, que tu estimación depravada, pues forzoso ha de ser mala», mientras que pensando en el segundo dice: «No me será necesario con el discreto largos exordios ni prolijas arengas: pues ni le desvanece la elocuencia de palabras ni lo tuerce la fuerza de oración a más de lo justo, ni estriba su felicidad en que le capte la benevolencia. A su corrección me allano, su amparo pido y su defensa me encomiendo» (Rico 1983). Pero en el siglo de Oro, el «vulgo» constituía el principal mercado tanto para los textos representados sobre las tablas (ya que como dijo Lope a propósito de las comedias: «porque las paga el vulgo, Es justo / hablarle en necio para darle gusto») (Rozas) como para los romances, coplas y relaciones los pliegos impresos vendidos por los ciegos (Botrel). La existencia postulada y comprobada de ese «vulgo» como amplio público gobernaba las estrategias de la escritura y también las decisiones editoriales de los impresores y libreros.&lt;br /&gt;Entre 1480 y 1680, la construcción de nueva figura del lector se remitió a una paradoja. Los lectores letrados y doctos, que acogieron las nuevas obras y las nuevas técnicas intelectuales, se quedaron fieles a los objetos manuscritos y las prácticas de la oralidad. Al revés, los lectores «populares», que no pertenecían al mondo de los humanistas y que participaban plenamente en una cultura tradicional oral, visual y gestual, fueron constituido como el público al quien se dirigieron las innovaciones editoriales. Este quiasmo fundamenta la ambigüedad de la «modernidad» de los lectores del siglo de Oro ya que es una «modernidad» que, en maneras diversas, siempre enlaza herencias y novedades.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115527481860143019?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115527481860143019'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115527481860143019'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2006/02/roger-chartier-el-concepto-de-lector.html' title='Roger Chartier -El concepto de lector moderno-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115528404062657514</id><published>2006-01-25T01:11:00.000-08:00</published><updated>2006-08-11T08:41:53.636-07:00</updated><title type='text'>Robert Darnton -El lector como misterio-</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;El lector como misterio&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;color:#000000;"&gt;Robert Darnton&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Este ensayo se publicó originalmente en la revista Journal of French Studies (No. 23, 1986), y figura de modo más accesible en la colección de ensayos The Kiss of Lamourette. Reflections in Cultural History. Robert Darnton nació en los Estados Unidos en 1939. Inició su carrera como reportero policial de The Newark Star Ledger y de The New York Times, diario en el que su hermano John trabajaba a la sazón como periodista. A esa época pertenecen sus primeros artículos sobre la historia del libro y la ideología de la Revolución Francesa. De esos años datan también las dos pasiones que lo acompañarán en el futuro: la historia cultural de iletrados y pobres, y su amor de toda la vida por la Francia del siglo XVIII.&lt;br /&gt;Hacia mediados de los años setenta Darnton publicó "Writting News and Telling Stories", una pieza que ganó renombre y sitio en las antologías de los clásicos contemporáneos del ensayo en lengua inglesa. Una de sus ideas centrales es sencillamente fascinante: las nuevas de todos los días son repeticiones cíclicas de antiguos argumentos literarios que fueron en otro tiempo noticias que ahora nos devuelve la pluma de un escritor como un argumento literario que mañana será noticia... A manera de ejemplo, Darnton evoca un episodio que narra con extrañas variaciones la misma tragedia: "Una historia recurrente es el caso de los padres que en un extravío de la identidad asesinan a su propio hijo. Se publicó por primera vez en una rudimentaria hoja parisina de noticias en 1618. Luego cruzó por innumerables reencarnaciones: apareció enToulouse en 1848, en Angôuleme en 1881, y finalmente en un periódico argelino moderno del que la rescató Albert Camus para reescribirla con un estilo existencialista para L’etranger y Malentendu. Aunque los nombres, las fechas y los lugares varían, la forma del cuento es inequívocamente la misma en el curso de tres siglos".&lt;br /&gt;Darnton se educó como historiador en las universidades de Harvard y de Oxford; actualmente es titular de la cátedra "Shelby Cullom Davis" de Historia Moderna de Europa en la Universidad de Princeton. Como Praz y Bajtin, como Gay y Huizinga, como Burke o Shattuck, Darnton figura entre los eruditos universitarios que logró salir de la botella porque supo dar con el tono de charla y la vena narrativa que han permitido que su obra interese y divierta y capture a lectores ajenos al mundo académico. Una autoridad en historia cultural de Europa del siglo XVIII, Darnton ha publicado también Mesmerism and the End of the Enlightenment (Schoken Books, 1968); The Business of Enlightenment: A Publishing History of the Encyclopédie, 1775-1800 (Cambridge, Mass., 1979); The Literary Underground of the Old Regime (Harvard University Press, 1982); La gran matanza de los gatos y otros episodios de historia cultural francesa (México, Fondo de Cultura Económica, traducción de Carlos Valdés, 1987). En colaboración con Daniel Roche preparó la edición de Revolution in Print: The Press in France, 1775-1880 (1990). Su libro más reciente es Berlin Journal, 1989-1990 (Norton, 1991).&lt;br /&gt;Ovidio nos aconseja cómo leer una carta de amor: "Si tu enamorado se vale de un sirviente fiel para hacerte insinuaciones por medio de recados inscritos sobre tablillas, sopesa con cautela sus palabras, reflexiona en cada frase, procura adivinar si con hermosas expresiones finge sentimientos o si sus ruegos provienen de un corazón lacerado por un amor sincero". El poeta romano podría ser cualquiera de nosotros. Ovidio habla sobre un dilema en el que nos podemos ver a cualquier edad, que existe con vida propia más allá de las fronteras del tiempo. Al leer sobre la lectura en El arte de amar se tiene la sensación como de escuchar una voz que remonta una distancia de dos mil años para dirigirse directamente a nosotros.&lt;br /&gt;Pero mientras más escuchamos esa voz, más extraña resuena la sonoridad de su timbre. Ovidio a continuación prescribe, en El arte de amar, cómo arreglarse con maña para tratar con el amante a espaldas del marido:&lt;br /&gt;Está en consonancia con la moral y la jurisprudencia que una mujer virtuosa debe temer a su marido y permanecer vigilada por una escolta severa...&lt;br /&gt;Pero aunque tus guardias tuviesen la vista de lince de los ojos de Argos, si lo deseas de modo ferviente te será fácil engañarlos. Por ejemplo, ¿quién puede impedir que tu sirviente y cómplice oculte tus misivas en su corpiño o entre la planta del pie y la suela de la sandalia?&lt;br /&gt;Supongamos que la guardia es tan sagaz como para barruntar este tipo de ardides. Entonces pide a tu confidente que te ofrezca su espalda para sustituir las tablillas y convierte su cuerpo en una carta viviente.&lt;br /&gt;Se sobrentiende que la prenda amada desviste a la dócil esclava de su amante para leer el mensaje que porta su cuerpo —un estilo de comunicación por carta en cierto modo distante del de nuestros días. A pesar de ese falso dejo de obra intemporal, El arte de amar nos transporta a un mundo que apenas nos es dable imaginar. Para mejor comprenderlo es imprescindible al menos cierta familiaridad con la mitología romana, las técnicas de composición por escrito, la vida cotidiana del imperio. Se requiere un poco de imaginación para ponerse en el lugar de la esposa de un patricio romano, y para saber apreciar el contraste entre la moral y las maneras convencionales de una sociedad entregada a la vida mundana y al cinismo, precisamente en una época en la que se predicaba el Sermón de la Montañaña, en lengua bárbara y lejos del alcance de los oídos romanos.&lt;br /&gt;Leer a Ovidio nos enfrenta con el misterio de la lectura. Aunque leer es un acto a la vez natural y extraño que compartimos con nuestros antepasados, nuestras experiencias de lectura ni siquiera asemejan a las suyas como lectores. Podemos disfrutar la ilusión de viajar en el tiempo para establecer contacto con autores que vivieron hace tres siglos. Pero aun suponiendo que los textos que hoy leemos como antiguos se han mantenido inalterados —lo que se antoja virtualmente imposible debido a los cambios en la forma de preservar los libros como objetos meramente físicos—, nuestra relación con esos textos difícilmente equipara a la que tuvieron con esas obras los lectores del pasado. La lectura, en suma, también tiene una historia. ¿Cómo podemos recobrarla?&lt;br /&gt;Podríamos empezar por examinar los testimonios de los propios lectores. En El queso y los gusanos, Carlo Ginzburg encontró uno, de un humilde molinero de la Friulia del siglo XVIII, entre los documentos de la Inquisición. Para reunir pruebas sobre el cargo de herejía, el inquisidor interrogó a su víctima sobre sus lecturas. Menocchio respondió con una retahíla de títulos y de comentarios detallados sobre cada libro leído. Al comparar los textos con las interpretaciones, Ginzburg descubrió que Menocchio había devorado una cantidad inmensa de relatos bíblicos, de crónicas, de libros de viajes, un acervo propio de la biblioteca de un patricio. Menocchio no era un simple destinatario del tipo habitual de mensajes que un orden social transmite de arriba abajo. No sólo había leído de modo compulsivo, sino que había modificado los contenidos de los textos a su alcance y con esas lecturas había edificado una concepción del mundo radicalmente distante de la visión cristiana de la vida. Si esa idea del mundo se remonta o no hasta las antiguas tradiciones populares, como Ginzburg afirma, es tema de otro debate; pero Ginzburg demostró, sin dejar lugar a duda, que es plausible estudiar la lectura como se estudia cualquier otro quehacer de la gente común y corriente que vivió hace cuatro siglos.&lt;br /&gt;En el curso de mis propias investigaciones sobre la Francia del siglo XVIII tropecé con un testimonio sistemático de un lector de clase media. Se trataba de un comerciante de La Rochelle, de nombre Jean Ranson, lector apasionado e incondicional de Rousseau. Ranson no sólo leía con fruición a Rousseau sino que lloraba de emoción a cada página; a decir verdad, Ranson incorporó las ideas de Rousseau a cada acto decisivo de la trama de su vida: al establecerse como comerciante, al enamorarse, al contraer matrimonio y durante la crianza de sus hijos. Lectura y vida corren de la mano con motivos recurrentes en una caudalosa serie de cartas que Ranson escribió entre 1774 y 1785, y que confirma que las ideas de Rousseau fueron asimiladas profundamente al modo de vida de la burguesía de la provincia francesa en los años del Antiguo Régimen. Tras la publicación de La nueva Eloísa, Rousseau recibió una cantidad abrumadora de cartas de tono parecido a las que Ranson escribió. Ésa fue, creo, la primera marejada de cartas de admiradores en de la historia de la literatura, aunque es cierto que Richardson había levantado algunas olitas en Inglaterra. Esas cartas revelan que los lectores de toda Francia respondieron como respondió Ranson y, además, que sus respuestas coincidieron con las reacciones que Rousseau procuró deliberadamente inculcar en sus lectores con los dos prefacios de su novela. Rousseau educó a su público en cómo debería leerlo. A sus lectores les asignó papeles y les ofreció una estrategia de lectura para someterse a su novela. Esta novedosa manera de leer funcionó tan impecablemente que La nueva Eloísa se convirtió en el gran best-seller del siglo, en la fuente más importante de la sensibilidad romántica. Esa sensibilidad se ha extinguido en la actualidad. Ningún lector moderno recorrería los seis volúmenes de La nueva Eloísa con el alma en vilo y hecho un mar de lágrimas. Pero en su momento culminante Rousseau cautivó a generaciones enteras de lectores al provocar una revolución en el acto quieto de leer.&lt;br /&gt;Los ejemplos de Menocchio y de Ranson son un indicio de que leer y vivir, componer una página y darle significado a la vida, estaban vinculados de modo más íntimo en los orígenes de la historia moderna que en nuestros días. Pero antes de extraer conclusiones es necesario explorar con calma más archivos, comparar las descripciones de los lectores sobre sus experiencias de lectura con las anotaciones al margen en sus ejemplares y, cuando sea posible, con su propio comportamiento. Era un lugar común decir que Los sufrimientos del joven Wherter desencadenó en Alemania una oleada de suicidios. ¿No ha llegado el momento para hacer un nuevo repaso sobre esta "fiebre wherteriana"? Los prerrafaelistas propiciaron en Inglaterra resoluciones análogas al pregonar la doctrina de que la vida imita al arte, un tema que es posible perseguir desde Don Quijote hasta Madame Bovary y Miss Lonelyhearts. Al examinar caso por caso, la leyenda podría ganar en solidez si se le coteja con documentos: registros auténticos de los suicidios, diarios, cartas a los editores de las obras. La correspondencia de los escritores y los documentos de los editores son fuentes insuperables de información sobre los lectores reales. Hay docenas de cartas de lectores en la correspondencia publicada de Voltaire y de Rousseau y entre los documentos inéditos de Balzac y de Zola.&lt;br /&gt;En suma, tendría que ser posible elaborar tanto una historia como una teoría sobre la respuesta del lector a una obra. Posible, pero en modo alguno sencillo; los documentos sólo muy rara vez revelan al lector en el acto mismo de leer, es decir, en el instante en que atribuye significados con inspiración en los textos, amén de que los documentos son a su vez textos que además requieren de interpretación. Muy pocos de esos documentos son suficientemente ricos como para proporcionarnos al menos acceso indirecto a los elementos cognoscitivos y emocionales de la lectura, y unos cuantos casos excepcionales podrían resultar insuficientes para reconstruir las dimensiones íntimas de esa experiencia. Pero los historiadores del libro ya han desenterrado una cantidad considerable de información sobre la historia exterior de la lectura. Una vez estudiada como fenómeno social, los historiadores podrán contestar a muchas de las preguntas esenciales: "quién", "qué", "dónde" y "cuándo", respuestas de inestimable utilidad al intentar contestar las preguntas realmente complejas "por qué" y "cómo".&lt;br /&gt;Los estudios sobre quién lee qué libros en diferentes épocas suelen pertenecer a uno de dos enfoques principales: el macro y el microanalítico. El macroanálisis ha reverdecido particularmente en Francia, en donde esta escuela se nutre en una vigorosa tradición de historia social cuantitativa. Henri-Jean Martin, François Furet, Robert Estivals y Frédéric Barbier han rastreado la evolución de los hábitos de lectura desde el siglo XVI hasta el presente, valiéndose de series estadísticas de largo plazo elaboradas a partir del dépôt légal, de registros de los permisos de edición y de la publicación anual de la Bibliographie de la France. Un historiador puede advertir en las ondulaciones de estas gráficas muchos fenómenos deslumbrantes que cundieron como epidemia entre el público educado durante los años que van de Voltaire a Bougainville: la decadencia del latín, el auge de la novela, la fascinación general por el mundo cercano de la naturaleza y por los mundos distantes de los países exóticos. Los alemanes han elaborado series estadísticas de mayor alcance gracias a fuentes de información particularmente ricas: los catálogos de las ferias del libro de Frankfurt y Leipzig, que abarcan de la mitad del siglo XVI a mediados del siglo XIX. (El catálogo de la Feria de Frankfurt se publicó ininterrumpidamente de 1564 a 1749, y el catálogo de Leipzig, que data de 1594, se puede sustituir para el periodo posterior a 1797 por el Hinrichssche Verzeichnisse.) Aunque los catálogos tienen sus desventajas, proporcionan un índice aproximado sobre la lectura en Alemania desde el Renacimiento; y esas fuentes de información abundantes han sido explotadas por una sucesión de historiadores alemanes del libro desde que Johann Goldfriedrich publicó, entre 1908 y 1909, su monumental obra Geschichte des deutschen Buchhandels. El mundo de la lectura en lengua inglesa no dispone de parejas fuentes de información; pero para el periodo posterior a 1557, cuando Londres empezó a dominar la industria editorial, los documentos de la London Stationers’ Company han abastecido a H.S. Bennett, W.W. Greg y otros historiadores con suficiente material como para trazar la evolución del comercio del libro en lengua inglesa. Aunque la tradición bibliográfica británica no ha favorecido la compilación de estadísticas, hay una gran cantidad de información cuantitativa en los catálogos de las ventas al descubierto que se remontan a 1475. Giles Barber ha trazado algunas gráficas al estilo francés de las cifras de los registros de derechos aduanales, y Robert Winans y G. Thomas Tanselle se han formado una opinión de la etapa inicial de la lectura en Estados Unidos mediante una reelaboración de la inmensa American Bibliography, preparada por Charles Evans (dieciocho mil entradas para el periodo de 1638 a 1783, entre las que se incluyen, desafortunadamente, una cantidad indeterminada de "libros fantasmas").&lt;br /&gt;Todo este trajín para compilar y computar datos ha servido al menos para obtener algunas pautas sobre los hábitos de lectura, pero a veces se nos proponen conclusiones tan generales que difícilmente convencen. La novela, como la burguesía, daría la impresión de ir siempre en ascenso, a su vez, las gráficas caen en picada justo en los puntos previsibles —muy notablemente en el caso de la Feria del Libro de Leipzig en el curso de la Guerra de los Treinta Años, y en Francia durante los años de la Primera Guerra Mundial. La mayoría de los historiadores cuantitativos clasifican sus datos estadísticos en categorías tan imprecisas como "artes y ciencias" y "belles-lettres", que terminan por ser deficientes para identificar fenómenos particulares como el Debate sobre la Sucesión, el Jansenismo, la Ilustración o el Renacimiento Gótico —esto es, los temas que mayor atención han despertado entre los historiadores culturales y los eruditos literarios. La historia cuantitativa del libro tendrá que depurar sus categorías y precisar sus enfoques antes de gozar de mayor ascendente, como seguramente tendrá, entre las corrientes académicas tradicionales.&lt;br /&gt;A pesar de sus aciertos, los historiadores cuantitativos han descuidado algunos esquemas estadísticos significativos, y estoy seguro de que sus hallazgos serían aún más impresionantes si fuesen algo más que un empeño por hacer comparaciones entre un país y otro. Por ejemplo, las estadísticas son un indicio de que el renacimiento cultural de Alemania en las postrimerías del siglo XVIII tiene alguna suerte de relación con esa epidémica fiebre de lectura denominada comúnmente Lesewut o Lesesucht. El catálogo de Leipzig no alcanzó sino hasta 1794 el nivel que había fijado antes de la Guerra de los Treinta Años, cuando concluyó 1 200 títulos de libros recientemente publicados. Con la efervescencia del Sturm und Drang, el catálogo se elevó a 1 600 títulos en 1770; luego a 2 600 en 1780 y a 5 000 en 1800. Los franceses siguieron un esquema diferente. La producción del libro creció de modo estable durante un siglo después de la paz de Westphalia (1648): un siglo de gran literatura, desde Corneille hasta la Encyclopédie, que coincidió con la decadencia de Alemania. Pero durante los cincuenta años siguientes, cuando las figuras prominentes de Alemania alcanzaron la cumbre de su talento, el crecimiento francés luce relativamente modesto. Según Robert Estivals los permisos de edición para publicar nueve libros (priviléges y permissions tacites) montaron a 729 en 1764, a 896 en 1770, y a sólo 527 en 1780; los nuevos títulos propuestos al dépôt légal en 1780 sumaron 700. Sin duda, diferentes tipos de documentos y criterios disímiles de medida pueden arrojar diferentes resultados, amén de que las fuentes oficiales excluyen la enorme producción ilegal de libros franceses. Pero cualesquiera que sean sus deficiencias, las cifras indican un gran salto adelante en la vida literaria alemana después de un siglo de preponderancia francesa. Alemania tenía también más escritores, aunque la población de las áreas franco y germano parlantes era casi la misma. Un almanaque literario alemán, Das gelehrte Teutschland enlistó 3 000 escritores vivos en 1772 y 4 300 en 1776. Una publicación francesa equiparable, La France littéraire, incluía a 1 187 autores en 1757 y a 2 367 en 1769. Mientras que Voltaire y Rousseau se internaban en la vejez, Goethe y Schiller alcanzaron la cresta de una ola de creatividad literaria mucho más fértil de lo que cabe imaginar si uno se atiene exclusivamente a las historias convencionales de la literatura.&lt;br /&gt;La minuciosa comparación de estadísticas suele ser muy útil para trazar un mapa de corrientes culturales. Luego de tabular los permisos de edición de libros en el curso del siglo XVIII, François Furet confirmó una acentuada debilidad de las antiguas ramas del saber, particularmente las humanidades y la literatura clásica latina, dominios del conocimiento que según las estadísticas de Henri-Jean Martin habían reverdecido durante el siglo XVII. Después de 1750 es notable el predominio de géneros novedosos como los clasificados bajo el rubro de "Arts and Sciences". Al examinar los archivos notariales parisinos, Daniel Roche y Michel Marion se percataron de una tendencia análoga. Novelas, libros de viajes y obras de historia natural tienden a arrumbar a los clásicos en las bibliotecas de los aristócratas y de la burguesía acomodada. Todos los estudios reparan en el declive significativo de la literatura religiosa durante el siglo XVIII. Estos estudios confirman los hallazgos de la investigación cuantitativa en otros dominios de la historia social: el de Michele Vovelle sobre ritos funerarios, por ejemplo, y la investigación de Dominique Julia sobre órdenes religiosas y prácticas de enseñanza.&lt;br /&gt;Los panoramas temáticos de la lectura alemana son un adecuado complemento de sus pares sobre la literatura francesa. En los catálogos de las ferias del libro de Leipzig y de Frankfurt, Rudolf Jentzsch y Albert Ward comprobaron un pronunciado declive de los clásicos latinos, inversamente proporcional al aumento de las novelas. Hacia finales del siglo XIX, según Eduard Reyer y Rudolf Schenda, los patrones estadísticos de préstamo de libros en las bibliotecas alemanas, inglesas y norteamericanas exhibían pautas de descenso increíblemente similares: 70 u 80% de los libros provenían de la categoría literatura ligera (en su mayoría novelas); 10% pertenecían a géneros como la historia, la biografía y los libros de viajes, y menos del 1% pudo ser clasificado como obras sobre religión. En poco más de doscientos años, el mundo de la lectura se transformó por completo. El auge de la novela habría compensado el declive de la literatura religiosa, y en el caso de casi todos los géneros fue posible situar el momento de ruptura hacia la segunda mitad del siglo XVIII, particularmente en la década de 1770, durante los años de la fiebre wertheriana. En Alemania se le brindó a Wherter una recepción aún más apoteósica de la que se ofreció en Francia a La nueva Eloísa y a Pamela en Inglaterra. El éxito arrollador de las tres novelas confirmó el triunfo de una nueva sensibilidad literaria; las líneas finales de Werther darían la impresión de proclamar el advenimiento de un nuevo público lector y la extinción de la cultura cristiana tradicional: "Unos jornaleros cargaron con la caja. No le acompañó ningún clérigo".&lt;br /&gt;De modo que a pesar de su diversidad y de sus contradicciones ocasionales, los estudios macroanalíticos permiten vislumbrar algunas conclusiones de carácter general, de algún modo afines a la noción de Max Weber sobre la "desmistificación del mundo". Este concepto, sin embargo, podría parecer demasiado vasto como para servir de consuelo. Los amantes de la precisión preferirían el microanálisis, aunque por lo regular este enfoque linda con el extremo opuesto: exceso de detalles. Un ejemplo: están a nuestra disposición cientos de listados de títulos de los libros que se han conservado en bibliotecas desde la Edad Media hasta nuestros días, tantos que nadie podría siquiera abrigar la esperanza de leerlos. A pesar de estas relaciones abrumadoras de títulos, una mayoría de historiadores coincidiría en que el catálogo de una biblioteca privada es útil como perfil de un lector, aunque todos sepamos que jamás leemos todos los libros que tenemos y, de otra parte, que en efecto leemos muchos libros que no nos pertenecen. Examinar el catálogo de la biblioteca de Monticello es como pasar revista a los pertrechos intelectuales de Jefferson. Por añadidura, el estudio de las bibliotecas particulares ofrece la ventaja de vincular el "qué" con el "quién" de la lectura.&lt;br /&gt;También en este terreno los franceses han tomado la delantera. En un ensayo ya clásico publicado en 1910, "Les Enseignements des bibliothèques privées", Daniel Mornet examinó los catálogos de las bibliotecas y llegó a conclusiones que ponen en tela de juicio algunos de los más célebres lugares comunes de la historia literaria. Después de tabular títulos de libros provenientes de quinientos catálogos del siglo XVIII, Mornet encontró un solo ejemplar de la obra que habría de convertirse en la biblia de la Revolución Francesa, El contrato social de Rousseau. Las bibliotecas no sólo están abarrotadas de libros de autores totalmente olvidados, sino que esos volúmenes no ofrecen ningún tipo de fundamento coherente como para relacionar ciertos tipos de lectura (la obra de los filósofos, por ejemplo) con lectores de una clase social (la burguesía). Setenta años y varias refutaciones después, la obra de Mornet conserva su antiguo esplendor. A su sombra ha crecido por cierto una vasta literatura. Ahora disponemos de estadísticas sobre las bibliotecas de los aristócratas, los magistrados, los curas, los miembros de la academia, los comerciantes en pequeño, los artesanos e incluso un puñado de sirvientes domésticos. Los académicos franceses han estudiado las lecturas de diferentes estratos sociales en ciudades determinadas —el Caen de Jean-Claude Perrot, el París de Michel Marion— y a lo largo y a lo ancho de regiones enteras —la Normandía de Jean Quéniart, el Languedoc de Madeleine Ventre. En su mayoría, los estudios se fían de los inventaires après décès, registros notariales de los libros que formaban parte de los caudales de un difunto. De maneran que adolecen de los prejuicios propios de este tipo de documentos, en general proclives a desatender los libros de escaso valor comercial, o que suelen conformarse con enunciados tan imprecisos como "una pila de libros". Pero el ojo del notario francés supo apreciar una enormidad de detalles, más de los que acertó a pescar la mirada de los notarios alemanes; Rudolph Schenda estima que los inventarios de Alemania son lamentablemente pobres como orientación de los hábitos de lectura de la gente común y corriente. El estudio alemán más concienzudo es probablemente el panorama de inventarios de las postrimerías del siglo XVIII en Frankfurt am Main, elaborado por Walter Wittermann. Esta obra revela que eran dueños de libros el 100% de los altos funcionarios, 51% de los comerciantes, 35% de los maestros artesanos y 26% de los oficiales. Daniel Roche estableció una distribución porcentual similar entre la gente común y corriente de París: eran dueños de libros sólo 35% de los obreros asalariados y de los sirvientes domésticos que aparecen en los archivos notariales de la década de 1780. Pero Roche también descubrió muchos otros indicios de familiaridad con la palabra escrita. En el año emblemático de 1789 casi la totalidad de los sirvientes domésticos podía rubricar su nombre en los inventarios. Una cantidad apreciable de escritorios propios, completamente equipados con utensilios de escritura y atestados de documentos familiares. La mayoría de los tenderos y de los almacenistas pasaron en la escuela varios años de su infancia. Antes de 1789 ya había en París quinientas escuelas primarias, una por cada mil habitantes, en su mayoría gratuitas. Los parisinos eran lectores, concluye Roche, pero no leían los libros enlistados en los inventarios. Su sed de lectura se nutría con populibros, hojas sueltas, avisos, cartas personales, e incluso con las señales de tránsito de las calles. Los parisinos leían para encontrar su camino a través de la ciudad y de su vida, pero sus modos de leer no dejaron suficientes pistas en los archivos como para que el historiador pudiera pisarles de cerca los talones.&lt;br /&gt;En consecuencia, el historiador debe buscar otros surtidores de información. Las listas de suscriptores han sido una de las fuentes favoritas, pero tienen la desventaja de incluir únicamente a los lectores de mayores recursos. Entre fines del siglo XVII y principios del XIX se publicaron en Inglaterra muchos libros por suscripción, que además contienen las respectivas listas de suscriptores. Los investigadores adscritos al proyecto de Newcastle (Tyne) para la elaboración de una Bibliografía Histórica se han servido de esos listados para elaborar una sociología histórica de los lectores. Esfuerzos similares se llevan a cabo en Alemania, particularmente entre académicos de Klops-tock y Wieland. Quizá se editó por suscripción una sexta parte de los libros publicados en Alemania entre 1770 y 1810, periodo en que esta práctica editorial alcanzó su punto culminante. Pero incluso durante su Blütezeit, las listas de suscriptores no permiten vislumbrar un panorama preciso de los lectores. Esos listados prescindieron de los nombres de muchos suscriptores, incluyeron otros que no eran lectores sino mecenas, y en términos generales representan mejor el arte y maña de vender libros que urdió un puñado de empresarios que los hábitos de lectura de un público educado, según reza a la letra la crítica devastadora que ha hecho Reinhard Wittmann sobre las investigaciones sustentadas en las listas de suscriptores. La obra de Wallace Kirsop sugiere que una investigación de esa naturaleza podría ser más provechosa en Francia, dado que la edición por suscripción gozó del favor del público lector en las postrimerías del siglo XVIII. Pero las listas francesas, como las otras, favorecen en términos generales a los lectores de mayores recursos y a los libros de carácter decorativo.&lt;br /&gt;Los registros de préstamo bibliotecario a domicilio son una opción más adecuada para establecer relaciones entre géneros literarios y clases sociales, pero sólo se conservan unos cuantos. Las solicitudes de préstamo de la biblioteca ducal de Wolfenbüttel, que abarcan desde 1666 a 1928, son realmente extraordinarias. En opinión de Wolfang Milde, Paul Raabe y John McCarthy esos registros serían prueba de una significativa "democratización" de la lectura en la década de 1760: se duplicóel número de libros solicitados en préstamo; los prestatarios provenían de estratos sociales inferiores (entre los que se encotraban conserjes, criados de librea y oficiales de menor rango del ejército); y los temas favoritos de lectura tendieron a ser más ligeros, cambiando los tópicos doctos por las novelas sentimentales (las imitaciones de Robinson Crusoe fueron particularmente bien recibidas). Curiosamente, los registros de la Bibliothéque du Roi, en París muestran que conservó durante ese mismo periodo su número habitual de usuarios, alrededor de cincuenta al año, incluido uno de nombre Denis Diderot. Los parisinos no podían llevarse los libros a casa, pero a cambio disfrutaban de la hospitalidad de una época más pausada. Aunque el bibliotecario abría sus puertas sólo dos mañanas a la semana, les servía opíparos banquetes antes de regresarlos a casa. Actualmente han cambiado mucho las condiciones en la Bibliothéque Nationale. Sus bibliotecarios han tenido que resignarse a una ley básica de la economía: no hay almuerzo gratuito.&lt;br /&gt;Los historiadores microanalistas han dado con muchos otros hallazgos —tantos, a decir verdad, que terminaron por topar con el mismo problema que sus colegas macrocuantitativos: ¿cómo dar una orden a todos esos materiales? La disparidad de la documentación —catálogos de subastas, archivos notariales, listas de suscriptores, registros bibliotecarios— en modo alguno facilita la tarea. Si los historiadores sacan diferentes conclusiones es en parte debido a las peculiaridades de las fuentes, más que a las preferencias de los lectores. Y a menudo las monografías se excluyen mutuamente: en una investigación resulta que los artesanos son un grupo social educado, y en otra se les tilda de analfabetos; según un autor los libros de viajes gozan de una inmensa popularidad entre ciertos grupos sociales de una región determinada, y en opinión de otro resulta que el mismo género apenas tiene lectores en otras zonas. Un cotejo sistemático de géneros, mundos circundantes, época y región daría la impresión de ser una conspiración orquestada precisamente para encontrar las excepciones que refutan todas las reglas.&lt;br /&gt;Un solo historiador del libro, al menos hasta ahora, ha sido lo suficientemente audaz como para proponer un modelo general de análisis. Rolf Engelsing pretende que a finales del siglo XVIII se verificó "una revolución de la lectura" (Leserevolution). Desde la Edad Media y hasta poco después de 1750, según Engelsing, los hombres leían "intensivamente". Disponían de unos cuantos libros —la Biblia, un almanaque, un par de obras pías— pero las leían una y otra vez, habitualmente en voz alta y en grupo, de modo que grabaron de manera profunda en su conciencia un breve repertorio de literatura tradicional. Hacia 1800, los hombres habrían empezado a leer "extensivamente". Leían cualquier clase de material impreso, en especial publicaciones periódicas y diarios, pero los leían una sola vez, antes de irse de bruces sobre la siguiente novedad. Engelsing no ofrece suficientes testimonios como para apuntalar con solidez esta hipótesis. A decir verdad, la mayor parte de su investigación se atiene únicamente a una pequeña muestra de burghers (pequeños comerciantes) de Bremen. Pero su enfoque tiene esa seductora sencillez de las teorías que delimitan un antes de y un después de, y entrega una fórmula práctica para cotejar modos de leer tanto en los orígenes como en las postrimerías de la historia europea. En mi opinión, su mayor debilidad reside precisamente en que no es una concepción lineal. La lectura no avanza en un curso de dirección única, es decir, de una forma intensiva a otra extensiva. Creo sencillamente que se lee de manera diferente entre diversos grupos sociales y en diferente épocas. Hombres y mujeres han leído para salvar su alma, para educar sus modales y maneras, para reparar máquinas, para cortejar a un ser querido, para enterarse de los sucesos de actualidad y también por pura diversión. En muchos casos, pero sobre todo en el caso particular de los lectores de Richardson, de Rousseau, de Goethe, la atención se concentró con intensidad en un puñado de autores, en lugar de dispersarse. Pero no estoy convencido de que el fin del siglo XVIII representa un momento de ruptura, una época en la que se pusieron al alcance de amplios públicos muchos géneros de impresos, y en la que se advierte el surgimiento de una comunidad masiva de lectores que habría de adquirir proporciones gigantescas en el siglo XIX con la industria del papel fabricado a máquina, las prensas impulsadas a vapor, el linotipo y una alfabetización casi universal. Todas estas transformaciones abrieron nuevos horizontes, pero no mediante la disminución de la intensidad en la lectura, sino mediante la multiplicación del surtido.&lt;br /&gt;Debo confesar que la propia concepción de una "revolución de la lectura" me inspira cierto escepticismo. Y sin embargo, un historiador estadounidense del libro, David Hall, explica en términos casi idénticos a los de Engelsing la transformación en los hábitos de lectura en Nueva Inglaterra entre 1600 y 1850. Antes del año 1800, los lectores de Nueva Inglaterra se nutrían de una breve y venerable colección de "libros de venta segura" —la Biblia, los almanaques, el New England Primer, Rise and Progress of Religion de Phillip Doddridge, Call to the Unconverted de Richard Baxter—, que leían una y otra vez, en voz alta y en grupo, con excepcional intensidad. Después de 1800, Nueva Inglaterra recibió un verdadero aluvión de lecturas novedosas —novelas, periódicos, inocentes y risueñas variedades de literatura infantil—, y los lectores devoraron todos los géneros, desechando una lectura tan pronto como les caía en las manos otra. Aunque ni Hill ni Engelsing jamás han oído hablar uno del otro, ambos dieron con una pauta general semejante en latitudes muy distantes del mundo occidental. Tal vez es cierto que se verificó un cambio fundamental en la naturaleza de la lectura hacia finales del siglo XVIII. Quizá no se trató propiamente de una revolución, pero acaso fue un signo del fin del Antiguo Régimen —el reinado de Thomas à Kempis, Johann Arndt y John Bunyan.&lt;br /&gt;El "dónde" de la lectura es mucho más importante de lo que parece a primera vista, porque saber situar al lector en su escenario suele proporcionar indicios acerca de la naturaleza de su experiencia de lectura. En la Universidad de Leyden hay un grabado, fechado en 1610, que ilustra la biblioteca de la universidad. Ese grabado representa libros, innumerables volúmenes de abultados infolios, formados en altas estanterías que sobresalen del alineamineto natural de los muros y dispuestos en una secuencia que reproduce los encabezamientos de materia de la bibliografía clásica: Jurisconsulti, Medici, Historici, y así sucesivamente. Los estudiantes, dispersos por la sala, están absortos en la lectura, los libros colocados sobre soportes de madera ensamblados a la estantería a la altura del hombro. Todos los jóvenes están de pie, visten una capa gruesa y un gorro para abrigarse del frío, descansan un pie sobre la barra de apoyo para aliviar la presión del peso del cuerpo. Leer no fue una actividad placentera en la edad del humanismo clásico. En imágenes que datan de siglo y medio antes "La lecture" y "La liseuse" de Fragonard, por ejemplo, los lectores se reclinan cómodamente sobre sus meridianas, o bien sobre sendas mecedoras acojinadas mientras reposan los pies sobre un escabel. Los lectores son a menudo mujeres, ataviadas con batas holgadas conocidas en la época como liseuses. Por lo general, acarician entre las manos un delicado tomo en dozavo y tienen la mirada perdida. Entre Fragonard y Monet, también autor de una "liseuse" la lectura se desplazó del saloncito íntimo de las señoras al aire libre. El lector atiborra con libros paisajes de campos y cumbres, escenarios entre los que puede, como Rousseau o como Heine, sentirse en comunión con la naturaleza. La Madre Naturaleza debió lucir un semblante desencajado unas cuantas generaciones más tarde, cuando los jóvenes tenientes educados en Göttingen y en Oxford leían en las trincheras de la primera Guerra Mundial los esbeltos tomos de poesía para los que habían encontrado un rinconcito en sus mochilas militares. Uno de los libros que más aprecio de mi pequeña colección es un ejemplar de Hölderlin, Hymnen an die Ideale der Menschheit, con la inscripción: "Adolf Noelle, enero de 1916, nord-Frankreich", obsequio de un amigo alemán obstinado en dilucidar el enigma de Alemania. Todavía no estoy muy seguro de entender, pero creo que una cabal comprensión de la lectura ganaría mucho si enseñáramos con mayor ahínco todo lo que sabemos sobre su iconografía y sus aprestos, incluidos el mobiliario y el vestuario.&lt;br /&gt;Naturalmente, el historiador no debe interpretar esas pinturas al pie de la letra ni presumir que representan los escenarios y las posturas que solía elegir la gente para leer. Pero la pintura hace aparecer las presunciones invisibles, es decir, lo que la gente aceptaba que debería ser la lectura o la atmósfera en la que debería transcurrir. Es indudable que en su cuadro A Father Reading the Bible to his Children (Un padre leyendo la Biblia a sus hijos), Greuze le dio un tono sensiblero a la lectura colectiva. Restif de la Bretonne hizo probablemente lo propio en las lecturas familiares de la Biblia que describe en La vie de mon père: "No puedo recordar sin enternecerme el arrobo con el que escuchábamos su lectura ni los sentimientos de hermandad y de nobleza que se apoderaban de nuestra numerosa familia (en la que incluyo a los sirvientes domésticos). Mi padre solía dar inicio a su lectura de la Biblia con las siguientes palabras: "Niños míos, preparen su alma; el Espíritu Santo está a punto de dirigirles la palabra".&lt;br /&gt;Pero justamente por su sensiblería esas descripciones revelan una creencia universalmente compartida: para la gente común y corriente de los orígenes de la Europa moderna, la lectura era una actividad social: transcurría en talleres de artesanos, en graneros, en tabernas. Leer era un acto oral y no por obligación edificante. Así por ejemplo, un labrador evoca la lectura de una hostería del campo, según esta versión ribeteada con tonos rosáceos y compuesta por Christian Shubart en 1786:&lt;br /&gt;Und bricht die Abendzeit,&lt;br /&gt;So trink ich halt mein Schöpple Wein;&lt;br /&gt;Da liest der Herr Schulmesister mir&lt;br /&gt;Was Neuses aus der Zeitung für.&lt;br /&gt;(Cuando ya no hay sino noche a mi alrededor,&lt;br /&gt;bebo como de costumbre un buen vaso de vino;&lt;br /&gt;el profesor de la escuela suele leer para mí&lt;br /&gt;una nueva al azar de las que cuentan los diarios.)&lt;br /&gt;La institución más importante de la lectura popular bajo el Antiguo Régimen era una reunión alrededor de la fogata conocida en Francia como veillée, y como el Spinnstube en Alemania. Hacia la noche, mientras los niños retozaban, las mujeres tejían y los hombres reparaban sus herramientas, cualquier persona medianamente instruida en descifrar un texto hacía las delicias de los presentes con las aventuras de Les quatre fils Aymon, Till Eulenspiegel, o cualquier otro libro favorito de la económica colección de populibros de aventuras. Algunas de estas rudimentarias ediciones de bolsillo pedían ser leídas con el sentido del oído o por lo menos eso sugieren al empezar con frases del tipo de: "La historia que usted está a punto de escuchar..." En el siglo XIX, los grupos de artesanos, sobre todo fabricantes de cigarros y sastres, solían turnarse a intervalos regulares para leer o empleaban a una persona para que leyera en voz alta mientras el resto trabajaba. En nuestros días mucha gente se entera todavía de las noticias porque una persona lee en voz alta por medio de una transmisión televisada. Quizá la televisión de nuestra época no represente esa suerte de ruptura radical con el pasado que generalmente se pretende. Sea como fuere, lo cierto es que para la mayoría de la gente en el curso de la historia era evidente que los libros disponían más de auditorios que de lectores. Los libros se prestaban más para ser escuchados que para ser leídos.&lt;br /&gt;(Continúa en Fractal n.3)&lt;br /&gt;Nota y traducción de Arturo Acuña Borbolla&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Robert Darnton, "El lector como misterio", Fractal n° 2, julio-septiembre, 1996, año 1, volumen I, pp. 77-98 &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115528404062657514?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115528404062657514'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115528404062657514'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2006/01/robert-darnton-el-lector-como-misterio.html' title='Robert Darnton -El lector como misterio-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115528191580591257</id><published>2005-11-30T00:28:00.000-08:00</published><updated>2006-08-11T08:33:59.696-07:00</updated><title type='text'>Héctor Abad Faciolince -Un libro abierto-</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000066;"&gt;&lt;strong&gt;Un libro abierto&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Héctor Abad Faciolince&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;El mejor cuarto de la casa, según el recuerdo que tengo de mi niñez, era la biblioteca. Todavía me parece verla; había un escritorio con cajones llenos de papel blanco y encima del escritorio había un pisapapeles de vidrio, un tintero que ya nadie usaba, y también una máquina de escribir mecánica en la que yo escribía con un solo dedo listas de palabras separadas por comas (perro, caballo, cama, casa, mesa, vaso, agua, viento, hoja); a un lado del cuarto había un tocadiscos tan viejo que ya en ese tiempo era viejo, y debajo del tocadiscos una hilera de discos de acetato, casi todos de música clásica y casi todos rayados, pero que seguían sonando si uno le daba un empujoncito a la aguja con los dedos. El resto del mobiliario consistía en dos sillas, un gran sillón reclinable con una lámpara detrás, y tres paredes forradas de libros apilados en estanterías de madera que subían desde el piso hasta el techo.&lt;br /&gt;El sillón era el sitio donde mi papá se estiraba a leer, y mi primera foto, a los ocho días de nacido, es acostado precisamente en ese sillón, en el sillón de lectura. No voy a decir ahora que yo, en una magia precoz, ya estaba leyendo; estaba dormido, es decir, estaba soñando, pero no hay ningún otro oficio humano que se parezca más a la lectura. Ahora quiero pensar, supersticiosamente, que yo estaba destinado al sillón de lectura, que ese era mi sitio en el mundo. En un costado de la biblioteca estaban las enciclopedias y los diccionarios; esos fueron los primeros libros que miré, con la ayuda de mi papá, los primeros que leí, ya solo, buscando al escondido palabras vulgares, y creo que serán también los últimos libros que lea: mis amados diccionarios y libros de consulta. Cuando no sé qué pensar ni qué escribir, abro una página de diccionario al azar, y las palabras siempre se me abren, se me despliegan como un mundo, crean una red de imágenes y de asociaciones que son la primera maravilla de la lectura. Cuando algo o alguien es claro, se dice que es como un libro abierto, para mí un libro abierto, por oscuro que sea, es la claridad, la claridad de un mundo luminoso que se abre ante mí.&lt;br /&gt;Pero quizá lo mejor y lo más curioso del sitio, de ese sitio que en mi casa siempre se llamó “la biblioteca”, era que mi papá entraba ahí con cara de furia o de cansancio, con aspecto aburrido o paso deprimido, y al cabo de algunas horas de misteriosa alquimia (la puerta estaba cerrada casi siempre) salía transformado en algo maravilloso, en la persona radiante y alegre que yo más quería. La biblioteca era el cuarto de las transfiguraciones. Qué transfiguración, qué íntima metamorfosis podían producir esos pequeños objetos de papel y letras y esos ruidos armónicos que salían de los parlantes? Ese era el mayor secreto, ese era el gran misterio de mi padre: la música, pero sobre todo la música callada (como llama William Ospina a la lectura, tomando la expresión de san Juan de la Cruz), la música callada de los libros producía en él una transformación. Durante la lectura (y esto lo pude ver en la biblioteca cuando me dejaba ser testigo de su oscuro rito, pero también en la cama, cada noche, y todos los fines de semana en el campo, bajo los árboles), durante la lectura, repito, mi padre se podía conmover como en un entierro y se reía como en una fiesta; también se concentraba como en una partida de ajedrez, con un fervor de ceremonia, y se despedía del mundo, se ensimismaba igual que si tuviera las peores preocupaciones o estuviera metido en los pensamientos más complejos. El momento de la lectura, las horas de lectura, eran como una repetición, como un repaso de las horas más intensas de la vida. Ese fue el secreto que yo fui descubriendo a lo largo de los años (antes de saber leer, sólo viéndolo a él): la lectura era, sobre todo, una inagotable fuente de felicidad, de serenidad, de plenitud. Yo fui testigo, en mi propia casa, de la felicidad que produce la lectura; mucho después encontré en Montesquieu una frase que explicaba lo que yo había visto: “El estudio ha sido para mí el remedio soberano contra las angustias de la vida, pues no he tenido nunca un dolor que una hora de lectura no haya disipado”.&lt;br /&gt;Tal vez por esta experiencia primordial, cada vez que me invitan a hablar ante un público con el propósito de inducir a los jóvenes o a los no tan jóvenes a la lectura, tengo una sensación paradójica: ¿por qué me propondrán que haga cosas obvias, que insista en asuntos que no necesitan estímulo ni demostración? Nunca, por supuesto, me invitan a dar conferencias para estimular en los jóvenes o en los no tan jóvenes el placentero hábito del sexo solitario o en pareja, ni para explicarles las delicias del baile, ni para recalcarles que es conveniente comer todos los días o dormir siquiera unas horitas cada noche o tomar agua de vez en cuando y bastante trago todos los viernes por la tarde. No; el sermón está reservado para el hábito de la lectura y entonces así uno queda, de entrada, como esas tías cantaletosas que nos repiten sin cesar lo importante que es no faltar a la misa en los días de fiestas de guardar. “Mijito, no se le olvide que mañana es primer viernes y hay que ir a la iglesia. Mijito, pórtese bien juicioso y lea siquiera un párrafo esta tarde”. La lectura queda entonces asimilada a un acto piadoso, benéfico y aburrido (si mucho saludable, como una dieta rica en fibras) cuando yo lo que creo, en cambio, es que es un acto pecaminoso, clandestino y divertido como el sexo, y además tan intenso y placentero como la vida misma. La lectura no puede ser una obligación; tiene que ser una necesidad esencial, algo como comer o tomar agua. Como decía el doctor Johnson: “Un hombre debería dejarse guiar sólo por sus inclinaciones en sus lecturas; los que leen por una especie de deber no le sacarán mucho partido a la lectura”.&lt;br /&gt;En realidad yo tengo una sospecha: estoy casi seguro de que todas las personas leen muchísimo, casi a toda hora, sin sosiego, pero fingen que no leen. Para mí que lo ocultan y que tienen guardado ese vicio de la lectura como un inmenso secreto del que sólo se habla con los íntimos, a solas, o cuando ya están medio borrachos en una velada de sinceridad. “¿Saben qué? Les tengo que confesar algo, yo también lo hago, al escondido, sí, no se lo cuenten a nadie, pero yo también leo cuando nadie me ve.”&lt;br /&gt;Cuando alguien me dice “yo nunca leo nada”, o bien “mis hijos nunca leen”, siento el mismo escepticismo que frente a esos gordos que afirman que nunca prueban bocado. Eso no puede ser cierto, me digo, nadie se va a negar semejante placer, seguramente lee al escondido y por algún motivo prefiere ocultarlo. Pero tal vez en este caso soy un ladrón que juzga por su condición. Yo, como los bebedores compulsivos que intentan dejar el vicio, cuando por algún motivo tengo que dejar de leer, me enfermo. Cuando no leo me va entrando un mal genio, un síndrome de abstinencia como de drogadicto sin heroína; y pienso que a todo el mundo le debe pasar lo mismo. No entiendo cómo alguien se puede pasar un solo día sin leer siquiera un par de páginas.&lt;br /&gt;Siempre he creído, pues, que todos los que saben leer, leen, así sea al escondido. Sin embargo, me he informado mejor y parece que es cierto lo contrario: hay gente que no lee, personas a las que no les gusta leer. Parece que sí; así como hay gente que no come, los anoréxicos, y gente que es incapaz de disfrutar con el sexo (frígidos, castos, impotentes), también hay seres humanos que no gozan con la lectura. Entonces se me ocurre que lo mejor, en vez de echarles un sermón, será hablarles sobre esa trágica condición que es la incapacidad de leer, y aquí no me refiero al analfabetismo (que es una especie de castración y no una frigidez psicológica), sino a la gente que sabiendo leer es incapaz de sacarle placer a la lectura.&lt;br /&gt;La frigidez, la anorexia y la impotencia son enfermedades muy difíciles de curar. Y son enfermedades de esas dolorosas cuando le suceden a algún pariente o a cualquier persona cercana, porque uno se da cuenta de que se están privando de algunos de los grandes placeres de la existencia: disfrutar la comida o disfrutar con otro cuerpo. Es como si estuvieran privados de un sentido: lo más triste de un sordo es que no puede gozar con la música, lo triste de ser ciego es no poder gozar con un paisaje o con un rostro. También con alguien aquejado de incapacidad de leer, lo que se siente es lástima. Sin embargo creo que hay tratamiento para esta desgracia, y que se puede tratar con cuidado y con buen pronóstico a mediano plazo.&lt;br /&gt;Tal vez lo primero que hay que decir es que no es necesario aprender a comer y que también para el sexo nacemos más o menos aprendidos. En esto la lectura, aunque la considero una necesidad primordial, es algo menos natural, menos genético, que reproducirse o alimentarse. Congénito es tal vez, eso sí, el placer que sentimos de que nos cuenten cuentos; todos, los cultos y los incultos, los niños y los viejos, queremos que nos cuenten cuentos. No hay niño que no quiera oír la historia de sus padres, por ejemplo, y todos los seres humanos no hacemos otra cosa que contarnos cuentos, ya sea unos a otros, o interiormente, para nosotros mismos. Planear y recordar es contarse el cuento del futuro o el cuento del pasado.&lt;br /&gt;Entonces, ¿cómo iniciar a los más jóvenes en la lectura? A mí no me parece conveniente que las jovencitas pierdan la virginidad con un expertísimo como Casanova, ni creo que la primera experiencia de un hombre deba ser con la mejor discípula de Celestina. Ni la una ni el otro están preparados para semejante manjar. En el amor y en la lectura hay que empezar despacio, con lo que más se parece a uno mismo, hay que empezar con un vicio solitario o especular. No sé si ustedes se habrán dado cuenta de que casi siempre los adolescentes, cuando tienen un primer noviecito o noviecita, eligen una pareja que físicamente parece un mellizo de ellos mismos. Cuando uno es joven e inexperto, busca lo que no le resulta demasiado extraño. Darle un beso a un sosia es como dárselo a sí mismo, a un espejo. Facilita las cosas, disminuye la impresión de la saliva, de la carne y de la piel ajenas. Por eso pienso que la mejor iniciación literaria empieza antes de la lectura, con los relatos de familia, con los cuentos que cuentan (oralmente) la historia de los padres y de los abuelos. A todos los niños les fascina saber de dónde vienen, quiénes eran sus bisabuelos, cómo era el pueblo, el país o el barrio donde crecieron sus padres, cómo era el empedrado de las calles, la letrina o el baño, qué comían, dónde se acostaban.&lt;br /&gt;Los cuentos son anteriores a la escritura y los cuentos durarán hasta después que la escritura se acabe pues el último hombre que haya sobre la Tierra no hará otra cosa que contarse a sí mismo el cuento de su desaparición sobre la Tierra, si es consciente de ello, o de la desaparición de la Tierra misma. Pensar, muchas veces, no es otra cosa que contarnos el cuento de lo que está pasando. Por eso la lectura es algo tan cercano, tan cotidiano y tan sencillo como comer: es la prolongación de los cuentos que todos nos vivimos contando. Es lo más sencillo, pero es también la sofisticación de lo más sencillo. Nos gusta apresar el mundo mediante la narración. Yo puedo decirle a mi hija: “el año que tú naciste, a los dos meses de engendrada, ocurrió el desastre de Chernobyl (una central nuclear soviética) y sobre toda Europa se cernían nubes radiactivas. Las mujeres embarazadas, y tu mamá estaba embarazada de ti, no podían tomar leche fresca porque ésta tenía isótopos de uranio en cantidades superiores a la recomendable, y podía ser peligroso tomar leche fresca para el feto, para ti que eras un feto”. Uno quiere conocer su propia historia y como todos somos más o menos egocéntricos, no nos cansan los detalles sobre nosotros mismos. También la vida de los padres, de los abuelos, como les decía, o la vida de la novia antes de conocerla. El placer de la lectura nace desde antes de aprender a leer, por el placer de oír historias, por el placer de conocer el cuento de nuestra vida y el cuento de la vida de los demás.&lt;br /&gt;Estas son las historias en bruto, las imágenes o imaginaciones que todos nos creamos y contamos. Lo que se lee no es muy distinto a eso; es eso, pero con un mayor grado de complejidad, de sofisticación, porque se supone que quienes escriben, cuando son buenos escritores, logran decir lo mismo que todos pensamos oscuramente, pero de mejor manera, de una manera tan distinta, tan hermosa o tan clara que parece otra cosa. Así como la culinaria no es más que la sofisticación de una necesidad primaria, la necesidad de alimentarse, y así como el erotismo es la sofisticación del instinto natural de reproducirse, así también la literatura no es más que el arte decantado de un gusto natural, el gusto de contar y oír historias.&lt;br /&gt;Pero decía hace un momento que no me parece necesario empezar con lo más sofisticado (Casanova o Celestina) sino con lo más cercano. Por eso concuerdo con quienes dicen que la enseñanza de la literatura no debe partir de lo más lejano, en el tiempo y en el espacio, para llegar a lo más próximo, sino al contrario. Habría que empezar con lo más nuestro, digamos con los muertos, el barrio y los atracos. Si a uno lo criaron con chicharrón, no es conveniente que se dé un brinco culinario repentino y le pongan al frente, de buenas a primeras, una coca repleta de caviar. Y no porque el caviar sea superior al chicharrón (lo cual es discutible). Pasa lo mismo al contrario: si a uno lo criaron con caviar a orillas del mar Báltico, no conviene que de un día para otro le presenten una bandeja llena de chicharrones, porque lo más probable es que no le gusten al cliente, y si le gustan le produzcan un desastre digestivo.&lt;br /&gt;Con esto quiero decir que si uno nació en Medellín, no debe empezar leyendo a Robbe-Grillet, y que si uno nació en Borgoña sus primeras lecturas no han de ser San Antoñito y la Marquesa de Yolombó. Lo más fácil, casi siempre, es también lo más familiar, lo más próximo. Y conviene empezar por lo más fácil. En general pienso que lo más fácil es lo más cercano, pero esto tampoco tiene que ser una receta rigurosa. Fácil es, en últimas, lo que a uno le parece fácil. A mí —y supongo que a todos— lo que me parecía más fácil no era ni siquiera leer, sino que me leyeran. Después lo que más me gustaba eran las revistas de muñequitos, los cómics; después salté a Las mil y una noches, y de ahí en adelante ya sí me envicié a cualquier lectura, a las lecturas más disímiles, raras y promiscuas. Porque esta es otra de las grandes ventajas que tiene la lectura frente al sexo: en las lecturas uno puede ser promiscuo, infiel, polígamo... En la lectura nadie condena la infidelidad; uno traiciona a Cervantes con Shakespeare o con Montaigne, cambia a Safo por Marguerite Yourcenar y nadie se mosquea, ninguno de ellos se revuelve en su tumba.&lt;br /&gt;Elías Canetti, que es un autor con el que mucho me identifico (en el sentido de que me gustaría ser como él) cuenta cómo empezó a leer en el primer tomo de sus memorias: “Mi padre me llevó un libro. Me acompañó a mí solo hasta el cuarto de atrás donde dormíamos los niños y me lo explicó. Era Las mil y una noches en una edición infantil. Papá me habló en un tono muy serio y estimulante y me dijo lo agradable que iba a ser leer todos esos cuentos. Yo debía intentar leerlos solo y después, por la noche, contárselos. Cuando acabara el libro, me traería otro. Me sumergí de inmediato en ese libro maravilloso y todas las noches tenía algo para contarle. Él mantuvo su promesa: cada vez había un libro nuevo, y es así como desde entonces nunca he tenido que interrumpir, ni siquiera por un día, mis lecturas”.&lt;br /&gt;Empezar leyendo lo más fácil y lo más próximo, entonces. Y próximo puede ser no solamente la cercanía geográfica, sino ese esquema probado y consolidado de los cuentos infantiles tradicionales. Un estudioso ruso, Vladimir Propp, descubrió a principios de siglo una serie de constantes en los cuentos fantásticos para niños; en los cuentos rusos, pero también en los cuentos orientales y en los de toda la literatura occidental y probablemente universal. Hay situaciones que se repiten, por encima de los nombres de los personajes: retos, pruebas, objetos mágicos, estrategias matrimoniales, derrotas, victorias. Un libro como el de Las mil y una noches, aunque muchos de sus cuentos sean para mayores de ventiuno, conserva casi siempre ese esquema elemental que a todos nos gusta, a los niños y a los adultos. Cuando hablo de empezar por lo más próximo me refiero a esos esquemas más elementales, con menos ingredientes. Creo que esto es irresistible para cualquier persona. Irresistible e infalible: no hay a quien no le gusten estos cuentos, como no hay casi a quien no le guste (salvo casos rarísimos) el agua o las caricias.&lt;br /&gt;Tal vez algo que explica la falta de afición actual a la lectura tenga que ver con el hecho de que el cine y la televisión sacian en buena parte nuestra sed natural de oír cuentos elementales. Si es cierto, y así lo creo yo, que a todos nos encanta que nos cuenten cuentos, y que este gusto está programado genéticamente (porque quien oye cuentos aprende y quien aprende sobrevive mejor en cualquier cultura; hay una selección natural que favorece, que favoreció hace cientos de miles de años a los humanos que tuvieron el gusto de que les contaran cuentos), si esto es cierto, es posible que esa sed natural esté siendo saciada por los medios masivos de comunicación. El problema es que estos medios tan nuevos difícilmente superan el nivel elemental del relato; esto desarrolla, entonces cierto infantilismo literario en los actuales pobladores del mundo. Porque los libros, a veces, van mucho más allá que la simple necesidad de entretenimiento y que los esquemas elementales de la narrativa.&lt;br /&gt;No me ocupo aquí de las lecturas no literarias, que son importantísimas. El lento y gustoso aprendizaje de leer cuentos elementales conviene también porque prepara a la persona (prepara sus ojos y su capacidad de concentrarse) para otras lecturas que serán de estudio y de descubrimiento del mundo. Cualquiera que quiera aprender seriamente cualquier cosa, desde medicina hasta economía, tiene que ser capaz de leer y de concentrarse por largos períodos de tiempo. El mismo uso del computador requiere lectura permanente, así sea de los breves mensajes que aparecen en la pantalla. Pero yo creo que es la lectura literaria (la lectura de lo que más naturalmente nos gusta a todos) lo que nos permite llegar, por ejemplo, a la lectura de un libro de biología o de mecánica cuántica. Nos prepara físicamente, en la capacidad de concentrarnos y en la capacidad de mantener la atención y la vista hacia esos signos mudos que transmiten conceptos. Entonces, volviendo a la reflexión anterior, si la televisión sacia por completo la sed de relatos elementales, y esta tarea pueden cumplirla tanto los dibujos animados como las telenovelas, es posible que en las nuevas generaciones haya una cierta privación de la capacidad de leer historias que van más allá, o de leer libros que profundizan en el conocimiento del mundo o en el conocimiento de nosotros mismos como seres humanos. Siempre y cuando uno no se quede ahí, leer cómics (o leer cualquier cosa, incluso mala literatura) es bueno en sí mismo, pero es más conveniente aún porque nos entrena para leer libros de psicología, de termodinámica y novelas de James Joyce.&lt;br /&gt;Empecé diciendo que la lectura es obviamente deleitosa, placentera, y que por eso no podía creer que hubiera gente que no lee y que me parecía innecesario incitar a la lectura porque esta actividad se defendía sola. Ahora tengo que decir que para que este placer sea más profundo y duradero, es necesario someterse a cierto grado de dificultad. Esta dificultad, para quien lee desde muy joven, prácticamente no se experimenta, pero para quien no está acostumbrado desde muy pronto al mero ejercicio físico, visual y de concentración, de la lectura, me doy cuenta de que la dificultad puede ser difícil de superar. Empecé hablando de la facilidad y de la dicha; no puedo terminar sin insistir en la dificultad y en el esfuerzo.&lt;br /&gt;Para seguir con mis metáforas erótica y culinaria, un buen lector (como un buen amante o un buen gastrónomo) no se hace de la noche a la mañana. Un concierto de Shostakovich no se disfruta a la primera audición, así como un capítulo de Proust puede resultar abstruso para un principiante. Los placeres más hondos y duraderos necesitan un período más o menos largo de aprendizaje. Si nos quedamos en lo más elemental sin hacer el esfuerzo, a veces pesado, de ir más allá, no podremos probar aquello que podrá incluso cambiar el sentido de nuestra existencia. Pero ¿qué significa ir más allá con un libro? Bueno, eso depende, ante todo, del libro: con un libro de Chopra nunca podremos llegar muy lejos; de libros tontos y consolatorios no habrá nunca mucho qué sacar. En cambio hay libros inagotables, interminables, que leídos en distintos períodos de nuestra vida, nos dicen siempre algo diferente sobre el mundo y sobre nosotros mismos. Hay libros que nos cambian la vida, libros que nos llevan a ser otras personas, libros que nos sustraen del dolor o que nos llevan a experimentar de manera más auténtica y profunda el dolor; libros que nos ayudan a penetrar las complejas sensaciones del amor, de los celos, de la envidia, de la ira, de la benevolencia, libros que exploran todas las pasiones humanas y que nos enseñan a entender y a dilucidar las vivencias nuestras de todos los días. Pero a esa experiencia no se llega sin cierta dificultad. Y esta dificultad sólo se supera con lo mismo con que se superan casi todas las cosas: con tiempo e insistencia.&lt;br /&gt;No voy a criticar a todos aquellos que se conforman con placeres menores, con curiosidades menos agudas o más frívolas. La condición humana es variada y muy difícil. Hay muy malas personas que son muy buenos lectores y personas buenísimas que jamás han leído casi nada. O nada. Lo mismo se podría decir de cualquier experiencia artística (la música, la pintura, la arquitectura, el paisaje). Tal vez el arte no nos haga necesariamente mejores. Pero sí creo que el arte, y la literatura es un arte, le da un espesor y una calidad mayor a la existencia. La vida no dura mucho, es angustiosa y dolorosa a la vez, pero el arte es un recurso casi siempre muy barato y que además nos dura hasta el último respiro. Leer y mirar no cuesta casi nada; basta no tener hambre para que leer, mirar y oír sean experiencias que llenen de sentido la existencia. Probablemente la existencia no tenga ningún sentido. Pero es casi seguro que al menos tenga uno, así sea uno solamente: existir vale la pena porque se sienten cosas. Y eso es lo que hace el arte, el arte nos hace sentir cosas, el conocimiento nos hace sentir cosas, y nos hace sentirlas más, con más intensidad, es decir, nos hace vivos doblemente. Hay dos maneras de sentir con gran intensidad: viviendo y leyendo. Y esas dos experiencias, además, se retroalimentan: cuanto más se ha vivido, con más hondura se lee, cuanto más se lee, con más intensidad se vive.&lt;br /&gt;El delicioso (pero al principio difícil) arte de la lectura, nos hace sentir y nos hace pensar, porque es capaz de sacarnos de nosotros mismos. Un individuo, una persona sola es casi siempre muy poca cosa. Gracias a los libros ponemos a prueba nuestra escasa experiencia del mundo con la múltiple experiencia de grandes hombres y mujeres del pasado y del presente. De ahí esa gran capacidad transformadora que tiene la lectura. De ahí también su gran fascinación. Lo primero que yo vi que hacían los libros era que transformaban a mi padre, que me lo devolvían mejor de lo que llegaba. Yo desde eso me fabriqué una de mis pocas certidumbres: los libros nos transforman, la lectura nos transforma. Y quiero creer que casi siempre nos transforman para bien, para más, para mejor.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115528191580591257?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115528191580591257'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115528191580591257'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2005/11/hctor-abad-faciolince-un-libro-abierto.html' title='Héctor Abad Faciolince -Un libro abierto-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115530012333552178</id><published>2005-10-05T05:40:00.000-07:00</published><updated>2006-08-11T08:18:55.853-07:00</updated><title type='text'>Daniel Goldin -Los textos y los días-</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000066;"&gt;Los textos y los días&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Daniel Goldin&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque mi pasión por los libros se ha hecho menos compulsiva en los últimos años, aún hoy me es difícil imaginar un placer más completo que la lectura. Los libros siempre han estado cerca de mí como una promesa, como una puerta, como un cofre. He vivido rodeado de libros toda la vida. Me es difícil imaginarme sin ellos, y de plano desconfío de una casa en la que no los haya. Mi padre fue bibliotecario (y además ávido lector), mi madre es bibliotecaria (y no muy buena lectora), en mi casa siempre ha habido libros y en la casa de mis padres, más que los propios (que eran muchos), lo que se leía eran los libros prestados por la biblioteca. Por todo esto sé que estuve ligado a los libros desde mi primera infancia, aunque dudo que haya tenido una relación muy estrecha con ellos antes de aprender a leer: durante muchos años sólo fueron objetos raros que ocupaban un lugar en la sala y, lo que era más molesto, la atención de mi padre.&lt;br /&gt;Si trato de recordar algún libro de esos primeros años sólo me vienen a la mente tres títulos: El libro Barsa del año 1960, del que leí muy poco a pesar de que me acompañó durante muchos, muchísimos años. Durante muchas mañanas de gran aburrimiento (siempre fui un niño que se aburría) miré sus fotos con verdadera pasión: el hombre más alto del mundo, los autos para la futura década, una familia con 16 o 18 hijos, todos en línea; Laika, la perra rusa que fue lanzada al espacio en un viaje sin retorno. Quizá me inicié en la lectura recreativa leyendo los pies de foto de ese libro después de haber repetido hasta el cansancio las estúpidas aliteraciones con que me enseñaron a leer.&lt;br /&gt;Otro libro que recuerdo de aquella época es un título en hebreo con fotografías en sepia y negro sobre una niña y un animal que no recuerdo bien qué era. Sé que nunca lo leí pues estaba en hebreo y quiero suponer que mis padres me lo contaban, aunque sólo recuerdo a mi madre haciéndolo. Creo que era una historia triste (y nos engolosinábamos mucho con la tristeza), pero no la recuerdo. Tal vez sólo me fue relatada pocas veces y después yo la recreé libremente, contemplando las fotografías. El tercero de los títulos que recuerdo era un libro muy grueso con el que mi madre estudiaba inglés, mientras mi hermana y yo asistíamos al kínder. Debía ser una colección de lecturas. En una parte había también un juego con ilustraciones que se movían. No recuerdo en absoluto la historia, pero tengo muy viva la imagen de mi madre sentada en su cama con el libro en sus piernas y mi hermana y yo pidiéndole que moviera el cinito. Probablemente en ese libro también (o si no en algún otro de sus cursos de inglés) había un texto que hablaba de la conquista del Everest. Aún puedo recordar las imágenes de Hillary, su barba perlada por sudor congelado. Y recuerdo nuevamente con qué fruición nos gustaba volver a sus sufrimientos. Probablemente también es de esa época aún no lectora un libro publicado por Daimon sobre aventuras en el zoológico. Eran muchos cuentos en los que los personajes eran distintos animales del zoológico. Puedo recordar con nitidez las fotografías en blanco y negro, y cómo me identificaba con un chimpancé, pero he olvidado los cuentos...&lt;br /&gt;Sólo sé que durante muchos años mis padres nos los leyeron. Pese a su formación de bibliotecario, mi padre, el principal lector de la casa, no solía leernos clásicos de la infancia ni acercarnos a ellos. Tal vez, ahora lo pienso, porque su infancia fue dura y poco rodeada de afecto. Los cuentos clásicos de Andersen, Perrault o de los Grimm, me llegaron pero no sé cómo. Dudo que haya sido a través de libros. En cambio mi padre nos leía una hermosa edición de El libro de las tierras vírgenes, de Rudyard Kipling. Era un libro muy grueso, con no muchas ilustraciones. De la trama de este libro también es muy poco lo que recuerdo. En cambio me acuerdo de los nombres de muchos de sus personajes: Akela, Mowgli, Kaab. Siempre fue una lectura compartida con mis hermanos, quizá por esto tuvo tanto peso. Era como una ceremonia en la que pactábamos un armisticio temporal para escuchar a mi padre. Hoy pienso que no sólo me gustaba el relato: me encantaba ver a mi padre de otra forma. Al leer en voz alta, su presencia se expandía hacia un territorio inhóspito, lejano y tentador que era desde donde nos hablaba. Su figura crecía aún más porque, intuía yo, lo que nos leía era importante para él por alguna razón que nunca explicitó y que, como tantas cosas, se llevó a su tumba. Su voz de cierta forma nos abrigaba en su misterio, nos trasladaba a su silencio. Tiempo después, siendo ya lector, por ese mismo sendero me interné en la literatura buscando su afecto y siguiendo las lecturas que él me recomendaba, los sábados en la biblioteca de la que él había sido bibliotecario fundador. Estoy seguro que creía que era una vía de acercarme a él, de compenetrarme en su misterio. No sé hasta que punto lo logré, a juzgar por la distancia que mantuve con él y sobre todo por mi dificultad para hacer de la lectura un placer compartido, creo que muy poco. Sin embargo fue en esas mañanas de sábado cuando entraron verdaderamente los libros en mi vida: Belleza negra, Huckleberry Finn y Tom Sawyer, La cabaña del tío Tom, Príncipe y mendigo, Ivanhoe, Sin familia. Este último me conmovió como muy pocos otros; sé que se trataba de un niño solo en el mundo; supongo que era un derroche de tristeza y sufrimiento que por alguna razón me causaba gran deleite. La identificación con el personaje me separaba de mi identidad real, pero al darme una imaginaria me dejaba ver la verdadera naturaleza de mi sensación de estar solo en el mundo. A través de esa identificación yo me vengaba de mi entorno. Recuerdo con claridad estas vivencias, que a muchos tal vez les parezcan posteriormente elaboradas, y sé con certeza que son y fueron ciertas. Quizá con los años aprendí a desmenuzarlas, pero la vivencia estaba y está ahí, como un dardo alojado en mi cuerpo y poco a poco asimilado. Tom y Huck, quiero decirlo, son y han sido los personajes más importantes de mi vida. Su inteligencia rapaz, su desprolijo garbo, su alegría vital; los puedo visualizar: Tom con una camiseta a rayas rojas y Huck una camisa cuadriculada como de granjero; ambos descalzos, con los pies llenos de barro, como la boca y las manos. Me es difícil imaginar felicidad más plena, sobre todo por la nobleza de ambos, tan ajena a la pompa, y porque era en la amistad donde ésta crecía. No hace mucho alguien me preguntó cuál había sido el libro más importante de mi vida; sin vacilar contesté que Tom Sawyer. Es mi modelo a seguir, agregué en el acto.&lt;br /&gt;Una de las vivencias constantes de mis lecturas desde niño ha sido la multiplicidad de escenarios en donde ésta acontece. Por lo menos son tres: uno, hacia adelante, que sigue la trama y trata de averiguar el desenlace pronto, con ansia casi ciega. Pero hay otro en el que miro de reojo las emociones que la lectura me provoca. En el tercero están las imágenes que se van formando por la lectura: un niño con un atado a la espalda y un perro (Sin familia), las callejuelas de Londres (Príncipe y mendigo), un niño astroso con el pantalón rabón y sombrero de paja (Tom Sawyer ), etcétera. Generalmente, con el paso del tiempo no retengo casi ninguna de las tramas que con tanto ahínco buscaba desentrañar. En cambio, recuerdo con gran claridad imágenes que se formaron en mi mente al leer. Por eso no deja de asombrarme mi escasa afición por los libros de imágenes, pese a estar muy ligado a la pintura y haberme dedicado a ella.&lt;br /&gt;En la biblioteca que frecuentaba había varias colecciones y algunos títulos se repetían en las diferentes colecciones. Una de ellas tenía una parte de cómics. Ésa era la que menos me gustaba. Me parecía (y aún hoy me parece) una grosería (aunque ahora tal vez la comprenda). Había otros que tenían fuertes dosis de dibujos y poco texto. Yo siempre prefería las de mucho texto y pocas imágenes.&lt;br /&gt;Las ilustraciones pocas veces me parecían del mismo valor que las palabras y creo que incluso ni siquiera las relacionaba. No me recuerdo observándolas. El Sandokan que navegaba por mi mente era más vigoroso que el de las viñetas. El único gozo que éstas me brindaban era un descanso, un premio y un hito en la lectura. Era una forma de medir mi esfuerzo y, como premio, una manera más rápida de pasar páginas. Ya padecía la eterna disyuntiva que sufrimos todos los lectores: querer acabar rápido el libro y desear que nunca se termine. Quería devorar los libros, aunque sabía que no había mayor deleite que quedarme en ellos. Quizá por eso me hice aficionado a las series: las primeras, más que de personajes o autores, fueron colecciones. La sección de libros infantiles en el deportivo estaba clasificada por colecciones. Todos los sábados yo repasaba los estantes y agotaba las colecciones. Después las series se organizaron por personajes: primero Tom Sawyer y Huck, después vino Salgari y su portentosa saga... Habré leído 12 o 14 libros gruesos cuyas tramas, nuevamente, se borran de mi memoria. Después entraron los autores; vino el ciclo de Verne (que pasó sin pena ni gloria) y miniciclos de parejas de libros. Traven fue el primer autor al que leí con ganas de agotarlo, animado quizá por algún comentario sobre la enigmática vida de su autor. Leí Puente en la selva con un azoro que hace un par de años, cuando lo publiqué, todavía me pareció revivir. Leí Macario, Canasta de cuentos, La rebelión de los colgados y otros que no recuerdo haber acabado.&lt;br /&gt;En quinto año compré por primera vez un libro con mi dinero. Era el Diario del Che en Bolivia. Lo compré porque en un estante de Aurrerá leí un fragmento que decía algo así como "13 de febrero: día de pedos, vómito y diarrea". Había visto las fotos del cadáver de Guevara en Excélsior. Me pareció que era importante leer su diario. Ya para ese entonces leía el periódico casi todos los días. Supongo que era (como es aún hoy) un poco para perder el tiempo, para participar de una situación y para sentirme un poco más importante. En sexto año leí Summerhill y quise ir a Inglaterra. Había decidido dejar atrás la infancia (que poco me había dado), y la escalera de los libros me ofrecía una buena forma de crecer y hacerme respetar. En esa época frecuentaba la biblioteca de la escuela y sacaba muchos libros que no terminaba de leer. Me gustaba que la bibliotecaria me dijera que eran para adultos; y yo le contestaba que no importaba: leer se había convertido en una fuente de prestigio social, aunque seguía siendo fuente de placer y múltiples emociones. En esa época, la lectura recreativa era una actividad de los sábados en la mañana; no recuerdo lecturas nocturnas ni vespertinas. Recuerdo con especial claridad la lectura de Los miserables durante muchos sábados. Me la había recomendado mi guía en el Hashomer. Él nos relataba un capítulo por se-mana. A veces yo iba delante de él en mis lecturas, otras me rezagaba, pero nunca un placer anuló al otro.&lt;br /&gt;Supongo que aquí empezó el placer que más claramente definió mis lecturas de adolescencia (y que considero aún hoy uno de los fundamentales pese a ser poco frecuente): compartirlas. Los amigos comenzaban a ser fuentes de recomendación, había que leer para participar en las pláticas, que siempre me parecían misteriosas pues yo seguía leyendo más por tener otra vida, que por aprender algo para ésta. Recuerdo con claridad la lectura de Las noches blancas de Dostoyevsky durante un viaje a Centroamérica que hice con unos amigos. El libro era bastante corto y después de varios viajes en autobús ya varios lo habían leído. Cuando yo concluí la lectura, un amigo me preguntó si estaba de acuerdo con lo que decía el libro. La novela era una defensa de la tesis que se explicitaba en el párrafo que acababa de leer. Pero hasta ese momento yo no había asimilado que de los libros había que sacar conclusiones. Vivía lo que el autor me obligaba a vivir, me borraba a mí mismo con la intensidad del relato. Con eso bastaba. Recuerdo la desilusión que me provocó tener que distanciarme de la vivencia para argumentar. Aún hoy, que he aprendido a generar lecturas, me parece que ha-cerlo es un esfuerzo, una invención. Mi deseo es perderme en ellas, olvidarme; aunque lo repruebe, aunque haya deseos pa-ralelos, ése es el más intenso.&lt;br /&gt;En la preparatoria aparecieron tres cosas fundamentales que complejizaron y ampliaron notoriamente mi relación con los libros. Leí los primeros libros de ensayos, que eran forzosamente libros para distanciarse y pensar, pero sobre todo para discutir: la realidad empezaba a ser un engaño que había que descubrir. Pero no dejaba de ser un misterio a celebrar: los primeros amores surgieron junto con mi afición por la poesía. Leí hasta agotar la colección de Joaquín Mortiz. La leía en el jardín de la biblioteca, en los pasillos de la escuela, en los camiones y en la casa. Muchas veces en voz alta. Al revés de lo que me pasaba con la narrativa, aquí el placer era volver, jamás avanzar. De hecho, aún hoy rara vez leo un libro de poesía de principio a fin. Abro una página, abro otra. Vuelvo al poema que leí 20 veces. Las lecturas de poesía de aquella época (como la música que escuché y la pintura que vi) marcaron mis gustos. Puedo volver a leer los poemas y encontrarles nuevo sentido o seguir sin encontrarles alguno, pero no dejan de atraerme. Ahí está el centro de mis vivencias más profundas, la sensación de que el tiempo es un engaño, la dificultad de avanzar en el eje sintagmático, como diría Jacobson. También en esa época apareció el bicho de la escritura, que siempre había tenido, pero que aquí empezó a socializarse. Asistí al taller de poesía de Alejandro Aura en la Casa del Lago. Escribía y leía para que me criticaran. Leía a los compañeros. Leía para ampliar mi escritura. Leía y escribir era una ampliación de la lectura. Quizá hubiera preferido que la relación entre leer y escribir no fuera tan inmediata. Me hubiera gustado leer simplemente por el placer de hacerlo, de recordar y conversar. Pero desde que empecé a escribir con alguna seriedad, ese placer no me fue ya concedido y apareció un cuarto escenario: el texto paralelo, el gusanito que despierta y quiere tejer su propia red. Para ser justo, debo decir que también cuando escribo muchas veces quiero levantarme a leer. En ese ir y venir de la escritura a la lectura y viceversa, ambas actividades se han transformado, han perdido un encanto y han ganado otros. Han perdido el de la ingenuidad y la inocencia; han ganado el de una comprensión más profunda de sus leyes secretas. Quizá a partir de esto se ha hecho menos compulsiva mi relación con ambas y con los objetos en que ambas parecían centrarse: los libros. Hoy, leer y escribir me parecen dos formas del pensamiento, de la comunicación, de estar en el mundo. Me interesa más la relación de ellas con ese estar y, más que el objeto libro, el sujeto que lee. Tal vez porque me he dado cuenta de que con ellos se pueden ocultar muchas ruindades, por la inutilidad de acumularlos (aunque me siga gustando comprarlos y poseerlos), de la banalidad de leerlos sin hacer una lectura propia. También he comprendido con mayor claridad la profundidad de la lectura, esta actividad que tantos suelen conceptuar como un no hacer nada o como meramente pasiva. Sé que es una relación muy íntima, por esto sé que tiene límites: no se puede leer todo. He intentado muchas veces leer Aurelia de Nerval (un librito de 50 páginas) y no he logrado avanzar más allá de la página 10. No se puede leer siempre y a veces es difícil hacerlo.&lt;br /&gt;Al principio de este texto hablé de los libros como promesas, como puertas, como cofres. No hablé de los libros como invitación al viaje, como viaje en sí mismos. Cuando a los 19 años dejé México con una mochila con dos mudas y veinte kilos de libros, supe que esa invitación podía incidir en la realidad. Viajé a Europa por haber leído a Nietzsche, a Cortázar, a Breton. Al llegar a París, la ciudad me pareció conocida. Había llegado antes con los libros. Pero nunca se cumplió lo que esperaba al leerlos. De hecho, pocas veces las promesas se han cumplido, las puertas se han traspasado o el cofre me ha permitido llegar al verdadero tesoro. Y cuando lo he logrado, la completud ha sido efímera.&lt;br /&gt;La dimensión que abren los libros es la de la incompletud y la promesa de calmarla. La trampa que nos ponen es que sólo se puede colmar con su propia materia; lenguaje. ¿Por qué sigo tan atado a ellos si sé que son una trampa? Tal vez porque con ellos y por ellos he entendido algo inherente a nuestra condición: que nuestra única patria es volátil y esquiva, que la única forma de arraigar en ella es mantener y alentar sus movimientos, desintegrarnos, como el polvo. No ser de nadie, no tener sentido y no poder dejar de producirlo.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;br /&gt;Daniel Goldin, "Los textos y los días", Fractal n°11, octubre-diciembre, 1998, año 3, volumen III, pp. 155-163.&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115530012333552178?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115530012333552178'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115530012333552178'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2005/10/daniel-goldin-los-textos-y-los-das.html' title='Daniel Goldin -Los textos y los días-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115530604791004384</id><published>2005-10-03T07:14:00.000-07:00</published><updated>2006-08-11T09:13:11.003-07:00</updated><title type='text'>Maria Gracia -10 Ways to Conquer Your Reading Pile-</title><content type='html'>&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;10 Ways to Conquer Your Reading Pile&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Maria Gracia&lt;/span&gt; &lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Is your reading pile getting so high that you can barely see over it? If so, it's time to conquer that pile. Here are 10 simple ways to do so:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1. &lt;strong&gt;HIGHLIGHT IT.&lt;/strong&gt; When reading newspapers and magazines, read with a highlighter. Quickly skim through the publication, scanning each page and highlighting all headlines that are of interest to you. Then, go back and read only those highlighted articles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2. &lt;strong&gt;TEAR IT OUT.&lt;/strong&gt; If you don't have time right now to read those articles that you highlight, you may want to tear out the pages and schedule a time to read them later on. This way, you don't have to go through the entire publication again to determine what it was that you wanted to read. Plus, you won't be saving unnecessary newspaper and magazine clutter.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3. &lt;strong&gt;USE INDEX CARDS&lt;/strong&gt;. When reading a book, use an index card to remember sections that you would like to reference later or share with someone else. On your index card, write down the page number, the area of the page (T=Top, M=Middle, B=Bottom) and one or two words to help you remember what it was that interested you. It's a waste of time to have to look through the entire book again to find something.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4. &lt;strong&gt;SPEED READ.&lt;/strong&gt; If you have an enormous volume of information that you need to keep up with, you may want to consider taking a speed reading class. Some local universities offer speed reading courses. Use the phone book and/or the Web to locate classes in your area. Or you can choose to do it on your own, either by buying a book or borrowing one from your library.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5. &lt;strong&gt;SCHEDULE TIME TO READ&lt;/strong&gt;. Schedule a specific date and time to read. Possibly dedicate 15 minutes a day to read, and indicate this appointment on your calendar. Keep that appointment with yourself, just like any other. In doing so, reading will soon become part of your daily routine.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6. &lt;strong&gt;AVOID CLUTTER&lt;/strong&gt;. Since newspapers contain current events, those that are more than a day or two old generally contain old news. Magazines have a 1-2 month shelf life. Recycle old issues, or donate them to your library.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7. &lt;strong&gt;CREATE A 'TO READ' FILE&lt;/strong&gt;. Create a TO READ file folder or basket to store all of your reading material. It's much easier to determine how much it is that you have to read, when everything is stored in one location, instead of all over your office or home.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;8. &lt;strong&gt;BE REALISTIC&lt;/strong&gt;. If your TO READ pile is beginning to look like a mountain, then you may be trying to bite off more than you can chew. Most people are over-ambitious when it comes to deciding how much time they can realistically dedicate to reading. Don't allow your reading pile to go over the edge of your reading basket. If it does, then it's time to weed it out.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;9. &lt;strong&gt;BRING IT WITH YOU&lt;/strong&gt;. If you're planning on spending your day out, put your day's reading materials into a file folder. Then, whenever you have the opportunity during the day, your reading material will be easily accessible. Some opportune times to read are while waiting in someone's office for an appointment, while riding on the train or bus, or when waiting in line at a check out counter.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;10. &lt;strong&gt;SET REALISTIC READING GOALS.&lt;/strong&gt; If you're trying to get through a book, setting a goal of reading a chapter a day may help. If chapters are really long, set your goal by a certain number of pages. For instance, you may read 10 pages per day. Determine the date you'd like to finish the book or periodical, and then work backwards to determine how many pages you must read per day in order to meet your deadline.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115530604791004384?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115530604791004384'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115530604791004384'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2005/10/maria-gracia-10-ways-to-conquer-your.html' title='Maria Gracia -10 Ways to Conquer Your Reading Pile-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115528515699773274</id><published>2005-09-14T01:31:00.000-07:00</published><updated>2006-08-11T08:40:36.030-07:00</updated><title type='text'>Roberto Hernández Montoya -¿Qué se promueve cuando se promueve la lectura?</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000066;"&gt;¿Qué se promueve cuando se promueve la lectura?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Roberto Hernández Montoya&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los organismos oficiales, y también algunos privados interesados por el tema, han expresado un renovado interés por la promoción de la lectura. He aquí un apunte teórico para una campaña publicitaria de la lectura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En primer lugar despejemos una falsedad: hoy se lee menos que antes, entendiendo por “antes” un vaguísimo pasado. Si ese pasado llega hasta mediados de siglo XIX la mentira es importante porque en ese entonces los niveles de analfabetismo eran más masivos que ahora. Pero si ese pasado llega hasta antes de la invención de la imprenta, la mentira se vuelve escandalosa, porque entonces leía solo una pequeñísima minoría de profesionales: académicos, curas, monjes y algunas pocas personas cultas, a quienes les daba por ahí, como el Marqués de Santillana. Leer letras era competencia aun más minoritaria que hoy leer partituras o radiografías. Era además cosa sagrada, porque lo que se solía leer eran, precisamente, las Escrituras: Ilíada, Biblia, Corán, Talmud. Leer era un ritual.&lt;br /&gt;Lo sigue siendo, solo que ahora es también ritual laico. Emprender la lectura de un libro es algo que siempre causa un vago escalofrío o en todo caso la certitud de un compromiso, una promesa, un envite. No importa que el libro luego decepcione, pues precisamente decepciona porque prometía una aventura y tal vez una ventura y no cumplió su oferta. Es un riesgo, no sabes si ahí está la idea que cambiará tu vida o si será tan chato que lo olvidarás apenas cierres el tomo. O contiene una idea que puede arruinar tu futuro. Entre esos extremos están placeres, terrores, obsesiones, dichas, risas, llantos. O mera información útil, conveniente, adecuada, práctica, sin sobresaltos. O acercamiento con tus dioses. O convicción de que no existen dioses. Los libros vierten, convierten, divierten, pervierten, advierten, revierten, subvierten, invierten. Cambian la historia e impiden su cambio. Iluminan, embrutecen. Son lo mejor y lo peor, como el lenguaje.&lt;br /&gt;Pero leer no es meramente una devoción como suelen sugerir muchas campañas de lectura. Algo que hacen personas de gusto refinado o que tienen fervor por la Cultura —sí, la que se escribe con C mayúscula. También es eso, pero es mucho más. No sabemos exactamente cuáles fueron las diversas circunstancias de las invenciones de los alfabetos. Pero en todo caso registrar la voz no debe haber sido acontecimiento trivial. Era asombroso poder comunicarse más allá del tiempo y del espacio, porque el alfabeto es la primera máquina del tiempo y del traslado instantáneo: leo un libro y me traslado al pasado y a kilómetros de distancia. Escribo un libro y me comunico con el futuro y por allá lejísimo. Al menos eso espero. “Escribe, que algo queda”, decía Kotepa Delgado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es decir, la escritura es un colágeno comunitario que religa las partes sociales entre sí. Mediante el alfabeto las partes de la vida social se hablan entre sí y se dan sentido mutuamente. El lego conoce las leyes, el legista conoce la poesía, el poeta se entera del decreto, el mecánico lee al político, el magistrado lee una carta de amor, el francés lee a Shakespeare y el guaraní a Hugo. Los idiomas se asientan sobre bases tan sólidas que aún podemos leer griego, latín o sánscrito aunque no sepamos del todo cómo se pronunciaban.&lt;br /&gt;Por eso es triste que se pierdan tantas lenguas cada año, agonizantes en la mente de un último hablante, esa premonición del Último Hombre, hasta que se extinguen en su muerte. Eran lenguas no escritas. En Venezuela hemos intentado al menos retardar el proceso, mediante la dotación de alfabeto a las lenguas indígenas que aquí se hablan, mediante el Programa de Educación Intercultural Bilingüe. Multilingüe en realidad. Eso nos permitió saber antes de la Constitución de 1999 que somos una sociedad multicultural y multiétnica. Esas lenguas no desaparecerán del todo, así se extingan de la boca viva de sus hablantes. Quedará al menos su testimonio escrito. Serán lenguas muertas, pero no extintas. Sabremos incluso cómo se pronunciaban. Leer es, pues, religar.&lt;br /&gt;Es una necesidad primera. Por más analfabetos funcionales (esos que saben leer pero no leen) que seamos, siempre habrá unas letras que nos comuniquen que no debes ingerir alimentos en el Metro, que no debes fumar en tal o cual lugar, que por esa calle se va a tu casa. Las neuronas se comunican entre sí mediante un fenómeno llamado sinapsis; el texto, ese ensanchamiento del lenguaje, establece sinapsis entre esas estructuras de neuronas que llamamos cerebro. Es la emersión, diría Edgar Morin, de un orden sobre otro. Primero fueron los seres unicelulares, que se agregaron en multicelulares, luego se gregarizaron y formaron manadas, cardúmenes, rebaños, piaras, greyes, hatos, vacadas, tropas, tropillas y tropeles. Los humanos hicieron hordas, turbas, pandillas, sociedades. Y esas sociedades se constituyeron con lenguaje, pero ese lenguaje no fue suficiente para las ciudades-estado, que necesitaron alfabetos desde quipos y logogramas chinos o egipcios hasta garabatos fonéticos que permitían hilvanar mito, ley, ciencia, poesía, historia, es decir, la ideología que armó hasta hoy el cuerpo social tal como lo conocemos. Luego, sobre el alfabeto, que discurría por papiros, pergaminos, bronces y piedras. Pero aún no fue suficiente, hizo falta imprenta y ahora Internet.&lt;br /&gt;Por eso toda campaña debe sostenerse sobre esa experiencia de lectura necesaria de todo orden social moderno. No debe partir de la idea de que va a iniciar en la lectura a nadie, salvo cuando una sociedad emprende una campaña de alfabetización para evolucionar hacia un orden social que requiere del alfabeto. Eso es diferente y escapa a estas letras que me lees. Me refiero a convencer a los que ya leen de que lean. Una campaña de lectura no puede aspirar a tanto sino a lo justo: reorientar el hecho de leer. Ya que puedes leer revistas hípicas ¿por qué no aprovechas de usar esa pericia para algo de mayor entidad? Pero no tanto exactamente, porque quien solo lee revistas hípicas y ¡Hola! solo sabe leer eso. De lo que se trata es de informarle de que existe algo más, de seducirlo para otra cosa. Y también de facilitar el acceso al libro y la revista. La campaña, si es de estado poderoso como el de Venezuela, puede desplegarse no solo por la exhortación inspiradora de nobles fines, sino por la infraestructura misma, poniendo el libro más cerca de las manos, proliferando librerías y bibliotecas, abaratando la producción, poniendo los textos en manos infantiles. También lo puede la empresa privada, como esos libros de kiosco de alta calidad que han llenado de Don Quijote y Martín Fierro a miles de hogares. Sale ganando todo el mundo, especialmente la empresa privada, pues no todo es la miopía descabellada de cerrar los Espacios Unión porque no son rentables. Por supuesto que la cultura sí es rentable, como que contribuye con el 4,6% del PIB venezolano, más que el turismo, más que la industria de la flor en Colombia. Y aún puede contribuir más, pero no precisamente cerrando los Espacios Unión. Para no contar el bien no cuantificable que hace la cultura.&lt;br /&gt;Leer no es solo exaltación dominguera. Tan importante es la cultura de sábado y domingo como la de lunes a viernes y esta es aun más estratégica porque es “infratextura generativa” (de nuevo Morin), texto que subyace en todo y que se genera y regenera a cada paso. Es la cultura que hace rodar fluidamente al mejor Metro del Mundo, el de Caracas.&lt;br /&gt;Hubo una vez una señora que trabajaba en el Buffet Vegetariano separando piedrecillas de frijoles y arvejas. Un día comenzó a cometer errores. Era la presbicia. Miguel Kamnitzer, el dueño del restaurant, la mandó a que un oculista le hiciera lentes “para leer”. Al día siguiente fue al optometrista a que le reparase los lentes, pues había intentado leer el periódico y no había entendido nada. Esos lentes no servían para leer.&lt;br /&gt;Las campañas de lectura no deben ser como esta señora, que creen que ellas solas bastan para que la gente lea. Esa señora no sabía que para leer hace falta un instrumento más sutil que unos lentes, que consiste sobre todo en insertarse en un orden social que requiere que ella lea. Si no es así, me parece por todo lo dicho, no habrá lentes ni campañas de lectura que la conduzcan al dominio de los signos quietos. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115528515699773274?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115528515699773274'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115528515699773274'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2005/09/roberto-hernndez-montoya-qu-se.html' title='Roberto Hernández Montoya -¿Qué se promueve cuando se promueve la lectura?'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115528504381643468</id><published>2005-09-14T01:28:00.000-07:00</published><updated>2006-08-11T08:47:15.243-07:00</updated><title type='text'>Roberto Hernández Montoya -Cómo hacer que la gente no lea-</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000066;"&gt;Cómo hacer que la gente no lea&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Roberto Hernández Montoya&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;No han sido pocas las campañas de lectura, dentro y fuera de Venezuela. Los resultados están a la vista. Nadie, además, que yo sepa, ha hecho un estudio para verificar resultados.&lt;br /&gt;La lectura no es, como lo suponemos los que la practicamos, solo una devoción. Es también una necesidad práctica y a veces mística. Nació del comercio y también de los libros sagrados. Leemos para saber de los dioses, o de su ausencia, para enamorarnos, para votar o no por un candidato, para resolver un problema administrativo o para programar un VHS. La escritura es un colágeno que religa las partes sociales entre sí. Mediante el alfabeto las partes de la vida social se hablan entre sí y se dan sentido mutuamente. El lego conoce las leyes, el legislador la poesía, el poeta el decreto, el mecánico lee al político, el magistrado una carta de amor, el francés a Shakespeare y el guaraní a Hugo.&lt;br /&gt;¿Por qué fracasan las campañas de lectura? Expondré las razones que intuyo (tal vez sean otras):&lt;br /&gt;1. No se hacen en serio. Es decir, se hacen para aliviar una mala conciencia de los que leen como devoción. La gente no lee (lo que suele ser exageración samaritana) y hay que decirle que no lee, con lo cual&lt;br /&gt;2. se termina ofendiendo al público, pues leer no es solo una devoción y no tenemos derecho a imponer nuestro modo de leer a los demás, so pena de terminar ofendiéndolos: “Lee, no seas bruto y encima inculto”. No hay ofensa más afrentosa que la de inculto, sobre todo si es verdad. No hagas la prueba. Puede ser peligroso.&lt;br /&gt;3. No se investiga. Se lanza la campaña y nadie averiguó nada previamente: cuánto se lee, quién lee, quién no, qué se lee cuando se lee, cómo vencer resistencias; no se hace seguimiento de la campaña, no se verifican sus resultados. “Nada más práctico que una buena teoría”, decía Bohr. Lamentablemente no lo dijo en Venezuela, donde practicamos lo que Alfredo Chacón llama “empirismo pasional”.&lt;br /&gt;4. Se ignora que la gente lee más de lo que se piensa. Diariamente se consumen toneladas de papel, sin contar a Internet. Solo queremos que la gente lea cosas “mejores”, que se pongan a leer a Cervantes y Borges. No estaría mal, pero es que Cervantes y Borges deben ser elecciones, no imposiciones. Eso sería ir contra ellos, precisamente, porque “el arte es largo y, además, no importa”, como decía Antonio Machado.&lt;br /&gt;5. ¿Leer qué? Promueves la lectura y un libro cualquiera cuesta una quincena de salario mínimo. Leer es caro precisamente para quienes debiera ser una herramienta básica. A pesar de haber elevado considerablemente el ingreso de los docentes en estos dos años, todavía es un peso comprar un libro. Se han acostumbrado a no leer, que es como si un carpintero se acostumbrara a no usar el serrucho. Junto con la campaña hay que abaratar el acceso al libro, hacerlo masivo, ponerlo de moda. Si no se aumenta el presupuesto de cultura, cualquier campaña de lectura será un despilfarro irresponsable.&lt;br /&gt;Son algunas ideas que ofrezco modestamente para discutir y para que ahora, que se ha planteado de nuevo, con acierto, el asunto, no volvamos a gastar una millonada solo para curarnos la mala conciencia y no pongamos a leer a nadie ni una página más de lo que ya lee. O no lee.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115528504381643468?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115528504381643468'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115528504381643468'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2005/09/roberto-hernndez-montoya-cmo-hacer-que.html' title='Roberto Hernández Montoya -Cómo hacer que la gente no lea-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-114833907612588669</id><published>2005-07-04T16:01:00.000-07:00</published><updated>2006-08-11T08:18:12.906-07:00</updated><title type='text'>Jose Pablo Jofré -Enseñe a odiar la literatura-</title><content type='html'>&lt;span style="color:#000066;"&gt;&lt;strong&gt;POR JOSÉ PABLO JOFRÉ&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;strong&gt;1 Deberes&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Mande a leer como castigo. Pida fichas y resúmenes de todo; de 'La Ilíada', por ejemplo. Exíjalo para el próximo lunes.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;2 Exámenes&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Pregunte datos como lugar de publicación, fecha de nacimiento del autor. Al corregir, ponga atención en la redacción y la ortografía, y no en el contenido o la intención.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;3 Clásicos&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Haga leer los clásicos, evitando el contacto con la literatura contemporánea.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;4 Lecturas&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Haga leer individualmente y en voz alta, regañe a quienes lo hagan en voz demasiado baja. Terminado el poema, pregunte el número de estrofas, el tipo de rima...&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;5 Lecciones&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Dé lecciones aburridísimas de Literatura seleccionando libros que los escolares no puedan entender. Interrumpa su lectura (en la parte más interesante) con preguntas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-114833907612588669?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/114833907612588669'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/114833907612588669'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2005/07/jose-pablo-jofr-ensee-odiar-la.html' title='Jose Pablo Jofré -Enseñe a odiar la literatura-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115528489151577194</id><published>2005-05-17T01:26:00.000-07:00</published><updated>2006-08-11T08:30:41.660-07:00</updated><title type='text'>Joaquín Leguina -Elogio de la lectura-</title><content type='html'>&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Elogio de la lectura&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;Joaquín Leguina&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“¡&lt;em&gt;Lee para vivir!”&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;(G. Flaubert en carta a Louise Collet)&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Todas las artes se nutren de la misma materia, persiguen una misma ilusión, pues pretenden trasladar emociones, bellamente expresadas, pero sólo hablaré aquí del libro, de la literatura. Y no le viene mal al libro que se le haga un elogio, que será también la exaltación de la memoria, de toda la memoria de este mundo. Un homenaje pertinente en un país, como el nuestro, en el cual más de la mitad de los adultos que pueden hacerlo (apenas existen ya analfabetos en España) declaran no leer jamás un libro.&lt;br /&gt;A la información se llega hoy fácilmente. Al menos, a eso que llamamos “información”. Una información, generalmente manipulada, que con frecuencia nos abruma y hasta martiriza. Sin embargo, ¿cómo llegamos a la sabiduría? Para eso, entre otras cosas, están los libros. Además, leer, y leer bien, es uno de los más grandes placeres que puede darnos la soledad. El más saludable desde el punto de vista espiritual.&lt;br /&gt;Leemos porque nos es imposible conocer a toda la gente a la que desearíamos poder escuchar. También, porque la amistad es vulnerable y puede desaparecer a manos de la incomprensión y de la muerte.&lt;br /&gt;El deseo de leer consiste en preferir. Amar, a fin de cuentas, es regalar nuestras preferencias a quienes preferimos y estos sutiles repartos pueblan nuestra libertad. A menudo, lo único que nos habita son los amigos y los libros.&lt;br /&gt;He dicho que la lectura es un placer profundo y solitario, pero también nos permite conocer “al otro” y conocernos a nosotros mismos. Al fin y al cabo, como dejó escrito Emerson, los libros “nos llevan a la convicción de que la naturaleza que los escribió es la misma que aquélla que los lee”. En el libro vamos a sentirnos próximos a nosotros mismos. Es él quien nos va a convencer de que compartimos una naturaleza única, por encima del tiempo.&lt;br /&gt;Desde la niñez, que se pasa delante del televisor, se accede hoy a la adolescencia frente al ordenador, y a la universidad que, quizá, reciba a un estudiante difícilmente dotado para admitir la idea según la cual es preciso soportar, tanto el haber nacido, como el destino mortal que nos aguarda. Es ésta una visión pesimista, pero, en todo caso, no deseo, no quiero, caer en un tópico, el que asegura que “todo tiempo pasado fue mejor”, pues sigue siendo cierto, como escribió Franz Kafka hace ya más de un siglo: “jamás le haremos entender a un muchacho, que por la noche está metido en una historia cautivadora, que debe interrumpir su lectura y acostarse”.&lt;br /&gt;El poeta francés Georges Perros era profesor de literatura en Rennes y leía a sus alumnos. Una de ellos, una muchacha, recordaba aquellas lecturas con añoranza: “Él (Perros) llegaba al instituto los martes por la mañana, desgreñado por el viento y por el frío, en su moto azul y oxidada. Encorvado, con un chaquetón de marinero, la pipa en la mano. Vaciaba una bolsa de libros sobre la mesa, se ponía a leer y era la vida…&lt;br /&gt;No había más luminosa explicación del texto que el sonido de su voz. Nos hablaba de todo, nos leía todo. Todo estaba allí pletórico de vida. Perros resucitaba a los autores, que acudían a nuestra clase completamente vivos, como si salieran de Chez Michou, el café de enfrente”.&lt;br /&gt;No hay nada milagroso en esta narración, el mérito del profesor es prácticamente nulo en esta historia. El placer de leer estaba allí, secuestrado por un miedo adolescente y secreto: el miedo a no entender.&lt;br /&gt;Si al encanto del estilo se une la gracia de la narración, cuando lleguemos a la última página y cerremos el libro, nos seguirá acompañando el eco de su voz: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo”.&lt;br /&gt;Leer, leer… pero ¿de dónde sacar tiempo para leer? El tiempo para leer, como el tiempo para amar, siempre es tiempo robado. ¿Robado a qué? Robado al deber de vivir, pero, dichosamente, el tiempo para leer, igual que el tiempo para amar, dilata el tiempo de vivir. La lectura no depende de la organización del tiempo social, es, al igual que el amor, una manera de ser. Basta una condición para la reconciliación con la lectura: no pedir nada a cambio.&lt;br /&gt;La reina Victoria llevaba trece años reinando cuando nació Stevenson, que murió siete años antes que ella. La reina Victoria reinó sobre su imperio sesenta y cuatro años y dentro de dos siglos pocos sabrán quién fue y, sin embargo, la mayor parte de nuestros tataranietos seguirán navegando en la Hispaniola hacia “La isla del tesoro”.&lt;br /&gt;Dios o la naturaleza, según se mire, ejercen el derecho a exigir nuestra muerte, pero nadie, tampoco ellos, reclama de nosotros la mediocridad. Leemos para huir de ella. Nos acercamos a Shakespeare, a Cervantes o a Galdós porque la vida que nos trasladan es de un tamaño mayor del natural. En verdad, su escritura es una bendición en un sentido estricto: “la vida plena en un tiempo sin límites”.&lt;br /&gt;Leer es un goce, aunque resulte, a veces, un placer difícil. Pero esa dificultad placentera llega, y no en pocas ocasiones, a lo sublime. Además, otorga una versión de lo sublime para cada lector. Se lee para iluminarse uno mismo, y aunque no sea posible encender la vela que alumbre al vecino, se le puede indicar donde está la candela.&lt;br /&gt;La literatura pretende un objetivo que parece inalcanzable: trasladar al lector la emoción de la vida en toda su complejidad. El milagro reside en la capacidad del escritor para conseguirlo. Un milagro que, por suerte, se repite con alguna frecuencia. Un milagro estético, que no depende de la ideología, de la metafísica o la filosofía del autor, sino de su talento. Un talento que se reclama del alma solitaria, del ser profundo, de nuestra recóndita interioridad.&lt;br /&gt;Su memoria, la del creador, es, también, nuestra memoria. Una buena novela, una obra de teatro o un poema están contagiados de todos los trastornos de la Humanidad, incluido el miedo a la muerte, que el arte pretende transmutar en una ilusión, la de ser inmortal a través de la propia obra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Toda mala poesía es sincera” escribió Oscar Wilde, pero no se trata de eso, no es la sinceridad la que maltrata una obra, sino la espontaneidad. Lo espontáneo se produce sin cultivo, sin el sumo cuidado que el creador ha de poner siempre en su hacer. Un trabajo hercúleo, que el lector ha de percibir con la sencillez y naturalidad con las que se contempla lo bello.&lt;br /&gt;Un elogio de la lectura exige dedicar algún tiempo, por muy corto que sea, a El Quijote, la primera novela y, para muchos, la mejor. Un libro placentero en el que pasa todo lo que puede pasar.&lt;br /&gt;Destacaré, dentro de esta obra magna, aquello que, a mi juicio (y al de tantos críticos), destaca por encima de todo: las relaciones entre el caballero y Sancho Panza. Ustedes pueden abrir la segunda parte del libro al azar y lo más probable será que se encuentren a Don Quijote y su escudero hablando, un intercambio, probablemente, malhumorado o burlón, pero en cuyo fondo aparece el respeto afectuoso que las personas debieran tenerse entre sí. Se escuchan y el escuchar los cambia. Hamlet se escucha tan sólo a sí mismo e igual le ocurre al capitán Ahab de “Moby Dick”, la novela de Melville; también a la quijotesca Emma Bovary, que muere de tanto escucharse a sí misma. Por el contrario, Alonso Quijano y su escudero, de tanto oírse, acaban por parecerse el uno al otro, aunque mantengan intactas su coherencia e identidad individuales.&lt;br /&gt;Sancho y Don Quijote son un dúo amalgamado por el afecto y las riñas, pero existe entre ellos algo más que cariño y respeto mutuos. Son compañeros de juego, y el juego es todo un mundo con sus propias normas y su propia realidad. En efecto, lo cómico o ridículo guarda estrecha relación con lo necio, pero el juego no es necio, está más allá de la estupidez o de la necedad. Don Quijote no es un loco o un necio, sino un jugador, alguien que juega a ser caballero andante. Él se ha inventado un tiempo y un lugar ideales y en ellos se mantiene fiel a su propia libertad. Al fin es derrotado, abandona el juego, regresa a la “cordura” y muere.&lt;br /&gt;Existen críticos cervantinos que persisten en colocarle a Don Quijote el sambenito de necio y loco y que señalan la supuesta intención de Cervantes en satirizar el “indisciplinado egocentrismo de su héroe”. Mas, si eso fuera cierto, no habría libro, porque ¿quién querría leer los hechos de Alonso Quijano? Herman Melville, y él sabía muy bien por qué, dijo que Don Quijote era “el sabio más sabio que jamás ha vivido”.&lt;br /&gt;Cervantes, con su obra, divierte a todo tipo de lectores, pero el lector activo, al cabalgar junto a los dos aventureros, llegará a compartir con ellos la conciencia de que son personajes de una historia. Una historia inmortal.&lt;br /&gt;En esta incitación a la lectura, que aquí intento, me es obligado hacer mención a la poesía. La poesía es la culminación de la literatura, porque es una forma profética, donde la lucha desigual entre el creador y las palabras llega a ser titánica. Aunque en los tiempos actuales, en los que reina la trivialidad, no se quiera saber nada de profetas y hasta se tome como verdad revelada la gran sandez, según la cual “una imagen vale más que mil palabras”, un buen poema, lo lea poca o mucha gente, sigue siendo una culminación, un homenaje a la palabra, al origen del ser humano, a aquello que nos hace diferentes de la naturaleza, de la animalidad, porque, como es sabido, el hombre piensa con palabras y sólo ellas permiten la comunicación entre las personas.&lt;br /&gt;Leer poesía es, ante todo, una llamada a la atención. En efecto, un poema bueno se distingue de otro malo, porque aquél soporta con éxito la lectura atenta y vigilante. El poeta valioso manifiesta su creatividad abarcando mucho en breve espacio. Al fin y al cabo, el buen poeta es un visionario, capaz de mostrarnos objetos, sentimiento y seres con una intensidad desmesurada, llena, además, de connotaciones espirituales.&lt;br /&gt;La poesía, además, es capaz de ayudarnos a construir ese imprescindible diálogo interior que Machado describió al confesar: “converso con el hombre que siempre va conmigo”.&lt;br /&gt;Porque necesariamente hablamos con esa alteridad que nos acompaña, conviene que ese diálogo nos haga algo mejores y en ese proceso, al que la lectura nos impulsa y ayuda, podemos descubrir que somos más profundos y extraños de lo que creíamos. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115528489151577194?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115528489151577194'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115528489151577194'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2005/05/joaqun-leguina-elogio-de-la-lectura.html' title='Joaquín Leguina -Elogio de la lectura-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115527518459012255</id><published>2005-05-05T22:44:00.000-07:00</published><updated>2006-08-11T08:32:16.660-07:00</updated><title type='text'>Julio César Londoño -Lectura, mercado y silicio-</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000066;"&gt;&lt;strong&gt;Lectura, mercado y silicio&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000000;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Julio César Londoño&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;En el siglo pasado la muerte del libro fue decretada tres veces. La primera se produjo a raíz del auge de la radiodifusión, luego de la Primera Guerra Mundial; la segunda, a finales de los 40, obedeció a la irrupción del televisor en los hogares; la tercera se está produciendo ahora, cuando se cree que el Internet y el CD ROM son escollos insalvables para el viejo y querido libro de papel. Bill Gates, el gran gurú de la era del silicio, afirma que sus días están contados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por ahora, las cifras indican otra cosa. El año pasado la industria del libro estadounidense -el país más "conectado" del globo- creció 8 por ciento, la sola Barcelona imprimió 20 mil títulos y la Fnac, una cadena francesa de librerías enormes como supermercados, donde la gente compra libros en canastas, abrió 12 sucursales en otros países del viejo continente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El libro digital, en cambio, no despega. Stephen King, rey del best seller en soporte de papel, no ha vendido más de 2.000 copias de sus libros virtuales. Muchas empresas del ramo han tenido que cerrar, y otras se sostienen gracias a la popularidad de las enciclopedias en CD, obras de las que aún se venden algunos ejemplares por su precio, novedad, interactividad y fácil consulta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De la arcilla al plástico.- A largo plazo, sin embargo, es probable, y deseable, que se cumpla el vaticinio de Gates. A volúmenes iguales, el costo de producción unitario del CD es mucho menor que el del libro, y su popularización salvaría millones de hectáreas de bosques. La distribución de "contenidos" en línea ("bajar" textos, imágenes, juegos, softwares) es de una eficiencia y economía con las que no puede competir el transporte real.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La desaparición del libro no es tan terrible como creen los lectores románticos. Es sólo un cambio de forma. Los mayores de 30 años extrañarán la textura y el olor del papel, pero algún día reconocerán que pasar del paralelepípedo de papel al disco plástico es algo tan cómodo como pasar de la arcilla al papiro o del trueque al papel moneda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo más probable es que el libro de papel vuelva a ser lo que fue hace seis siglos, un exótico artículo de lujo. En el tercer mundo ya estamos alcanzando ese Medioevo: ¡el costo promedio de un libro representa 1/10 del salario mínimo! (En los países del Norte es sólo 1/50). En Colombia, se pueden señalar dos causas responsables de esta aberrante situación: la dramática disminución del salario real, es la primera; la segunda es la admisión de España a la Comunidad Europea. Para ser admitida en ese exclusivo club, España se vio obligada a unificar (léase 'elevar') los precios de muchos de sus bienes y servicios, entre ellos los libros, hecho que disparó los precios del mercado editorial iberoamericano. (De España vienen el 70 por ciento de los libros que leemos los colombianos). ¿?????????????????????????????&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Es que la gente ya no lee".- La repetida queja "Es que la gente ya no lee" es falsa, porque induce a pensar que en el pasado fuimos mejores lectores. En realidad, se leía menos por la sencilla razón de que la gente no sabía leer. (En Colombia, por ejemplo, el analfabetismo pasó del 90 por ciento de principios del siglo, al 10 ó 15 por ciento actual). Las exigencias de un mercado laboral cada vez más tecnológico han incidido en el aumento de los índices de escolaridad en el mundo, y por ende en el crecimiento de la tasa de lectura, en la segunda mitad de este siglo. El punto de inflexión se produjo exactamente en 1953, año en que el número de personas que manejaban información (empleados) superó por primera vez al número de los que manipulaban cualquier otra cosa (obreros) en Estados Unidos. Por eso se fecha en ese año el comienzo de la era de la información, al menos para los países del primer mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los países en desarrollo el número de empleados igualó al de obreros en la primera mitad de los 70. En Colombia, el desplazamiento de campesinos a las ciudades ocasionado por la violencia adelantó en dos o tres años la fecha del punto de equilibrio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La queja correcta es "La gente no lee" o mejor: "La gente no ha leído nunca", particularmente cierta en el caso colombiano, cuya tasa de lectura es de 2,4 libros per cápita al año (¡incluidos los textos de estudio!). Uno puede tratar de tranquilizarse pensando que la televisión subsana las cosas, que las telenovelas y los dramatizados son sucedáneos de las novelas literarias (y quizá mejores), que los noticieros suplen mal que bien a los periódicos, que las series animadas reemplazan con ventaja a las tiras cómicas, que la historia es menos jarta en película y que un documental científico es más didáctico que un ensayo de divulgación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cubo mágico.- Todo esto es verdad, pero no es toda la verdad: muchas novelas son esquivas al cine (Cien años de soledad y Pedro Páramo son dos ejemplos cercanos y famosos); los "análisis" de los noticieros son muy superficiales comparados con los de los periódicos; sólo una pequeña parte de los temas y ensayos científicos es llevada al audiovisual, y casi siempre con mucho retraso con respecto a su publicación escrita; y hay materias -la filosofía, la economía y la matemática, entre otras- que son refractarias a la puesta en escena. Por todo esto, es claro que el cine y la televisión complementan, nunca reemplazan, la información escrita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la lectura hay un ejercicio intelectual y espiritual indispensable para la formación de la personalidad. Algo como de oración hay en la lectura. "Sin libros no hay hombres, y sin diarios no hay ciudadanos", dijo Churchill, uno de los mejores hombres y ciudadanos del Londres del siglo pasado. Escribir un proyecto, redactar una carta o sostener una conversación son operaciones cotidianas que requieren unas destrezas verbales que difícilmente adquiere quien no dedique siquiera unos minutos diarios a la lectura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El desgano de la gente por los libros, y los pobres resultados en comprensión de lectura que arrojan las pruebas del Icfes nos están hablando a las claras de la urgencia de adoptar una estrategia agresiva para vencer esa apatía. El camino al desarrollo de un país pasa por la educación, y ésta pasa, en buena parte, por la información escrita -en papel o en pantallas de computador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La estrategia.- Se me ocurre una estrategia de dos puntos. El primero es la construcción de bibliotecas públicas, dotadas con una buena sección de telemática, en todo el país. El déficit en este renglón es muy alto. Ni siquiera las ciudades intermedias poseen una biblioteca decente. El Ministerio de Educación ha hecho inversiones en dotación de computadores para escuelas públicas pero aún falta mucho. El segundo es pedagógico, y es un punto en el que hay que distinguir entre la literatura, por una parte, y la ciencia y las humanidades por la otra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El programa de literatura en el ciclo de enseñanza básica está recargado de obras clásicas, antiguas y contemporáneas, de muy difícil digestión para un adolescente. Es imperioso reemplazarlas por obras contemporáneas breves y agarradoras. Estos cambios en el catálogo de lecturas deben ir acompañados por una reforma del programa de licenciatura en letras que haga énfasis en la crítica, entendida ésta como un arte de seducción, no de exégesis. Compilar una antología de ensayos críticos (donde no falten Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges, Pedro Henríquez Ureña, Paul Valéry, Oscar Wilde, Günter Blöcker y William Ospina) sobre las obras del nuevo catálogo, sería una excelente ayuda para el profesor de literatura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los signos en la grava.- Algo equivalente hay que hacer en ciencias y humanidades. Tenemos que reconocer que nos sobra información pero nos falta encanto. Hay que agregarle a la severidad de las teorías la gracia de la anécdota y la poesía del buen ensayo de divulgación. Es saludable interrumpir los cálculos de la clase sobre gravitación para contar que era tal el respeto que Newton infundía, que sus colegas de la Universidad de Cambridge daban rodeos para no pisar los diagramas que trazaba en la grava del patio; o interrumpir la lección de biología para contar que Konrad Lorenz solía recorrer los caminos de su pueblo en bicicleta, al atardecer, seguido por una bandada de pájaros. Los ensayos de Isaac Asimov, Carl Sagan, Martin Gardner o Antonio Vélez, y los documentales de Alfredo Molano, Audiovisuales, Discovery Channel y People and Arts, pueden ayudarnos a demostrarles a los estudiantes que el estudio puede ser también una fiesta y una pasión; a convencerlos de que la clase puede ser una prolongación del recreo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Creo que la puesta en práctica de esta estrategia significaría el principio de la reconciliación de los jóvenes con los libros y con el conocimiento. Si todo fallara, habrá que apelar a argumentos menos nobles y recordarles, por ejemplo, que en el próximo siglo el oro ya no será de los que tengan tierras o petróleo sino información... compadecidos, los dioses de la era del silicio nos guiñan el ojo a los que no tenemos oro, petróleo ni tierras.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115527518459012255?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115527518459012255'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115527518459012255'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2005/05/julio-csar-londoo-lectura-mercado-y.html' title='Julio César Londoño -Lectura, mercado y silicio-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115527492357989280</id><published>2005-04-04T22:40:00.000-07:00</published><updated>2006-08-11T08:27:13.363-07:00</updated><title type='text'>Mario Vargas Llosa -El dato escondido-</title><content type='html'>&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;El dato escondido&lt;/span&gt; &lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#000000;"&gt;Mario Vargas Llosa&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En alguna parte, Ernest Hemingway cuenta que, en sus comienzos literarios, se le ocurrió de pronto, en una historia que estaba escribiendo, suprimir el hecho principal: que su protagonista se ahorcaba. Y dice que, de este modo, descubrió un recurso narrativo que utilizaría con frecuencia en sus futuros cuentos y novelas. En efecto, no sería exagerado decir que las mejores historias de Hemingway están llenas de silencios significativos, datos escamoteados por un astuto narrador que se las arregla para que las informaciones que calla sean sin embargo locuaces y azucen la imaginación del lector, de modo que éste tenga que llenar aquellos blancos de la historia con hipótesis y conjeturas de su propia cosecha. Llamemos a este procedimiento ‘el dato escondido’ y digamos rápidamente que, aunque Hemingway le dio un uso personal y múltiple (algunas veces, magistral), estuvo lejos de inventarlo, pues es una técnica vieja como la novela y que aparece en todas las historias clásicas.&lt;br /&gt;Pero, es verdad que pocos autores modernos se sirvieron de él con la audacia con que lo hizo el autor de El viejo y el mar. ¿Recuerda usted ese cuento magistral, acaso el más célebre de Hemingway, llamado "&lt;a href="http://www.blogger.com/cuentos/ing/hemin/asesinos.htm"&gt;Los asesinos&lt;/a&gt;"? Lo más importante de la historia es un gran signo de interrogación: ¿por qué quieren matar al sueco Ele Andreson ese par de forajidos que entran con fusiles de cañones recortados al pequeño restaurante Henry’s de esa localidad innominada? ¿Y por qué ese misterioso Ole Andreson, cuando el joven Nick Adams le previene que hay un par de asesinos buscándolo para acabar con él, rehúsa huir o dar parte a la policía y se resigna con fatalismo a su suerte? Nunca lo sabremos. Si queremos una respuesta para estas dos preguntas cruciales de la historia, tenemos que inventárnosla nosotros, los lectores, a partir de los escasos datos que el narrador omnisciente e impersonal nos proporciona: que, antes de avecindarse en el lugar, el sueco Ole Andreson parece haber sido boxeador, en Chicago, donde algo hizo (algo errado, dice él) que selló su suerte.&lt;br /&gt;El ‘dato escondido’ o narrar por omisión no puede ser gratuito y arbitrario. Es preciso que el silencio del narrador sea significativo, que ejerza una influencia inequívoca sobre la parte explícita de la historia, que esa ausencia se haga sentir y active la curiosidad, la expectativa y la fantasía del lector.&lt;br /&gt;Hemingway fue un eximio maestro en el uso de esta técnica narrativa, como se advierte en "Los asesinos", ejemplo de economía narrativa, texto que es como la punta de un iceberg, una pequeña prominencia visible que deja entrever en su brillantez relampagueante toda la compleja masa anecdótica sobre la que reposa y que ha sido birlada al lector. Narrar callando, mediante alusiones que convierten el escamoteo en expectativa y fuerzan al lector a intervenir activamente en la elaboración de la historia con conjeturas y suposiciones, es una de las más frecuentes maneras que tienen los narradores para hacer brotar vivencias en sus historias, es decir, dotarlas de poder de persuasión.&lt;br /&gt;¿Recuerda usted el gran ‘dato escondido’ de la (a mi juicio) mejor novela de Hemingway, The sun also rises? Sí, esa misma: la importancia de Jake Barnes, el narrador de la novela. No está nunca explícitamente referida; ella va surgiendo -casi me atrevería a decir que el lector, espoleado por lo que lee, la va imponiendo al personaje- de un silencio comunicativo, esa extraña distancia física, la casta relación corporal que lo une a la bella Brett, mujer a la que transparentemente y que sin duda también lo ama y podría haberlo amado si no fuera por algún obstáculo o impedimento del que nunca tenemos información precisa. La impotencia de Jake Barnes es un silencio extraordinariamente explícito, una ausencia que se va haciendo muy llamativa a medida que el lector se sorprende con el comportamiento inusitado y contradictorio de Jake Barnes para con Brett, hasta que la única manera de explicárselo es descubriendo (¿inventando?) su importancia. Aunque silenciado, o, tal vez, precisamente por la manera en que lo está, ese ‘dato escondido’ baña la historia de The sun also rises con una luz muy particular.&lt;br /&gt;La celosía, de Robbe-Grillet (La Jalousie, en francés) es otra novela donde un ingrediente esencial de la historia –nada menos que el personaje central – ha sido exiliado de la narración, pero de tal modo que su ausencia se proyecta en ella de manera que se hace sentir a cada instante. Como en casi todas las novelas de Robbe-Grillet, en La Jalousie no hay propiamente una historia, no por lo menos como se entendía a la manera tradicional –un argumento con principio, desarrollo y conclusión-, sino, más bien, los indicios o síntomas de una historia que desconocemos y que estamos obligados a reconstruir como los arqueólogos reconstruyen los palacios babilónicos a partir de un puñado de piedras enterradas por los siglos, o los zoológicos reedifican a los dinosaurios y pterodáctilos de la prehistoria valiéndose de una clavícula o un metacarpo. De manera que podemos decir que las novelas de Robbe-Grillet están todas concebidas a partir de ‘datos escondidos’.&lt;br /&gt;Ahora bien, en La Jalousie este procedimiento es particularmente funcional, pues, para que lo que en ella se encuentra tenga sentido, es imprescindible que esa ausencia, ese ser abolido, se haga presente, tome forma en la conciencia del lector. ¿Quién es ese ser invisible? Un marido celoso, como lo sugiere el título del libro con su ambivalente significado (jalousie es celosía, una ventana enrejada, pero también los celos), alguien que, poseído por el demonio de la desconfianza, espía minuciosamente todos los movimientos de la mujer a la que cela sin ser advertido por ella. Esto no lo sabe con certeza el lector; lo deduce o inventa inducido por la naturaleza de la descripción, que es la de una mirada obsesiva, enfermiza, dedicada al escrutinio detallado, enloquecido, de los más ínfimos desplazamientos, gestos e iniciativas de la esposa. ¿Quién es el matemático observador? ¿Por qué somete a esa mujer a este asedio visual? Esos ‘datos escondidos’ no tienen respuesta dentro del discurso novelesco y el propio lector debe esclarecerlos a partir de las pocas pistas que la novela le ofrece. A esos ‘datos escondidos’ definitivos, abolidos para siempre de una novela, podemos llamarlos elípticos, para diferenciarlos de los que sólo han sido temporalmente ocultados al lector, desplazados en la cronología novelesca para crear expectativa, suspenso, como ocurre en las novelas policiales, donde sólo al final se descubre al asesino. A esos ‘datos escondidos’ sólo momentáneos -descolocados- podemos llamarlos ‘datos escondidos en hipérbaton’, figura poética que, como usted recordará, consiste en descolocar una palabra en el verso por razones de eufonía o rima ("Era del año la estación florida..." en vez del orden regular: "Era la estación florida del año...").&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quizás el ‘dato escondido’ más notable en una novela moderna sea el que tiene lugar en la tremebunda Santuario (Sanctuary), de Faulkner, donde el cráter de la historia -la desfloración de la juvenil y frívola Temple Drake, por Popeye, un gángster impotente y psicópata, valiéndose de una mazorca de maíz- está desplazado y disuelto en hilachas de información que permiten al lector, poco a poco y retroactivamente, tomar conciencia del horrendo suceso. De este ominoso, abominable silencio, irradia la atmósfera en que transcurre Santuario: una atmósfera de salvajismo, represión sexual, miedo, prejuicio y primitivismo que da a Jefferson, Memphis y los otros escenarios de la historia, un carácter simbólico, de mundo del ‘mal’, de la perdición y caída del hombre, en el sentido bíblico del término. Más que una transgresión de las leyes humanas, la sensación que tenemos ante los horrores de esta novela -la violación de Temple es apenas uno de ellos; hay, además, un ahorcamiento, un linchamiento por fuego, varios asesinatos y un variado abanico de degradaciones morales- es la de una victoria de los poderes infernales, de una derrota del bien por un espíritu de perdición, que ha logrado enseñorearse de la tierra. Todo Santuario está armado con ‘datos escondidos’. Además de la violación de Temple Drake, hechos tan importantes como el asesinato de Tommy y de Red o la impotencia de Popeye son, primero, silencios, omisiones que sólo retroactivamente se van revelando al lector, quien, de este modo, gracias a esos ‘datos escondidos en hipérbaton’ va comprendiendo cabalmente lo sucedido y estableciendo la cronología real de los sucesos. No sólo en ésta, en todas sus historias, Faulkner fue también consumado maestro en el uso del ‘dato escondido’.&lt;br /&gt;Quisiera ahora, para terminar con un último ejemplo de ‘dato escondido’, dar un salto atrás de quinientos años, hasta una de las mejores novelas de caballerías medievales, el Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell, una de mis novelas de cabecera. En ella el ‘dato escondido’ -en sus dos modalidades: como hipérbaton o como elipsis- es utilizado con la destreza de los mejores novelistas modernos. Veamos cómo está estructurada la materia narrativa de uno de los cráteres activos de la novela: las bodas sordas que celebran Tirant y Carmesina y Diafebus y Estefanía (episodio que abarca desde mediados del capítulo CLXII hasta mediados del CLXIII). Este es el contenido del episodio. Carmesina y Estefanía introducen a Tirant y Diafebus en una cámara del palacio. Allí, sin saber que Plaerdemavida los espía por el ojo de la cerradura, las dos parejas pasan la noche entregadas a juegos amorosos, benignos en el caso de Tirant y Cermesina, radicales en el de Diafebus y Estefanía. Los amantes se separan al alba y, horas más tarde, Plaerdemavida revela a Estefanía y Carmesina que ha sido testigo ocular de las bodas sordas.&lt;br /&gt;En la novela esta secuencia no aparece en el orden cronológico ‘real’, sino de manera discontinua, mediante ‘mudas’ temporales y un ‘dato escondido’ en hipérbaton, gracias a lo cual el episodio se enriquece extraordinariamente de vivencias. El relato refiere los preliminares, la decisión de Carmesina y Estefanía de introducir a Tirant y Diafebus en la cámara y se explica cómo Carmesina, maliciando que iba a haber "celebración de bodas sordas", simula dormir. El narrador impersonal y omnisciente prosigue, dentro del orden ‘real’ de la cronología, mostrando el deslumbramiento de Tirant cuando ve a la bella princesa y cómo cae de rodillas y le besa las manos. Aquí se produce la primera ‘muda temporal’ o ruptura de la cronología: "Y cambiaron muchas amorosas razones. Cuando les pareció que era hora de irse, se separaron uno del otro y regresaron a su cuarto". El relato da un salto al futuro, dejando en ese hiato, en ese abismo de silencio, una sabia interrogación: "¿Quién pudo dormir esa noche, unos por amor, otros por dolor?" La narración conduce luego al lector a la mañana siguiente.&lt;br /&gt;Plaerdemavida se levanta, entra a la cámara de la princesa Carmesina y encuentra a Estefanía "toda llena de déjame estar". ¿Qué ocurrió? ¿Por qué ese abandono voluptuoso de Estefanía? Las insinuaciones, preguntas, burlas y picardías de la deliciosa Plaerdemavida van dirigidas, en verdad, al lector, cuya curiosidad y malicia atizan. Y, por fin, luego de este largo y astuto preámbulo, la bella Plaerdemavida revela que la noche anterior ha tenido un sueño, en el que vio a Estefanía introduciendo a Tirant y Diafebus en la cámara. Aquí se produce la segunda ‘muda temporal’ o salto cronológico en el episodio. Este retrocede a la víspera y, a través del supuesto sueño de Plaerdemavida, el lector descubre lo ocurrido en el curso de las bodas sordas. El dato escondido sale a la luz, restaurando la integridad del episodio.&lt;br /&gt;¿La integridad cabal? No del todo. Pues, además de esta ‘muda temporal’, como usted habrá observado, se ha producido también una 'muda espacial’, un cambio de punto de vista espacial, pues quien narra lo que sucede en las bodas sordas ya no es el narrador impersonal y excéntrico del principio, sino Plaerdemavida, un narrador-personaje, que no aspira a dar un testimonio objetivo sino cargado de subjetividad (sus comentarios jocosos, desenfadados, no sólo subjetivizan el episodio; sobre todo, lo descargan de la violencia que tendría narrada de otro modo la desfloración de Estefanía por Diafebus). Esta muda doble -temporal y espacial- introduce pues una ‘caja china’ en el episodio de las bodas sordas, es decir una narración autónoma (la de Plaerdemavida) contenida dentro de la narración general del narrador-omnisciente. (Entre paréntesis, diré que Tirant lo Blanc utiliza muchas veces también el procedimiento de las ‘cajas chinas’ o ‘muñecas rusas’. Las proezas de Tirant a lo largo del año y un día que duran las fiestas en la corte de Inglaterra no son reveladas al lector por el narrador-omnisciente, sino a través del relato que hace Diafebus al Conde de Varoic; la toma de Rodas por los genoveses transparece a través de un relato que hacen a Tirant y al Duque de Bretaña dos caballeros de la corte de Francia, y la aventura del mercader Gaubedi surge de una historia que Tirant cuenta a la Viuda Reposada.) De este modo, pues, con el examen de un solo episodio de este libro clásico, comprobamos que los recursos y procedimientos que muchas veces parecen invenciones modernas por el uso vistoso que hacen de ellos los escritores contemporáneos, en verdad forman parte del acervo novelesco, pues los usaban ya con desenvoltura los narradores clásicos. Lo que los modernos han hecho, en la mayoría de los casos, es pulir, refinar o experimentar con nuevas posibilidades implícitas en unos sistemas de narrar que surgieron a menudo con las más antiguas manifestaciones escritas de la ficción.&lt;br /&gt;Quizás valdría la pena, antes de terminar esta carta, hacer una reflexión general, válida para todas las novelas, respecto a una característica innata del género de la cual se deriva el procedimiento del ‘dato escondido’, la parte escrita de toda novela es sólo una sección o fragmento de la historia que cuenta: ésta, desarrollada a cabalidad, con la acumulación de todos sus ingredientes sin excepción -pensamientos, gestos, objetos, coordenadas culturales, materiales históricos, psicológicos, ideológicos, etcétera, que presupone y contiene la historia total- abarca un material infinitamente más amplio que el explícito en el texto y que novelista alguno, ni aun el más profuso y caudaloso y con menos sentido de la economía narrativa, estaría en condiciones de explayar en su texto.&lt;br /&gt;Para subrayar este carácter inevitablemente parcial de todo discurso narrativo, el novelista Claude Simon -quien de este modo quería ridiculizar las pretensiones de la literatura ‘realista’ de reproducir la realidad- se valía de un ejemplo: la descripción de una cajetilla de cigarrillos Gitanes. ¿Qué elementos debía incluir aquella descripción para ser realista?, se preguntaba. El tamaño, color, contenido, inscripciones, materiales de que esa envoltura consta, desde luego. ¿Sería eso suficiente? En un sentido totalizador, de ninguna manera. Había falta, también, para no dejar ningún dato importante fuera, que la descripción incluyera asimismo un minucioso informe sobre los procesos industriales que están detrás de la confección de ese paquete y de los cigarrillos que contiene, y, por qué no, de los sistemas de distribución y comercialización que los trasladan de productor hasta el consumidor. ¿Se habría agotado de este modo la descripción total de la cajetilla de Gitanes? Por supuesto que no. El consumo de cigarrillos no es un hecho aislado, resulta de la evolución de las costumbres y la implantación de las modas, está entrañablemente conectado con la historia social, las mitologías, las políticas, los modos de vida de la sociedad; y, de otro lado, se trata de una práctica -hábito o vicio- sobre la que la publicidad y la vida económica ejercen una influencia decisiva, y que tiene unos efectos determinados sobre la salud del fumador.&lt;br /&gt;De donde no es difícil concluir, por este camino de la demostración llevada a extremos absurdos, que la descripción de cualquier objeto, aun el más insignificante, alargada con un sentido totalizador, conduce pura y simplemente a esa pretensión utópica: la descripción del universo.&lt;br /&gt;De las ficciones, podría decirse, sin duda, una cosa parecida. Que si un novelista a la hora de contar una historia, no se impone ciertos límites (es decir, si no se resigna a esconder ciertos datos), la historia que cuenta no tendría principio ni fin, de alguna manera llegaría a conectarse con todas las historias, ser aquella quimérica totalidad, el infinito universo imaginario donde coexisten visceralmente emparentadas todas las ficciones.&lt;br /&gt;Ahora bien. Si se acepta este supuesto, que una novela -o, mejor, una ficción escrita- es sólo un segmento de la historia total, de la que el novelista se ve fatalmente obligado a eliminar innumerables datos por ser superfluos, prescindibles y por estar implicados en los que sí hace explícitos, hay de todas maneras que diferenciar aquellos datos excluidos por obvios o inútiles, de los ‘datos escondidos’ a que me refiero en esta carta. En efecto, mis ‘datos escondidos’ no son obvios ni inútiles. Por el contrario, tienen funcionalidad, desempeñan un papel en la trama narrativa, y es por eso que su abolición o desplazamiento tienen efectos en la historia, provocando reverberaciones en la anécdota o los puntos de vista.&lt;br /&gt;Finalmente, me gustaría repetirle una comparación que hice alguna vez comentando Santuario de Faulkner. Digamos que la historia completa de una novela (aquella hecha de datos consignados y omitidos) es un cubo. Y que, cada novela particular, una vez eliminados de ella los datos superfluos y los omitidos deliberadamente para obtener un determinado efecto, desprendida de ese cubo adopta una forma determinada: ese objeto, esa escultura, reflejan la originalidad del novelista. Su forma ha sido esculpida gracias a la ayuda de distintos instrumentos, pero no hay duda de que uno de los más usados y valiosos para esta tarea de eliminar ingredientes hasta que se delinea la bella y persuasiva figura que queremos, es la del ‘dato escondido’ (si no tiene usted un nombre más bonito que darle a este procedimiento).&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115527492357989280?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115527492357989280'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115527492357989280'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2005/04/mario-vargas-llosa-el-dato-escondido.html' title='Mario Vargas Llosa -El dato escondido-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115529954514379433</id><published>2005-03-28T05:31:00.000-08:00</published><updated>2006-08-11T08:24:31.483-07:00</updated><title type='text'>Alberto Majoral -Se es lo que se come-</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000066;"&gt;Se es lo que se come&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Alberto Majoral&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Un escritor mexicano que murió en el temblor del 85 escribió un cuento sobre un tipo que se alimentaba de lo que leía. Ya no me acuerdo bien, lo leí cuando su autor aún estaba vivo. El personaje del cuento, por ejemplo, se podía desayunar con unos cuentos de Arreola, algo ligerito y nutritivo. Para comer se leería Paradiso de José Lezama Lima, o una comedia de Calderón, acompañada de unos sonetos metafísicos de Quevedo; y para beber, algo fresquito de Garcilaso. Unas chuletitas de poesía no le vienen mal a nadie; a mí me gustan mucho las de Wallace Stevens. Para merendar, yo le recomiendo algo sabroso pero que no pudra la dentadura, tal vez unos textos cortos de Alvaro Cunqueiro. Algunas editoriales venden tapas por cien o doscientas pesetas. Todo el mundo sabe que no se debe cenar en exceso, a mí me ocurre que luego no puedo dormir. Los gastrónomos más avezados insisten en preparar sus menús únicamente con productos de temporada. Es buena idea porque se suelen evitar las hormonas y sustancias post-genéticas que necesitan las cosechas para sobrevivir lejos de su época. Así, según la temporada, yo le sugeriría al personaje de aquel cuento la Sonata de primavera (Valle-Inclán), el Sueño de una noche de verano (Shakespeare), El otoño del patriarca (García-Márquez) o el Libro del Frío (Antonio Gamoneda).&lt;br /&gt;De vez en cuando, uno es débil y llama a la pizzería para que le traigan un best-seller. Conozco a quien se levanta a medianoche, va al frigorífico y se lee un par de capítulos del Quijote a escondidas, teme que le tomen por glotón. Hay gente que se atraganta de pasteles y poemas de amor de Neruda, después llegan a su casa con el apetito diezmado. Resulta repugnante ver a un gordo por la calle tragándose una novela de John Grisham; se sabe perfectamente que la población norteamericana padece de obesidad porque leen grasas de crimen y misterio y glucosas de Danielle Steel en exceso.&lt;br /&gt;Nosotros, la gente que comemos en español, en cambio, estamos algo desnutridos, y conozco a gente que está anémica de lo poco que lee. Pero podemos confeccionar un menú barato y nutritivo para ayudar a estas personas a recuperar sus salud. El Ómnibus de poesía mexicana de Gabriel Zaid incluye las letras de canciones populares y de algunos corridos. No está mal para empezar. También se puede leer uno que otro poema del resto de la antología, pero sin excederse; tampoco me interesa dañarle el aparato digestivo a nadie. Los cuentos de Juan Rulfo contienen una sana cantidad de calorías y no caen pesados, son buenos para leer en verano. Cuando vamos de picnic siempre hay que llevar algo de Kafka, lo digo porque un poco de claustrofobia no viene mal cuando se pasan tantas horas al aire libre.&lt;br /&gt;Comidas más sustanciosas pueden incluir algo de Julio Cortázar o de Borges, aunque debo avisar que la lectura sin medida de éste último puede causar estreñimiento. Si de verdad queremos recuperar la salud debemos leer a los novelistas del siglo diecinueve, excelentes para ayudarnos a afrontar los rigores del invierno. Yo, como la hormiga de la fábula, tengo bien abastecida mi biblioteca con libros de un alto nivel calórico: Dostievsky, Tolstoi, Dickens, Clarín y Pérez Galdós, además de la poesía completa de Robert Browning. No pienso pasar ni hambre ni frío.&lt;br /&gt;No crean que soy tan trabajador ni previsor. También tengo algo de cigarra y leo cosas recién publicadas. Aquí no recomiendo nada porque depende del hedonismo y las glándulas salivares de cada quien.&lt;br /&gt;El que se quiera poner a dieta debe leer únicamente cosas de Samuel Beckett, no cabe duda de que para adelgazar hay que sufrir, aunque tampoco se trata de morirse de inanición. Tengo un amigo que se puso en huelga de hambre y dejó de comprar libros. Los médicos lo conectaron a una botella de suero llena de aforismos de Nietzsche, lo que a mí me pareció de una violencia terapéutica excesiva. Con todo, tardó varios meses en recuperarse, pobrecito. A otro conocido mío le dio por leerse una novela entera de Mujica Laínez, creo que Bomarzo , ¡en una sola noche! Por suerte lo encontramos a tiempo, un par de párrafos más y se nos va; lo llevamos rápidamente al hospital, donde le practicaron un lavado de estómago y en pocas horas quedó como nuevo. Esto lo menciono a modo de aviso para que nadie piense que se me paga por promover el pecado la gula, me han dicho que hay otros más interesantes. Por ejemplo, no he dicho nada de Proust en todo el artículo, los interesados pueden encontrar sus obras en cualquier Boutique del Gourmet.&lt;br /&gt;A mi me da envidia la gente que puede leer lo que le dé la gana, incluso en exceso, y no engorda. El otro día vi a una señora en el autobús que leía una novela de Rosa Montero; me parecieron sumamente desagradables los ruidos que hacía al masticar, la gente que lee esas cosas parece toda comer con la boca abierta. Otros padecen de bulimia, una enfermedad muy seria que requiere tratamiento psiquiátrico: leen mucho y luego te lo cuentan. Lo malo es que su memoria retiene poco, ya que no llegan a digerir lo leído. Algo parecido ocurre con los anoréxicos, personas que no pueden ni acercarse a un libro. Siempre piensan que les sobra cultura, o sea que están gordos. Pero vistos de perfil son casi invisibles. Mal asunto.&lt;br /&gt;Otros padecen de gastritis, leen una página y la acidez de estómago los obliga a encender el televisor inmediatamente. Queda claro que la alta cocina no es para ellos. Los desdentados leen sólo papilla, comics y cosas por el estilo. Conocí a un tipo que le habían operado la quijada y no podía abrir la boca, tenía unos hierros que le mantenían la mandíbula inmóvil de manera que su madre le tenía que pasar todos los alimentos por la licuadora. Así se pasó seis semanas leyendo libros de autoayuda.&lt;br /&gt;La última vez que estuve enfermo, no podía leer nada. No se trataba de nada grave, pero leía cuatro líneas y me mareaba. Así que Carmen, mi señora, me trajo unos libros en casette. Mientras convalecía, escuché toda la Ilíada, en voz de Derek Jacobi. Cuando se está enfermo hay que comer bien para poder volver a las andadas lo antes posible.&lt;br /&gt;Ya ven ustedes que no soy un gran gourmet, ni siquiera un experto en nutrición, pero tengo una lista de lecturas bien equilibrada, una mezcla dieta mediterránea, que los expertos dicen es tan saludable, y de distintas cocinas europeas y americanas, sobretodo de la mexicana. Como buen mexicano está claro que seré aficionado al picante, pero esas lecturas las guardo debajo del colchón.&lt;br /&gt;Por cierto, el personaje del cuento que mencioné al principio murió de indigestión después de leer Terra Nostra, de Carlos Fuentes. Espero que a ustedes no les haga falta un alka-seltzer después de leer este plagio.&lt;br /&gt;Bon apetit. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115529954514379433?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115529954514379433'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115529954514379433'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2005/03/alberto-majoral-se-es-lo-que-se-come.html' title='Alberto Majoral -Se es lo que se come-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115527465289947995</id><published>2005-03-27T22:36:00.000-08:00</published><updated>2006-08-11T08:15:09.886-07:00</updated><title type='text'>Alberto Manguel -Placeres de la lectura-</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000066;"&gt;Placeres de la lectura&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Alberto Manguel&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi biblioteca es una suerte de autobiografía. En la proliferación de anaqueles hay un libro para cada instante de mi vida, para cada amistad, para cada desilusión, para cada cambio. Jalonan mis años como esas piedras blancas que marcan la ruta de un peregrino. Una anotación en el margen, una mancha de café, un olvidado boleto de tranvía sirven para señalar antiguos aniversarios. Mi ejemplar de Don Quijote (en dos volúmenes, editado por Isaías Lerner y Celina S. de Cortázar, con ilustraciones de Roberto Páez, publicado por la querida y llorada Eudeba, víctima como tantas buenas cosas de la dictadura militar) me vuelve a mi colegio nacional de Buenos Aires, a las deslumbradoras clases de literatura española en las que el mismo Lerner, brillante erudito, nos comunicaba su pasión por la lectura detenida, enseñándonos a demorarnos en un texto hasta saber de memoria su acogedora geografía. Lerner nos enseñó cómo hacernos amigos de los (al parecer) aterradores clásicos, cómo volverlos nuestros, cómo sentirlos íntimos sin que nos intimiden. La crónica de aquellos años se halla trazada en mi Garcilaso, mi Celestina, mi Berceo, mi Arcipreste de Hita. Mi amistad con ellos dura desde aquellas clases.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi placer en la lectura es aún más antiguo. Cuentos, leyendas, aventuras, las vidas ricas y arriesgadas del Capitán Nemo, de Sherlock Holmes, del Zorro Reinhardt y de Gatito, de Robinson Crusoe, de Pinocho, de Emilia y de Narizinho, y de tantos otros que conocí entre las cubiertas de un libro, fueron mías desde muy temprano. Dos aspectos de su lectura me deleitaban por sobre todo: saber la conclusión de sus viajes y poder olvidarla al abrir una vez más el libro. Uno de los encantos de la lectura, común en los libros y en los lectores de una cierta edad, es la repetición. Los teólogos han decretado que ni siquiera Dios puede volver a recorrer el pasado; este poder negado a todo Autor pertenece sin embargo a cada lector dispuesto a empezar nuevamente en la primera página de un cuento.Placer del diálogo con antiguos iluminados, placer de la aventura extraordinaria. También, y no menor, placer de la experiencia indirecta, vivida por otro para nosotros solos. Vivir en el Londres de Dickens, en el Madrid de Galdós, en la Sicilia de Pirandello; asistir a los descubrimientos de Fabre y de Plinio: sentir la pasión de Medea, la desolación de Törless, la rebelión de Montag, la tristeza de Pelo de Zanahoria –ser, por un momento, quienes soñaron ser estas criaturas levemente inmortales-. Vivir lo imposible: perderme en el oscuro placer de las pesadillas de Bioy, de Stevenson, de Wells, de Silvina Ocampo, de Cortázar, de Tibor Déry, de Kobo Abe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces, la función de mis libros es revelatoria. Leer por primera vez a Benjamin, a sir Thomas Browne, a Chesterton, a Calasso, a Vila-Matas y ser guiado por un luminoso laberinto de ideas que parece construido para ayudarme a pensar, se me hace una experiencia equivalente a la iluminación de la que hablan los sabios. En esas tardes de epifanía el placer es puramente y hondamente intelectual, acto cuyo prestigio nuestras sociedades hoy desechan.A veces mis libros me ofrecen el simple placer de lo sonoro: leer versos de san Juan de la Cruz, de Darío, de Gertrude Stein, de Yves Bonnefoy, de Stefan George, de Antonio Botto, párrafos de Christa Wolf, de Lezama Lima, de John Hawkes, de Joyce, frases en las que la música del idioma prima sobre el sentido. Leer por ejemplo este verso del (para mí) desconocido Francisco de Aldana: “Que do sube el amor llegue el amante” me regocija, y confieso, después de años de frecuentarlo, no entenderlo.A veces, la función de mis libros es la de relicario. Mi ejemplar de Redoble de conciencia, cuya cubierta color plata de la editorial Losada lleva apuntado un número de teléfono ahora para siempre secreto, me acompañó en una de mis excursiones al sur de Argentina durante mis años de colegio. Al borde de un lago al pie de los Andes, en torno a la fogata de nuestro campamento, después de cantar a pleno pulmón El ejército del Ebro, un compañero de clase abrió mi libro y nos leyó en voz alta un poema de Blas de Otero. Nos apasionó: Dios y la lucha revolucionaria convienen perfectamente a las pasiones del lector adolescente. Años después, en Canadá, habiéndome enterado de la muerte de ese amigo en una cárcel militar de la Patagonia, encontré el poema que había recitado aquella noche y que termina así en la página 120: " Y yo de pie, tenaz, brazos abiertos, / gritando no morir. Porque los muertos / se mueren, se acabó, ya no hay remedio”.&lt;br /&gt;No hay remedio. La lectura no consuela. En cambio puede, misteriosamente, servir de espejo. En un verso de Blas de Otero, en un párrafo del Quijote, en las menos prestigiosas palabras de Emilio Salgari o Conan Doyle, algo –una imagen, una música, una idea- adquiere para un determinado lector la calidad de traducción de una sensación precisa, de una intuición, una ocurrencia. El regreso de Ulises, la muerte de Melibea, el curioso martirio de San Manuel Bueno, la pasión de Clarisse en Esplendor de Portugal, la apenas comenzada vida de Tristram Shandy, las decorosas listas de Sei Shonagon, son algunas de esas páginas en las que he encontrado, repetidamente, el reflejo de mi experiencia. María Elena Walsh escribió hace muchos años un poema cuya conclusión dice así: “Y si alguna vez te desespera / un gran silencio, es el silencio mío”. Basta leer esto para no sentirme solo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Artículo publicado en Babelia el 31 de agosto de 2002© El País&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115527465289947995?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115527465289947995'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115527465289947995'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2005/03/alberto-manguel-placeres-de-la-lectura.html' title='Alberto Manguel -Placeres de la lectura-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115530432453388321</id><published>2005-03-26T06:18:00.000-08:00</published><updated>2006-08-11T08:59:52.776-07:00</updated><title type='text'>Michela Mancini -Los estudios sobre la lectura-</title><content type='html'>&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000066;"&gt;Los estudios sobre la lectura&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Michela Mancini&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para estudiar el e-Book (libro electrónico) es oportuno considerar los estudios de teoría de la literatura, crítica literaria, sociología, antropología y psicología dado que, a partir de los años sesenta, estas disciplinas centraron su interés en la relación comunicativa entre el lector y el texto, y anticiparon y orientaron algunas problemáticas del libro electrónico y de su lectura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;1. La perspectiva retórica&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;A partir de los años sesenta, el tema de la lectura ha sido objeto de numerosas investigaciones y ha sido estudiado bajo distintos enfoques, entre ellos cabe destacar: i) cómo funciona la lectura, ii) qué relación hay entre lectura y texto literario, iii) qué papel tiene el lector.&lt;br /&gt;Las teorías de la lectura que estudian el problema de la interpretación, priman la perspectiva retórica y analizan escrupulosamente los efectos que un texto provoca en su receptor: placer, educación, conmoción.&lt;br /&gt;Wayne Booth en The rhetorich of fiction (La retórica de la ficción, 1961, Editorial Bosch) define su área de investigación dentro de los límites de la “narrativa no-didáctica” – épica, novela, relato – entendida como “arte de comunicar” y “contenedor de recursos retóricos” que permiten que el autor proponga al lector una determinada visión del mundo.&lt;br /&gt;La narrativa presenta al lector un sistema complejo de normas y juicios de valor. Anticipando al “escritor implícito” de Wolfang Iser (ISER 1976), el "escritor implícito" de Booth dicta las reglas de la narración, que incluyen también una orientación ideológica, sobre la que el lector plasma su respuesta al texto (BOOTH 1961).&lt;br /&gt;Michel Riffatterre subraya la importancia de un cambio de perspectiva y afirma que para describir la literariedad de un texto es necesario poner la atención en los efectos que produce (RIFFATTERRE 1979).&lt;br /&gt;Joseph Hillis Miller en Fiction and repetition: Seven English Novels (Ficción y Repetición: Siete Novelas Inglesas, 1982) escribe que la relación entre un texto y sus fuentes delata un ambiguo discurso de identidad y diferencia y que el objetivo de la crítica consiste en examinar el funcionamiento retórico del texto. Escritor y lector son dos recursos interpretativos que garantizan una coherencia de lectura sin definir su validez absoluta (BOOTH 1961).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;2. Fenomenología y semiótica&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Vincular el texto a su contexto, a las convenciones que lo rigen y fundamentan, convierte al lector en un conjunto de relaciones y en un “cruce enciclopédico” (BERTONI 1996: 25).&lt;br /&gt;La lectura es el resultado de la interacción entre una estructura – el texto – y una acción – la respuesta del lector. La obra literaria que nace de este encuentro, se sitúa en una dimensión virtual intermedia entre el texto del escritor y la experiencia del lector. En Das literarische Kunstwerk (La obra de arte literaria, 1931) Ingarden afirma que durante la lectura, el sujeto descubre y construye el sentido de las palabras que lee a través de selecciones, combinaciones, organizaciones, anticipaciones y retrospecciones. El resultado de esta actividad creativa es una “elaboración virtual” que transforma el texto en un evento por experimentar.&lt;br /&gt;En la década de los sesenta, un grupo de teóricos de la lectura empezó a estudiar la obra literaria como estructura o red de relaciones entre sus elementos formales, donde el lector también es parte del sistema. El modelo del texto-céntrico atribuye al lector un papel pasivo, subordinado a la intencionalidad del mensaje (la estrategia textual), necesario solamente para la mera decodificación de los signos. Barthes en Éléments de sémiologie (Elementos de Semiología, 1964) intenta reconstruir el funcionamiento de los sistemas de significación a través de la construcción de un simulacro de fenómenos observados.&lt;br /&gt;En toda obra literaria existe una tendencia general hacia la repetición, por esa razón, las relaciones establecidas por la estructura textual determinan la imposibilidad de una lectura arbitraria. Es como si el mismo texto facilitara las instrucciones para su lectura (TODOROV 1966).-&lt;br /&gt;Genette en Figures (Figuras, 1966) define el texto como un tejido figural donde se entrelazan el tiempo del escritor con el tiempo del lector y las obras literarias se citan la una a la otra siguiendo ciclos irreversibles, como ocurre en el Quijote de Pierre Menard del relato de Borges (BORGES, Narraciones, 1944).&lt;br /&gt;A finales de los años sesenta se abrió paso la semiótica, disciplina que estudia las normas y las convenciones que generan los significados de los fenómenos indentificando en el lector el creador único del significado de una obra, interpretándola en relación con los códigos que la organizan.&lt;br /&gt;La obra literaria es un sistema intertextual, un mosaico de citas que reúne múltiples discursos culturales en un único espacio obligando al lector a descubrir los fragmentos de los numerosos textos que la componen. (KRISTEVA 1969).&lt;br /&gt;El fenómeno literario consiste en un intercambio dialéctico que, como escribe Greimas en Du sens (Del sentido, Editorial Gredos, 1970), identifica en el texto el punto de partida de un proceso generativo. Umberto Eco en Lector in fabula (Lector in fábula, Editorial Lumen, 1979) indaga específicamente sobre el papel del lector y sobre la dinámica de la cooperación interpretativa finalizada a la actualización del texto. Tanto Eco como Scholes consideran el texto como un esquema abierto e incompleto (SCHOLES 1989; ECO 1990).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;3. El lector: colaboración y conflicto&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Durante los años cincuenta vieron la luz los primeros estudios que analizaban la relación entre lector y texto tanto en la forma de colaboración y complicidad como de conflicto. En el texto literario, la escritura y la lectura reflejan dos intencionalidades distintas: la del escritor y la del lector. Según esta perspectiva, analizada por Sartre en Qu'est-ce la littérature (1948), el lector cree en el escritor, en el mundo de la novela y en su ficción, y establece con él un acuerdo recíproco.&lt;br /&gt;Según Jauss, en Literaturgeschichte als Provokation der Literaturwissenschaft (La historia de la literatura como provocación, Editorial Península, 1967), la lectura combina pasividad y actividad y la recepción del texto tiene lugar en el acto de la lectura.&lt;br /&gt;La hermenéutica tiene como objetivo la búsqueda de las relaciones entre pasado y presente, entre el sentido normativo del texto y el sentido desviado. La tradición puede perdurar en el tiempo sólo gracias a la posibilidad de su reconstrucción retrospectiva mediante un público dinámico que se transforma en cada nueva lectura y que al mismo tiempo participa en su producción. (JAUSS 1982).&lt;br /&gt;Para Blanchot la duplicidad de las intenciones origina un conflicto en el “campo de batalla literario” donde el lector intenta deshacerse del autor (BLANCHOT 1955).Poulet, en Phenomenology of reading (Fenomenología de la lectura, 1969), atribuye al lector una doble identidad: una, desvinculada de la lectura y extraña al texto, y la otra que participa y se identifica con la ficción literaria.&lt;br /&gt;Iser en Der Akt des Lesens (El acto de la lectura, 1976) propone un modelo de relación ambivalente donde la lectura es un proceso que fluye siempre en dos sentidos como interacción dialéctica confiriendo al texto la función de guía y al lector la de productor activo de significado.&lt;br /&gt;Jonathan Culler en Prolegomena to a theory of reading (Prolegómeno a la teoría de la lectura, 1980) afirma que, para poder leer una secuencia lingüística literaria, el lector debe asimilar gradualmente una competencia literaria, una especie de gramática que permite convertir las secuencias verbales en estructuras y en significados literarios. Por eso, el conocimiento de un idioma no es suficiente, hace falta que el lector disponga del repertorio que configure expectativas e hipótesis interpretativas (CULLER 1980).El "horizonte de expectativas" es un sistema relacional, un contexto que envuelve cualquier obra literaria en el momento de su concepción, permitiendo medir su eficacia en relación con el momento histórico que la ha producido (JAUSS 1982).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;4. La deconstrucción&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Según Culler la deconstrucción representa el apogeo de los recientes estudios sobre la lectura. A finales de los años sesenta, la deconstrucción era una estrategia que quería desmontar las oposiciones jerárquicas del pensamiento occidental. La literatura no es un diálogo entre seres humanos, sino más bien un diálogo impersonal entre textos (CULLER 1982).&lt;br /&gt;Los textos deconstruyen los sistemas filosóficos que los sustentan, determinando un aplazamiento sin fin del significado, fenómeno definido por Derrida como différance (DERRIDA 1967).&lt;br /&gt;Según la escuela de Yale, y más concretamente Paul De Man, el texto no necesita ser deconstruido mediante una intervención externa. Su aparente unidad orgánica, total y coherente, revela una estructura hecha de fragmentos que se interponen al proceso de interpretación. Según De Man entre el lector y el autor no tendría que existir ninguna barrera y el paradigma de una lectura ideal consistiría en la coincidencia entre el “significado leído” y el “significado hablado o escrito” (DE MAN 1971).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;4.1. Tradición y lectura&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;El problema de la lectura está vinculado a la tradición. Desde los primeros años setenta, Bloom, vinculado a la escuela de Yale (Paul De Man, J. Hillis Miller y Geoffrey H. Hartman, en parte más próximos al concepto de decosntrucción de Derrida), empieza a delinear su teoría literaria centrada en el "Revisionismo" (BLOOM 1975).&lt;br /&gt;En A map of misreading (Un mapa de mala lectura, 1975) Bloom habla de la "influencia poética" como de la relación entre los textos. Esta relación depende de un acto crítico, una mala lectura: los actos críticos realizados sobre cualquier texto por un “lector fuerte” cualquiera.&lt;br /&gt;El lector fuerte es un "revisionista" que intenta encontrar una relación – "la verdad" – en los textos o en la realidad, que trata también como texto. Revisionismo significa volver a mirar y, para Bloom, esta acción se manifiesta mediante una representación. La lectura que se trasforma en nueva escritura será siempre un error interpretativo, un malentendido: misreading (BLOOM 1975: 11).&lt;br /&gt;Sin tradición no podríamos escribir, enseñar, pensar, leer; “la tradición literaria empieza cuando un escritor novel es conciente tanto de su lucha contra las formas y la presencia de su predecesor como del puesto que éste ocupa en relación con la tradición” (BLOOM 1975: 40). Lo que llamamos "literatura" está estrechamente vinculado a una educación y a una tradición continua que empezó en el siglo VI a. C. cuando los escritos de Homero se convirtieron en material didáctico para los griegos (BLOOM 1975: 41).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;4.2. "Creación" e "imaginación"&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;La literatura consiste en la doble acción de leer y escribir: “la literatura, y el estudio de la literatura, fueron originariamente un único concepto […] cuando los primeros estudiosos de los textos literarios totalmente distintos de los poetas crearon su filología en Alejandría, empezaron clasificando y seleccionando a los autores” (BLOOM 1975: 42).&lt;br /&gt;Para Bloom la creación poética es catástrofe o "romper la vajilla", un impulso vital divino y devastador que, a través de una metafórica explosión, genera la poesía. La imaginación en la poesía habla de los orígenes y, en consecuencia, de sí misma y sobre todo de su preservación. La misión de la imaginación primitiva es la instauración de normas fijas como respuesta al caos del mundo (BLOOM 1975: 73).&lt;br /&gt;Como instrumento de preservación, la imaginación es el conjunto de todos los tropos descritos por los antiguos oradores. Bloom considera los tropos como un sistema de representación en continua metamorfosis que, por un lado, estimula la imaginación y, por otro, la sobrepasa constituyendo su paso sucesivo, es decir el acto arbitrario de lectura en el momento en que se renueva el lenguaje natural (BLOOM 1975: 75).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;5. Los Cultural Studies&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;A principio de los años ochenta, la sociología ha empezado a centrar su atención en la observación de los procesos culturales. Bajo la etiqueta de “procesos culturales” han encontrado cobijo los estudios que en Inglaterra se conocen como “cultural studies”. Cultures and societies in a changing world de Wendy Griswold (Culturas y sociedades en un mundo cambiante) es una introducción a la sociología que estudia los fenómenos culturales, como por ejemplo las historias, las creencias, los medios de comunicación, las obras de arte, las prácticas religiosas, las modas y los rituales. Para explicar el comportamiento social hay que estudiar los individuos como productores de significados y manipuladores de símbolos.&lt;br /&gt;El modelo elegido para explicar la metodología – el "diamante cultural" – abarca cuatro aspectos fundamentales y comprende:&lt;br /&gt;1. los objetos culturales – símbolos, creencias y prácticas – ,&lt;br /&gt;2. los creadores culturales – las organizaciones y los sistemas que producen y distribuyen objetos culturales – ,&lt;br /&gt;3. los destinatarios culturales – los grupos que reciben el mensaje cultural – ,&lt;br /&gt;4. el mundo social – el contexto en el que la cultura se crea y se desarrolla (GRISWOLD 1994: 8).&lt;br /&gt;Durante el siglo XIX, los intelectuales europeos afirmaban la existencia de una oposición entre cultura y “civilización”, donde la palabra “civilización” indicaba los procesos tecnológicos de la Revolución Industrial y las transformaciones sociales que la acompañaban. Durante la segunda mitad del siglo XIX, Matthew Arnold, literato y pedagogo inglés, formulaba en Culture and Anarchy (Cultura y anarquía, 1869) una teoría universal del valor cultural, en la que afirmaba que la cultura era un estudio de la perfección. La cultura podía hacer la civilización más humana devolviéndole “dulzura y luz”, una expresión usada como sinónimo de belleza y sabiduría. Griswold comenta el texto de Arnold, afirmando que como la miel y la cera producidas por las abejas, la belleza y la sabiduría producidas por la cultura derivan: a) de la conciencia y de la sensibilidad hacia “lo mejor del pensamiento y del conocimiento” tanto en el arte como en la literatura, en la historia y en la filosofía y b) de "una razón justa", una inteligencia abierta, flexible y tolerante (GRISWOLD 1994: 19).&lt;br /&gt;Arnold interpretaba la cultura en su intento educativo. La civilización tenía una relación potencialmente armoniosa con el saber, la belleza, el comportamiento y las relaciones sociales; la cultura podía facilitar esta armonía. El arte, como la cultura en general, amplificaba la experiencia potenciando la sensibilidad y el criterio de las personas (ARNOLD 1869).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;5.1. La cultura como "teoría del reflejo"&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Griswold escribe que la historia avanza por etapas, cada una marcada por algún tipo de revolución. Se habla de “teoría del reflejo” para describir la acción de la cultura de informar sobre lo que ocurre en la sociedad. (GRISWOLD 1994: 52). La idea de que la cultura refleja la estructura social como un espejo, proporciona un modelo par aentender la conexión entre cultura y sociedad y sugiere la dirección principal de la relación de influencia. Además, este modelo permite que se utilice la cultura como testimonio social.&lt;br /&gt;Otras modernas teorías sociológicas analizan la cultura en su conexión con el mundo social subrayando el aspecto de los "contenedores de significado" y afirmando que la cultura, contrariamente a los espejos, es selectiva. Las obras de arte, de hecho, mantienen un valor por la atribución de nuevos significados que no dependen del período de la cultura en el que se ha producido la obra (GRISWOLD 1994: 55).&lt;br /&gt;El acercamiento a la producción colectiva indaga sobre los mecanismos mediante los cuales la colectividad se autorrepresenta. Los receptores de estas autorrepresentaciones – los lectores, socialmente plasmados e involucrados en la cultura que experimentan – son portadores de expectativas. (GRISWOLD 1994: 129).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;6. La sociología de la literatura&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;A finales de los años cincuenta, Ian Watt en The rise of the novel (Orígenes de la novela, 1957) afirmaba que los cambios en la composición de un público nacional de lectores puede contribuir a crear y a desarrollar nuevas formas literarias e identificaba en los cambios del público del siglo XXVIII las razones principales de la ruptura con la tradición literaria precedente, condición indispensable para los orígenes de la novela. En los mismos años, Robert Escarpit traza una conexión unilateral entre la aparición de una determinada obra literaria y la expectación de un determinado grupo social (ESCARPIT 1958).&lt;br /&gt;En Pour une sociologie du roman de Goldmann (Para una sociología de la novela, Editorial Ayuso, 1965), la obra se convierte en conciencia de una determinada clase social, en la que se sitúan su fuente y su destino literario: escritor y lector, entre ellos socialmente homogéneos, se mueven en el telón de fondo de un mismo sistema donde ambos son creadores del texto.&lt;br /&gt;Queda siempre un margen de acción para una actividad utópica y rebelde, dispuesta a derribar continuamente la autoridad normativa de la lectura “correcta”: es la actividad del lector. Según Jacques Leenhardt y Pierre Jòzsa, una sociología de la lectura tiene entonces su fundamento en una sociología del conocimiento (LEENHARDT-JÒZSA 1982).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;6.1. El sistema editorial&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;En los últimos años, algunos estudiosos italianos han centrado su atención en el sistema editorial.&lt;br /&gt;En L'editore e i suoi lettori (El editor y sus lectores, 2000) Cadioli analiza la influencia que el sector editorial ejerce en la recepción de una obra literaria. Durante el siglo XVIII, la palabra editor se utilizaba para indicar a la persona que decidía las características físicas de una obra en el momento de su publicación, mientras que en el siglo XIX, el término pasó a indicar a la persona que, tras encargarse de la publicación de los libros, los pone en el circuito de distribución y venta. El examen de los catálogos de las editoriales muestra claramente una búsqueda que encaja en el modelo propuesto por el mercado. Gracias a este cuadro, percibimos la imagen que una cultura tiene de sí misma, es decir el modelo de cultura perseguido por los grupos institucionales, representados por los editores.El editor participa en el panorama cultural mediante:&lt;br /&gt;- la elección de los títulos que quiere publicar,&lt;br /&gt;- la decisión de las formas que tendrá cada uno de los libros que componen su catálogo,&lt;br /&gt;- la elección de los aparatos paratextuales entre los que se pueden incluir los elementos gráficos o tipográficos (colecciones, prefacios, notas, ilustraciones) (CADIOLI 2000: 9).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;7. La psicología de la lectura&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Las investigaciones sobre la psicología de la lectura han evidenciado el hecho de que la lectura no es una actividad genérica, sino una función de la identidad individual, un proceso que reproduce la estructura mental de un individuo (HOLLAND 1968). En este nuevo modelo el individuo construye la experiencia literaria según su carácter como reproducción personal de su identidad. (HOLLAND 1968).&lt;br /&gt;El proceso de lectura es el resultado de la combinación de distintos aspectos personales y comunes, únicos y universales, y esto demuestra que la respuesta a la literatura nunca es completamente idiosincrásica o normativa. En este caso es la participación de códigos y de hipótesis interpretativas que vinculan el significado potencial mediado por la aprobación de la comunidad.&lt;br /&gt;Del encuentro entre un individuo y un conjunto de símbolos verbales nace la obra literaria que no es un objeto o un ente ideal, cerrado en su autonomía ontológica. La obra literaria es un proceso: una actividad dinámica, personal y única. El texto-guía es el modelo elástico que permite al lector emprender distintos caminos (ROSENBLATT 1978).&lt;br /&gt;En otros estudios, la psicología de la lectura ha abarcado los aspectos cognitivos principales, entre los que cabe destacar: movimientos oculares, problemas perceptivos, estudio de letras, palabras, contextos, y problemas relacionados con el lenguaje, el aprendizaje y la dislexia (CROWDER–WAGNER 1982).&lt;br /&gt;Croweder da una definición de la actividad de la lectura mediante un modelo prototipo que incluye tres “conquistas”:&lt;br /&gt;- la evolución del lenguaje considerada como un salto cualitativo en la historia biológica,&lt;br /&gt;- la historia intelectual del hombre, es decir la evolución del lenguaje escrito testimonio de un progreso,&lt;br /&gt;- la adquisición de los conocimientos básicos en la escuela durante los primeros años.En The modularity of mind (La modularidad de la mente, Editorial Morata, 1986), Fodor subraya que la psicología científica del siglo pasado ha propuesto un modelo de mente humana estructurada en procesos transversales que entran en juego simultánea y paralelamente en todos los comportamientos del individuo. En este esquema, la percepción, el aprendizaje y la memoria son facultades que interactúan en cualquier comportamiento humano (FODOR 1983).&lt;br /&gt;Fodor, hablando de la literatura tradicional y de la memoria como lugar donde se almacenan las creencias, cita el Teeteto o de la ciencia, de Platón que compara la memoria con una jaula de pájaros que encierra o libera los recuerdos. La mente posee estructura propia y los contenidos mentales disfrutan de localizaciones provisionales en un telón de fondo fijo “las cosas tienen lugar en la mente y existen unas limitaciones a los acontecimientos mentales dependiendo de las características estructurales de la mente” (FODOR 1983: 37-38).&lt;br /&gt;En este tipo de arquitectura, un tema frecuente en los estudios de psicología de las facultades, identificar la localización de un recuerdo determinado no depende del contenido, sino, en cambio, del tiempo pasado entre el hecho y su recuperación.La tradición vertical de la psicología de las facultades se identifica con los estudios de Franz Joseph Gall (1758-1828),&lt;br /&gt;fundador de la frenología. Para Gall existe un “conjunto de propensiones”, predisposiciones, cualidades y actitudes que forman subsistemas separados (GALL 1825).&lt;br /&gt;Fodor ha creado el término "facultades verticales" para facilitar la interpretación del texto de Gall.Fodor, para presentar este modelo de mente, caracteriza las funciones de los sistemas psicológicos en analogía con la estructura de los ordenadores. La novedad de la postura de Fodor consiste en el reconocimiento de la modularidad de los sistemas de input: las facultades verticales están caracterizadas por mecanismos computacionales con dominios específicos (FODOR 1983: 183). Para David Bleich la subjetividad es una condición epistemológica fundamental para cualquier ser humano, dado que la ficción de una realidad objetiva es la presunta objetivación de un punto de vista personal. El conocimiento es un proceso que se debe construir y no un objeto que hay que encontrar. Para Bleich el texto no posee ningún poder real sobre el lector y su iniciativa (BLEICH 1969).&lt;br /&gt;Para Fish las estrategias interpretativas constituyen la forma misma de la lectura, es decir cada acto perceptivo es una interpretación. (FISH 1980).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;8. El lector y las imágenes&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Algunas investigaciones han centrado su atención en el estudio de las imágenes como instrumento fundamental, conjuntamente con el libro, para la adquisición de la cultura. Subrayando, en particular, el papel determinante de las imágenes en la expansión de la cultura occidental y de sus mitos.&lt;br /&gt;Gruzinski en La Guerre des images (La guerra de las imágenes, 1989), analiza el conflicto sobre las imágenes que caracterizó, durante el siglo VIII, al Imperio Bizantino. En el siglo XVI, la Reforma protestante y la Contrarreforma católica marcaban posturas opuestas y decisivas para la época moderna, en la que se asistía, sobre todo en América latina, a la “apoteosis barroca de las imágenes católicas”. (GRUZINSKI 1989: 10).&lt;br /&gt;Las imágenes, "didácticas, milagrosas y electrónicas", servían para difundir la cultura occidental, colonizar, uniformar los territorios conquistados.&lt;br /&gt;Por distintas razones – la evangelización, la difusión de la imprenta y el progreso de la técnica del grabado – la imagen ejercía, durante el siglo XVI, un papel determinante en la conquista y en la colonización del Nuevo Mundo. Para Gruzinski, México constituye un ejemplo importante para observar cómo la América colonial duplica las estructuras, las instituciones, las prácticas y las creencias propias de Occidente. A partir del siglo XVI, la Iglesia envía sus misioneros para difundir el cristianismo y construir iglesias y conventos. España instituye sus virreyes, los tribunales y la burocracia, y construye sus ciudades. Europa envía sus arquitectos, pintores y músicos constituyendo un sistema que asume la responsabilidad de integrar la sociedad y las culturas que, en un primer momento, ha destruido. La imagen ha sido primero un instrumento de orientación -los mapas-, luego de educación y al final de dominio (GRUZINSKI 1989: 11).&lt;br /&gt;El libro de Chastel Fables, formes, figures (Fábulas, formas y figuras, 1978) es una recopilación de ensayos que abarcan temas relacionados con la representación visual considerada desde diferentes puntos de vista: las técnicas usadas, la función del artista, el uso de formas y contenidos propios de la literatura, de los rituales o de otras imágenes. Mediante el análisis de fábulas, formas y figuras, Chastel estudia el imaginario y las formas de su representación en el marco de la sociedad occidental, centrando su atención en los detalles que, entre celebración y forma, se realizan como percepciones simultáneas de datos pertenecientes a situaciones distintas. La cultura y el arte representan un mundo en el que un conjunto determinado de elementos se organizan y se componen según combinaciones y estrategias diferentes que el historiador debe descifrar.&lt;br /&gt;Sèrox de Angicourt, ex oficial de caballería que se estableció en Roma en 1787, elaboró la Histoire de l'art par les monuments depuis sa décadence au IVe siècle jusqu'à son renouvellement au XVIe siècle (ANGICOURT 1823). La obra, compuesta por enormes in-folio y trescientos tablas, constituye, según Chastel, la primera historia del arte: "combinando el panorama de los siglos con un verdadero "museo imaginario" (CHASTEL 1978: 118).&lt;br /&gt;En su obra, Angicourt dedicaba una parte privilegiada a los artistas de Toscana según una tendencia común en el siglo diecinueve de clasificar las obras, por su hacer referencia constante al texto de Dante, así como el arte antigua se había inspirado en Homero. Con este fin Chastel, evidenciando el vínculo entre texto escrito y texto visual, escribe: “se confirma la dignidad universal de un texto visual a través de la obra maestra literaria que lo explica” (CHASTEL 1978: 118).&lt;br /&gt;Chastel dedica un capítulo entero al cuadro Las Meninas de Velázquez (1656) elogiando en él la presencia de todos los recursos pictóricos (CHASTEL 1978: 201).&lt;br /&gt;Las Meninas recuerda también L'atelier, que Vermeer realizará algunos años más tarde (1672) y comparte una análoga simbología: "Velázquez, de hecho, ha asociado el tema del autorretrato y el tema del pintor en acción al retrato colectivo de la corte, y su obra se considera justamente una suma pictórica (CHASTEL 1978: 202). Martínez del Mazo, asistente de Velázquez hizo muchas copias de Las Meninas y anteriormente Jan Van Eyk había introducido el retrato en el espejo en el cuadro del matrimonio Arnolfini (1434). El análisis de este cuadro pone en evidencia las referencias y las citas que cualquier texto hace de otros textos y, en particular, de los motivos de la representación visual comparables a los que se utilizan en los cuentos como el retrato y el espejo. Esto confirma, según Chastel, que la incorporación del cuadro dentro de una escena de interior sea una solución constante de la pintura del siglo XVII (CHASTEL 1978: 202).8.1. ¿Existe sólo una cultura del libro?El tema central de un ensayo de Dupont (1990), que aplica un enfoque antropológico al estudio de la literatura, consiste en preguntarse si una cultura se puede fundar sólo en la escritura y en el libro como recursos de creación y trasmisión de “ideas”. La referencia a Homero nos permite volver a descubrir la presencia de culturas orales dentro de la tradición. Homero, escribe Dupont, como todas las literaturas populares, celebra la belleza serena de un mundo inmóvil, en el que el orden cósmico y el orden social constituyen una unidad: “Volver a descubrir la oralidad quiere decir darse cuenta de que no tiene sentido obsesionarse con el significado de tantos monumentos antiguos de la cultura humanista, buscando mensajes filosóficos y sutiles anotaciones psicológicas. El texto es una ilusión, un tenue indicio de un acontecimiento que necesitamos recuperar o inventar” (DUPONT 1990: 116).&lt;br /&gt;La oralidad no es ausencia de escritura dado que no constituye una etapa obligada de la civilización que pasa de la memoria oral a la escrita. En la actualidad el regreso a la oralidad es vivido como una regresión y, en cambio, se exalta la importancia de la música, de la imagen y de los medios audiovisuales (DUPONT 1990: 6-7).&lt;br /&gt;El libro representa un fetiche para exorcizar el miedo al olvido. Los museos, los archivos, las bibliotecas y las filmotecas son el testimonio de una memoria deificada que tiene el objetivo de multiplicar (DUPONT 1990: 8).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;8.2. El contexto cultural&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;La antropología configura un método de investigación cuyo objeto son la literatura y las prácticas artísticas mediante las cuales una cultura se divulga y se refleja en sí misma. El enfoque antropológico consiste en volver a situar el acto literario que, como toda acción humana, remite a una dimensión simbólica perteneciente a su cultura. Precisamente porque hace referencia a una dimensión simbólica, el sentido del acto literario no puede ser deducido a través de la lectura y tampoco puede ser individuado en el contexto cultural (DUPONT 1990: 10). Dupont escribe que al nombre de Homero están vinculados versos escritos e impresos que narran las historias recopiladas en los dos títulos, Ilíade y Odisea y clasificados come literatura popular. Los versos impresos en papel incluyen un especial manual de instrucciones. En el estudio de Dupont, la palabra clave que guía en la lectura de Homero es aedo, el poeta-cantor que entretiene a los huéspedes tras el banquete. El poema cantado por el aedo es un regalo de lujo que el anfitrión hace a sus huéspedes durante el banquete. El canto compartido entre todos es un placer común, el acto de escucharlo no se puede desvincular del ritual social del banquete ni del acontecimiento en sí y del fausto que presupone: “todos los comensales tendrán que sentir placer, es decir olvidarse de todo lo demás” (DUPONT 1990: 18). El canto del aedo, el canto divino, es un relato que construye una memoria colectiva común a todos los griegos. El aedo canta guiado por las Musas, hijas de la Memoria, creadas para que los hombres olviden sus males y preocupaciones. Y este tipo de literatura – el canto - tiene el objetivo de entretener (DUPONT 1990: 33). El papel de las Musas es el de celebrar el cosmos, el orden que crea armonía entre los dioses, los hombres y el mundo. El canto del aedo ofrece a los hombres toda la sabiduría posible gracias a una memoria absoluta, atemporal y colectiva, que es conocimiento del mundo en su belleza. El canto del aedo no puede ser austero y oscuro, dado que mezcla placer y sabiduría.&lt;br /&gt;Dupont compara un modelo de relato trasmitido a través de una práctica cultural – el aedo que canta en el banquete – y el que se divulga a través de un medio de comunicación – la televisión. La televisión en lugar de pertenecer, como el aedo, al espacio de la celebración se sitúa en la cotidianidad. La cultura que domina su público es la del consumo y de la publicidad del mundo Occidental, tan alejada de la técnica y del arte de la antigua Grecia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;REFERENCIAS BIBLOGRÁFICAS&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;ALIMENTO 1999, Antonella Alimento, I libri e i lettori, Firenze, Le Monnier, 1999.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;ANG 1998, Ien Ang, Desperately seeking the audience, London, New York, Routledge, 1991 (tr. it. Cercasi audience disperatamente, Bologna, Il mulino, 1998).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;ANGICOURT 1823, Sèrox d'Angicourt, Histoire de l'art par les monuments depuis sa décadence au IVe siècle jusqu'à son renouvellement au XVIe siècle, Paris, Treüttel et Würtz, 1823.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;APPIANO 1998, Ave Appiano Manuale di immagine. Intelligenza percettiva, creatività, progetto, Roma, Meltemi, 1998.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;APPLEYARD 1991, Joseph A. Appleyard, Becoming a reader. The experience of fiction from childhood to adulthood, Cambridge [England], New York, Cambridge University Press, 1990.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;ARBIB-HESSE 1986, Michael A. Arbib e Mary B. Hesse, The construction of reality, Cambridge [Cambridgeshire], New York, Cambridge University Press, 1986 (tr. it. La costruzione della realtà, Bologna, Il mulino, 1992).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;ARMOSTRONG 1990, Paul B. Armostrong, Conflicting readings. Variety and validity in the interpretation, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 1990.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;ARNOLD 1869, Matthew Arnold, Culture and Anarchy. An essay in political and social criticism, Smith, Elder &amp; Co., London, 1869 (tr. it. Cultura e anarchia, Torino, Einaudi, 1946).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;BALDACCHINI-MANFRON 1998, Lorenzo Baldacchini e Anna Manfron, a cura di, Il libro in Romagna. Produzione, commercio e consumo dalla fine del secolo XV all'età contemporanea. Convegno di studi Cesena, 23 - 25 marzo 1995, Firenze, Olschki, 1998.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;BARILLI 1982, Renato Barilli, Scienza della cultura e fenomenologia degli stili, Bologna, Il mulino, 1982.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;BARON 1987, David Baron, La lecture infinie. Les voies de l'interpretation midrachique, Paris, Seuil, 1987.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;BARTHES 1964, Roland Barthes, Éléments de sémiologie, Paris, Seuil 1964 (tr. it. Elementi di semiologia, Torino, Einaudi, 1966).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;BAZERMAN-PARADI 1991, Charles Bazerman e James Paradi, a cura di, Textual dynamics of the professions. Historical and contemporary studies of writing in professional communities, Madison, Wis., University of Wisconsin Press, 1991.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;BECHELLONI-BUONANNO 1997, Giovanni Bechelloni e Milly Buonanno, a cura di, Television fiction and identities: America, Europe, nations, Napoli, Ipermedia, 1997.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;BENCIVENGA 2001, Ermanno Bencivenga, Teoria del linguaggio e della mente, Torino, Bollati Boringhieri, 2001.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;BENNETT 1990, Tony Bennett, Popular Fiction: Technology, Ideology, Production, Reading, London, New York, Routledge, 1990.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;BERTONI 1996, Federico Bertoni, Il testo a quattro mani. Per una teoria della lettura, Scandicci, La nuova Italia, 1996.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;BLANCHOT 1955, Maurice Blanchot, L'espace littéraire, Paris, Gallimard, 1955 (tr. it. Lo spazio letterario, Torino, Einaudi, 1966).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;BLEICH 1969, David Bleich, Emotional origins of literary meaninf, "College English", 1969, 31.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;BLOOM 1975, Harold Bloom, A map of misreading, New York, Oxford University Press, 1975 (tr. it., Una mappa della dislettura, Milano, Spirali, 1988).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;BOLTER 1991, Jay David Bolter, Writing Space. The Computer. Hypertext, and the History of Writing, Hillsdale, N.J., L. Erlbaum Associates, 1991 (tr. it. Lo spazio dello scrivere. Computer, ipertesti e storia della scrittura, Milano, Vita e Pensiero, 1993).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;BOOTH 1961, Wayne Booth, The rhetorich of fiction, Chicago, The University of Chicago, 1983 (19611).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;BORGES 1944, Jorge Luis Borges, Ficciones (1935-1944), Sur, Buenos Aires, 1944 (tr. it. Finzioni, Torino, Einaudi, 1997).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;BRODERICK 1995, Damien Broderick, Reading by starlight. Postmodern science fiction, London, New York, Routledge, 1995.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;BROMLEY 1988, Roger Bromley, Lost Narratives. Popular Fictions, Politics and Recent History, London, New York, Routledge, 1988.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;CADIOLI 2000, Alberto Cadioli, L' editore e i suoi lettori, Bellinzona, Casagrande, 2000.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;CAPRETTINI 1998, Gian Paolo Caprettini, Ordine e disordine, Roma, Meltemi, 1998.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;CARPI 1997, Daniela Carpi, a cura di, Cultura, scienza, ipertesto, Ravenna, Longo, 1997.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;CAVALLO-CHARTIER 1995, Guglielmo Cavallo e Roger Chartier, Storia della lettura nel mondo occidentale, Roma-Bari, Laterza, 1999.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;CHAMBERLAIN 1990, Daniel Frank. Chamberlain, Narrative perspective in fiction. A phenomenological mediation of reader, text and world, Toronto, University of Toronto Press, 1990.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;CHARTIER 1992, Roger Chartier, L'ordre des livres. Lecteures, auteurs, bibliothéques en Europe entre XIV et XVIII siècle, Aix-en Provence, Alinea, 1992 (tr. it. L'ordine dei libri, Milano, Il Saggiatore 1994).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;CHASTEL 1978, André Chastel, Fables, formes, figures, Paris, Flammarion, 1978 (tr. it. Favole Forme Figure, Torino, Einaudi, 1988).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;CHINES-VAROTTI 2001, Loredana Chines e Carlo Varotti, Che cos'e un testo letterario, Roma, Carocci, 2001.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;CORRADI FIUMARA 1998, Gemma Corradi Fiumara, Il processo metaforico. Connessioni tra vita e linguaggio, Bologna, Il mulino, 1998.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;CORTI 1976, Maria Corti, Principi della comunicazione letteraria, Milano, Bompiani, 1976.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;CRISMORE 1989, Avon Crismore, Talking with readers. Metadiscourse as rethorical act, New York, P. Lang, 1989.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;CROWDER-WAGNER 1982, Robert G. Crowder, Richard Wagner, The psychology of reading. An introduction, New York, Oxford University Press, 1982 (tr. it. Psicologia della lettura, Bologna, Il mulino 1998).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;CULLER 1980, Jonathan Culler, Prolegomena to a theory of reading, in S. Suleiman, I.Crosman, a cura di, The reader in the text. Essay on audience and interpretation, Princeton, Princeton University Press 1980.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;CULLER 1982, Jonathan Culler, On deconstruction. Theory and critisism after structuralism, Ithaca, Cornell University Press, 1982 (tr. it. Sulla decostruzione, Milano, Bompiani, 1988).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;CURTIUS 1948, Ernst Robert Curtius, Europäische Literatur und lateinisches Mittelalter, A. Frank Verlag, Bern, 1948 (tr. it. Letteratura europea e Medioevo latino, Firenze, La Nuova Italia, 1992).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;CUSMANO 2000, Lucia Cusmano, Lettrici del Novecento. La lettura delle donne attraverso gli abbonamenti al Gabinetto Vieusseux (1900-1909), in "Antologia Vieusseux", 2000, n.16-17, pp. 39-60.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;DAVIDSON 1984, Donald Davidson, Inquiries into truth and interpretation, New York, Oxford University Press, 1984 (tr. it. Verità e interpretazione, Bologna, Il mulino, 1994).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;DE CARLI 1997, Lorenzo De Carli, Internet. Memoria e oblio, Torino, Bollati Boringhieri, 1997.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;DE MAN 1971, Paul De Man, Blindness and insight. Essay in the retoric of contemporary criticism, New York, Oxford University Press, 1971 (tr. it. Cecità e visione, Napoli, Liguori, 1975).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;DE MAN 1996, Paul De Man, Aesthetic ideology, Minneapolis, University of Minnesota Press, 1996.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;DERRIDA 1967, Jacques Derrida, Lécriture et la differance, Paris, Seuil, 1967 (tr. it. La scrittura e la differenza, Torino, Einaudi, 1971).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;DI FAZIO ALBERTI 1994, Margherita Di Fazio Alberti, Dal titolo all'indice: forme di presentazione del testo letterario, Parma, Pratiche, 1994.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;DIJK 1999, Jan van Dijk, The network society. Social aspects of new media, London, Thousand Oaks, Calif., Sage Publications, 1999 (tr. it. Sociologia dei nuovi media, Bologna, Il mulino, 2002).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;DUPONT 1990, Florence Dupont, Homère et "Dallas". Introduction à une critique anthropologique, Paris, Hachette, 1990 (tr. it. Omero e Dallas: narrazione e convivialità dal culto epico alla soap-opera, Roma, Donzelli, 1993).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;DUPONT 1994, Florence Dupont, L'invention de la littérature. De l'ivresse grecque au livre latin, Paris, Ed. la Découverte, 1994.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;ECO 1979, Umberto Eco, Lector in fabula, Milano, Bompiani, 1998.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;ECO 1990, Umberto Eco, I limiti dell'interpretazione, Milano, Bompiani, 1990.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;ECO 1992, Umberto Eco, Interpretation and overinterpretation, New York, Cambridge University Press, 1992 (tr. it. Interpretazione e sovrainterpretazione. Un dibattito con Richard Rorty, Jonathan Culler e Cristine Brooke-Rose, Milano, Bompiani, 1995).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;ESCARPIT 1958, Robert Escarpit, Sociologie de la littérature Paris, Presses Universitaires de France 1958 (tr. it. Sociologia della letteratura, Roma, Newton Compton, 1994).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;ESROCK 1994, Ellen J. Esrock, The reader's eye. Visual imaging as reader response, Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1994.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;FERRARO 1998, Guido Ferraro, L'emporio dei segni, Roma, Meltemi, 1998.FERRARO 1999, Guido Ferraro, La pubblicità nell'era di Internet, Roma, Meltemi, 1999.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;FERRAROTTI 1998, Franco Ferrarotti, Libri, editori, società, Napoli, Liguori, 1998.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;FISH 1980, Stanley Fish, In there a text in this class? The autority of interpretive communities, Cambridge (Ma.), Harvard University Press, 1980 (tr. it. C'è un testo in questa classe? L'interpretazione nella critica letteraria e nell'insegnamento, Torino, Einaudi, 1987).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;FLUDERNIK 1993, Monika Fludernik, The fictions of language and the languages of fiction. The linguistic representation of speech and consciousness, London, New York, Routledge, 1993.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;FODOR 1983, Jerry a. Fodor, The modularity of mind. An essay on faculty psychology, Cambridge, Mass, &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;MIT Press, 1983 (tr. it. La mente modulare. Saggio di psicologia delle facoltà, Bologna, Il Mulino, 1988).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;FODOR 1983, Jerry a. Fodor, The modularity of mind. An essay on faculty psychology, Cambridge, Mass, &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;MIT Press, 1983 (tr. it. La mente modulare. Saggio di psicologia delle facoltà, Bologna, Il Mulino, 1988).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;FRASNEDI-SALMON KOVARSKI 1999, Fabrizio Frasnedi e Laura Salmon Kovarski, a cura di, Il lettore e il senso. Atti del Convegno. Eremo di Monte Giove, Centro studi Itinerari e incontri, 29-30 aprile-1 maggio 1995, Scuola superiore di lingue moderne per interpreti e traduttori, Forlì, Bologna, &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;CLUEB, 1999.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;GALL 1825, Franz Joseph Gall, Sur les fonctions du cerveau et sur celles de chacune de ses parties, avec des observations sur la possibilité de reconnaître les instincts, les penchans, les talens, our les dispositions morales et intellectuelles des hommes et des animaux, Paris, J. B. Baillière, 1825.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;GEERTZ 1974, Clifford Geertz [ed. al.], Myth, Symbol, and Culture, New York, Norton, 1974.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;GEERTZ 1975, Clifford Geertz, The Interpretation of Cultures, London, Hutchinson, 1975 (tr. it. Interpretazione di culture, Bologna, Il mulino, 1987).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;GEERTZ 1983, Clifford Geertz, Local Knowledge. Further Essays in Interpretive Anthropology, Basic Books, New York, 1983 (tr. it. Antropologia interpretativa, Bologna, Il mulino, 1988).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;GENETTE 1966, Gérard Genette, Figures, Paris, Seuil, 1966 (tr. it. Figure. Retorica e strutturalismo, Torino, Einaudi, 1969).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;GOLDMANN 1965, Lucien Goldmann, Pour une sociologie du roman, Paris, Gallimard, 1965 (tr. it. Per una sociologia del romanzo, Milano, Bompiani, 1967).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;GOZZINI 2002, Giovanni Gozzini, Editoriale. L'Europa, i libri e le idee, in "Antologia Vieusseux", 2002, n. 22, pp. 3-4 .GREIMAS 1970, Algirdas Greimas J. Du sens, Paris, Seuil, 1970 (tr. it. Del Senso, Milano, Bompiani, 1974).GRISWOLD 1994, Wendy Griswold, Cultures and societies in a changing world, Thousand Oaks, Pine Forge Press, 1994 (tr. it. Sociologia della cultura, Bologna, Il mulino, 1997).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;GROSSI-ROSSI 1997, Lina Grossi, Rosa Rossi, Lo straniero. Letteratura e intercultura, Roma, Edizioni lavoro, 1997.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;GRUZINSKI 1989, Serge Gruzinski, La Guerre des images, de Christophe Colomb à "Blade Runner" (1492-2019), Paris, Fayard, 1989 (tr. it. La guerra delle immagini: da Cristoforo Colombo a "Blade Runner" (1492-2019), Milano, Sugarco, 1991).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;HANNERZ 1992, Ulf Hannerz, Cultural complexity. Studies in the social organization of meaning, New York, Columbia University Press, 1992 (tr. it. La complessità culturale. L'organizzazione sociale del significato, Bologna, Il mulino).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;HELBO 1975, André Helbo, a cura di, Sémiologie de la représentation: théâtre, télévision, bande dessinée, Bruxelles, Éditions Complexe, [Paris], diffusion Presses universitaires de France, 1975 (tr. it. Semiologia della rappresentazione: teatro, televisione, fumetto, Napoli, Liguori, 1979).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;HELBO 1997, André Helbo, L'adaptation. Du théâtre au cinéma, Paris, A. Colin, 1997.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;HOBBS 1990, Jerry R. Hobbs, Literature and cognition, Stanford, CA, Center for the Study of Language and Information, 1990.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;HOLLAND 1968, Norman N. Holland, The dynamicis of literary response, New York, Oxford University Press, 1968 (tr. it. La dinamica della risposta letteraria, Bologna, Il Mulino, 1986).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;HOLUB 1984, Robert C. Holub, Reception theory. A critical introduction, New York, Methuen, 1984 (tr. it. Teoria della ricezione, Torino, Einaudi, 1989).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;INGARDEN 1931, Roman Ingarden Das literarische Kunstwerk, Tübingen, Max Niemeyer, 19653 (19311) (tr. it. Fenomenologia dell'opera letteraria, Genova, Silva, 1968).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;ISER 1976, Wolfang Iser, Der Akt des Lesens, München, Fink, 1976 (tr. it. L'atto della lettura. Una teoria della risposta estetica, Bologna, Il mulino, 1987).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;JACKSON-MOORES 1995, Stevi Jackson e Shaun Moores, a cura di, The politics of domestic consumption. Critical readings, London, New York, Prentice Hall/Harvester Wheatsheaf, 1995.JAUSS 1967, Hans Robert Jauss, Literaturgeschichte als Provokation der Literaturwissenschaft, Konstanz, Universitäts-Druckerei GmbH, 1967 (tr. it. Perché la storia della letteratura, Napoli, Guida, 1989).JAUSS 1982, Hans Robert Jauss, Aesthetische Erfahrung und literaische Hermeneutik, Frankfurt, Suhrkamp 1982 (tr. it. Esperienza estetica e ermeneutica letteraria, Bologna, Il mulino, 1988).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;JENSEN 1995, Klaus Bruhn Jensen, The social semiotics of mass communication, London, Thousand Oaks, Calif., Sage Pubs., 1995 (tr. it. Semiotica sociale dei media, Roma, Meltemi, 1999).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;KRISTEVA 1969, Julia Kristeva, Recherches pour une sémanalyse, Paris, Seuil, 1978 (19691) (tr. it. Semiotiké. Ricerche per una semanalisi, Milano, Feltrinelli, 1978).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;LANDOWSKI 1999, Éric Landowski, La Société réfléchie. Essais de socio-sémiotique, Paris, Seuil, 1989 (tr. it. La società riflessa: saggi di sociosemiotica, Roma, Meltemi, 1999).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;LEENHARDT-JÒZSA 1982, Jacques Leenhardt e Pierre Jòzsa, Lire la lecture. Essai de sociologie de la lecture, Paris, Le Sycomore, 1982.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;LESSONA FASANO 1999, Marina Lessona Fasano, Le ragioni della letteratura. Scrittori, lettori, critici, Napoli, Liguori, 1999.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;LEVORATO 2000, Maria Chiara Levorato, Le emozioni della lettura, Bologna, Il mulino, 2000.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;LO CASCIO 1991, Vincenzo Lo Cascio, Grammatica dell'argomentare, Scandicci, La Nuova Italia, 1991.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;LOCATELLI 2000, Carla Locatelli, a cura di, Co(n)texts. Implicazioni testuali, Trento, Dipartimento di scienze filologiche e storiche, 2000.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;MARRONE 1999, Gianfranco Marrone, Estetica del telegiornale, Roma, Meltemi, 1999.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;MCQUAIL 1972, Denis McQuail, Sociology of mass communications; selected readings, Harmondsworth, Penguin, 1972 (tr. it. Sociologia dei media, Bologna, Il mulino, 2001).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;MCQUAIL 1992, Denis McQuail, Media performance. Mass communication and the public interest, London, Newbury Park, Calif., Sage Publications, 1992 (tr. it. I media in democrazia. Comunicazioni di massa e interesse pubblico, Bologna, Il mulino, 1995).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;MILLER 1982, Joseph Hillis Miller, Fiction and repetition. Seven english novels, Cambridge, Harvard University Press, 1982.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;MOORES 1993, Shaun Moores, Interpreting audiences: the ethnography of media consumption, London, Thousand Oaks [Calif.], Sage, 1993 (tr. it. Il consumo dei media. Un approccio etnografico, Bologna, Il mulino, 1998).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;MOORES 2000, Shaun Moores, Media and everyday life in modern society, Edinburgh, Edinburgh University Press, 2000.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;MORELLI-RICCIARDI 1997, Marcello Morelli e Mario Ricciardi, a cura di, Le carte della memoria: archivi e nuove tecnologie, Roma-Bari, Laterza, 1997.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;NEMESIO 1999, Aldo Nemesio, a cura di, L'esperienza del testo, Roma, Meltemi, 1999.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;NEROZZI-BELLMAN 1997, Patrizia Nerozzi Bellman, a cura di, Internet e le Muse: la rivoluzione digitale nella cultura umanistica [atti del Convegno di Milano, Iulm, novembre 1996], Milano, Mimesis, 1997.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;OLIVI-SOMALVICO 1997, Bino Olivi e Bruno Somalvico, La fine della comunicazione di massa. Dal villaggio globale alla nuova Babele elettronica, Bologna, Il mulino, 1997.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;PALMER 1991, Jerry Palmer, Potboilers. Methods, concepts, and case studies in popular fiction, London, New York, Routledge, 1991.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;PALTRIDGE 1997, Brian Paltridge, Genre, frames and writing in research settings, Amsterdam, Philadelphia, J. Benjamins Pub., 1997.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;PERISSINOTTO 2000, Alessandro Perissinotto, Il testo multimediale. Gli ipertesti tra semiotica e didattica, Torino, UTET libreria, 2000&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;.PERON 1995, Gianfelice Peron, a cura di, Strategie del testo: preliminari, partizioni, pause. Atti del 16. e del 17. Convegno interuniversitario (Bressanone, 1988 e 1989), Padova, Esedra, 1995.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;POLI 2001, Andrea Poli, a cura di, 30 bibliografie a tema. Un percorso tra i gusti dei lettori, Quarto Inferiore, L. S., 2001.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;PONZIO-PETRILLI 2000, Augusto Ponzio, Susan Petrilli, Il sentire della comunicazione globale, Roma, Meltemi, 2000.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;POULET 1969, Georges Poulet, Phenomenology of reading, "New Literary History", 1969, 1.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;RAK 1980, Michele Rak, a cura di, Media e lettori nel mezzogiorno. Il sistema dell'informazione nelle regioni meridionali e l'analisi della politica culturale de "Il Mattino" tra il 1968 e il 1975, Milano, Franco Angeli, 1980.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;RHEINGOLD 1993, Howard Rheingold, The virtual community. Homesteading on the electronic frontier, Reading, Mass, Addison-Wesley Pub. Co., 1993 (tr. it. Comunità virtuali. Parlare, incontrarsi, vivere nel ciberspazio, Milano, Sperling &amp;amp; Kupfer, 1994).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;RICERCHE SEMIOTICHE 1998, Centro Ricerche Semiotiche di Torino, a cura del, Leggere la comunicazione. Politica, pubblicità, internet, Roma, Meltemi, 1998.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;RIFFATTERRE 1979, Michel Riffatterre, La production du texte, Paris, Seuil, 1979 (tr. it. La produzione del testo, Bologna, Il mulino, 1989).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;ROSENBLAT 1978, Louise Michelle Rosenblatt, The reader, the text, the poem. The transactional theory of the literary work, Carbondale-Endwardsville, Southen Illinois University Press, 1978).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;SANTORO 1998, Marco Santoro, Libri quotidiani. I termini dell'intesa, Napoli, Liguori, 1998.SARTRE 1948, Jean-Paul Sartre, Qu'est-ce la littérature?, Paris, Gallimard, 1985 (19481) (tr. it. Che cos'è la letteratura, Milano, Feltrinelli, 1960).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;SAVATER 2000, Fernando Savater, a cura di, Despierta y lee, Madrid, Santillana, 1998 (tr. it. Brevissime teorie, Roma-Bari, Laterza 2000).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;SCHOLES 1989, Robert Scholes, Semiotics and interpretation, New Haven-London, Yale University Press, 1989.SEGALEN 1998, Martine Segalen, Rites et rituels contemporains, Paris, Nathan, 1998 (tr. it. Riti e rituali contemporanei, Bologna, Il mulino, 2002).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;SEGRE 1985, Cesare Segre, Avviamento all'analisi del testo letterario, Torino, Einaudi, 1985.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;SLOT 1995, Pauline Slot, Vroeg ik jou wat? Retorische vragen in alledaags taalgebruik, Amsterdam, Contact, 1995.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;SULEIMAN- CROSMAN 1980, Susan R. Suleiman e Inge Crosman, a cura di, The reader in the text. Essay on audience and interpretation, Princeton, Princeton University Press, 1980.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;TODOROV 1966, Tzvetan Todorov, Les catégories du récit litteraire, in "Communications", 1966 poi in Aa. Vv. L'analyse structurale du récit, Paris, Seuil, 1981 (tr. it. Le categorie del racconto letterario in Aa. Vv., L'analisi del racconto Milano, Bompiani, 1969).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;TOOLAN 1997, Michael Toolan, Language in literature. An introduction to stylistics, London, New York, Arnold, 1997.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;TRUPIA 1992, Piero Trupia, Semantica della comunicazione: produrre significati nell'arte, nelle teorie scientifiche, nella formazione educativa, Milano, Unicopoli, 1992.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;VITA 1998, Vincenzo Vita, L'inganno multimediale, Roma, Meltemi, 1998.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;WALTON 1990, Kendall L. Walton, Mimesis as make-believe. On the foundations of the representational arts, Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1990.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;WATT 1957, Ian Watt, The rise of the novel. Studies in Defoe, Richardson and Fielding, London, Chatto and Windus, 1967 (19571) (tr. it. L'origine del romanzo borghese, Milano, Bompiani, 1976).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;ZANOLI 1989, Giancarlo Zanoli, Libri, librai, lettori. Storia sociale del libro e funzione della libreria, Firenze, Ponte alle Grazie, 1989&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;ZUMTHOR 1990, Paul Zumthor, Performance, réception, lecture, Longeuil, Le Préambule, 1990.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115530432453388321?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115530432453388321'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115530432453388321'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2005/03/michela-mancini-los-estudios-sobre-la.html' title='Michela Mancini -Los estudios sobre la lectura-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115527358442215956</id><published>2005-03-15T22:16:00.000-08:00</published><updated>2006-08-10T22:47:49.446-07:00</updated><title type='text'>Guillermo Martínez -Elogio de la dificultad-</title><content type='html'>&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;ELOGIO DE LA DIFICULTAD&lt;/span&gt; &lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Guillermo Martinez&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Hay libros arduos cuya lectura se parece a un martirio. Conquistarlos, sin embargo, depara la felicidad de las victorias secretas.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada vez que se habla de lectura, maestros, escritores y editores se apresuran a levantar las banderas del hedonismo, como si debieran defenderse de una acusación de solemnidad, y tratan de convencer a generaciones de adolescentes desconfiados y adultos entregados a la televisión de que leer es puro placer. Interrogados en suplementos y entrevistas hablan como si ningún libro, y mucho menos los clásicos, desde Don Quijote a Moby Dick, desde Macbeth a Facundo, les hubiera opuesto nunca resistencia y como si fuera no sólo sencillo llegar a la mayor intimidad con ellos, sino además, un goce perpetuo al que vuelven en sus lecturas de cabecera todas las noches.&lt;br /&gt;La posición hedonista es, por supuesto, simpática, fácil de defender y muy recomendable para mesas redondas porque uno puede citar de su parte a Borges: "Soy un lector hedónico: jamás consentí que mi sentimiento del deber interviniera en afición tan personal como la adquisión de libros, ni probé fortuna dos veces con autor intratable, eludiendo un libro anterior con un libro nuevo..."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y bien, yo me propongo aquí la defensa más ingrata de los libros difíciles y de la dificultad en la lectura. No por un afán especial de contradicción, sino porque me parece justo reconocer que también muchas veces en mi vida la lectura se pareció al montañismo, a la lucha cuerpo a cuerpo y a las carreras de fondo, todas actividades muy saludables y a su manera placenteras para quienes las practican, pero que requieren, convengamos, algún esfuerzo y transpiración. Aunque quizá sea otro deporte, el tenis, el que da una analogía más precisa con lo que ocurre en la lectura. El tenis tiene la particular ambivalencia de que es un juego extraordinario cuando los dos contrincantes son buenos jugadores, y extraordinariamente aburrido si uno de ellos es un novato, y no alcanza a devolver ninguna pelota. Las teorías de la lectura creen decir algo cuando sostienen el lugar común tan extendido de que es el lector quien completa la obra literaria. Pero un lector puede simplemente no estar preparado para enfrentar a un determinado autor y deambulará entonces por la cancha recibiendo pelotazo tras pelotazo, sin entender demasiado lo que pasa. La versión que logre asimilar de lo leído será obviamente pálida, incompleta, incluso equivocada. Si esto parece un poco elitista basta pensar que suele ocurrir también exactamente a la inversa, cuando un lector demasiado imaginativo o un académico entusiasta lanza sobre el texto, como tiros rasantes, conexiones, interpretaciones e influencias en las que el pobre escritor nunca hubiera pensado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En todo caso la literatura, como cualquier deporte, o como cualquier disciplina del conocimiento, requiere entrenamiento, aprendizajes, iniciaciones, concentración. La primera dificultad es que leer, para bien o para mal, es leer mucho. Es razonable la desconfianza de los adolescentes cuando se los incita a leer aunque sea un libro. Proceden con la prudencia instintiva de aquel niño de Simone de Beauvoir que se resistía a aprender la "a" porque sabía que después querrían enseñarle la "b", la "c" y toda la literatura y la gramática francesa. Pero es así: los libros, aún en su desorden, forman escaleras y niveles que no pueden saltearse de cualquier manera. Y sobre todo, sólo en la comparación de libro con libro, en las alianzas y oposiciones entre autor y autor, en la variación de géneros y literaturas, en la práctica permanente de la apropiación y el rechazo, puede uno darse un criterio propio de valoración, liberarse de cánones y autoridades y encontrar la parte que hará propia y más querida de la literatura.&lt;br /&gt;La segunda dificultad de la lectura es, justamente, quebrar ese criterio; confrontarlo con obras y autores que uno siente en principio más lejanos, exponerse a literaturas antagónicas, impedir que las preferencias cristalicen en prejuicios, mantener un espíritu curioso. Y son justamente los libros difíciles los que extienden nuestra idea de lo que es valioso. Son esos libros que uno está tentado a soltar y sin embargo presiente que si no llega al final se habrá perdido algo importante. Son esos libros contra los que uno puede estrellarse la primera vez y sin embargo misteriosamente vuelve. Son a veces carromatos pesados y crujientes que se arrastran como tortugas. Son libros que uno lee con protestas silenciosas, con incomprensiones, con extrañeza, con la tentación de saltear páginas. No creo que sea exactamente un sentimiento del deber, como ironiza Borges, lo que nos anima a enfrentarnos con ellos, e incluso a terminarlos, sino el mismo mecanismo que lleva a un niño a pulsar "enter" en su computadora para acceder al siguiente nivel de un juego fascinante. Y los niños no ocultan su orgullo cuando se vuelven diestros en juegos complicados ni los montañistas se avergüenzan de su atracción por las cumbres más altas.&lt;br /&gt;Hay una última dificultad en la lectura, como una enfermedad terminal y melancólica, que señala Arlt en uno de sus aguafuertes: la sensación de haber leído demasiado, la de abrir libro tras libro y repetirse al pasar las páginas: pero esto ya lo sé, esto ya lo sé. Los libros difíciles tienen la piedad de mostrarnos cuánto nos falta.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;(Publicado en Clarin, 22/4/2001)&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115527358442215956?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115527358442215956'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115527358442215956'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2005/03/guillermo-martnez-elogio-de-la.html' title='Guillermo Martínez -Elogio de la dificultad-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115527650273960932</id><published>2005-03-09T23:04:00.000-08:00</published><updated>2006-08-11T08:38:37.743-07:00</updated><title type='text'>Jose Antonio Millán -La lectura y la sociedad de conocimiento-</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;La lectura y la sociedad del conocimiento&lt;br /&gt;José Antonio Millán&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;- Ahora digo -dijo a esta sazón Don Quijote- que el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;1 De la información al conocimiento&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;La información como punto de partida&lt;br /&gt;La “sociedad de la información” se nos presenta como una realidad al tiempo dominante y huidiza; pero que eso no nos asuste. Sepultados por miríadas de nuevos términos, por convulsiones empresariales y financieras, por promesas y despliegues asombrosos, no hemos tenido aún el reposo suficiente para analizar qué hay en realidad dentro de ella, e incluso más: qué hay para nosotros, qué nuevos márgenes de acción nos permite.&lt;br /&gt;La información nos rodea desde hace décadas, creciendo exponencialmente: hace treinta años, la documentacion de construcción de un gran avión pesaba tanto como la propia aeronave. Hoy las cosas son del mismo modo, pero la documentación ya es mayoritariamente digital. Igual que las revistas científicas, en número constantemente creciente; y los corpus de leyes y jurisprudencias locales, autonómicas, nacionales y comunitarias; y las noticias sectoriales, generales y locales; y las informaciones de las empresas; y las transacciones corporativas; y un océano de patentes, de informaciones sobre procesos y productos. A ello hay que sumar los esfuerzos gigantescos por incluir en formato digital muchos de los libros y revistas de las grandes bibliotecas; y los documentos de los archivos.&lt;br /&gt;¿Nos olvidamos de algo? Por supuesto: de los datos sobre los datos. Los catálogos: de nuevas cosas y de antiguas bibliotecas y archivos, los directorios, los resúmenes y las bibliografías, los compendios de informaciones: por área geográfica, por personas, por tema, por fecha... ¿Y los datos sobre datos sobre datos? Pues también: ahí están los catálogos de catálogos, los descriptores de descriptores; los recursos sobre recursos...&lt;br /&gt;Es difícil no sentir vértigo: a una sociedad en crecimiento constante y que genera ingentes cantidades de documentos, se une la recuperación de gran parte del acervo producido en épocas anteriores, y a todo ello las herramientas para organizarlo y ordenarlo. Todo pasa a formato digital; todo acaba formando parte de la Web: todo está al alcance de la mano. Unas como informaciones abiertas, accesibles a cualquiera; otras, de acceso restringido. Pero la masa total es ingente: medio billón de páginas web, según los últimos datos; es decir: quinientos mil millones de páginas de información... al otro lado de la pantalla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Como comprender su magnitud?: supongamos que se reparte una obra del tamaño de la enciclopedia Espasa a cada hombre, mujer, adolescente, bebé o anciano de Madrid (por tanto, muchas casas recibirían varias obras, y acabarían con cuatro o cinco paredes cubiertas por ellas). Ahora pensemos: todas las obras son diferentes. Y a continuación: podemos hojear cualquiera de ellas. Inmediatamente.&lt;br /&gt;¿Qué experimentamos? ¿Felicidad o vértigo?&lt;br /&gt;Tenerlo todo: no tener nada&lt;br /&gt;Lo contó Borges en forma alegórica en su célebre relato La biblioteca de Babel. Esa fabulosa biblioteca contenía (dicho en palabras de hoy) toda la información posible, porque cualquier posible conjunto de palabras estaba en alguna de sus inagotables estanterías. Libros buenos y malos, mediocres; falsos y auténticos, medio falsos y medio verdaderos: todos. ¿Les suena a algo?&lt;br /&gt;La Web es nuestra Biblioteca de Babel. Pero necesitamos utilizarla...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Espigar el hilo de un dato que necesitamos; averiguar en esta masa de informaciones de muy diversa procedencia cuál es la que nos hace falta: compararla con otra, seguirla hasta donde nos sirve, y no más allá. Localizar una tercera y una cuarta. Sacar conclusiones parciales; ponerlas en cuarentena. Buscar luego otra fuente diferente, seguir sus hilos. Volver sobre las ideas puestas en reserva y avanzar en conjunto. Repetir el ciclo una, diez veces: crear documentos provisionales, difundirlos y recibir las realimentaciones de otros. Al final -con suerte- comprender, resumir y actuar.&lt;br /&gt;Las operaciones que acabamos de describir no son extraordinarias: son las habituales y necesarias en múltiples procesos diarios. Y no se limitan a la simple búsqueda de información: implican algo más. Y además se aplican a infinidad de campos. Lo que se buscaba han podido ser elementos para una investigación médica, ideas de explotación empresarial, rastros de personas o de hechos del presente o del pasado, funcionamientos de compañías o de instituciones, experiencias industriales, precedentes legales, pistas sobre nuestra competencia, ideas, señales de alarma, claves para la comprensión, para la investigación, para el negocio...&lt;br /&gt;Decíamos que la mayor parte de las operaciones intelectuales que utilizan la herramienta de la Web no pretenden sólo “recuperar información”. Intentan construir un conocimiento. Esa es la meta real de las personas, de las corporaciones y de las instituciones.&lt;br /&gt;Y conocimiento no es información; reparemos en los matices:&lt;br /&gt;La información&lt;br /&gt;El conocimiento&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;es algo externo&lt;br /&gt;es interiorizado&lt;br /&gt;es informe&lt;br /&gt;es estructurado&lt;br /&gt;es rápidamente acumulable&lt;br /&gt;sólo puede crecer lentamente&lt;br /&gt;se puede automatizar&lt;br /&gt;sólo es humano&lt;br /&gt;es inerte&lt;br /&gt;conduce a la acción&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;La llave de plata&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Un personaje del escritor fantástico H.P. Lovecraft emprende la búsqueda de una ciudad con cuyas cúpulas doradas en el sol de la tarde había soñado tantas veces. Perdido entre las marañas de callejuelas puede, por fin -gracias al auxilio de una mágica llave de plata-, acceder a ella. Cuando lo logra, descubre que no es otra que su propia ciudad natal: manifestada o revelada bajo una nueva luz.&lt;br /&gt;Sí: la ciudad onírica estaba dentro de su ciudad real (podemos extrapolar nosotros ahora) como el conocimiento está dentro de la información: agazapado, polvoriento, esperando la llave mágica.&lt;br /&gt;Y ya es hora de revelar nuestro secreto: la llave mágica del conocimiento es la lectura. Será necesario repetirlo, porque estamos subyugados por la magnitud y las virtudes de las nuevos prodigios tecnológicos, y al tiempo deberemos reaprender las potencialidades y las maravillas de algo que consideramos trivial, sólo porque lo poseemos ya, y porque nos acompaña desde hace muchísimo tiempo.&lt;br /&gt;La lectura es la capacidad de los humanos alfabetizados para extraer la información textual. (Existe también la “lectura de las imágenes” de la que habremos de hablar igualmente...) Y es hora de avanzar la tesis central de estas páginas: la lectura es la llave del conocimiento en la sociedad de la información.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La colosal acumulación de datos que ha constituido la sociedad digital no será nada sin los hombres que los recorran, integren y asimilen. Y esto no será posible sin habilidades avanzadas de lectura.&lt;br /&gt;Es cierto que el acceso a la información digital exige nuevos saberes. Algunos de ellos antes estaban confinados a profesiones muy especializadas (los documentalistas, los bibliotecarios). Pienso en la capacidad de manejar bases de datos, en la utilización de palabras clave para las búsquedas, en el uso de operadores booleanos (Y, O), en la indización de la documentación propia... Todo ello es real: son saberes nuevos, antes reducidos a una práctica profesional, y hoy necesarios hasta para el escolar que prepara un trabajo. Pero además de ellos, y vitalmente necesarios para la conversión de las informaciones halladas en conocimientos, está la habilidad tradicional de lectura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Que no nos extrañe: el desarrollo humano no avanza en zigzag ni a saltos, sino que normalmente construye sobre lo anterior. La lucha por comprender y utilizar las nuevas tecnologías digitales exige muchas cosas nuevas, sí; pero presupone las antiguas. Y la más importante de ellas es la lectura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;¿Qué hay en la lectura?&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;La lectura es una habilidad de un tipo muy desarrollado: de hecho es la suma de varias habilidades psicológicas que se adquieren y se ejercitan a edad temprana. Como ocurre con las facultades humanas que usamos desde siempre (la maravilla del lenguaje, de la percepción visual), es difícil darnos cuenta cabal de su complejidad.&lt;br /&gt;La lectura comprende, en un principio, la capacidad de discernir una letra de otra: ¿qué tienen que ver las siguientes formas entre sí?&lt;br /&gt;A a a A&lt;br /&gt;Poco: y sin embargo todas son la a. ¡Qué entrenamiento visual y gráfico, qué finura de apreciación requiere identificar los signos a través de tipografías, tamaños y características diferentes!&lt;br /&gt;A continuación, está la habilidad para leer bloques completos de letras: las palabras. Como los lectores de este texto son avezados en la tarea, no reparan (por fortuna) en la forma en que la están realizando. Los lectores avanzados no leemos letra a letra, sino que más bien reconocemos las formas típicas, globales, de cada palabra (lo que los expertos llaman “la forma de Bouma”), y las interpretamos en conjunto:&lt;br /&gt;Y no para ahí la cosa: somos capaces de descifrar no sólo la palabra en la que fijamos la vista, sino además las que se encuentran a sus costados: eso hace que podamos leer cada línea de texto en sólo dos o tres saltos de vista (en vez de en los setenta u ochenta en que lo haríamos si leyéramos letra a letra).&lt;br /&gt;Pues bien: los lectores que no llegan a este estadio de lectura por bloques no han alcanzado el pleno desarrollo de la habilidad. Leerán despacio y mal...&lt;br /&gt;Más maravillas: las letras convocan sonidos en nuestra mente, pero los lectores avanzados leemos en silencio. Esto es nuevo en la historia: no ha sido siempre así. Durante muchos siglos la lectura, incluso la lectura solitaria, fue siempre en voz audible. ¿Cómo lo sabemos? Un pasaje de las Confesiones de San Agustín (siglo IV después de JC) nos relata el asombro que sintió cuando sorprendió a San Ambrosio leyendo en soledad... ¡en completo silencio!&lt;br /&gt;Las personas con escasas habilidades lectoras murmuran cuando leen. Otras no emiten ningún sonido, pero practican lo que se conoce como subvocalización: su glotis se mueve imperceptiblemente. Ni unas ni otras han interiorizado la conversion directa de texto en significado, y por lo tanto son lectores defectuosos y poco hábiles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Dar forma a la información&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Y ya es hora de que avancemos un paso más, y de camino nos acerquemos a lo que es el auténtico objetivo de estas páginas. En realidad, nuestra forma de leer actual -rápida, silenciosa, eficiente- fue surgiendo en paralelo al desarrollo de lo que hoy llamaríamos tecnologías editoriales. Los lectores de antiguos manuscritos leían en voz alta, entre otras cosas porque los textos estaban escritos sin separación de palabras:&lt;br /&gt;intenteustedsihaceelfavorleerestaristradeletrassinpronunciarla&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A medida que avanza la construcción del espacio gráfico y tipográfico en los libros, aumenta la finura de la información suministrada; a medida que los procedimientos de representación textual se refinan, los sistemas de lectura avanzan, mejoran y se automatizan. Es una dialéctica entre mejoras tecnológicas y habilidades psicológicas: en su desarrollo mutuo llegan a la evolución y eficiencia que conocemos en el libro y la lectura modernas... Ambas han crecido juntas.&lt;br /&gt;Los desarrollos editoriales y tipográficos fueron preparando el terreno para lograr una extracción de información rápida y eficiente. Por una parte se crearon tipos de letra claros y legibles. Por otra, se desarrollaron diseños de página adecuados a las capacidades de lectura (líneas sin demasiados caracteres, blancos para dar descanso visual). Al tiempo, se crearon los primeros dispositivos de interactividad textual avant la lettre: márgenes amplios para acomodar los comentarios manuscritos del lector, páginas en blanco para sus adiciones y comentarios....&lt;br /&gt;La producción de las obras reforzó estas características facilitadoras de la lectura: papeles de un color claro uniforme (pero no tan blancos como para que la luz reflejada hiriera los ojos); impresiones claras y nítidas, encuadernaciones que permiten el manejo cómodo de la obra...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los recursos tipográficos ayudaron desde muy pronto a que el lector comprendiera la jerarquía de los contenidos. La división en capítulos con sus títulos y apartados estructuró las obras. Las notas al pie, las apostillas y el cuerpo menor permitieron diferenciar al texto principal de los elementos laterales, o menos importantes. Las entradas de los capítulos, los cuadros sinópticos y los esquemas resumieron la información para una consulta rápida.&lt;br /&gt;Mientras tanto, la paginación permitió crear índices de contenido, y su unión con la ordenación alfabética creo los índices analíticos. Todas las tecnologías de acceso interno a la información estaban dispuestas, y pervivieron con pocas modificaciones durante cinco siglos.&lt;br /&gt;Los lectores avanzados, aliados con estos dispositivos refinados de apoyo a la lectura, buscaron, encontraron y compartieron información, y crearon durante mucho tiempo la cultura de nuestra sociedad.&lt;br /&gt;Hasta aquí&lt;br /&gt;Bien: llegados a este punto, el lector ya debería tener claras ciertas cosas, que pasamos a recapitular:&lt;br /&gt;• el manejo de la información en la sociedad actual exige capacidades desarrolladas de lectura&lt;br /&gt;• la lectura es una suma de habilidades complejas&lt;br /&gt;• la forma editorial de los libros ha contribuido al desarrollo de esas habilidades, y al tiempo las favorece&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la segunda parte iremos más allá: cómo la lectura permite no sólo la construcción del conocimiento, sino también su comunicación. Y para finalizar exploraremos la consecuencia natural de estas premisas: los colectivos que quieran afianzar su posición en la sociedad de la información deben favorecer la lectura. ¿De qué manera?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;2 Las raíces de la lectura&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Escuchar con los ojos&lt;br /&gt;Con un sentido muy Barroco de la existencia, el gran Quevedo explicaba de esta forma su relación con la lectura:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vivo en conversación con los difuntosy escucho con mis ojos a los muertos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que recalcaba Quevedo era el papel de la cultura escrita como preservadora del conocimiento, como posibilitadora del diálogo con el pasado. A este rasgo -que todavía hoy se mantiene- se une ahora que la escritura es un factor clave de comunicación con nuestros contemporáneos. Ya hemos mencionado las asombrosas dimensiones de la Web, ese depósito de datos e informaciones variadas. Pero es muy probable que las comunicaciones que las personas se intercambian en los “grupos de noticias” (newsgroups) igualen en tamaño a la propia Web. Y los correos electrónicos están adquiriendo un auge extraordinario: cada minuto se envían en el mundo cinco millones de correos electrónicos. Ya hay más mensajes de correo electrónico que de voz... Y además, tenemos las nuevas formas de “oralidad por escrito”, como los chats, esos intercambios de mensajes escritos en tiempo real.&lt;br /&gt;De nuevo, parece que la comunicación interpersonal, ya sea privada o semipública, descansa sobre las habilidades lectoras. Está resurgiendo el género epistolar (que desde la llegada del teléfono experimentaba un claro retroceso), con nuevas formas, con nuevos elementos -acrónimos, palabras nuevas, emoticonos (esas caritas esquemáticas que expresan emociones)-, pero más pujante que nunca. Y se ha recuperado a varios niveles: el intercambio de notas entre adolescentes que usan los mensajes cortos de su teléfono móvil, el email recordatorio o conminatorio (sin encabezamiento, de una sola línea); pero también el mensaje de correo electrónico largo y demorado, tan extenso como la mejor carta del pasado... Seguiremos hablando por teléfono, y cada vez hablaremos más a través de la red, pero el correo electrónico (o sus descendientes) permanecerán, porque presentan muchas ventajas para las personas, para las empresas, para las instituciones: la posibilidad de meditar lo que se dice, el almacenamiento y posterior recuperabilidad de los mensajes propios y ajenos...&lt;br /&gt;Sí: al mundo de las relaciones personales ha vuelto la letra, y con ella la lectura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Desde el principio&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;¿Cómo aprendemos a leer? ¿De dónde sacamos esas habilidades complejas que, como hemos visto, se han ido construyendo históricamente?&lt;br /&gt;Hay que recordar en primer lugar el papel de la escuela, de la educación primaria. En ella se ponen las bases para la adquisición de la lectura. Ha habido un gran desarrollo de las metodologías de iniciación a la lectura y, sobre todo, la escuela actual acumula las experiencias de numerosísimas generaciones que aprendieron a leer en ella.&lt;br /&gt;No se trata sólo de la adquisición de unas técnicas. Si ellas no vienen acompañadas del despertar de una motivación, de poco servirían. Los enseñantes actuales tienen a su disposición lecturas atractivas y adecuadas a muy distintos niveles (porque el mundo de la edición ha contribuido a ello creándolas). Tenemos hoy “libros blanditos”, de tela, que los infantes prealfabéticos pueden estrujar y chupar, como en una prefiguración de lo que será su futura actividad intelectual. Hay libros bellísimamente ilustrados, sin letras; o con palabras gigantescas, a una por página; con colores, texturas, materias, olores; con solapas que estirar, puertas que explorar, pirámides que se erigen al abrir una página; libros que describen el mundo real o construyen uno imaginario: la diversidad de obras para quienes empiezan a leer es inmensa, y la escuela puede aprovecharlas. Hay que añadir que no podrá hacerlo sin recursos, sin bibliotecas en los centros, sin profesionales para su animación...&lt;br /&gt;Además la enseñanza, desde sus primeros niveles, tiene la misión de poner al alumno en contacto con las complejas tipologías de materiales de lectura contemporáneas: no sólo el libro, sino también la revista, el periódico o el catálogo; no sólo el artículo, sino también el gráfico o la publicidad. Los alumnos deben crecer educados en la multiplicidad de los soportes y modalidades de la información, y eso les va a servir de mucho en un medio (como el digital) extremadamente variado y flexible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Leer imágenes&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Una observación, al hilo de todo esto... Parte de la educación escolar de hoy -con el apoyo de los libros de texto y materiales complementarios- intenta también dar herramientas para la interpretación de los gráficos, esquemas y yuxtaposición de imágenes. En origen, esta es la respuesta de la enseñanza a la eclosión de lo que se dio en llamar “la sociedad de la imagen”, pero encontraremos también que resulta de especial utilidad para manejarse en un medio mixto como el que supone la Web.&lt;br /&gt;En concreto, es necesario saber interpretar la contigüidad de imágenes y textos (que a veces crea relaciones más insidiosas -por lo ocultas- que los puros encadenamientos textuales). Hace falta comprender los límites de los testimonios “reales”: el video no es la acción; la foto no es la cosa; la parte no es el todo... Hay que entrenar en la interpretacion de los gráficos, cuadros, esquemas y ayudas infográficas, tan presentes en la información contemporánea, porque pueden transmitir interpretaciones sesgadas, o directamente erróneas de los datos.&lt;br /&gt;En suma: el lenguaje de las imágenes, y de las relaciones de éstas con el texto, exige una formación independiente, que las escuelas -y los textos que en ellas se usan- están procurando también dar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Crecer en la lectura&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Pero la enseñanza escolar es sólo el principio. Las complejas habilidades que, como hemos visto, moviliza la lectura exigen no sólo que la persona que aprende se encuentre en un determinado nivel de maduración neurológica; no sólo que se inicie en los rudimentos del descifrado de textos, sino que estas disposiciones se activen y ejerciten durante largo tiempo. Un lector avanzado, una persona que puede enfrentarse con un texto en condiciones óptimas de aprovechamiento y velocidad, sólo se forja a lo largo de años de práctica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De ahí la importancia (en esta materia, como en otras muchas) de compartir la formación escolar con la del hogar. El niño que no crece en un ambiente de lectura en su casa, difícilmente podrá alcanzar plenamente las capacidades para tratar con textos. El que no disponga de una variedad suficiente de tipos de obras no aprenderá a vérselas con los distintos niveles de acceso a la información escrita: la lectura profunda, la búsqueda de un dato específico, la lectura somera rastreando una idea...&lt;br /&gt;Sí: la riqueza en libros y en publicaciones, la abundancia en lectura de un medio familiar (o en una biblioteca pública: luego abundaremos en ello), es la mejor garantía de un desarrollo pleno de las capacidades lectoras. La falta de hábitos y de ocasiones de lectura hará muy difícil el pleno desarrollo de esas potencias. Y la persona que no las tenga está muy mal preparado para la sociedad de la información: así de simple.&lt;br /&gt;Pero a su vez, ¿cómo conseguir el clima social que dirija hacia esta importante práctica? ¿No están nuestros medios de comunicación exacerbando la orientación hacia los elementos multimedia (imagen y sonido) de la sociedad de la información, con absoluto olvido de la lectura? Si nuestras tasas de lectores son tan bajas en comparación con los países a los que deberíamos equipararnos, ¿no es en parte por la falta de un auténtico clima mediático en su favor? Que una modernidad mal entendida no nos prive del necesario apoyo en un tema clave...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Una sociedad lectora&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Quien visita Nueva York o Seattle, tenga o no la oportunidad de encontrarse con los artífices de las compañías que están cambiando el mundo, puede tener sin embargo una experiencia crucial. Aborde un transporte público; móntese en el metro o en un ferrocarril de cercanías y mire en torno. Una mayoría de las personas a su alrededor están leyendo, y muchas de ellas leen libros: las baratas ediciones paperback (o rústica) que ha sido la gran aportación de la cultura anglosajona al mundo del libro; los libros aún con el tejuelo de la biblioteca pública, tomados en préstamo por una o dos semanas... Otros están enfrascados en periódicos, revistas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así son las cosas. La cultura que dicta los rumbos del mundo contemporáneo desde sus empresas y universidades, la cultura que acumula una proporción de premios Nobel por habitante superior a cualquier otra, es una de las culturas más lectoras de la Tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No es un caso único: los visitantes de Japón observan también sorprendidos la proliferación de lectores públicos, hasta tal extremo que hay una figura que ha necesitado la acuñación de una palabra nueva en su lengua: “el-que-lee-de-pie-en-la-librería”. Sí: estos lectores ávidos y de poco dinero, a los que se consiente su actividad silenciosa junto a la mesa con las novedades, son otro exponente de cómo lectura y avance van juntos...&lt;br /&gt;Porque (llegamos a un nuevo flanco vital), allí donde el sistema educativo no pueda acompañarnos más; allí donde los hogares, por motivos históricos o económicos, no puedan proporcionar los medios para crecer en la lectura, una potente red de bibliotecas modernas y bien dotadas es el lugar donde adquirir los medios para seguir. ¿Hay que recordar cómo las sociedades más lectoras y avanzadas del mundo abundan también en bibliotecas abiertas a todos? Las pequeñas bibliotecas suecas, donde los niños aprenden a ir a jugar con libros; las bibliotecas públicas americanas, donde cualquier ciudadano busca -y encuentra- el dato que le falta, el libro que necesita para su hobby. Y en todo el mundo avanzado los bibliotecarios han devenido, además, particulares Ariadnas de las telarañas electrónicas (guiando a su público también en la Web), en una demostración de cómo lo antiguo y lo nuevo muchas veces se pueden complementar...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El papel del libro, y el libro de papel&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Volvamos un momento sobre la consolidación de los hábitos lectores. Para aprender a leer hay que leer mucho (como para montar en bicicleta, o para nadar, hay que hacerlo mucho).&lt;br /&gt;Y por fortuna, hay mucho que leer. El mundo editorial español es especialmente rico, no sólo en número de nuevos libros al año, sino en la calidad de sus contenidos, e incluso en aspectos materiales de composición o de fabricación. Un paseo por nuestras librerías es en sí mismo toda una invitación a la lectura. Sin esta oferta, constantemente presente en las librerías, y remansada en las bibliotecas públicas y de las instituciones, no habrá tantas ocasiones y acicates para lanzarse a la lectura. Y por tanto, no habrá un número considerable de buenos lectores. Y por tanto, nuestros jóvenes, nuestros profesionales, nuestros investigadores, no estarán preparados para convertir la información en conocimiento.&lt;br /&gt;Cuentan de don Jacinto Benavente, dramaturgo y uno de nuestros premios Nobel, que al presenciar los avances de la cinematografía (el sonido, la aparición del color, las promesas de cine en tres dimensiones, ...) comentó: “Con tanto mejorar el cine, ¡van a acabar por inventar el teatro!”. Ya existen dispositivos dotados con pantallas para leer, aunque aún son imperfectos. Se anuncian (aunque habrá que esperar a verlos) el “papel electrónico”, y la “tinta electrónica”, que al final serán láminas flexibles, con letra bien legible sobre ellas.&lt;br /&gt;Pues bien: cuando hayan reinventado el papel sera tan bueno leer sobre estos dispositivos electrónicos como sobre un libro tradicional, pero antes no...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Y es hora de recapitular&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;¿Es realmente así? ¿Podemos afirmar sin dudas que la riqueza y diversidad de la oferta editorial, unida a la acción de la escuela en iniciación y promoción de la lectura, y al hogar y las bibliotecas públicas como medio para su consolidación, son nuestras bases más sólidas para preparar a nuestros ciudadanos para la sociedad de la información?&lt;br /&gt;Radicalmente, sí.&lt;br /&gt;Puede que esta afirmación no suene muy a la moda: parece más oportuno demandar equipos informáticos en las escuelas y hogares (que por supuesto, está muy bien que tengan), y tarifas económicas y calidad para las conexiones a Internet (que son claramente necesarias). Cualquier persona sensata se uniría a estas peticiones, que además, se pueden cumplir rápidamente, mientras que mejorar nuestras escuelas y bibliotecas, mover nuestra sociedad hacia la lectura -no nos engañemos- llevará necesariamente años...&lt;br /&gt;Pero si no lo hacemos, nuestros ciudadanos acabarán accediendo a las redes sólo para comprar y bajarse canciones, para charlar y pescar un dato (lo que está muy bien), pero carecerán de la habilidad de navegar con eficiencia y aprovechamiento los océanos de información. No sabrán utilizar sus contenidos y construir con ellos un conocimiento que además luego puedan comunicar...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque tras la práctica de la lectura hay algo más, difícilmente mensurable, pero tan básico que no he podido sino dejarlo para el final. La lectura (al lado de la influencia de los padres, de los buenos profesores) forma en la construcción de una articulación intelectual. Hacia el interior: en la forma en que se organizan nuestros mundos conceptuales y sensibles, en el modo en que integramos en conjuntos coherentes las miríadas de retazos del universo que nos rodea. Hacia el exterior: en la forma en que aprendemos a jerarquizar, sopesar y modular lo que hemos atesorado dentro, para transmitírselo a otros.&lt;br /&gt;La práctica de la lectura entrena en la comunicación con el otro, tanto como forma interiormente: leer (ficción o ensayo, un libro de cocina o una guía) es hacerse momentáneamente otro, es percibir en propia carne los esfuerzos con los que un autor ha tratado de trasmitirnos las desdichas de dos amantes o la elaboración de un plato delicado. Y el autor se ha dirigido, salvando a veces abismos de tiempo y espacio, a la idea que tenía de sus lectores. En el choque entre el lector soñado por el autor y nuestras reales expectativas lectoras es donde surge la tensión de la apropiación intelectual.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Leer es pactar, más que recibir.&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Y eso es básico hoy en día: cada vez más. A diferencia de los medios tradicionales, la Internet es un canal que va de muchos hacia muchos: el ciudadano de la red es tanto un receptor, un usuario de informaciones, como un emisor, un creador de mensajes destinados o a una persona (correo electrónico), a un grupo (listas de distribución), o al público (webs, páginas personales). Hoy se rehacen empresas enteras sobre la base de la gestión del conocimiento, que no es otra cosa que el reconocimiento de que lo básico es la circulación del saber entre sus miembros. Y la práctica de la lectura no es sólo un entrenamiento para la comprensión, para la decodificación, sino la base más firme para la comunicación con otros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;A modo de preludio&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Ahora sabemos que quienes, desde el sistema educativo y las editoriales, desde los hogares y bibliotecas luchaban por la lectura, estaban también trabajando por la sociedad de la información y del conocimiento: antes de que existiera.&lt;br /&gt;La sociedad en su conjunto tiene que defender la práctica extensa y gozosa de algo en lo que ya no nos jugamos sólo la pervivencia cultural, sino la entrada en la sociedad del mañana.&lt;br /&gt;Esto no es una conclusión. Esto es -debería ser- el comienzo de algo muy grande. Como el soñador de Lovecraft, hemos descubierto que la ciudad mítica y dorada que perseguimos se encuentra ya ante nuestros ojos, la poseemos. Ya tenemos la llave de plata.&lt;br /&gt;Usémosla.&lt;br /&gt;José Antonio MillánLicenciado en Filología Hispánica. Ha sido director editorial de Taurus Ediciones. Dirigió la edición en CD-ROM del Diccionario de la Real Academia y del Centro Virtual Cervantes en Internet. Es autor de novelas y cuentos, entre ellos C., el pequeño libro que aún no tenía nombre, traducido a numerosas lenguas. Forma parte del comité ejecutivo del Instituto de Historia del Libro y la Lectura. Es gestor del sitio web especializado en temas de lengua y edición &lt;&lt;a href="http://www.jamillan.com/"&gt;http://www.jamillan.com/&lt;/a&gt;&gt;. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115527650273960932?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115527650273960932'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115527650273960932'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2005/03/jose-antonio-milln-la-lectura-y-la.html' title='Jose Antonio Millán -La lectura y la sociedad de conocimiento-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115528580038017065</id><published>2005-03-08T01:40:00.000-08:00</published><updated>2006-08-11T09:05:39.873-07:00</updated><title type='text'>Henry Miller -La lectura en el retrete-</title><content type='html'>&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000066;"&gt;La lectura en el retrete&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#000000;"&gt;Henry Miller&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Hay un tema relacionado con la lectura de libros que creo que vale la pena desarrollar porque implica un hábito que es muy generalizado y sobre el cual, que yo sepa, muy poco se ha escrito: me refiero a la lectura en el retrete. Siendo joven, en busca de un lugar seguro donde devorar los clásicos prohibidos, a veces acudía a refugiarme en el cuarto de baño. Desde esa época juvenil ya nunca volví a leer en el retrete. Cuando busco paz y quietud tomo el libro y me marcho al bosque. No conozco mejor lugar para leer un buen libro que las profundidades de la espesura. Con preferencia junto a un arroyo.&lt;br /&gt;Inmediatamente escucho objeciones. «¡Pero no todos tenemos la fortuna de usted! Tenemos empleos, vamos al trabajo y regresamos de él en tranvías, autobuses y metros atestados; a duras penas tenemos un minuto que podamos llamar nuestro.»&lt;br /&gt;Yo mismo fui «trabajador» hasta los treinta y tres años. Fue en este período temprano de mi vida cuando realicé la mayor parte de mis lecturas. Invariablemente leía en condiciones difíciles. Recuerdo que cierta vez me reprendieron al sorprenderme leyendo a Nietzsche, en vez de corregir el catálogo de pedidos por correo, que era entonces mi ocupación. Ahora que lo pienso comprendo que fue afortunado que me hayan despedido. ¿Acaso Nietzsche no fue mucho más importante en mi vida que el conocimiento del negocio de los pedidos por correo?&lt;br /&gt;Durante cuatro años consecutivos, en el trayecto de ida y vuelta entre las oficinas de la Everlasting Portland Cement Co. y mi casa, leí los libros más «pesados». Leía de pie, apretujado por los cuatro costados por pasajeros como yo. No solamente leía durante estos viajes en el suburbano sino que memorizaba extensos pasajes de esos tomos demasiado compactos. Aunque no hubiera servido para otra cosa, fue un valioso ejercicio en el arte de la concentración. En este empleo muchas veces me quedaba trabajando hasta muy avanzada la noche, por lo general sin almorzar, no porque quisiera leer durante la hora del almuerzo sino porque no tenía dinero para comer. De noche cenaba deprisa y corría a reunirme con mis compañeros. En esos años, y muchos años después, raras veces dormí más de cuatro a cinco horas diarias, pero leía enormemente. Además, repito, leí —por lo menos para mí— los libros más difíciles y no los fáciles. Nunca leí para matar el tiempo. Raras veces leo en la cama, a menos que me sienta indispuesto o finja sentirme mal para gozar un breve descanso. Contemplando el pasado, me parece que siempre leía en posición incómoda. (Que es la forma en que escriben la mayoría de los escritores y pintan la mayoría de los pintores, según compruebo.) Pero lo leído penetró. Lo importante es, y debo recalcarlo, que leía sin desviar la atención y con todas las facultades que poseía. Cuando jugaba me sucedía lo mismo.&lt;br /&gt;De vez en cuando iba a pasar la noche en la biblioteca pública, para leer. Eso era como ocupar un palco en el paraíso. A menudo, cuando abandonaba la biblioteca, decía para mis adentros: «¿Por qué no vienes más a menudo?» El motivo de que no lo hiciera, por supuesto, era que la vida se interponía en el camino. Uno muchas veces dice la «vida» para indicar el placer o cualquier distracción tonta.&lt;br /&gt;Por lo que he podido establecer mediante conversaciones con amigos íntimos, la mayoría de las lecturas que se hacen en el retrete es lectura inútil. Los periódicos, las revistas gráficas, los folletines, las novelas policíacas y de aventuras, y todos los cabos sueltos de la literatura, es lo que la gente lleva al baño para leer. Algunos, según me dicen, tienen estantes con libros en el cuarto de baño. Su material de lectura los espera, por así decirlo, como los espera en el consultorio del dentista. Es sorprendente la avidez con que la gente examina el «material de lectura», según se le llama, que encuentra en grandes pilas en las salas de espera de los profesionales. ¿Será para distraer la mente de la dolorosa prueba que los aguarda? Mis limitadas observaciones me indican que estos individuos ya han absorbido más de lo que les corresponde en cuanto a los «acontecimientos de actualidad»: guerra, accidentes, más guerra, desastres, guerra otra vez, homicidios, más guerra, suicidios, guerra de nuevo, asaltos de bancos, nuevamente guerra y más guerra, fría y caliente. No cabe duda de que son los mismos individuos que tienen la radio funcionando prácticamente todo el día y la noche, que van al cine con la máxima frecuencia posible —donde reciben más noticias frescas, más «acontecimientos de actualidad»— y que compran televisores para sus hijos. ¡Todo para estar informados! ¿Pero saben algo que realmente valga la pena saber sobre estos acontecimientos de tremenda importancia que conmueven al mundo?&lt;br /&gt;La gente podrá insistir en que devora los diarios o pega las orejas a la radio (a veces las dos al mismo tiempo) para mantenerse al corriente de las actividades del mundo, pero es pura ilusión. Lo cierto es que apenas estos tristes individuos no están activos, no están ocupados, adquieren noción de un siniestro y doloroso vacío dentro de sí mismos. Francamente no importa con qué papilla se harten, lo importante es no ponerse cara a cara frente a sí mismos. Meditar sobre el problema del día, o siquiera sobre los problemas personales, es lo último que el individuo normal quiere hacer.&lt;br /&gt;Incluso en el retrete, donde uno creería innecesario hacer algo, pensar algo, donde por lo menos una vez al día uno se encuentra a solas consigo mismo y todo lo que suceda sucede automáticamente, hasta este momento de gloria, porque es en realidad un tipo de gloria menor, debe ser interrumpido mediante la concentración en el material impreso. Creo que cada cual tiene su tipo de lectura preferida para la intimidad del excusado. Algunos navegan por largas novelas; otros, en cambio, sólo leen la hojarasca más superficial. Algunos, no cabe la menor duda, simplemente vuelven las páginas y sueñan. ¿Cómo son los sueños que sueñan?, nos preguntamos. ¿De qué se tiñen sus sueños?&lt;br /&gt;Hay madres que nos dirán que sólo en la toilette tienen oportunidad de leer. ¡Pobres madres! La vida es realmente dura para vosotras en estos tiempos. Sin embargo, comparadas con las madres de cincuenta años atrás, vosotras tenéis más oportunidad para desarrollaros a vosotras mismas. En vuestro completo arsenal de dispositivos que economizan trabajo tenéis lo que ni siquiera las emperatrices de la antigüedad poseyeron. Si al adquirir todos esos artefactos queríais realmente ahorrar «tiempo», entonces habéis sido cruelmente engañadas.&lt;br /&gt;Después están los niños, por supuesto. Cuando todas las demás excusas fallan, siempre son «los niños». Vosotras tenéis jardines de infantes, campos de juego, niñeras y Dios sabe qué otras cosas. Hacéis dormir la siesta a los niños después de almorzar y los acostáis lo antes posible, todo de acuerdo con los «modernos» métodos aprobados. En suma, tenéis lo menos posible que hacer con vuestros hijos. Son eliminados, tal como sucede con los odiosos menesteres domésticos. Todo en nombre de la ciencia y la eficiencia.&lt;br /&gt;(«Français, encore un tout petit effort...!»)&lt;br /&gt;Sí, mis queridas madres, sabemos que por mucho que hagáis siempre hay más que hacer. Es verdad que vuestra tarea nunca se acaba. ¿De quién será, me pregunto? ¿Quién descansa el séptimo día, no siendo Dios? ¿Quién contempla su obra, cuando está terminada, y la halla buena? Al parecer el único que lo hace es el Creador.&lt;br /&gt;A veces me pregunto si estas madres conscientes que siempre se quejan de que nunca terminan su trabajo (forma inventada de autoelogio), me pregunto, como decía, si alguna vez se les ocurre llevarse al retrete, no material de lectura sino pequeños trabajitos que han dejado sin terminar. O bien, diciéndolo de otra manera, ¿alguna vez se les ocurre sentarse a meditar sobre su suerte durante esos preciosos momentos de completa intimidad? ¿Alguna vez, en tales momentos, piden al buen Señor fuerzas y valor para seguir marchando por el camino del martirio?&lt;br /&gt;Muchas veces me pregunto cómo se las arreglaron nuestros pobres antepasados, empobrecidos y totalmente incapacitados, para hacer lo que hicieron. Algunas madres de antes, como sabemos por las vidas de los grandes hombres, lograron leer en abundancia a pesar de esas graves «incapacidades». Parecería como si algunas hubiesen tenido tiempo para todo. No solamente cuidaron a sus hijos, les enseñaron todo lo que sabían, los amamantaron, les dieron de comer, los limpiaron, jugaron con ellos y hasta les confeccionaron la ropa (y a veces hasta las telas), no solamente lavaban y planchaban la ropa de todos, sino que por lo menos algunas también consiguieron echar una mano a sus esposos, especialmente si eran gente sencilla del campo. Son innumerables las cosas grandes y pequeñas que nuestros antepasados hicieron sin ninguna ayuda, antes de que hubiese dispositivos que ahorraran trabajo, dispositivos que ahorraran tiempo, antes de que hubiese medios para aprender más rápido, antes de que hubiese jardines de infantes, guarderías, centros de recreo, trabajadores sociales, cinematógrafos y oficinas de asistencia federal de todo tipo.&lt;br /&gt;Puede que las madres de nuestros grandes hombres también hayan tenido la costumbre de leer en el baño. Si es así, comúnmente no se sabe. Tampoco he leído que lectores omnívoros como Macaulay, Saintsbury y Rémy de Gourmont, por ejemplo, cultivasen este hábito. Sospecho, en cambio, que estos lectores gargantuescos han vivido demasiado activos, demasiado concentrados en su objetivo, como para derrochar el tiempo de esta manera. El hecho mismo de que fueran lectores tan prodigiosos indicaría que su atención siempre estuvo indivisa. Es cierto, sin embargo, que existen bibliómanos que leen durante las comidas o mientras caminan; puede que algunos hasta consigan leer y conversar al mismo tiempo. Hay un tipo de persona que no puede resistir la lectura de todo cuanto entra dentro de su campo visual: leen literalmente de todo, hasta los avisos de objetos perdidos en el diario. Están obsesionados y son dignos de compasión.&lt;br /&gt;Quizá no esté de más un sano consejo en esta encrucijada. Si tus intestinos se niegan a funcionar, consulta a un herborista chino. No leas para distraer la mente de la ocupación que tienes entre manos. Al sistema autónomo le agrada la concentración total y responde a ella, sea al comer, dormir, evacuar o lo que tú quieras. Si no puedes comer, si no puedes dormir, es porque algo te molesta. Hay algo «sobre tu mente», donde en realidad no debería estar, en otras palabras. Lo mismo reza en cuanto a las deposiciones. Elimina de tu cabeza todo lo que no sea la ocupación que estás cumpliendo. No importa lo que hagas, encáralo con la mente libre y la conciencia limpia. Este es un consejo antiguo y sano. En la actualidad se tiende a intentar varias cosas al mismo tiempo para «aprovechar el tiempo al máximo», como se dice. Esto es completamente desacertado, antihigiénico e ineficaz. ¡Las cosas se hacen con lo fácil! «Ocúpate de las cosas pequeñas, porque las grandes se hacen solas». Todo el mundo escucha eso cuando es niño. Muy pocos lo practican.&lt;br /&gt;Si reviste vital importancia alimentar el cuerpo y la mente, la misma importancia tiene eliminar del cuerpo y la mente lo que ha servido a sus fines. Lo que no se usa y se «acapara» se torna ponzoñoso. Esto es sentido común liso y llano. Se desprende, por lo tanto, que si acudes al baño para eliminar el material de desecho acumulado en tu organismo, te perjudicas si empleas esos preciosos momentos en llenarte la cabeza con «desperdicios». ¿Acaso para ahorrar tiempo se te ocurriría comer y beber sentado en el excusado?&lt;br /&gt;Si todo momento de la vida es tan precioso para ti, si insistes en razonar para tus adentros que el tiempo que pierdes todos los días en el retrete no es despreciable —algunas personas prefieren llamarlo «W.C.» o el «John»— entonces, cuando tomes tu material de lectura preferido pregúntate: «¿Necesito esto? ¿Por qué?» (Los fumadores muchas veces lo hacen cuando tratan de quitarse del vicio y lo mismo hacen los alcohólicos. Es una estratagema que no debe desdeñarse.) Supongamos —¡y ya es suponer mucho!— que eres una persona que solamente lee en el excusado «la mejor literatura del mundo». Aun así, sostengo que te valdrá la pena preguntarte: «¿Necesito esto?». Supongamos que te resistieras a leer La Divina Comedia. Supongamos que en vez de leer este gran clásico medites sobre lo que has leído sobre él o lo que has oído decir de él. Eso produciría una ligera mejoría. Mejor todavía, sin embargo, sería no meditar sobre literatura en absoluto sino simplemente mantener la mente tan abierta como el intestino. Si por fuerza tienes que hacer algo, ¿por qué no ofreces una silenciosa oración al Creador, una oración de agradecimiento porque tus intestinos todavía funcionan? ¡Imagínate cuál sería tu situación si se paralizaran! Poco tiempo lleva ofrecer una oración de este tipo y, además, ofrece la ventaja de poder sacar al Dante a la luz del sol, donde podrás comulgar con él en términos más iguales. Tengo la certeza de que ningún escritor, ni siquiera muerto, se sentiría halagado si alguien asociara su obra con el sistema de cloacas. Ni siquiera las obras escatológicas se gozan al máximo en el excusado. Habría que ser un auténtico coprófilo para explotar al máximo una situación así.&lt;br /&gt;Habiendo dicho algunas cosas duras sobre la madre moderna, ¿qué me quedaría para el padre moderno? Me limitaré al padre norteamericano porque lo conozco mejor. Esta especie de padre de familia, como sabemos perfectamente, se considera a sí misma un desdichado esclavo al que nadie aprecia. Además de proveer para los lujos y necesidades de la vida, hace todo lo posible por mantenerse en segundo plano. Si tuviera uno o dos minutos de ocio, se creería en el deber de lavar los platos o cantar al nene para que se duerma. A veces se siente tan apremiado, tan acuciado y tan abusado que cuando su pobre mujer agotada, desnutrida y opaca se encierra en el baño —o sea el «W.C.»— durante una hora interminable, se enfurece hasta el extremo de querer romper la puerta para asesinarla allí mismo.&lt;br /&gt;A estos pobres diablos que desconocen su verdadero papel quisiera recomendarles el siguiente procedimiento para el caso de presentarse una crisis así. Digamos que ella ha estado encerrada «allí» por lo menos media hora. No está constipada, no se está masturbando ni se está hermoseando. «¿Entonces qué demonios hace allí?» ¡Cuidado! Yo sé lo que pasa cuando te pones a hablar solo. No pierdas los estribos. Simplemente trata de imaginar que, sentada allí, en el excusado, está la mujer que antaño amaste tan locamente que por nada en el mundo te habrías enfadado con ella. No te pongas celoso de Dante, de Balzac o Dostoievsky si éstas son las sombras con las cuales ella se está comunicando allí. «¡Y hasta puede que lea la Biblia! Ha estado allí lo suficiente como para leer el Deuteronomio.» Lo sé. Sé la impresión que esto te causa. Pero no está leyendo la Biblia, y tú lo sabes. Quizá tampoco sea Los poseídos, ni Seraphita, ni Holy Living (Vida Santa) de Jeremy Taylor. Podría ser Lo que el viento se llevó. ¿Pero qué importa? El remedio —créeme hermano, ¡el único remedio!— es ensayar una actitud distinta. Ensaya las preguntas y respuestas. Como éstas, por ejemplo.&lt;br /&gt;—¿Qué haces allí dentro, querida?&lt;br /&gt;—Estoy leyendo.&lt;br /&gt;—¿Se puede saber qué?&lt;br /&gt;—Algo sobre la Batalla del Marne.&lt;br /&gt;(Simula no irritarte por eso. ¡Prosigue!)&lt;br /&gt;—Me pareció que estabas puliendo tu español.&lt;br /&gt;—¿Cómo dices, amor mío?&lt;br /&gt;—Te preguntaba si es bueno.&lt;br /&gt;—Oh, no, muy aburrido.&lt;br /&gt;—¿Quieres que te traiga otra cosa?&lt;br /&gt;—¿Cómo dices, querido?&lt;br /&gt;—Decía si quieres que te traiga una bebida fresca mientras lees ese material.&lt;br /&gt;—¿Que material?&lt;br /&gt;—La Batalla del Marne.&lt;br /&gt;—Oh, eso ya lo terminé. Ahora estoy leyendo otra cosa.&lt;br /&gt;—¿Necesitas algún libro de referencia, querida?&lt;br /&gt;—Me parece que sí. Me gustaría un diccionario abreviado, el Webster’s, si no es molestia.&lt;br /&gt;—¿Molestia? Es un placer. Te traeré el no abreviado.&lt;br /&gt;—No, con el abreviado es suficiente. Es más manejable.&lt;br /&gt;(Corre ahora de un lado para otro, como si buscaras el diccionario.)&lt;br /&gt;—Querida, no encuentro ni el abreviado ni el no abreviado ¿Te serviría la enciclopedia? ¿Qué es lo que buscas, una palabra, una fecha, o...?&lt;br /&gt;—Oye, querido, lo que en realidad quiero es paz y tranquilidad.&lt;br /&gt;—Sí, querida, por supuesto. Quitaré la mesa, lavaré los platos y acostaré a los chicos. Después si quieres te leeré. Acabo de descubrir un magnífico libro sobre Nostradamus.&lt;br /&gt;—Eres muy atento, querido. Pero prefiero seguir leyendo.&lt;br /&gt;—¿Leyendo qué?&lt;br /&gt;—Se llama Las memorias del mariscal Joffre, con un prefacio de Napoleón y un detallado estudio de las principales campañas escrito por un profesor de estrategia militar —¡no figura su nombre!— de West Point. ¿Ahora estás conforme, querido?&lt;br /&gt;—Perfectamente.&lt;br /&gt;(Entonces vete a buscar el hacha en la pila de leña. Si no hay pila de leña tendrás que inventarla. Rechina los dientes como si afilaras el hacha, tal como hace Minutten en Mysteries.)&lt;br /&gt;Pero he de darte otro consejo. Cuando ella no mire, deja un ejemplar de la obra de Balzac Sobre Catalina de Médicis en el W.C., ponle una marca en la página 169 y subraya el siguiente pasaje:&lt;br /&gt;El cardenal acababa de comprobar que Catalina le había traicionado. La taimada italiana había visto en la rama joven de la familia real un obstáculo que podría utilizar para contrarrestar las pretensiones de los Guisas, y, a pesar del consejo de los dos Gondis, quienes le indicaron que dejara actuar contra los Borbones a los Guisas con toda la violencia de que eran capaces, consiguió frustrar, poniendo sobre aviso a la reina de Navarra, el complot para secuestrar Béarn que los Guisas habían urdido con el rey de España. Como solamente conocían este secreto de Estado ellos mismos y Catalina, los príncipes de Lorena tuvieron la seguridad de que los había traicionado y quisieron enviarla de nuevo a Florencia; pero para obtener pruebas de la traición de Catalina al Estado —el Estado era la Casa de Lorena— el duque y el cardenal la utilizaron como instrumento para deshacerse del rey de Navarra.&lt;br /&gt;La ventaja de darle a leer un texto como éste consiste en que apartará por completo su mente de los quehaceres domésticos y la colocará en condiciones de charlar contigo de historia, profecías o simbolismos el resto de la noche. Hasta es probable que se sienta tentada a leer la introducción escrita por George Saintsbury, uno de los más grandes lectores del mundo, virtud o vicio que no le impidió escribir algunos de los prefacios o introducciones más tediosos y superfluos para las obras de otros.&lt;br /&gt;Podría sugerir, por supuesto, otros libros absorbentes, principalmente uno llamado Nature and Man (La Naturaleza y el Hombre) de Paul Weiss, profesor de filosofía y lógica, que si no es simplemente de primera fila, por lo menos es de «aguas lustrosas», un ventrílocuo capaz de retorcerle los sesos a un pundit rabínico para hacer un nudo gordiano con ellos. Se puede leer al azar esta obra sin perder ni un solo hilo de su destilada lógica. Todo ha sido predigerido por el autor. El texto no tiene otra cosa que pensamiento puro. He aquí un ejemplo, de la parte sobre «Inferencia».&lt;br /&gt;La inferencia necesaria difiere de la contingente en que la premisa basta para justificar la conclusión. En la inferencia necesaria sólo existe una relación lógica entre la premisa y la conclusión: no hay ningún principio que provea el contenido para la conclusión. Tal inferencia es derivable de una inferencia contingente tratando al principio contingente como premisa. C. S. Pierce parece haber sido el primero que descubrió esta verdad. «Designemos las premisas de cualquier argumento con la letra P, la conclusión con C y el principio con L —dijo—. Entonces, si todo el principio se expresa como premisa, el argumento se convertirá en L y P [ergo] C. Pero este nuevo argumento también tiene que tener su principio, que puede denotarse con L’. Ahora bien, como L y P (suponiendo que sean verídicas) contienen todo lo necesario para determinar la verdad probable o necesaria de C, entonces contienen a L’. Por lo tanto, L’ tiene que estar contenida en el principio, esté expresado en la premisa o no. De ahí que todo argumento tenga, como porción de su principio, cierto principio que no puede eliminarse de su principio. Tal principio podría denominarse principio lógico.» Todo principio de inferencia, como indica con claridad la observación de Pierce, contiene un principio lógico mediante el cual es posible avanzar rigurosamente desde una premisa y el principio original hasta la conclusión. Todo resultado de la naturaleza o de la mente, por lo tanto, es consecuencia necesaria de algún antecedente y de algún curso que parte de ese antecedente y termina en ese resultado &lt;a href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=28563906#nota1"&gt;1&lt;/a&gt;.&lt;br /&gt;El lector se preguntará por qué no he sugerido la Fenomenología de la mente, de Hegel, que es la piedra angular reconocida de toda la suite Cascanueces de la prestidigitación intelectual, o sea Wittgenstein, Korzybski, Gurdjieff y Cía. ¡Por qué no! ¿Por qué no la Philosophy of As If (Filosofía del como si) de Vaihinger? ¿O The Alphabet (El alfabeto) de David Diringer? ¿Por qué no The Ninety-Five Theses (Las noventa y cinco tesis) de Lutero o el Preface to the History of the World (Prefacio a la Historia del Mundo) de Walter Raleigh? ¿Por qué no la Aeropagitica de Milton? Todos son libros amorosos. Tan edificantes, tan instructivos...&lt;br /&gt;Ah, si nuestro pobre pater familias norteamericano tomase a pecho este problema de la lectura en el cuarto de baño, si prestase seria consideración al medio más eficaz para romper este hábito, ¡qué lista de libros no idearía para un Estante Privado de Un Metro Cincuenta! Con un poco de ingenio conseguiría curar a su esposa del hábito o disgregarle la mente.&lt;br /&gt;Si realmente fuera ingenioso pensaría en un sustituto de este pernicioso hábito de lectura. Podría, por ejemplo, tapizar las paredes del «waterre», como dicen los franceses, con lienzos. ¡Qué agradable, sedante, lenitivo y educativo sería dejar que la mirada recorra algunas obras maestras mientras se responde a la llamada de la naturaleza! Para empezar, Romney, Gainsborough, Watteau, Dalí, Grant Wood, Soutine, Brueghel el Viejo y los hermanos Albright. (Las obras de arte, dicho sea de paso, no son una afrenta para el sistema autónomo.) O bien, si su gusto no tiende hacia esas direcciones, podría revestir las paredes del «waterre» con las cubiertas del Saturday Evening Post o con tapas de Time, pues nada podría ser más «básico-básico», para emplear el lenguaje de la dianética. O bien podría aprovechar los ratos de ocio para ponerse a bordar en sedas multicolores alguna leyenda rara para colgar a la altura de los ojos cuando ella ocupa su lugar acostumbrado en el «waterre», una leyenda como esta: Hogar es todo sitio donde uno cuelga el sombrero. Como esto entraña una moraleja, podría cautivarla de manera inimaginable. ¡Hasta la liberaría de la blanca muleta del excusado en tiempo récord, vaya uno a saber!&lt;br /&gt;En este punto creo importante mencionar el hecho de que la ciencia acaba de descubrir la eficacia, la eficacia terapéutica, del Amor. Los suplementos dominicales están repletos de temas así. Al parecer éste es el gran descubrimiento del siglo, después de la dianética, los platillos volantes y la cibernética. El hecho de que hasta los psiquiatras reconozcan ahora la validez del amor, imparte un sello de aprobación que (al parecer) Jesucristo, La Luz del Mundo, no consiguió facilitar. Las madres, que ahora han despertado a este hecho incontrovertible, ya no tendrán problemas en sus tratos con sus hijos ni tampoco, «ipso facto», en sus tratos con sus maridos. Los alcaides abrirán las cárceles para soltar a los reclusos; los generales ordenarán a sus hombres que abandonen las armas. El milenio está a la vuelta de la esquina.&lt;br /&gt;No obstante, y a pesar de la llegada del milenio, los seres humanos todavía estarán obligados a reparar en el «water closet» diariamente. Todavía tropezarán con el problema de cómo sentarse en el excusado para aprovechar mejor el tiempo. Este problema es virtualmente un problema metafísico. Para desempeñar esta función la naturaleza no nos pide otra cosa que completa conformidad. La única colaboración que demanda de nuestra parte es nuestra disposición a dejar salir. Evidentemente, cuando el Creador diseñó el organismo humano comprendió que sería mejor para nosotros dejar libradas ciertas funciones a sí mismas; es evidente que si funciones tan vitales como la respiración, el sueño o la defecación quedasen libradas a nuestra disposición, algunos dejaríamos de respirar, de dormir o de concurrir al baño. Muchas personas, recordemos que no todos están en el manicomio, ponen en tela de juicio la inteligencia de su propio organismo. Preguntan por qué, no para saber sino para ridiculizar lo que su limitada inteligencia no alcanza a comprender. Contemplan las demandas del cuerpo como tiempo desperdiciado. ¿Cómo pasan, entonces, el tiempo esos seres superiores? ¿Están completamente al servicio de la humanidad? ¿No comprenden la razón de que haya que perder tiempo en comer, beber, dormir y defecar porque tienen tantas obras buenas que hacer? Sería interesante saber lo que quiere decir esta gente cuando habla de «perder el tiempo».&lt;br /&gt;Tiempo, tiempo... Muchas veces me he preguntado qué haríamos con el tiempo si de pronto tuviésemos el privilegio de funcionar a la perfección. Porque en cuanto pensamos en el funcionamiento perfecto, ya no podemos retener la imagen de la sociedad tal como está constituida en la actualidad. Gastamos la mayor parte de nuestra vida luchando contra desajustes de todo tipo; todo está fuera de sus carriles, desde el cuerpo humano hasta el cuerpo político. Suponiendo que el cuerpo humano funcione bien y que el cuerpo social también funcione bien, pregunto: «¿Qué haríamos con nuestro tiempo?» Para circunscribir por el momento el problema a un solo aspecto, la lectura, ruego al lector que imagine qué libros, qué tipo de libros, consideraría entonces necesarios o dignos de merecer un poco de tiempo. En cuanto estudiamos el problema de la lectura desde este punto de vista toda la literatura se desmorona. Según mi entender, en la actualidad leemos principalmente por los siguiente motivos: uno, para escapar de nosotros mismos; dos, para armarnos contra peligros reales o imaginarios; tres, para «mantenernos a la altura» de nuestros vecinos o para impresionarles, lo cual es lo mismo; cuatro, para saber lo que pasa en el mundo; cinco, para entretenernos, lo que significa ser estimulados a una actividad mayor y superior, y a una existencia más rica. Podríamos agregar otras razones, pero estas cinco me parecen las principales, y las he consignado por orden de importancia actual, según creo conocer a mis semejantes. No hace falta reflexionar mucho para llegar a la conclusión de que si fuésemos correctos con nosotros mismos y todo marchase bien en el mundo, la única razón válida, la que tiene menor importancia en el presente, sería la última. Las otras desaparecerían porque no tendrían razón de existir. E incluso la nombrada en último término, dadas las condiciones ideales mencionadas, tendría poco o ningún asidero en nosotros. Hay y siempre hubo individuos raros que ya no necesitan los libros, ni siquiera los libros «sagrados». Éstos son precisamente los iluminados, los que han despertado. Saben perfectamente bien lo que sucede en el mundo. No consideran la vida como un problema ni un calvario, sino como un privilegio y una bendición. No buscan imbuirse de conocimientos sino de sabiduría. No viven torturados por el miedo, la ansiedad, la ambición, la envidia, la codicia, el odio o la rivalidad. Se interesan profundamente pero al mismo tiempo se despreocupan. Gozan todo lo que hacen porque participan directamente. No tienen necesidad de leer libros sagrados ni de comportarse como santos porque ven la vida en su totalidad y ellos mismos son totales, de manera que para ellos todo es total y sagrado.&lt;br /&gt;¿Cómo gastan su tiempo estos individuos excepcionales?&lt;br /&gt;Ah, se han dado muchas respuestas a esta pregunta. Y el motivo por el cual existen muchas respuestas es que todo el que sea capaz de plantearse tal pregunta ante sí mismo, piensa en un tipo distinto de individuo «excepcional». Algunos consideran que estos raros individuos pasan su vida entregados a la oración y a la meditación; otros los ven actuando en el concierto de la vida, desempeñando un sinnúmero de ocupaciones, pero sin hacerse notar nunca. Sin embargo, no importa cómo contemplemos a estas almas raras, no importa el mucho o poco desacuerdo que haya en cuanto a la validez o la eficacia de su manera de vivir, estos hombres tienen en común una cualidad, cualidad que los distingue radicalmente del resto de la humanidad y proporciona la clave de su personalidad, su raison d’être: ¡tienen todo el tiempo en sus propias manos! Estos hombres jamás están demasiado apurados, jamás demasiado ocupados como para no responder a una llamada. El problema del tiempo sencillamente no existe para ellos. Viven el momento y tienen noción de que cada momento es una eternidad. Todos los demás tipos de individuos que conocemos establecen límites a su tiempo «libre». Los primeros, en cambio, no tienen otra cosa que tiempo libre.&lt;br /&gt;Si pudiera darte un pensamiento que te conviene llevar contigo todos los días al baño sería el siguiente: «Medita en tus momentos libres». Si este pensamiento no rinde sus frutos, entonces vuelve a tus libros, a tus revistas, a tus diarios, a tus historietas cómicas, a tus aventuras. Amaos, informaos, preparaos, divertíos, olvidaos de vosotros mismos, dividíos los unos a los otros. Y cuando hayáis hecho todas estas cosas (inclusive el bruñido del oro, como recomienda Cennini), preguntaos si sois seres más fuertes, más sabios, más felices, más nobles, más conformes. Sé que no lo seréis, pero eso está en vosotros descubrirlo.&lt;br /&gt;Es curioso, pero el mejor tipo de excusado —según los médicos— es aquel donde sólo un equilibrista podría leer. Me refiero a los que encontramos en Europa, Francia especialmente, y que hacen gemir al turista norteamericano. No hay asiento, no hay un cuenco, sino simplemente un agujero en el piso con dos baldosas para los pies y un pasamanos a ambos lados para sostenerse. Uno no se sienta como de ordinario, sino que se pone en cuclillas. (Les vrais chiottes, quoi!) En estos extraños retretes jamás se le mete a uno en la cabeza la idea de leer. Lo único que uno quiere es terminar lo antes posible v no mojarse los pies. Nosotros, los norteamericanos, aunque disimulamos todo lo que se relacione con las funciones vitales, terminamos haciendo tan atractivo al «W.C.» que nos quedamos allí sin hacer nada después de haber terminando lo que teníamos que hacer. La combinación de excusado y baño nos resulta por demás atractiva. Bañarse en un lugar distinto de la casa nos parecería absurdo. Pero no podría parecerlo para personas realmente delicadas.&lt;br /&gt;Interrupción... Hace unos momentos dormí la siesta al aire libre, en medio de una densa niebla. Fue un sueño liviano, interrumpido por el zumbido de un insistente moscardón. En uno de mis sobresaltos, entre dormido y despierto, acudió a mi mente el recuerdo de un sueño o, para ser más exacto, el fragmento de un sueño. Se trata de un sueño viejo, muy viejo, y sumamente maravilloso, que vuelve a mí —en ocasiones— con insistencia. Por momentos se me presenta con tanta claridad, aunque colado por una grieta, que dudo que haya sido un sueño. Me pongo entonces a devanarme los sesos para recordar el título de una serie de libros que en una época mantuve encerrados en un cofrecito. En este momento la naturaleza y contenido de este sueño recurrente no aparecen tan nítidos como en otras ocasiones. No obstante, su aura todavía conserva su intensidad, como también las asociaciones que suelen acompañar a su evocación.&lt;br /&gt;Hace un instante me preguntaba por qué siempre pienso en este sueño en relación con el retrete, pero entonces recordé de pronto que al salir de mi estado onírico, o, mejor dicho, cuando estaba a punto de salir de él, percibí el desagradable olor del excusado que está escondido en ese «pozo negro» de mi casa, en ese barrio que siempre prolongo a la «calle de los viejos pesares». En invierno era un verdadero problema refugiarse en este congelado y hermético cubículo que nunca estaba alumbrado, ni siquiera por una vacilante mecha de aceite comestible.&lt;br /&gt;Pero otra cosa más precipitó el recuerdo de esos días idos tanto tiempo atrás. Esta misma mañana examiné el índice que aparece en el último volumen de The Harvard Classics con el fin de refrescar la memoria. Como siempre, la simple idea de esta colección despierta memorias de días sombríos pasados en el altillo con estos sangrientos libros. Considerando el triste estado de ánimo en que solía estar cuando me retiraba a este ala funeraria de la casa, no puedo menos que maravillarme por el hecho de que haya navegado por una literatura como Rabbi Ben Ezra, The Chambered Nautilus, Ode to a Waterfowl, I Promessi Sposi, Samson Agonistes, Guillermo Tell, La Riqueza de las Naciones, Las Crónicas de Froissart, la Autobiografía de John Stuart Mill, y otras por el estilo. Ahora creo que no ha sido la fría niebla sino el peso abrumador de esos días pasados en el altillo, cuando luchaba con autores por los cuales no experimentaba ninguna simpatía, lo que me hizo dormir tan bien hace un rato. En ese caso debo agradecer a sus espíritus ausentes por haberme hecho recordar este caprichoso sueño, en el que aparece una colección de mágicos libros que valoraba hasta tal extremo que los escondí —en un cofrecito— y jamás volví a encontrarlos nuevamente. ¿No es extraño que esos libros, libros que pertenecen a mi juventud, tengan que revestir más importancia para mí que todo lo que he leído después? Obviamente debo de haberlos leído en el sueño, inventando títulos, contenido, autor, todo. De vez en cuando como he mencionado previamente, con los destellos del sueño regresan a veces nítidos recuerdos de la misma textura de la narración. En tales momentos me pongo casi frenético, porque en la serie del sueño hay un libro que encierra la clave de toda la obra, y este libro en particular, su título, su contenido y su significado, llega a veces hasta el umbral mismo de la conciencia.&lt;br /&gt;Uno de los aspectos más borrosos, confusos y atormentadores relacionados con este recuerdo es que siempre me impone la sensación —¿por quién?, ¿en virtud de qué? — de haber leído esos libros en el barrio de Fort Hamilton (Brooklyn). Se me impone el convencimiento de que todavía están escondidos en la casa donde los leí, pero no tengo la menor noción del sitio donde estaba esa casa, a quién pertenecía ni por qué motivo llegué allí. Lo único que recuerdo hoy sobre Fort Hamilton es haber andado en bicicleta por los lugares hacia los cuales me encaminaba los solitarios sábados por la tarde, en la época en que me consumía un desolado amor por mi primera novia. Como un fantasma sobre ruedas recorría el trayecto de rutina —Dyker Heights, Bensonhurst, Fort Hamilton— siempre que salía de casa pensando en ella. Viajaba tan absorto pensando en ella que perdía por completo la noción de mi cuerpo. por momentos pedaleaba pegado al parachoques trasero de un automóvil que marchaba a sesenta kilómetros por hora y por momentos deambulaba como un sonámbulo. No podría decir que el tiempo haya gravitado pesadamente en mis manos. La pesadez se alojaba enteramente en mi corazón. En ocasiones me arrancaba de la ensoñación el paso de una pelota de golf sobre mi cabeza. En ocasiones la vista del cuartel me llevaba allí, porque siempre que espío viviendas militares, viviendas que los hombres habitan hacinados como ganado, experimento una sensación de repugnancia. Pero también había intermedios —o «remisiones», si se quiere— agradables. Siempre, por ejemplo, me agradaba entrar en Bensonhurts, donde de niño había pasado días tan encantadores con Joey y Tony. ¡Cómo ha cambiado todo con el tiempo! En esa época, en esas tardes de los sábados, era un joven desesperadamente enamorado, un becerro lunar completamente indiferente a todo lo demás en el mundo. Si me echaba en brazos de un libro sólo era para olvidar el dolor de un amor que resultaba demasiado grande para mí. Mi refugio era la bicicleta. Montado en la bicicleta tenía la sensación de sacar a ventilar mi doliente amor. El panorama que se desplegaba ante mis ojos o que desaparecía a mis espaldas era un sueño perfecto: bien podría haber estado recorriendo una pista en un escenario. Todo lo que miraba sólo servía para recordarme a ella. A veces, creo que para no caerme al suelo completamente desesperado y abrumado, alimentaba esas fatuas fantasías que asaltan a los enamorados, la chispa de esperanza, digamos, de que en un recodo del camino ella me aguardase para recibirme con una cálida, radiante y amorosa sonrisa... pero ella. Si ella no se «materializaba» en este punto, imaginaba que estaría en otro, hacia el cual, con oraciones y esperanzas, avanzaría a toda velocidad, sólo para llegar sin aliento y otra vez decepcionado.&lt;br /&gt;No cabe duda que la mágica naturaleza de estos libros del sueño guardaba relación con mi acumulada nostalgia por esta niña que nunca lograba encontrar, y había sido inspirada por ella. No cabe duda de que en algún lugar de Fort Hamilton, en breves momentos tan negros, tan torturados por el dolor, tan desolados, tan singularmente míos, mi corazón debe haberse destrozado varias veces. Sin embargo —y de esto estoy seguro— esos libros nada tenían que ver con el amor. Estaban más allá de eso... ¿de qué? Trataban de cosas indecibles. Aún ahora, a pesar de lo nublado y carcomido por el tiempo que el sueño aparece en el recuerdo, reconozco elementos tenues, sombríos pero reveladores, como los siguientes: una mágica figura blanca sentada en un trono (como en las antiguas piezas de ajedrez de piedra), que sostenía en las manos un llavero de llaves grandes y pesadas (como una antigua moneda sueca) y no se parece ni a Hermes Trimegisto ni a Apolonio de Tiana, ni siquiera al temible Merlín, sino que más se asemeja a Noé o a Matusalén. Trata de decirme, con prístina claridad, algo que escapa a mi comprensión, algo que he venido ansiando y afanándome por conocer. (Un secreto cósmico, sin duda). La figura pertenece al libro clave que, como he destacado, es el eslabón perdido de toda la serie. Hasta este punto la narración, si pudiéramos llamarla así —a través de los libros precedentes de la colección del sueño— ha sido una serie de aventuras extraterrenas, interplanetarias o, a falta de una palabra mejor, «prohibidas», de la más asombrosa variedad y naturaleza. Es como si la leyenda, la historia y el mito, combinadas con incursiones suprasensibles y que escapan a toda descripción, se hubiesen entremezclado y comprimido en un prolongado y sostenido momento de divina fantasía. Y, por supuesto, ¡para mi beneficio especial! Pero lo que agrava la situación en el sueño es que siempre recuerdo el hecho de que comencé la lectura del libro que falta, pero —¡ah, si lo supiera!— lo abandoné sin ninguna razón obvia, evidente o siquiera oculta. Una sensación de pérdida irreparable alisa, literalmente aplana, todo sentido de culpa que quiere emerger. ¿Por qué, por qué, me pregunto, no proseguí la lectura de este libro? Si lo hubiese hecho jamás habría perdido ese libro y tampoco lo demás. En el sueño la doble pérdida —la pérdida del contenido y la pérdida del libro mismo— se acentúa y se presenta como una sola.&lt;br /&gt;Pero este sueño tiene asociada otra característica más: la parte que tuvo en ello mi madre. En La Crucifixión Rosada he descrito mis visitas al viejo hogar, visitas que hice expresamente para recuperar los bienes de mi juventud, particularmente ciertos libros que, por alguna razón inexplicable, eran muy preciosos para mí en estas ocasiones. Según lo interpreto, mi madre parece haberse deleitado perversamente en decirme que «mucho tiempo» antes había regalado los libros. «¿A quién?», pregunté fuera de mí. Nunca pudo recordarlo, sólo que había sido mucho tiempo atrás. O bien, si lo recordaba, la gente a la cual los había entregado se había mudado mucho tiempo antes y, por supuesto, ya no sabía dónde vivían ni le parecía —y esto fue gratuito por su parte— que se hubieran quedado con esos libros para siempre. Y así sucesivamente. Algunos los había regalado, según confesó, a la Sociedad de Beneficencia o a la Sociedad de San Vicente de Paúl. Estas explicaciones siempre me sacaban de quicio. A veces, en momentos de vigilia, me preguntaba si en realidad esos libros perdidos en el sueño y cuyos títulos habían desaparecido por completo de mi memoria, no eran libros reales de carne y hueso que mi madre había obsequiado irreflexiva e irresponsablemente.&lt;br /&gt;Por supuesto, siempre que estuve allí en el altillo leyendo la imponente biblioteca de un metro cincuenta de alto, mi madre se mostraba tan intrigada por este proceder como por todo lo que se me ocurría hacer. No comprendía que pudiera «desperdiciar» una tarde tan hermosa leyendo esos libros soporíferos. Ella sabía que yo sufría, pero jamás tuvo la más remota idea de la causa de ese sufrimiento. En ocasiones expresó el parecer de que vivía deprimido a causa de los libros. Y, por supuesto, los libros contribuyeron a deprimirme con mayor profundidad porque no contenían ningún remedio para el mal que me aquejaba. Quería ahogarme en mis penas, y los libros fueron otros tantos moscardones gordos y zumbones que me mantenían despierto, haciéndome arder el cuero cabelludo de aburrimiento.&lt;br /&gt;Cómo salté el otro día al leer en uno de los libros de Marie Corelli, ahora olvidados, lo siguiente: «¡Dadnos algo duradero! es la exclamación de la cansada humanidad. Las cosas que hemos pasado, en razón de su efímera naturaleza, son inútiles. ¡Dadnos algo que podamos guardar y llamar nuestro para siempre! Por esta razón ensayamos y probamos todas las cosas que parecen mostrarnos el elemento suprasensible que hay en el hombre, y cuando comprobamos que fuimos engañados por impostores y conjurados, nuestro disgusto y contrariedad resultan demasiado amargos hasta para ventilarse con palabras».&lt;br /&gt;Hay otro sueño concerniente a otro libro y al cual me refiero en La Crucifixión Rosada. El sueño es por demás extraño y en él aparece un gran libro que esta niña que amaba (¡la misma!) y otra persona (su amante desconocido, quizá) están leyendo por encima de mis hombros. El libro es mío, quiero decir que es un libro escrito por mí. Menciono esto sólo para sugerir que de todas las leyes de la lógica resultaría que el libro perdido en el sueño, la clave de toda la serie —¿de qué serie?— había sido escrito por mí y no por otro. Si había conseguido escribirlo en sueños, ¿por qué no podría escribirlo soñando despierto? ¿Acaso un estado difiere tanto del otro? Puesto que me he aventurado a decir tanto, ¿por qué no completar el pensamiento y agregar que la única finalidad que me animó a escribir radicó en esclarecer un misterio? (Nunca he sabido abiertamente en qué consiste este misterio). Sí, desde el momento en que comencé a escribir con absoluta dedicación, mi único deseo fue sacarme de encima este libro que llevo dentro, en lo profundo de mi ser, a todas las latitudes y longitudes y en todas las faenas y vicisitudes. Arrancar este libro de mis entrañas, darle calor, vida y existencia física, tal ha sido mi empeño y preocupación... El mago iluminado que aparece en oníricos destellos oculto en un cofre diminuto —cofre soñado, podríamos decir— ¿quién es sino yo mismo, el más antiguo de mis seres? ¿Acaso no tiene en las manos un llavero? Y está situado en el centro crucial de todo el misterioso andamiaje. Pues bien, ¿qué es ese libro desaparecido, entonces, sino «la historia de mi corazón» según el nombre tan hermoso que le ha dado Jefferies? ¿Acaso un hombre puede narrar otra historia que no sea la suya? ¿Acaso no es ésta la más difícil de narrar entre todas las historias, la más oculta, la más abstrusa, la más mistificadora?&lt;br /&gt;El hecho de que hasta en sueños leamos es un hecho significativo. ¿Qué leemos, qué podemos leer en las tinieblas del inconsciente, no siendo nuestros más profundos pensamientos? Los pensamientos jamás cesan de agitar el cerebro. En ocasiones percibimos la diferencia entre los pensamientos y el pensamiento, entre el que piensa y la mente que es todo pensamiento. A veces, como a través de una pequeña hendidura, captamos un destello de nuestro ser dual. Cerebro no es mente, de eso podemos estar seguros. Si fuese posible localizar el asiento de la mente, entonces sería más correcto situarlo en el corazón. Pero el corazón es simplemente un receptáculo o transformador por cuyo intermedio el pensamiento se torna reconocible y efectivo. El pensamiento tiene que pasar por el corazón para volverse activo y significativo.&lt;br /&gt;Existe un libro que forma parte de nuestro ser y que está contenido en nuestro ser, y ese libro es el registro de nuestro ser. He dicho nuestro ser y no nuestro devenir. Comenzamos a escribir este libro en el momento de nacer y lo proseguimos después de la muerte. Solamente cuando estamos a punto de renacer lo terminamos y le ponemos la palabra «Fin». En consecuencia, es toda una serie de libros que, desde un nacimiento hasta el siguiente, continúa la historia de la identidad. Todos somos escritores, pero no todos heraldos ni profetas. Lo que sacamos a relucir del registro oculto lo firmamos con nuestro nombre de pila, que jamás es el nombre real. Pero lo único que llega a conocer alguna vez la luz es lo mejor de nosotros, lo más fuerte, lo más valiente, lo mejor dotado. Lo que entorpece nuestro estilo, lo que falsea la narración, son las porciones del registro que ya no podemos descifrar. El arte de escribir no lo perdemos nunca, pero lo que a veces perdemos es el arte de leer. Cuando encontramos un adepto de este arte, recuperamos el don de la visión. Es el don de la interpretación, naturalmente, porque leer siempre es interpretar.&lt;br /&gt;La universalidad del pensamiento es suprema y está por encima de las cosas. Nada escapa a la comprensión o al entendimiento. Lo que falla en nosotros es el deseo de saber, el deseo de leer o interpretar, el deseo de dar significado a todo pensamiento que expresamos. Acidia (Pereza): el gran pecado contra el Espíritu Santo. Abrumados por el dolor de la privación, cualquiera sea la forma en que se manifieste —y asume muchas, muchas formas—, nos refugiamos en la mistificación. La humanidad, en el sentido más profundo, no es huérfana porque haya sido abandonada, sino porque obstinadamente se niega a reconocer su paternidad divina. Terminamos el libro de la vida en el otro mundo porque nos negamos a comprender que hemos escrito aquí y ahora...&lt;br /&gt;Pero volvamos a les cabinets, que es el equivalente francés de retrete y que por alguna extraña razón siempre se emplea en plural. Algunos de mis lectores recordarán un pasaje en el cual consigno tiernas reminiscencias de Francia, concernientes a una apresurada visita al retrete y a la visión totalmente inesperada de París que tuve desde la ventana de ese estrecho lugar. &lt;a href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=28563906#nota2"&gt;2&lt;/a&gt; ¿No sería formidable, pensaría cierta gente, construir nuestra casa de manera que desde el asiento del excusado pudiéramos divisar un imponente panorama? Me parece que no interesa en lo más mínimo la vista que se tenga desde el retrete. Si al acudir al retrete llevas contigo algo más que tú mismo, además de tu propia necesidad vital de evacuar y limpiar el organismo, puede que entonces el desiderátum sea una vista hermosa o imponente desde la ventana del cuarto de baño. En ese caso bien valdría la pena montar una estantería para libros, colgar cuadros y hermosear de otra manera este lieu d’aisance. Así, en vez de salir al aire libre y tenderse bajo un árbol frondoso, valdría la pena sentarse en el «baño» y meditar. Si fuese necesario hasta se podría construir todo el mundo personal en torno al «W.C.». Se podría hacer que el resto de la casa quedase subordinado al asiento de esta suprema función. Se forjaría así una raza que, altamente consciente del arte de la eliminación, se dedicaría a eliminar todo lo que hay de feo, inútil, malo y «deletéreo» en la vida cotidiana. Haciendo eso elevaríamos el retrete a lugar celestial. Pero mientras usemos este sagrado retiro no perdamos el tiempo leyendo sobre la eliminación de esto o aquello, o ni siquiera sobre la eliminación misma. La diferencia entre la gente que se refugia en el retrete, sea para leer, rezar o meditar, y la que sólo concurre allí para hacer lo que tiene que hacer, radica en que la primera siempre tiene una ocupación inconclusa entre manos y la segunda siempre está lista para el próximo movimiento, para el próximo acto.&lt;br /&gt;Hay un antiguo dicho que dice: «¡Mantén abierto tu intestino y confía en el Señor!» Esto encierra su sabiduría. Hablando en términos amplios, significa que manteniendo nuestro organismo libre de venenos estaremos en condiciones de tener la mente libre y despejada, abierta y receptiva; dejaremos de preocuparnos por cuestiones que no nos atañen —como la forma en que debe dirigirse el cosmos, por ejemplo— y haremos en paz y tranquilidad lo que debe hacerse. Este sano consejo no contiene la menor insinuación de que al mantener abierto el intestino también se debe luchar por mantenerse al tanto de los acontecimientos mundiales o estar al día sobre los libros o comedias de actualidad, o familiarizarse con la última moda, con los cosméticos más refinados o los fundamentos del inglés básico. En efecto, esa breve máxima implica que cuanto menos se haga para ello, tanto mejor. Digo «ello» entendiendo que la ocupación de ir al retrete es muy seria y no absurda ni repulsiva. Las palabras claves son «abrid» y «confiad». Ahora bien, si se arguye que leyendo sentado en el excusado se contribuye a liberar el intestino, sugeriría entonces la lectura de un material lo más leve posible. Leed los Evangelios, por ejemplo, porque los Evangelios son del Señor, y el segundo mandamiento es «confiad en el Señor». Yo mismo estoy convencido de que se puede tener fe y confianza en el Señor sin leer el Santo Mandato en el retrete y, en efecto, abrigo la certeza de que se tiende a creer y confiar más en el Señor no leyendo absolutamente nada en el retrete.&lt;br /&gt;¿Cuando visitas al psicoanalista éste te pregunta qué lees en el excusado? Debería hacerlo. Para el psicoanalista debería ser muy distinto que el paciente lea un tipo de literatura en el retrete y otro en otra parte. Incluso debería ser importante el hecho de que tú leas o no leas en el retrete. Lamentablemente estas cuestiones no se comentan con suficiente amplitud. Se presume que lo que se haga en el «W.C.» pertenece al fuero privado de cada cual. No es así. Interesa al universo entero. Si, según vamos creyendo cada vez más, nos vigilan criaturas de otros planetas, no cabe duda de que espían hasta nuestros actos más secretos. Si logran penetrar la atmósfera de esta tierra, ¿qué podría impedirles atravesar las puertas cerradas de nuestros retretes? Reflexionad sobre esto cuando no tengáis nada mejor en qué pensar, allí dentro. Quisiera instar a los que experimentan con cohetes y otros medios de comunicación y transporte interestelar, que imaginen por un instante qué aspecto tendrían para los moradores de otros mundos si los viesen leyendo Time o The New York, por ejemplo, en el «John». Vuestra lectura dice mucho de vuestro ser interior, pero no todo. Sin embargo, el hecho de que estéis leyendo en un sitio donde deberíais estar haciendo, reviste cierta importancia. Es una característica que hombres ajenos a este planeta destacarían inmediatamente, y bien podría influir en su juicio sobre nosotros.&lt;br /&gt;Y si para cambiar de tono nos limitamos a la opinión de los seres simplemente terrestres, pero seres alerta y discernidores, el cuadro no se modifica mucho. No solamente es grotesco y ridículo mirar la página impresa estando sentado en el excusado, sino que también tiene visos de locura. Este elemento patológico se pone en evidencia con bastante claridad cuando la lectura se combina con la comida, por ejemplo, o durante un paseo. ¿Por qué no impresiona lo mismo cuando lo observamos vinculado con el acto de la defecación? ¿Tiene algo de natural hacer estas dos cosas simultáneamente? Supongamos que, aunque nunca quisiste ser cantante de ópera, siempre que acudes al retrete te pones a practicar la escala musical. Supongamos que, aunque el canto fuese todo en la vida para ti, insistieras en que el único momento en que puedes cantar es cuando estás en el «W.C.». O supongamos que sencillamente dices que cantas en el retrete porque no tienes otra cosa que hacer. ¿Colaría eso en el consultorio de un psiquiatra? Pero éste es el tipo de coartada que da la gente cuando se le apremia a explicar por qué tiene que leer en el retrete.&lt;br /&gt;¿Entonces con limitarse a abrir el intestino no basta? ¿Hace falta incluir a Shakespeare, Dante, William Faulkner y a toda la galería de escritores de libros de bolsillo? ¡Dios mío, qué complicada se ha vuelto la vida! En otra época cualquier lugar nos venía bien. Por compañía teníamos el sol o las estrellas, el canto de los pájaros o el graznido de la lechuza. No se trataba de matar el tiempo ni de matar dos pájaros de una sola pedrada. Simplemente se trataba de dejar salir. Ni siquiera se nos ocurría confiar en el Señor. Esta confianza en el Señor era tan inherente a la naturaleza del hombre, que vincularla con el movimiento intestinal habría parecido blasfemo y absurdo. En la actualidad se requiere un eximio matemático, que también sea metafísico y astrofísico, para explicar el sencillo funcionamiento del sistema autónomo. Ya nada es sencillo. Debido al análisis y a la experimentación, hasta las cosas más ínfimas han asumido proporciones tan complicadas que es extraño que alguien pueda decir que todo lo sabe de todas las cosas. Hasta la conducta instintiva resulta ser altamente compleja. Las emociones primitivas, como el miedo, el odio, el amor y la angustia, resultan terriblemente complejas.&lt;br /&gt;¡Pensar que somos nosotros quienes en los próximos cincuenta años nos lanzaremos a conquistar el espacio! ¡Somos las criaturas que, no queriendo convertirnos en ángeles, vamos a desarrollarnos como seres interplanetarios! Pues bien, no cabe duda de que por lo menos una cosa es previsible: ¡que hasta en el espacio tendremos excusados! Dondequiera que vayamos, el «John» nos acompaña, según observo. Antes solíamos preguntar: «¿Y si las vacas volaran?» Este chiste ya es antediluviano. Ahora, en vista de los proyectados viajes más allá de la atracción gravitacional, se impone la siguiente interrogante: «¿Cómo funcionarán nuestros órganos cuando ya no estemos sometidos a la atracción de la gravedad?» Viajando a mayor velocidad que el pensamiento —¡hasta se ha sugerido que seremos capaces de lograrlo!—, ¿podremos leer algo allí, entre las estrellas y los planetas? Lo pregunto porque supongo que la nave espacial modelo estará equipada con lavabos, además de laboratorios, y que en ese caso nuestros nuevos exploradores del tiempo y el espacio sin duda se llevarán consigo material para leer en el retrete.&lt;br /&gt;Hay un aspecto que se presta a conjeturas: la índole de esta literatura interespacial. Solíamos ver de tiempo en tiempo cuestionarios en los que se nos preguntaba qué leeríamos si fuésemos a refugiarnos en una isla desierta. Nadie, que yo sepa, ha preparado todavía un cuestionario sobre lo que sería buena lectura en el excusado de una nave espacial. Si obtuviésemos las mismas respuestas de siempre en este próximo cuestionario, o sea Homero, Dante, Shakespeare y compañía, mi desilusión sería sumamente cruel.&lt;br /&gt;Esta primera nave que abandone la tierra, quizá para no regresar jamás... ¡Qué no daría por conocer los títulos de los libros que habría en ella! Me parece que no se han escrito todavía libros que ofrezcan sustento mental, moral y espiritual a esos audaces precursores. Es posible, según lo veo, que estos hombres no se preocupen para nada por la lectura, ni siquiera en el retrete; quizá se conformen con ponerse a tono con los ángeles, con escuchar las voces de los seres queridos que partieron, aguzando el oído para captar la incesante canción celestial.&lt;br /&gt;&lt;a href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=28563906#N1"&gt;1.&lt;/a&gt; Nature and Man, por Paul Weiss; Henry Holt &amp; Co., Nueva York, 1947.&lt;br /&gt;&lt;a href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=28563906#N2"&gt;2.&lt;/a&gt; Véase el capítulo titulado «Recordar para recordar», en mi libro Remember to Remember; New Directions, Nueva York. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115528580038017065?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115528580038017065'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115528580038017065'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2005/03/henry-miller-la-lectura-en-el-retrete.html' title='Henry Miller -La lectura en el retrete-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-114833800158305020</id><published>2004-11-15T15:27:00.000-08:00</published><updated>2006-08-11T08:53:43.556-07:00</updated><title type='text'>Daniel Pennac -Los Derechos del lector-</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Allá en el ya lejano 92, cuando &lt;strong&gt;Barcelona&lt;/strong&gt; paseaba la antorcha olímpica, y un servidor debía de estar finalizando el instituto (más que recuerdos de la época, lo que tengo son olvidos), la editorial &lt;strong&gt;Gallimard&lt;/strong&gt; lanzó a la palestra un breve libro que rápidamente fue reconocido por toda la crítica europea, el libro se titulaba “Como una novela” (&lt;em&gt;Comme un roman&lt;/em&gt;) y su autor era el francés &lt;strong&gt;Daniel Pennac&lt;/strong&gt;.¿Qué es lo que ofrecía aquel libro? Como una novela era un ensayo en el que se exponía como tesis principal el placer de la lectura (cuando se pronuncia la palabra ensayo algunos lectores se ponen a la defensiva, pero en este caso garantizo que hacerlo supondría perderse un buen libro).&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Dicen que los mayores avances de la ciencia presentan la facultad que son hermosamente simples -lo difícil es que a alguien se le ocurran-, algo así ocurre con este libro. En su experiencia como docente Pennac llegó a la conclusión que para hacer nuevos lectores no hay que obligar al niño a leer lecturas aburridas, sino contagiarle el amor por la lectura. ¿Por qué sino la mayoría de los lectores suelen haber tenido unos padres también lectores? A modo de conclusión, diriamos que tiene mucha más importancia entusiasmar al alumno para que comience a leer por puro placer, que pasarse todo un curso intentando calificarlo como buen o mal estudiante. Las conclusiones de &lt;strong&gt;Daniel Pennac&lt;/strong&gt; quedaron plasmadas en su conocido decálogo.&lt;br /&gt;Los Derechos imprescindibles del lector&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;1. El derecho a no leer.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;2. El derecho a saltarnos las páginas.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;3. El derecho a no terminar un libro.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;4. El derecho a releer.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;5. El derecho a leer cualquier cosa.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;6. El derecho al bovarismo (enfermedad de transmisión textual).&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;7. El derecho a leer en cualquier sitio.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;8. El derecho a hojear.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;9. El derecho a leer en voz alta.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;10. El derecho a callarnos.&lt;/strong&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-114833800158305020?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/114833800158305020'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/114833800158305020'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2004/11/daniel-pennac-los-derechos-del-lector.html' title='Daniel Pennac -Los Derechos del lector-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115528378406316396</id><published>2004-11-04T01:07:00.000-08:00</published><updated>2006-08-11T09:11:27.343-07:00</updated><title type='text'>Abel Posse -El callado triunfo de la novela-</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000066;"&gt;El callado triunfo de la novela&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Abel Posse&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La anual Feria del Libro de Buenos Aires estuvo dedicada a la novela. Durante quince dios críticos y creadores se preguntaron sobre la vida del genero literario más triunfante. ¿Cómo es posible que sobreviva algún género literario ante el tremendo impacto de la audiovisualdad desatada urbi et orbe? Cine, televisión, periodismo ilustrado, radio. Y sin embargo el libro, el laborioso libro, persiste. Hay un universo literario que demuestra su sólida permanencia pese a las estadísticas que demuestran la disminución cuantitativa de lectores En otras partes del mundo, con menos dificultades económicas, el libro se afirma y crece, como en España.Investigar el misterio nos fue pedido a muchos de los invitados. En general salve contadas excepciones, el novelista no se detiene demasiado a meditar sobre el género que ejercita. Todas la teorizaciones y preceptos quedan coros ante la inmensa complejidad de la “cocina" creadora de cualquier novelista Cada creador es una particularísima estética y las generaciones son más bien un una procedente ejercicio paraliterario era si es posible hablar de la ubica cien de la novela entre las costumbres de nuestro tiempo y tratar de indagar en su curiosa pervivencia.La audiovisualidad parecería haberle robado a la novela ciertos espacios inimaginables en el siglo XIX, el siglo que se considera como el novelístico por excelencia. De noche la gente no salía, sobre todo en invierno, y en cada familia burguesa había una niña lectora -generalmente solterona- que amenizaba la velada con el universo de Dickens, Balzac, Hugo, Flaubert, Teistoy. Manzoni, Galdos y los más leídos entonces: los mediocres cuyos nombres hoy ni recordamos. Hoy; entre el cine y la televisión ese hábitat de la novela parece desaparecido para siempre. La novela pasó a ser una relación intima entre el lector y el autor. Es un hecho personal.Este personalismo de la novela le otorga un poder muy especial. Entre el lector y el autor se crea una complicidad. Es más que la compinchería de dos viajeros de lo imaginarlo. Es una relación entre creadores. Ningún genero artístico salvo la poesía, permite semejante espacio de co-creación El autor emite signos, grandes orientaciones. sugerencias de conductas, pero todo esto se define en la mente del lector. Este hasta se permite introducir variaciones y cambios de acuerdo a su propia información e imaginación. El color rojo de la descripción se puede tornar escarlata o rosado (o mas lejos aún si el lector fuera daltónico). La cintura de Anna Karenina bien podria ser la de la prima de quien lee. Los atributos del jardinero de lady Chatlerley (pese al lamentable realismo del autor) cobra definición en cada lectora o lector, si es el caso.Cada lector crea una novela nueva. Una edición de cinco mil ejemplares de un mismo libro originará cinco mil novelas diferentes, cinco mil resultados diferentes. La novela-base escrita por el autor funcionará diferentemente en cada lector coautor.Género abiertoEn este sentido la conocida critica de Julio Cortázar hacia el presunto lector hembra (que quiere todo explicado, masticado y resuelto por el escritor) carece de contenido porque la novela es por esencia un género abierto y participativo. Ni el realista más minucioso y empedernido ni el lector-hembra más cumplido en caso de coincidir, podrían dejar de crear un hecho nuevo y distinto, esto es novedoso (que es lo que quiere decir la palabra "novela") Desde el realismo de Zola hasta el pesado artefacto francés que se llamo "objetivismo", lodos los intentos fracasaron en eso de quitarle su lugar de privilegio al lector. Fue éste, al fin de cuentes. quien decoro las espantosas tabernas zolianas y quien creó las verdaderas modificaciones de La modification.Mientras que en los sistemas narrativos audiovisuales se obliga al espectador a tragarse la ración de un solo golpe, imponiendo una rigurosa continuidad de relato, la novela no retiene. El lector puede irse y volver cuando quiera. Puede cerrar los ojos, pensar en otra cosa, hilvanar la al tima frase con otra parte del libro o con un recuerdo propio o con una digresión conceptual, temática o poética. Se puede deslizar por vericuetos y entrelíneas que el autor escritor ni pensó. El lector trama otro orden (o desordena el orden narrativo del autor). Aunque el autor, como Julio Cortázar en Rayuela, quiera dar otra vuelta de tuerce y crea poder prever otros órdenes posibles. Es inútil porque de todas maneras el lector lo hará sin pedir permiso. La palabra “público” tiene connotación de cantidad y de pasividad receptiva. Aunque se hable de público de la novela, es una Impropiedad. La novela no tiene publico, sólo tiene cómplices solitarios y siempre distintos.Es en el mundo de la audiovisualidad donde aparece ese Público hembra cortazariano. En el cine y la televisión todo está perfectamente definido la cantidad de la luz del atardecer, la cantidad de piel que se muestran los amantes, el tamaño y los decorados del salón, el sombrero de Anna Karenina y su cintura (que ya no será la de aquella prima de las siestas de lejanos veranos). Demasiado precisas esas dunas del afligido Lawrence en el desierto de Akava. En este caso hubo un solo creador, un autócrata que casi ocupó todos los espacios. El público hembra, pasivo, ha sido violado por la omnipresencia y la perfección del sistema visual. Se llevara todo -pero sólo- lo que el señor 'director' quiso dar.Pretender dar demasiado en el blanco, cubrir todo su espacio, puede hacernos perder el blanco Esto es algo que supieron y enseñaron los maestros del Zen. La audiovisualidad que pretende conquistar toda la narración, termina perdiendo la partida ante la fuerza de la complicidad lector-autor.Sin embargo cualquier escritor realista o costumbrista que sea novato podría desesperar de envidia ante el poder del cineasta que con dos pantallazos resuelve varios párrafos de tediosa descripción Pero deberla pensar que el triunfo de lo visual es bastante efímero. Tiene la plenitud cautivadora pero efímera de todo lo aparencial Hay algo de bidimensionalidad Faltan las proyecciones. Perspectivas y enriquecimientos de lo reflexivo. Vivimos siempre ante lo evidente v lo aparencial, tal vez en esto resida la debilidad de la narración visual, muy pocas escenas difieren de las que vemos siempre. Por esto olvidamos tan pronto. Cuando pasan los años los filma se desdibufan. Sólo nos quedan retazos, grandes escenas, algunos pocas estos inolvidables. Un viento de olvido se lleva miles y miles, kilómetros de celuloide, Es cama vida sin consistencia como existencia frívola que se aleja de nuestra mente para siempre. Pocas veces los seres de la pantallas dataron de ser bidimensionales y se tiraron espesor existencial. El índice de envejecimiento y mortalidad del cine es altísimo en comparación con la novela y la poesía, pese a que aquél sea un género de este siglo solamente.Máquina para crearLas novelas, incluso las malas, viven mucho tiempo en nuestro recuerdo, a veces en nuestro yo profundo. No se olvida lo que uno mismo ha creado o ayudado a perfeccionar. Sabemos cuándo y en qué momento de nuestra vida hemos leído o convivido alguna novela importante. Hemos trabajado para leer las tediosas parrafadas de Proust o los laberintos de Hermann Broch. Pasados los años llevamos sus universos como propios. Si tuvimos la paciencia y el trabajo de terminar la Recherche, para siempre nos llevaremos el inolvidable Paris de fin de siecle, todo un universo de seres que serán tan nuestros como lo fueron de Proust.Nos hemos ido de sus páginas. tal vez las hemos retomado meses o años después Nos hemos cansado, maravillado, disentido y consentido Hemos protestado, elogiado o renegado. Leer era crear, era vida. La novela era una maquina para crear. Su convivencia ha sido como un matrimonio discordia. delicia, fatiga, fruto.Tal vez lo dicho contribuya a aclarar la exitosa sobrevivencia de un género que muchos dieron por muerto cuando entró en su apogeo el cine, Se dijo que era un género decimonónico Pero se equivocaban: soportó raudamente la marea audiovisual y se asoma con renovado empuje al nuevo siglo. Gana espacios geográficos en continentes que están adoptando la novela como un importante medio de expresión, tal el caso de África y el auge en Asia, especialmente en China.En un mundo de sonora silencio audiovisual, de interesada desinformación politice ejercida a través de une lamentable subcultura de masas, la novela (y la palabra escrita) siguen siendo una garantía de libertad y democracia. La intima relación del autor con el lector crece y se fortalece sin estrépitos. Es una amistad, un acuerdo, un momento de sosiego, tal vez una subversión contra la mentira de esa "palabra pública" que obsesionaba a Kierkegaard.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115528378406316396?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115528378406316396'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115528378406316396'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2004/11/abel-posse-el-callado-triunfo-de-la.html' title='Abel Posse -El callado triunfo de la novela-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115527388110060956</id><published>2004-11-03T22:23:00.000-08:00</published><updated>2006-08-11T09:15:24.833-07:00</updated><title type='text'>Armando Pretrucci -El desorden de la lectura-</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;El desorden de la lectura por Armando Pretrucci&lt;/span&gt; &lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Guglielmo Cavallo, Roger Chartier en Historia de la Lectura en el mundo occidental&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De cuanto hemos dicho hasta el momento parece evidente que en el ámbito de las áreas culturalmente más avanzadas (EE UU y Europa) se va abriendo camino un modo de lectura de masas que algunos proponen expeditivamente que se defina como «posmoderno» y que se configura como «anárquico, egoísta y egocéntrico», basado en único imperativo: «leo lo que me parece».&lt;br /&gt;Como ya se ha dicho, esto se ha originado a causa de la crisis de las estructuras institucionales e ideológicas que hasta ahora habían sustentado el anterior «orden de la lectura», es decir, la escuela como pedagogía de la lectura dentro de un determinado repertorio de textos autoritarios; la Iglesia como divulgadora de la lectura orientada hacia fines piadosos y morales; y la cultura progresista y democrática que centraba en la lectura un valor absoluto para la formación del ciudadano ideal. Pero esto es también el fruto directo de una más potente alfabetización de masas, del acceso al libro de un número mucho más elevado de lectores que el de hace treinta o cincuenta años, de la crisis de oferta de la industria editorial respecto a una demanda caóticamente nueva en términos de gusto y en términos numéricos. Todos ellos son elementos que se parecen en gran medida a la crisis que ya atravesara la lectura como hábito social y el libro como instrumento de este hábito durante el siglo XVIII europeo; cuando nuevos lectores de masas plantearon nuevas demandas y la industria editorial no consiguió responder a sus crecientes necesidades más que de un modo incierto y con retraso; cuando las tradiciones divisiones entre los libros llamados «populares» y los libros de cultura se debilitaron para numerosos lectores burgueses y para algunos de los nuevos alfabetizados urbanos.&lt;br /&gt;Contrariamente a lo que sucedía en el pasado, hoy en día la lectura ya no es el principal instrumento de culturización que posee el hombre contemporáneo; ésta ha sido desbancada en la cultura de masas por la televisión, cuya difusión se ha realizado de un modo rápido y generalizado, en los últimos treinta años. En Estados Unidos, en 1955, el 78% de las familias tenían un televisor; en 1978 este porcentaje creció al 95% y en 1985 llegó al 98%. Al mismo tiempo, en la sociedad norteamericana disminuía el número de periódicos: en 1910 había más de 2.500, que descendieron a 1.750 en 1945 y a 1.676 en 1985. La situación europea y la japonesa son, desde este punto de vista, similares a la estadounidense, aunque no se presentan con las mismas características. En general, se puede afirmar con seguridad que hoy día en todo el mundo el papel de información y de formación de las masas, que durante algunos siglos fue propio de la producción editorial, y, por tanto «para leer», ha pasado a los medios audiovisuales, es decir, a los medios para escuchar y ver, como su propio nombre indica.&lt;br /&gt;Por primera vez, pues, el libro y la restante producción editorial encuentran que tienen una función con un público, real y potencial, que se alimenta de otras experiencias informativas y que ha adquirido otros medios de culturización, como los audiovisuales; que está habituado a leer mensajes en movimiento; que en muchos casos escribe y lee mensajes realizados con procedimientos electrónicos (ordenador, máquina de vídeo o fax); que además, está acostumbrado a culturizarse a través de procesos e instrumentos costosos y muy sofisticados; y a dominarlos, o a usarlos, de formas completamente diferentes a los que se utilizan para llevar a cabo un proceso normal de lectura. Las nuevas prácticas de lectura de los nuevos lectores deben convivir con esta auténtica revolución de los comportamientos culturales de las masas y no pueden dejar de estar influenciados.&lt;br /&gt;Como es sabido, el uso del mando a distancia del televisor ha proporcionado al espectador la posibilidad de cambiar instantáneamente de canal, pasando de una película a un debate, de un concurso a las noticias, de un anuncio publicitario de una telenovela, etc., en una vertiginosa sucesión de imágenes y episodios. De un hábito de estas características nacen en el desorden no programado del vídeo nuevos espectáculos individuales realizados con fragmentos no homogéneos que se superponen entre ellos. El telespectador es el único autor de cada uno de estos espectáculos, ninguno de los cuales se incluye en el cuadro de una cultura orgánica y coherente de la televisión, pues, efectivamente, son a la vez actos de dependencia y actos de rechazo y constituyen en ambos casos el resultado de situaciones de total desculturización, por una parte y de original creación cultural, por otra. El zapping (nombre angloamericano de esta costumbre) es un instrumento individual de consumo y de creación audiovisual absolutamente nuevo. A través del mismo, el consumidor de cultura mediática se ha habituado a recibir un mensaje construido con mensajes no homogéneos y, sobre todo, se le juzga desde una perspectiva racional y tradicional, carente de «sentido»; pero se trata de un mensaje que necesita de un mínimo de atención para que se siga y se disfrute y de un máximo de tensión y de participación lúdica para ser creado.&lt;br /&gt;Esta práctica mediática, cada vez más difundida, supone exactamente lo contrario de la lectura entendida en sentido tradicional, lineal y progresiva; mientras que está muy cercana a la lectura en diagonal, interrumpida, a veces rápida y a veces lenta, como es la de los lectores desculturizados. Por otra parte, es verdad que el telespectador creativo es en general también capaz de seguir, sin perder el hilo de la historia, los grandes y largos enredos de las telenovelas, que son las nuevas compilaciones épicas de nuestro tiempo, síntesis enciclopédicas de la vida consumista, cada una de ellas puede corresponder a una novela de mil páginas o a los grandes poemas del pasado de doce o más libros cada uno.&lt;br /&gt;El hábito del zapping y la larga duración de las telenovelas han forjado potenciales lectores que no sólo no tienen un «canon» ni un «orden de lectura», sino que ni siquiera han adquirido el respeto, tradicional en el lector de libros, por el orden del texto, que tiene un principio y un final y que se lee según una secuencia establecida por otros; por otra parte, estos lectores son también capaces de seguir una larguísima serie de acontecimientos, con tal de que contenga las características del hiperrealismo mítico, que son propias de la ficción narrativa de tipo «popular».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LOS MODOS DE LEER&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El orden tradicional de la lectura consistía (y consiste) no sólo en un repertorio único y jerarquizado de textos legibles y «leyendas», sino también en determinadas liturgias del comportamiento de los lectores y del uso de los libros, que necesitan ambientes convenientemente preparados e instrumentos y equipos especiales. En la milenaria historia de la lectura siempre se han contrapuesto las prácticas de utilización del libro rígidas, profesionales y organizadas con las prácticas libres, independientes y no reglamentadas. En Europa, durante los siglos XIII y XIV, por ejemplo, la lectura de los profesionales de la cultura escrita, rodeados de libros, atriles y otros instrumentos, se oponían a las libres experiencias de lectura del mundo cortés y a las que carecían de disciplina y de reglas del «pueblo» burgués de lengua vulgar.&lt;br /&gt;Mientras ha durado, el orden de la lectura imperante dictaba incluso a la civilización contemporánea algunas reglas sobre los modos en que debía realizarse la operación de la lectura y los comportamientos de los lectores; esas reglas descienden directamente de las prácticas didácticas de la pedagogía moderna y han encontrado una puntual aplicación en la escuela burguesa, institucionalizada entre los siglos XIX y XX. Según tales reglas, se debe leer sentado manteniendo la espalda recta, con los brazos apoyados en la mesa, con el libro delante, etc.; además, hay que leer con la máxima concentración, sin realizar movimiento ni ruido alguno, sin molestar a los demás y sin ocupar un espacio excesivo; asimismo, se debe leer de un modo ordenado respetando la estructura de las diferentes partes del texto y pasando las páginas cuidadosamente, sin doblar el libro, deteriorarlo ni maltratarlo. Sobre la base de estos principios se proyectaron las salas de lectura de las public libraries anglosajonas, lugares sagrados para la lectura «de todos», y que en consecuencia resultan prácticamente idénticas a las salas de lectura tradicionales de las bibliotecas dedicadas al estudio, al trabajo y a la investigación.&lt;br /&gt;La lectura, teniendo como base estos principios y estos modelos, es una actividad seria y disciplinada, que exige esfuerzo y atención, que se realiza con frecuencia en común, siempre en silencio, según unas rígidas normas del comportamiento: los demás modos de leer, cuando lo hacemos a solas, en algún lugar de nuestra casa, en total libertad, son conocidos y admitidos como modos secundarios, se toleran de mala gana y se consideran potencialmente subversivos, ya que comportan actitudes de escaso respeto hacia los textos que forman parte del «canon» y que, por tanto, son dignos de veneración.&lt;br /&gt;Según una investigación llevada a cabo por Piero Innocenti sobre un grupo de lectores italianos completamente casual, todos ellos de cultura media-alta, los hábitos de lectura de los italianos, al menos en niveles de edad y clase social documentados, son más bien tradicionales. Sobre ochenta entrevistados, sólo algunos desean leer al aire libre; doce de ellos señalan de prefieren leer sentados ante una mesa o un escritorio; y cuatro indican también la biblioteca como lugar de lectura. De todos modos, el espacio favorito es la casa y dentro de ella su habitación (el que la tiene), mientras que la forma de leer varía entre la cama y el sillón; la mayoría considera el tren como un óptimo lugar para la lectura, prácticamente equivalente al sillón casero. Sustancialmente se trata de respuestas que remiten a un código del comportamiento que aún está vigente desde los siglos XIX y XX, vinculado a unas costumbres (con excepción del tren) que se establecieron hace algunos siglos en la Europa moderna y que básicamente carece de novedades relevantes.&lt;br /&gt;El convencionalismo y el tradicionalismo de los hábitos de lectura de los entrevistados de esta investigación provienen tanto del elevado grado de cultura, como de la clase social, la edad y del hecho de que se trata de europeos culturizados. En este sentido, no es casual que la única joven del grupo de menos de veinte años de edad y que sólo tenía estudios primarios ha mostrado preferencias y hábitos claramente opuestas a los de los demás, y entre las maneras de leer ha señalado también la de extenderse en el suelo sobre una alfombra.&lt;br /&gt;Ya se ha apuntado el hecho de que los jóvenes de menos de veinte años de edad representan potencialmente a un público que rechaza cualquier clase de canon y que prefiere elegir anárquicamente. En realidad, rechazan también las reglas de comportamiento que todo canon incluye. Como se ha escrito recientemente, «los jóvenes afirman que leen de todo, siempre y en cualquier lugar. El tebeo tiene esta característica, que se adapta a todos los ambientes...»&lt;br /&gt;La impresión que se tiene cuando se frecuentan los lugares de estudios superiores en Estados Unidos y en especial algunas bibliotecas universitarias (si es que una experiencia personal y casual puede asumir un significado general) es que los jóvenes lectores están cambiando, como en todos los países, las reglas del comportamiento de la lectura que hasta ahora han condicionado rígidamente este hábito. Y esto se advierte en las bibliotecas, lo cual es aún más importante para el observador europeo, porque significa que el modelo tradicional ya no tiene validez ni siquiera en el lugar de su consagración, que en otros tiempos fue triunfal.&lt;br /&gt;¿Cómo se configura el nuevo modus legendi que representan los jóvenes lectores?&lt;br /&gt;Éste comporta, sobre todo, una disposición del cuerpo totalmente libre e individual, se puede leer estando tumbado en el suelo, apoyados en una pared, sentados debajo de las mesas de estudio, poniendo los pies encima de la mesa (éste es el estereotipo más antiguo y conocido), etc. En segundo lugar, los «nuevos lectores» rechazan casi en su totalidad o los utilizan de manera poco común o imprevista los soportes habituales de la operación de la lectura: la mesa, el asiento, y el escritorio. Pues ellos raramente apoyan en el mueble el libro abierto, sino que más bien tienden a usar estos soportes como apoyo para el cuerpo, las piernas y los brazos, con un infinito repertorio de interpretaciones diferentes de las situaciones físicas de la lectura. Así pues, el nuevo modus legendi comprende asimismo una relación física con el libro intensa y directa, mucho más que en los modos tradicionales. El libro está enormemente manipulado, lo doblan, lo retuercen, lo transportan de un lado a otro, lo hacen suyo por medio de un uso frecuente, prolongado y violento, típico de una relación con el libro que no de lectura y aprendizaje, sino de consumo.&lt;br /&gt;El nuevo modo de leer influye en el papel social y en la presentación del libro en la sociedad contemporánea, contribuyendo a modificarlo con respecto al pasado más próximo, como es fácil constatar si examinamos las modalidades de conservación. Según las reglas de comportamiento tradicionales, el libro debía -y debería- ser conservado en el lugar adecuado, como la biblioteca, o dentro de ambientes privados en muebles específicos, como librerías, estanterías, armarios, etc. Sin embargo, actualmente el libro en una casa (incluso ahora también en las bibliotecas en donde los materiales de consulta yo no son sólo los libros) convive con un número de objetos diferentes de información y de formación electrónicos y con abundantes gadgets tecnológicos o puramente simbólicos que decoran los ambientes juveniles y que caracterizan su estilo de vida. Entre estos objetos el libro es el menos caro, el más manipulable (podemos escribir en él, ilustrarlo, etc.) y el que más se puede deteriorar. Las modalidades de su conservación están en estrecha relación con las de su utilización: si éstas son casuales, originales y libres, el libro carecerá de un lugar establecido y de una colocación segura. Hasta que los libros son conservados, se encontrará entre los demás objetos y con los otros elementos de un tipo de mobiliario muy variado y sigue su misma suerte que es, en gran medida, inexorablemente efímera.&lt;br /&gt;Todo ello termina por tener a su vez algún reflejo en los hábitos de lectura, en el sentido de que la breve conservación y la ausencia de una colocación concreta y, por tanto, de una localización segura, hacen difícil, incluso imposible una operación que se repetía en el pasado: la de la relectura de una obra ya leída, y que derivaba estrechamente de una concepción del libro como un texto para reflexionar, aprender, respetar y recordar; muy diferente al concepto actual de libro como puro y simple objeto de uso instantáneo, para consumir, perder o inclusive tirarlo en cuanto se ha leído.&lt;br /&gt;Hace ya algún tiempo Hans Magnus Enzensberger, después de haber afirmado perentoriamente que «la lectura es un acto anárquico», reivindicaba la absoluta libertad del lector, contra el autoritarismo de la tradición crítico-interpretativa:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lector tiene siempre razón y nadie le puede arrebatar la libertad de hacer de un texto el uso que quiera;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;y continúa:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Forma parte de esta libertad hojear el libro por cualquier parte, saltarse pasajes completos, leer las frases al revés, alterarlas, reelaborarlas, continuar entrelazándolas y mejorándolas con todas las posibles asociaciones, recabar del texto conclusiones que el texto ignora, enfadarse y alegrarse con él, olvidarlo, plagiarlo, y, en un momento dado, tirar el libro en cualquier rincón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tomado de:&lt;br /&gt;http://www.lander.es/~lmisa/histlect3.html&lt;br /&gt;De la página de Luis Misa&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115527388110060956?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115527388110060956'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115527388110060956'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2004/11/armando-pretrucci-el-desorden-de-la.html' title='Armando Pretrucci -El desorden de la lectura-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115531357609803500</id><published>2004-08-01T09:24:00.000-07:00</published><updated>2006-08-11T09:26:16.266-07:00</updated><title type='text'>Jesper Senbro -La invención de la lectura silenciosa-</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;LA INVENCIÓN DE LA LECTURA SILENCIOSA&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Por Jesper Svenbro&lt;/strong&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;En su artículo «Silent Reading in Antiquity» (1968), Bernard Knox cita dos textos del siglo V a.C. que parecen demostrar que los griegos -o para ser más precisos, algunos de ellos- practicaban la lectura silenciosa, y que en la época de la guerra del Peloponeso, los poetas dramáticos podían contar con una familiaridad de su público con ella. El primero de esos textos era un pasaje del Hipólito de Eurípides, que data del 428 a.C. Teseo ve la tablilla de escritura que pendía de la mano de Fedra, y se pregunta qué era lo que le podía anunciar. Rompe el sello. El coro interviene para cantar su inquietud, hasta que le interrumpe Teseo, exclamando: «¡Ay! ¿Qué desgracia intolerable, indecible, vendrá a añadirse a la desgracia? ¡Infortunado de mí! A petición del coro, revelará después el contenido de la tablilla, no leyéndola en voz alta, sino resumiendo su contenido. La había leído claramente en silencio, durante el canto del coro.&lt;br /&gt;El segundo texto de Knox es un pasaje de Los caballeros de Aristóteles, fechado en 424 a.C. Se trataba de la lectura de un oráculo escrito, que Nicias logró robarle a Paflagón: «Déjamelo para que lo lea», le dice Demóstenes a Nicias, quien le escanciaba una primera copa de vino y le pregunta: «¿Qué dice el oráculo?» A lo que Demóstenes, absorto en su lectura, le replica: «¡Lléname otra copa!» «¿De veras dice que te llene otra copa?», le pregunta entonces Nicias, creyendo que se trataba de una lectura en voz alta hecha por Demóstenes. Esa broma se repite y se amplía en los versos siguientes, hasta que Demóstenes le revela a Nicias: «Aquí dentro se dice cómo va a parecer el propio Paflagón». Le ofrece luego un resumen del oráculo. No lo lee: lo ha hecho ya, en silencio. Ese pasaje nos presenta a un lector que tenía la costumbre de leer para sus adentros (y que hasta sabía hacerlo y pedir de beber al mismo tiempo...) junto a un oyente que no parecía acostumbrado a esa práctica sino que toma las palabras pronunciadas por el lector por palabras leídas, cuando en realidad no lo eran.&lt;br /&gt;La escena de Los caballeros es especialmente instructiva, por menos de entrada, porque indica que la práctica de la lectura silenciosa no era una cosa conocida por todos en 424 (Platón tenía entonces cinco años), aunque se daba por supuesto que el público de la comedia la conocía. Era una práctica reservada a un número limitado de lectores, y sin duda desconocida por buen número de griegos, sobre todo -cabe pensar- por los analfabetos, que no conocían la escritura más que «desde fuera». Además, conviene recordar que los dos documentos citados eran de procedencia ateniense; en lugares como Esparta, donde se esforzaban por limitar la enseñanza de las letras a «lo estrictamente necesario», la lectura silenciosa debió ser todavía menos susceptible de ser conocida, y menos practicada. Para el lector que leía poco y de manera esporádica era probable que el desciframiento lento y a tientas de lo escrito no engendraría la necesidad de una interiorización de la voz, ya que la voz era precisamente el instrumento mediante el cual la secuencia gráfica era reconocida como lenguaje. Ya hemos visto que la sonorización de lo escrito se programaba, negativamente, mediante la ausencia de intervalos. Y si esa sonorización era un valor en sí, ¿por qué s iba a sentir la necesidad de abandonar la scriptio continua, obstáculo técnico al desarrollo de la lectura silenciosa?&lt;br /&gt;Porque la ausencia de intervalos era un obstáculo, y lo siguió siendo. Pero no fue un obstáculo insalvable, como cabría creerlo partiendo de la experiencia medieval, en la cual, según Paul Saenger, la word division fue una condición necesaria para que pudiera difundirse la lectura silenciosa, practicada por monjes que copiaban textos en silencio. Porque, como acabamos de comprobar, los griegos parecen haber sabido leer en silencio, aun conservando la scriptio continua. Como sugiere Knox, el manejo frecuente de grandes cantidades de texto abrió la posibilidad de una lectura silenciosa en la Antigüedad, silenciosa y, por tanto, rápida. En el siglo V a.C. es verosímil que Heródoto abandonase la lectura en alta voz en el transcurso de su labor de historiador; y, ya en la segunda mitad del siglo VI, quienes en Atenas bajo los pisistrátidas se ocuparon del texto homérico con miras así filológicas -como pudo hacerlos el poeta Simónides- tuvieron sin duda la ocasión de aplicar esa técnica. Técnica reservada a una minoría, claro está, pero una minoría importante en la que se hallaban desde luego los poetas dramáticos.&lt;br /&gt;La introducción del intervalo no bastó para generalizar la lectura silenciosa en la Edad Media. Fue preciso algo más que esa innovación técnica llevada a cabo ya en el siglo VII de nuestra era. Fueron precisas las exigencias de la ciencia escolástica para que las ventajas de la lectura silenciosa -rapidez, inteligibilidad- fueran descubiertas y explotadas en gran escala. Efectivamente, fue en el seno de la ciencia escolástica donde pudo «cuajar» la lectura silenciosa, si bien permaneció prácticamente desconocida en el resto de la sociedad medieval. Y del mismo modo -digo yo- el manejo de grandes cantidades de textos no sería un factor suficiente para que la lectura silenciosa «cuajase» a lo largo del siglo V a.C. en determinados círculos de la Grecia antigua. La lectura extensiva parece más bien ser fruto de una innovación cualitativa en la actitud respecto de lo escrito. Fruto de todo un contexto mental, nuevo y poderoso, capaz de reestructurar las categorías de la lectura tradicional. Porque no cabe que la lectura silenciosa fuese estructurada solamente por el hecho cuantitativo: verdad es que el propio Knox no cita más que a autores postclásicos -por ejemplo, el muy erudito Dídimo de Alejandría, autor de varios millares de libros- cuando quiere evocar las dilatadas lecturas de los clásicos. Puede serlo, en cambio, mediante la experiencia del teatro. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115531357609803500?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115531357609803500'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115531357609803500'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2004/08/jesper-senbro-la-invencin-de-la.html' title='Jesper Senbro -La invención de la lectura silenciosa-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115527431547913088</id><published>2004-07-25T22:29:00.000-07:00</published><updated>2006-08-11T08:13:49.490-07:00</updated><title type='text'>Marcos Taracido -De silencios y explosiones-</title><content type='html'>&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;El entomólogo&lt;br /&gt;Crónicas leves&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000066;"&gt;De silencios y explosiones &lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#000000;"&gt;Marcos Taracido&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000066;"&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;San Agustín escribe en sus Confesiones refiriéndose a San Ambrosio:&lt;br /&gt;Cuando leía sus ojos recorrían las páginas y su corazón entendía su mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietas. A menudo me hacía yo presente donde él leía, pues el acceso a él no estaba vedado ni era costumbre avisarle la llegada de los visitantes. Yo permanecía largo rato sentado y en silencio: pues, ¿quién se atrevería a interrumpir la lectura de un hombre tan ocupado para echarle encima un peso más? Y después me retiraba, pensando que para él era precioso ese tiempo dedicado al cultivo de su espíritu lejos del barullo de los negocios ajenos y que no le gustaría ser distraído de su lectura a otras cosas. Y acaso también para evitar el apuro de tener que explicar a algún oyente atento y suspenso, si leía en alta voz, algún punto especialmente oscuro, teniendo así que discutir sobre cuestiones difíciles; con eso restaría tiempo al examen de las cuestiones que quería estudiar. Otra razón tenía además para leer en silencio: que fácilmente se le apagaba la voz. Mas cualquiera que haya sido su razón para leer en silencio, buena tenía que ser en un hombre como él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este pasaje es una joya de la cultura, uno de esos momentos mágicos en los que asistimos a una revelación: la lectura se hacía siempre en voz alta y sólo extrañas razones podían llevar a alguien a pensar el texto prescindiendo de su tacto sonoro. Y no es hasta bien entrado el siglo X que la lectura silenciosa se generaliza en occidente. La confesión de San Agustín nos ilumina: observa al santo con la pasión de un entomólogo desmenuzando cada nuevo movimiento del ser que tanto ansía conocer; sabe que lee, pero sus labios permanecen sellados. Su sorpresa, su descubrimiento, forma parte de la antología de momentos que por no poder ser repetidos —pues su propia iluminación apaga la posibilidad de reencontrarlos— se incrustan en la corteza del cerebro y ya nunca se diluyen.El de Hipona sorprende a otro en la lectura sin voz y se sorprende por ello, pero el gallego Jacinto Villalobos le escribe al poeta colombiano Hernando Domínguez Camargo (c. 1700):&lt;br /&gt;Note, amigo Camargo, que aunque ya escribo, como viene sabiendo, algunos versos, no ha mucho que estoy en esto de las letras, que no fue sino con los libros del sobrino del maestrazgo y con las cartas de voacé que aprendí a leer y a escrebir no ha más de 2 años. Y vengo estos últimos días de no dar descanso al asombro por algo que me acaeció leyendo una carta de vuecencia. Es el caso que tenía leídas las más de las hojas cuando sin dar crédito noté que estaba entendiendo las letras todas sin escucharlas de mi propia voz, pero que otra voz sí la escuchaba dentro de mi cabeza leyendo las letras, que era voz mía, pero sin cuerpo ni sonido. En acabando la carta cogí otros libros, y los poemas de Garcilaso y algunos de mi paisano Francisco de Trillo y Figueroa y todos los leí dentro de la cabeza, con los labios cerrados como presa de molino. Y aunque ahora ya sé que son muchos notables los que así leen y han leído siempre, tengo para mí como maravilla que este humilde aprendiz de poeta leer cerrando al boca y abriendo el cogote.&lt;br /&gt;Jacinto Villalobos ya no pudo encontrar jamás ese momento en que descubrió que podía leer en silencio, igual que Roon Grebelek tampoco sentiría más esa emoción nerviosa y cósmica que le cubrió el cuerpo cuando encontró el Tractatus mirabilia del Fisiólogo.Sin embargo tenemos suerte: todos gozamos de esas pequeñas grandes explosiones que revientan en nuestro cerebro y se expanden, y que aunque pasan a habitarnos nunca vuelven a activarse más que en nuestro recuerdo*:&lt;br /&gt;Sólo una vez su cuerpo suave y sin mis huellas. Solo una vez ET sobre mis lágrimas. Sólo sus versos una vez como una gota helada sobre el fuego. Sólo su Requiem en voces elevadas una vez sólo en mis oídos; y claro, sólo un vez ese momento millones de veces repetido en las matrices, pero sólo una su cabeza que emerge y la sonrisa.&lt;br /&gt;*Perdón por lo que sigue, pero hay algunas cosas que sólo no le suenan ridículas al que las escribe si lo hace de determinado modo; insisto: al que las escribe.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115527431547913088?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115527431547913088'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115527431547913088'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2004/07/marcos-taracido-de-silencios-y.html' title='Marcos Taracido -De silencios y explosiones-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115531340017730987</id><published>2004-07-04T09:21:00.000-07:00</published><updated>2006-08-11T09:23:20.286-07:00</updated><title type='text'>Vanesa Torres -Leer: ese íntimo placer de ayer, hoy y siempre-</title><content type='html'>&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000066;"&gt;Leer: ese íntimo placer de ayer, hoy y siempre&lt;/span&gt; &lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Vanesa Torres &lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;“Adopta la postura más cómoda: sentado, tumbado, aovillado, acostado. Acostado de espaldas, de lado, boca abajo. En un sillón, en el sofá, en la mecedora, en la tumbona, en el puf. En la hamaca, sin tienes una hamaca. Sobre la cama, naturalmente, o dentro de la cama. También puedes ponerte cabeza abajo, en postura de yoga. Con el libro invertido, claro”, estas son algunas de las posibilidades que nos sugiere Italo Calvino en su libro recientemente editado "Si una noche de invierno un viajero".&lt;br /&gt;Y sin embargo, leer es el consumo más económico que existe ya que no prevee de antemano posiciones, ni espacios, ni tiempos determinados. Todo es posible a la hora de la lectura. Cuando un libro te interesa, y el deseo de recorrer sus páginas se torna una cuestión de " vida o muerte", nada ni nadie se interpondrán en la empresa perseguida. El encuentro, tarde o temprano, entre el libro y el lector, siempre tiene lugar.&lt;br /&gt;El soporte poco importa si estás dispuesto a disfrutar de tamaño evento. En la pantalla de tu computadora o en una vieja edición impresa, si aquello que buscabas llega a tus manos, lo leerás con entusiasmo sin demasiados escrúpulos en cuanto a su presentación. ¿Acaso el lector se enoja por cuestiones tipográficas, de solapa, de diseño o de dedicatorias?. Un buen lector no se preocupará ante tales cuestiones secundarias. Un buen lector sólo se ocupará en la lectura, y el resto es sólo valor agregado.&lt;br /&gt;En otros siglos se leía de pie, ante un atril. En otros tiempos leer constituía una tarea sagrada a la que se dedicaba largas horas del día. La escritura acompaña las culturas del hombre desde tiempos inmemoriables. Al escribir construimos sentido histórico y registramos hechos pasados en símbolos. Decodificarlos, presupone que el lenguaje narrativo es efectivo. Un lector no se encuentra con un autor ni con un libro cuando lee, sino con la más trascendental de todas las invenciones tecnológicas humanas: la escritura.&lt;br /&gt;Ninguna postura corporal, ningún formato de presentación, ningún tiempo ni espacio físico, ninguna lengua, ninguna ley o acontecimiento social, impedirán que entre el lector y el escritor existan abismos. Todo es franqueable si ese amoroso encuentro logra concretarse. Y allí, en la intimidad, el universo es otro. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115531340017730987?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115531340017730987'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115531340017730987'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2004/07/vanesa-torres-leer-ese-ntimo-placer-de.html' title='Vanesa Torres -Leer: ese íntimo placer de ayer, hoy y siempre-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115530000631329390</id><published>2004-05-05T05:36:00.000-07:00</published><updated>2006-08-11T08:56:34.656-07:00</updated><title type='text'>Voltaire -Del horrible peligro de la lectura-</title><content type='html'>&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000066;"&gt;Del horrible peligro de la lectura&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Voltaire&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Traducción de Malika Embarek López&lt;br /&gt;Revista Saltana&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Nos, Yúsuf Cheribi, por la gracia de Dios, muftí del santo imperio otomano, luz de las luces, elegido entre los elegidos, a todos los fieles que la presente vean, necedad y bendición.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Como fuera que Saíd Effendi, antiguo embajador de la Sublime Puerta ante un pequeño Estado denominado Frankrom, situado entre España e Italia, introdujo entre nosotros el uso pernicioso de la imprenta, y, habiendo consultado acerca de esta novedad a nuestros venerables hermanos, los cadíes e imanes de la ciudad imperial de Estanbul, y sobre todo a los alfaquíes conocidos por su celo contra el ejercicio de la razón, ha parecido oportuno a Mahoma y a Nos condenar, proscribir y anatemizar el mencionado invento infernal de la imprenta por las causas que a continuación se enumeran.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;1º Esa facilidad para comunicar los pensamientos tiende evidentemente a disipar la ignorancia, que es custodia y salvaguardia de los Estados civilizados.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;2º Es de temer que entre los libros traídos de Occidente se hallen algunos que versen sobre la agricultura y sobre los medios de perfeccionar las artes mecánicas, obras éstas que a la larga podrían (Dios nos libre) despertar el genio de nuestros cultivadores y de nuestros manufactureros, mejorar sus habilidades, aumentar sus riquezas e inspirarles algún día la elevación del alma y cierto amor por el bien público, sentimientos absolutamente opuestos a la sana doctrina.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;3º Ocurriría a la larga que tendríamos unos libros de historia desligados del ámbito de lo maravilloso, que es lo que mantiene a la nación en una feliz estupidez; esos mismos libros otorgarían la desvergüenza de impartir justicia sobre las buenas y malas acciones, y aconsejarían la equidad y el amor por la patria, extremos ambos visiblemente opuestos a los derechos que imperan en esta nuestra plaza.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;4º Podría ocurrir, con la sucesión de los tiempos, que unos miserables filósofos, amparados en el pretexto seductor, mas punible, de iluminar a los hombres y hacerlos mejores, llegasen a enseñarnos unas virtudes peligrosas de las que el pueblo no debe jamás tener conocimiento.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;5º Podrían, al acrecentar el respeto que sienten por Dios e imprimir escandalosamente sobre papel que Él llena todo con su presencia, disminuir el número de peregrinos a La Meca, con gran perjuicio de la salvación de las almas.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;6º Ocurriría, sin duda, que, de tanto leer a los autores occidentales que trataron en sus escritos de las enfermedades contagiosas y de la manera de prevenirlas, fuésemos lo suficientemente desafortunados como para preservarnos de la peste, lo que constituiría un grave atentado a los designios de la Providencia.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Por estas y otras causas, en nombre de la edificación de los fieles y del bienestar de sus almas, les prohibimos que lean jamás ningún libro, so pena de condena eterna. Y, por miedo a que la tentación diabólica les dé por instruirse, prohibimos asimismo a los padres y madres que enseñen a leer a sus hijos. Y, para evitar cualquier infracción de nuestra ordenanza, les prohibimos expresamente que piensen, bajo las mismas penas, instando a los verdaderos creyentes a denunciar ante nuestras autoridades a cualquiera que pronuncie cuatro frases unidas entre sí, de las que se pueda inferir un sentido claro y preciso. Ordenamos, pues, que en todas las conversaciones se utilicen términos que no signifiquen nada, según la antigua usanza de la Sublime Puerta.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Y, para impedir que ingrese de contrabando algún pensamiento en la sagrada ciudad imperial, encomendamos especialmente esta tarea al primer médico de Su Alteza, nacido en una marisma del Occidente septentrional, médico que, habiendo ya matado a cuatro personas augustas de la familia otomana, es el principal interesado en prevenir cualquier entrada de conocimientos en el país, otorgándole el poder, por la presente, de secuestrar cualquier idea que se presente por medio de escrito o de boca ante las puertas de la ciudad, y de conducir a dicha idea ante Nos, atada de pies y manos, para que le inflijamos el castigo que se nos antoje.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Dada en nuestro palacio de la Estulticia, en el séptimo día de la luna de muharram del año 1143 de la Hégira.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-115530000631329390?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115530000631329390'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/115530000631329390'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2004/05/voltaire-del-horrible-peligro-de-la.html' title='Voltaire -Del horrible peligro de la lectura-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-114833863919151962</id><published>2004-04-25T15:48:00.000-07:00</published><updated>2006-08-11T08:29:38.716-07:00</updated><title type='text'>Bill Watterson -El peligro de leer-</title><content type='html'>De Calvin &amp;amp; Hobbes, la divertida tira humorística de &lt;a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Bill_Watterson"&gt;Bill Watterson&lt;/a&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img alt="Calvin y Hobbes" hspace="10" src="http://i3.photobucket.com/albums/y89/daniladiav/Humor-CalvinyHobbes-Leer-.jpg" width="400" align="center" vspace="15" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Copio y traduzco el diálogo, porque no se ve demasiado bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Calvin&lt;/strong&gt;: Me he leído el libro de la biblioteca que me cogiste.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Madre&lt;/strong&gt;: ¿Y qué te ha parecido?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Calvin&lt;/strong&gt;: Realmente me ha hecho ver las cosas de otra manera. Me ha dado mucho en lo que pensar.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Madre&lt;/strong&gt;: Me alegro que lo disfrutases.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Calvin&lt;/strong&gt;: Me está complicando la vida. No me cojas ninguno más.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/28563906-114833863919151962?l=lecturaspeligrosas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/114833863919151962'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/28563906/posts/default/114833863919151962'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lecturaspeligrosas.blogspot.com/2004/04/bill-watterson-el-peligro-de-leer.html' title='Bill Watterson -El peligro de leer-'/><author><name>Beppo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-28563906.post-115530219146059759</id><published>2004-04-11T06:07:00.000-07:00</published><updated>2006-08-11T06:16:31.490-07:00</updated><title type='text'>Willam B. Warner -Staging readers reading-</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt; Staging Readers Reading&lt;br /&gt;William B. Warner&lt;br /&gt;UC/ Santa Barbara&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The rise of the novel narrative, as perfected by Ian Watt in 1957, and extended by many other literary histories in the years since, is not "wrong," but it is biased and incomplete. Why is this so? First of all, Watt's classic account places the novel within a progressive narrative, which assumes that the modern era has discovered increasingly powerful writing technologies for representing reality: he calls this "formal realism" and links it to another focus of modernist triumphant narratives: the bourgeois invention of a complex and deep self. Secondly, the rise of the novel narrative is vitiated by the fact that its essential aim is to legitimize the novel as a form of literature. Thus the rise of the novel narrative demonstrates that the technology of realism enabled prose narratives about love and adventure, which large numbers of readers had begun to read for entertainment by the second half of the 17th century, to rise into a form of literature every bit as valuable and important as the established literary types of poetry, epic and drama. Thirdly, and this follows from the first two, the use of the definite article in the phrase "rise of the novel" turns novelness into a fugitive essence every particular novel strives to realize. What has been the effect of this narrative? It has ratified the project of the novel's moral and aesthetic elevation undertaken by novelists from Richardson, Fielding, Prevost and Rousseau to Flaubert, (Henry) James, Joyce and Woolf. But it has also impoverished our sense of what the novel is, first by taking novel criticism into interminable and tendentious debates about what realism really is, and second by making it our business to be guardians of the boundary between the "truly" novelistic and the "merely" fictional. We need a more historically rigorous and culturally inclusive conception of what the novel is and has been. My recent book, Licensing Entertainment aims to contribute to such a project. There, I document the development of the rise of the novel narrative within a long literary historical tradition that begins with Clara Reeve (1785) and John Dunlop (1814) and extends through many of the literary histories before Watt (including Scott, Hazlitt, Taine, Saintsbury, ). At the same time I have articulated my critical differences from Watt and many more recent critics who have sought to update or revise that narrative. (Licensing Entertainment, 1-44)&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;To develop a more inclusive understanding of early modern novel reading and to grasp novels at their highest level of generality, it is useful to compare the novel to that other successful offspring of the cultures of print, the newspaper. A newspaper is not just an unbound folio sheet printed with ads and news. It evolved within a social practice of reading, drinking (usually coffee or tea) and conversation; it required the development of the idea of "the world" as a plenum of more or less remote, more or less strange things--events, disasters, commodities--translated into print and worthy of our daily attention. The idea of the modern may be the effect of this media-assisted mutation in our way of taking in the world. This intricate marriage of print form and social practice has survived to this day as "reading the paper." In an analogous fashion the institution of novel reading requires a distinct mutation of both print forms and reading practices. While the printing of books devoted to prestigious cultural activities (like religion, law, natural philosophy) began in the 15th century and gained momentum in the 16th century, it was not until the later 17th century that short novels helped to shift the practices of reading so that novels could become a mode of entertainment. Several factors helped promote novel reading for entertainment: lower printing costs; an infrastructure of booksellers, printers and means of transport; a critical mass of readers of vernacular writing; and the opportunistic exploitation of the new vogue for reading novels (usually in octavo or duodecimo format) by generations of printers and booksellers. But if there was to be a rise of novel reading, it required a complex shift in reading practices. Historians of reading like Robert Darnton and Roger Chartier have described these changes, changes which are never complete or unidirectional: from intensive reading of a few books (like the Bible) to extensive reading of a series of similar books (like novels); from slow reading as a prod to meditation to an absorptive reading for plot; from reading aloud in groups to reading alone and in silence; from reading the Bible or conduct books as a way of consolidating dominant cultural authority to reading novels as a way to link kindred spirits; from reading what is good for you to reading what you like. Like television watching in the mid 20th century, novel reading took France and England by storm; like television watching, reading novels engendered excitement and resistance in the societies where it first flourished. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;In this essay I will interpret some of the paintings and prints of the period that stage readers reading in hopes of broadening our understanding of the first century of novel reading. In adopting this strategy, I will be doing the reverse of what early modern image makers have done. As we shall see, early modern artists use images of readers reading to reflect upon the nature of viewing painting; in this essay, I will read these paintings to see how they reflect the crisis in early modern reading provoked by the popularity of reading novels for entertainment. Anyone surveying the Dutch and French genre paintings and prints of the 17th and 18th century--a type of image making that captures ordinary people in their everyday domestic activities--will quickly discover the currency of images of readers reading. From old men reading grand folios in solitude to young women absorbed in their novels, the paintings and prints of the period stage reading as inviting, compelling, and sometimes dangerous. They document the period's fascination with what was after all still a relatively new activity, one which, with the spread of literacy, was becoming an increasingly important part of everyday life. These images don't merely reflect a struggle around literacy happening elsewhere; instead, these images are themselves part of a critical debate that developed, over the course of the early modern period, as to how reading influences readers. What started as a promotional campaign for the reading of moral and didactic books ends up as a culture war about the pleasures and dangers of novel reading. However these visual texts also meditate upon a cultural problem closely related to book reading, the question of how a viewer should benefit from their encounter with a painting. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;I begin with several images that communicate the higher purposes of reading. Rembrandt’s "The Prophetess Anne" (figure 1: 1631) suggests the thoughtful solitude of a reader absorbed in her book. Several features of this painting's composition imbue reading with hushed reverence: the old woman bends into the grand folio volume she holds; the hand with which she gently touches the page is painted in high focus; a swirl of color and light--hood, shawl and page--cast her face into the shade of meditation; there is an utter absence of distracting background. This painting, in which Rembrandt used his mother as a model, stages reading as an intimate and delicious encounter with the light of truth. In a painting by Chardin from 1734 (figure 2), reading is imbued with a similar hush and solemnity. However, the different titles given to this celebrated painting suggest the pivotal role of reading in the professions: "The Chemist in his laboratory", "The Alchemist", "A Philosopher occupied with his Reading" (1734; the Salon of 1753), and more recently, "Portrait of the Painter Joseph Aved." This painting's communication of the cultural centrality of reading is made explicit in the contemporary commentary upon this image by the Abbe Laugier at the Salon of 1753: "This is a truly philosophical reader who is not content merely to read, but who meditates and ponders, and who appears so deeply absorbed in his meditation that is seems one would have a hard time distracting him."(Fried, 11) In Absorption and Theatricality, a broad spectrum of French 18th century genre painting, Michael Fried demonstrates what he calls "the primacy of absorption," in the subjects , who are represented reading, sleeping, playing games, or caught up in a moment of high personal drama. Fried shows how representation of figures deeply absorbed in some activity becomes a strategy for taking painting beyond the arch theatricality and superficial sensuality attributed to the Rococo style by mid century. At the same time various compositional effects are used to produce paintings that will absorb the beholder of the painting: rich painterly surfaces (Chardin), animated brush work (Fragonard), and didactic drama (Greuze). It is no surprise, I think, that figures of readers reading figure so prominently in this elevation of the cultural role of genre painting: by articulating beholding an image with reading a book, images of reading could anchor the greater cultural significance being claimed for painting. It is as though these images are saying, "look at this image with the same seriousness of purpose that these readers accord to reading." &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;In the 18th century, reading was not always silent and solitary; it was also oral and collective. Reading could offer a means of inculcating religious and family values. In this painting by Greuze, entitled "The Father of the Family reads the Bible to his children", (figure 3; Salon 1755) reading has the power to compose a magic circle in which nearly the whole family is absorbed into the power of Scripture as it is relayed through the father's voice. Like the paintings of Rembrandt and Chardin, this painting grasps a particular moment: when the smallest child's effort to play with a dog fails to distract a family utterly absorbed by the reading. In this way the power of reading to move its auditors is put on visual display. How does this painting earn its claim to broad moral significance? Norman Bryson argues that Greuze's dramatic tableaus of family life arrange a variety of ages and human types out of a single family, so that, hermetically sealed off from the world outside the home, a general "idea of 'humanity' with its powerful emotional and didactic charge, can be generated."(Bryson, 128) &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;In all three of these paintings—whether reading is oral or silent, part of solitude or social exchange—it is supposed that one reads to improve the self. In The Practices of Everyday Life, Michel DeCerteau suggests that a particular concept of the book lies at the heart of the enlightenment educational project: "The ideology of the Enlightenment claimed that the book was capable of reforming society, that educational popularization could transform manners and customs, that an elite's products could, if they were sufficiently widespread, remodel a whole nation."(166) This enlightenment project is, according to De Certeau, structured around a certain concept of education as mimicry, with a "scriptural system" that assumes that "although the public is more or less resistant, it is molded by (verbal or iconic) writing, that it becomes similar to what it receives, and that it is imprinted by and like the text which is imposed on it."(167) The disciplinary promise and weight of the book receives their most explicit expression in early modern education. Here are several images that express different aspects of that vast cultural project. In a painting by Reynolds, entitled a "Boy Reading"(figure 4; 1747), the tension between resolute body language and an abstracted gaze communicates the arduous demands of labor with books. To imprint the knowledge of the book upon one’s mind requires all of one’s energy, as expressed for example, in Greuze’s "A Student who studies his Lesson" (figure 5; 1757), where the posture of the student--he is poised over the book--and the high focus of the fingers crossed over the volume--suggest the concentration required to memorize. This student, like Rembrandt's Prophetess, and like Chardin's philosopher, is touched into a state of silent thought by the book he touches. In the companion piece of the same child, we can see the exhaustion this sort of intensive reading may entail. ( Greuze, "A Child Who Sleeps on his Book" (figure 6; 1755))&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finally, in a painting by Chardin, "A young girl reciting her Gospels," (figure 7;1753), one grasps the expected payoff of the enlightenment pedagogical project: a young girl stands before her mother, who is holding a book, and recites what she has learned from her reading. The intimacy of this domestic space does not qualify the solemn importance of what is transpiring. Here truth is given its ideal symbolic resonance as light: it passes from Nature (as sunlight) to the mother ('s dress) to the gospels she holds, to the face and bonnet of the young girl who recites the Word she has learned. While this metaphorical substitution of light for truth has its grounds in the fourth Gospel (John 1:4-5,9), this trope was also of course adapted by secular thinkers of the Eighteenth century to characterize this epoch as an "age of Enlightenment."(Kant) These four paintings describe, celebrate, and promote the proper practice of reading as a way to enlighten readers by educating them. Of course, like all representations of reading or spectatorship, these images don’t really tell us what is going on when one reads. But notice the implicit corollary of the enlightenment program of reading as mimicry: by making the reader a passive receptacle for the book’s meaning, this theory of reading makes the reading of the wrong kind of writing especially dangerous. By interpreting reading as automatic and uncritical, the enlightenment theory of reading produced as its logical correllary the anxiety triggered by the popularity of novels among the young.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Given the enormous cultural investment in reading for instruction, how did reading for entertainment become an important new form of reading? The market plays a pivotal role in advancing this new kind of reading. In the England of the early 18th century, printed matter became what it is today: a commodity on the market. Rather than requiring subsidy by patrons, print received its ultimate support from that complex collaboration between producers and consumers we call "the market." Eighteenth century observers of these changes were less sanguine and less resigned about the effects of taking culture to the market than we seem to be today. In The Fable of the Bees (1712, 1714) Bernard Mandeville offers an ironic celebration of the surprising effects of markets: many individual decisions produce effects in excess of any single guiding intention. But while the market in books meant increases in both production and wealth, it also entailed the publication of anything that might sell, a relaxation of "standards" and an unprecedented access to print for writers of all levels of quality, in both 18th century senses of that word—value and class. Since the 18th century this new cultural formation—then dubbed "Grub Street", now called "Hollywood"—has been celebrated and condemned for its fecundity and filth, its compelling vulgarity. To conservative critics of the 18th century print market, the trade in books seemed a system dangerously out of control precisely because no one was in control.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Improvements in the production and distribution of printed books allowed booksellers to expand the numbers, kinds and formats of books printed; this allowed booksellers to promote reading for entertainment. However, reading for entertainment set off a debate about the proper functions of reading. Although publishers found that many species of books (from ghost stories to travel narratives to a criminal’s Newgate confessions) might gratify this desire for reading pleasure, no genre was more broadly popular than novels. We can glimpse one way novels were used in this painting by Carle Van Loo, entitled "the Spanish Reading" (figure 8; 1754). In this idealized bucolic setting, reading aloud harmonizes a diverse group into a tableau of "the good life." Here a young beau reads to two young women, who appear entirely enraptured by what he reads. An 18th century commentator interprets the painting in terms of the anti-novel discourse which developed to oppose novel reading.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;"A young man dressed in Spanish costume is reading aloud from a small book which, on the evidence of his keen attention and that of the company, can be recognized as a novel dealing with love. Two young girls listen to him with a pleasure expressed by everything about them. Their mother (actually their governess), who is on the other side of the reader and behind him, suspends her needlework in order to listen also. But her attention is altogether different from that of the girls; one reads in it the thoughts that she is having, and the mixture of pleasure given to her by the book and the fear she perhaps entertains of the dangerous impression that that book might make on young girl’s hearts." [Quoted by Fried, 27]&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Print might impress itself upon the (page of an) impressionable heart: this metaphor, which uses the mechanism of printing (the press which makes identical impressions) to elucidate the practice of reading, resonates through Eighteenth century discussions of print media policy. Worry focuses upon a possible reversal of proper agency, by which a weakened subject—the susceptible reader—might come under the control of a smart object—the insinuating novel. Thus "The Whole Duty of Woman" (of 1737) registers this warning to novel readers: "Those amorous Passions, which it is [the novel’s] Design to paint to the utmost Life, are apt to insinuate themselves into their unwary Readers, and by an unhappy Inversion a Copy shall produce an Original." In keeping with the latent misogyny of the period’s anti-novel discourse, it was widely thought that novel reading could induce a restructuring of the labile emotions of the woman reader. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;If collective reading of a novel carried risks, what might be the effect of novel reading upon a solitary woman reader? We can approach this question by looking at what two major French painters of the mid 18th century do with the topic of the woman alone with her novel. Fragonard’s painting, "The Reader," (figure 9; 1769-72) does not invest the figure with a specific legible meaning. The painting is one of fourteen paintings art historians call "Figures de Fantaisie," all men and women in half-length portraits of the same dimension, apparently executed very quickly, and dressed in what were known as Spanish costumes...with "expressions lively, their eyes turned away...as if they have been frozen in the middle of an action." (Jean-Pierre Cuzin, 102) Norman Bryson has explained the effect of these paintings of Fragonard's in terms that are useful to understanding the absorptive power of novel reading, especially of the vivid "hallucination" of experiencing Richardson's characters as though they were real persons.(104) To know a character in a novel or the woman in this painting as an "ideal presence, half transmitted by the artwork" requires "for its full existence the imaginative participation of reader or viewer"(Bryson, 104). There are several ways "The Reader" teases its viewer into interpretation: the painting is incomplete (for example in the drawing of the left hand) but the brush-strokes are richly evocative; the blankness of the background withholds any context for this figure; and, and finally, the brilliant foreground lighting of the Reader’s gold and white Spanish costume gives this pretty young woman an oddly extravagant aura. She seems to be posed for our gaze, but she looks away. The delicate balance of book, hand and head as seen in profile, and the ease of her body resting against cushion and arm rail, communicates the graceful self-completeness of the solitary reader. Some art historians suppose that "The Reader" is the portrait of an actual young woman (Curzin, 123-125), "The Reader" remains enveloped in mystery, as illusive as the thoughts and feelings of another person's reading. In this painting, reading achieves an allegorical generality.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;If Fragonard's painting offers an implicit endorsement of the pleasures of a young girl's reading, Greuze's "Lady reading Eloise and Abelard" (figure 10; 1758-59) seeks to make visible the explicitly erotic dangers of novel reading. In contrast with the self-possession of Fragonard's reader, passion sweeps through this solitary reader: there is a strong contortion to her position, her lips are open, her hands languorous. The title of this painting by Greuze gives the reason for this disorder: "Lady Reading the Letters of Helouise and Abelard." The tokens on her table—a billet-doux, a string of black pearls, a sheet of music, and a book entitled "The Art of Love"—are the details that allow the viewer of the painting to surmise that this reader is involved in an affair of her own. The lighting and contiguity of book, dress and bosom invite the viewer to detect a causal relationship: it is precisely this kind of reading that leads to illicit affairs, it is this novel that has transported this lady into a state of distracted arousal. But the didacticism of this image is fraught with unintended consequences. By linking the animated white leaves of the book to the white morning dress that is slipping off the partially exposed breasts of this aroused reader, by inviting us to survey the erotic effects of novel reading upon the body of this woman, this painting becomes as lush and explicit and arousing as the novel reading it intends to warn us against. The resulting confusion of erotic means and ends is one Greuze's painting will share with Richardson's novels. (Warner, Licensing Entertainment, 212-224)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;William Hogarth embeds a warning against novel reading into a non-seductive, broadly comic set of images. In Hogarth’s playful pair of erotic prints from 1736, entitled "Before"(figure 11; 1736) and "After" (figure 12; 1736), William Hogarth finds a very different way to encode a warning against novel reading. The heroine’s succumbing to her admirer suggests that the influence of the volume of "Novels", as well as the poems of Rochester, have prevailed over the other book on her night stand, "The Practice of Piety." In this pair of prints, the abrupt movement from the "before" to "after" (sex), prevents precisely the sort of absorptive identification Greuze's painting encourages.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The reader of these two prints is positioned as a bemused observer of a comic deflation in condition: in "Before," the woman is a heroic defender of her virtue, but "After" she is a pathetic petitioner for the man's attentions; and likewise, the man goes from being the robust lover to a condition of confused, and slightly harassed, sexual reticence. While Hogarth’s moral rhetoric in this pair obliquely invokes the warning of the epoch’s anti-novel discourse—that is, ‘purify your reading if you would guard your virtue’—, his more famous Progress Pieces, are much closer in their narrative trajectory and entertainment values of the novels they ostensibly spurn. For most of the 18th century, readers accepted as a truism the proposition that novel reading did one no real good, and that other, more serious reading, should attract our reading energies. For an example of this by then antiquated opinion, one can read Jane Austen's satirical account of Mr. Collins attempted reading of Fordyce's sermons after supper on his first night with the Bennet's in Pride and Prejudice (1812?). In one pair of paintings, John Opie offers wry social commentary upon this chronic schism in the order of reading. In "A Moral Homily" (figure 13; date), Opie represents the likely effects of improving reading here imposed by a solemn dame upon her comely young auditors—yawns and boredom. However, the structure the governess or teacher has imposed—auditors gathered around one reader with the book—can be adopted to other purposes.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Once the austere matriarch has left, evidently taking her heavy tomes with her, the girls can gather into a rapt circle to hear "A Tale of Romance,"(figure 14; date) the title of this painting. Opie's representations of novel reading and its effects suggest a question for those who want to exploit the improving potential of books.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;How is an author to solve the problem posed by adolescent boredom with conduct discourse and fascination with narratives of love? For a writer like Samuel Richardson what was required was above all the development of a hybrid form of writing, one which would use stories of love to attract young readers to the higher purposes of reading, reading as a spur to meditation. The connection between books and mediation is illustrated by the print entitled "Meditation" (figure 15; date) from Ripa’s Iconologia (1709). With a book on her lap, and her feet on several grand folios, reading has become a prod to deep thought. In Ripa’s gloss on this iconography, dame Meditation’s "holding up her head with her hand, denotes the gravity of her thoughts."(Paulowicz, 50)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;In this Reynolds portrait,entitled "Theophilia Palmer Reading Clarissa Harlow"(figure 16; date), we find the same tight compositional circle of head, arms and book we have found in other absorbed readers. But here Reynold's use of the iconography of meditation--the touch of the hand to the forehead--gives visual expression to Richardson’s program to reconcile novel reading with the weighty purposes of moral reflection. With this painting, Reynolds represents the woman reader Richardson intended Clarissa to win: one immune from erotic appropriation. Thus, Reynolds does not imbue this woman novel reader with any of the mystery of Fragonard's "Reader" or the emotionally labile susceptibility of Greuze's reader. Instead, here we have an ordinary girl, safely ensconced in her sturdy chair, directing her full attentions to Clarissa Harlowe. But the actual readers of Richardson's novels found them rife with erotic potential. (footnote:For the remarkably erotic imagery that develops around the Pamela vogue, see James Turner, Representations. For accounts of the dangous effects of reading Richarson's novels see RC, LE.) &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Why are so many images of readers reading so close to the plane of the canvas that they threaten to fall right into the viewer's own space? Norman Bryson's interpretation of the "transformations of rococo space" during the first half of the 18th century offers an account that links one of the chief traits of the rococo--the elimination of classical space established through Renaissance perspective--and the way the subject on the surface of the rococo makes itself available to the fascinated gaze of the beholder. Within "rococo space" Bryson finds that "the erotic body is not a place of meanings and the erotic gaze does not attend to signification... [instead the painting devotes its painterly resources to] providing a setting for the spectacle...transported to [a] space that is as close as possible to that inhabited by the viewer..[that] of the picture plane [itself]."(Bryson, 91-92) One can see the erotic potential of this sort of compositional strategy at work, in a rather sublimated form, in a glamorous portrait by Francois Boucher, of his celebrated patron "Mme. Pompador," the mistress to Louis the XVth (figure 17; date). This portrait catches its subject in a momentary pause in the elegant leisure activity of what is most likely novel reading. Several factors conspire to compose a shimmering surface that invites the spectator's gaze to wander: the oblique gaze of Mme. Pompador releases our eyes from her face; instead the viewer's eye is free to wander over the artful arrangement of her arms and hands, over the richly detailed silk brocade of her dress, to the animated leaves of the book that lies at the center of this composition. Here is painting that addresses its beholder outside of any informing moral purpose, looking that is in danger of becoming its own pleasurable end. The anti-rococo reaction, most evident in the morally programmatic paintings of Greuze, resonates with the anti-novel discourse deployed by Richardson in his morally programmatic narratives. For critics of early modern novel reading were not just concerned about mimicry of a novel’s action; they were also alarmed about the perverse displacement by which the reader, through the repetitive effects of absorptive reading for pleasure, conducted in freedom and solitude, (in other words in the sort of autonomous erotic reverie the rococo encourages) might become a compulsively reading body. In a painting entitled "Reclining Nude" (figure 18; 1751; Cologne, Wallraf-Richartz Museum), Boucher uses another of Louis XV's mistresses, Louise O'Murphy as a model. Here, the open book to the left of the nude woman reclining on the couch suggests that the equivocal potential of reading novels for pleasure arises in part from a shift in location: one may read these books in the intimate undress of the boudoir.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;The novel in this setting functions as a stimulant, like tea in the samovar, which has replaced the novel in this rendering of the same model in the same pose in a painting of the same title (figure 19; 1752; Munich, Alte Pinokotk ).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;With a small difference in position, and woth a dark haired model, the painting becomes more explicitly salacious, and well on the way to the pornographic image. (figure 20; 1745).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1748, the year of the publication of the third and final installment of Clarissa, is the same year as John Cleland’s anonymous publication of "The Memoirs of a Woman of Pleasure", better known to us by the title, "Fanny Hill." The erotic use of novels becomes quite explicit in this Pierre Antoine Baudourin’s print of 1770, entitled "Midi" (figure 21). This image suggests that the head or heart were not the only body parts that might be stimulated by reading. In his analysis of this print, Jean Marie Goulemot notes what invites the viewer to enjoy this spectacle of this aroused young lady: the secure enclosure of a stage-like garden setting, the presence of a voyeur in the form of a statue, and the young female body posed to maximize our view of her. The print invites us to note the crucial details: a small book has dropped from her right hand; her left hand had disappeared into her dress. In this print the outcome dreaded within the anti novel discourse, the reader aroused to the point of orgasm, becomes a positive program: solitary reading for entertainment is a preparative to masturbation. The reading body has become a pleasure machine. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Given the range of these images of readers reading, one might well ask "Is reading to serve education, provide entertainment, promote moral improvement, or turn us on?" My study of British print media culture suggests the answer should be, "All of the above." The diverse representation of novel reading in the painting and prints of the 18th century, and the polymorphous uses of painting (for instruction, pleasure, etc.) suggest the struggle going on in the culture at large. Over the arc of the period, educational and moral projects to improve reading collide with market driven efforts to popularize reading in such a way as to expand and deepen the repertoire of reading practices. Thus between 1684 and 1730, Behn, Manley and Haywood wrote short, erotic, plot-centered novels that were accepted as the fashionable new thing in reading. However, the avid reading of these novels, especially by youth, drew a strong critique from those who wished to reserve reading for valuable, elevating, educational practices. In response, novelists like Manley and Haywood blended the anti-novel discourse into their own novels as a way to make novel reading more deliciously transgressive, as well as to protect their own novels from censure. Reformers of the novel –from Defoe and Aubin to Richardson and Fielding—sought to rewrite reading by offering their novels as substitutes and antidotes to the novels of amorous intrigue. But while they sought to purify their narratives of novelistic erotics, they could only guarantee the popularity of their books by incorporating the plot formulas and character types perfected by their antagonists. By my account, the Pamela media event—the outpouring of criticism, sequels, and revisions that followed the 1740 publication of Pamela—marks a turning point in the debate about the pleasures and dangers of novel reading. By winning a large and admiring readership, and by attracting sustained acts of criticism, Pamela changed the terms of the anti- and pro-novel discourse. Now it is not a question of whether one should read novels, but of what kind of novels will be beneficial or dangerous to readers. Richardson’s project finds itself overcome by this irony: while he seeks to purge print media culture of corrupting novel reading, he can only do so by inventing new hybrids, like Pamela. While Pamela is supposed to be a non-novel which will end novel reading, in fact, of course, it expands the practices of reading, and the possibilities for novel writing. In order to enter the psychosexual life of its protagonists, the readers of Pamela practice hyper-absorptive reading which achieves new levels of emotional intensity and identification. This provides the pretext for new forms of erotic writing, like John Cleland’s Memoirs of a Woman of Pleasure, which stars a heroine-prostitute who has an odd combination of innocence and experience. In later decades Richardson’s Clarissa and Rousseau’s Richardsonian novel La Nouvelle Heloise invite rewriting as Laclos’s Les Liasions Dangereuses and Sade’s Justine. Efforts at moral and generic purification breed new hybids and mediators. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;I can summarize the literary historical implications of this narrative, and come back to issue of the novel's "rise," in this way: when the market’s modernization of reading for entertainment stimulates an ethically motivated anti-modern critique, we get a hybrid of amorous novels and conduct discourse, which subsequent English literary historians dub "the first modern novels in English." Richardson and Fielding are usually given credit for this invention. Why? Because their novels include something central to all subsequent novels: a reader’s guide on how to use print media. Thus, at least since Fielding’s model Don Quixote, the novel warns readers of the dangers of mindless emulation; the novel teaches the reader the difference between fiction and reality; and the novel interrupts the atavistic absorption of the reader by promoting an ethical reflection upon the self. In this way the early modern struggle around the proper uses of reading sediments itself as thematic concerns and narrative processes within the elevated novel. But such a project of purification can not prevent, it may in fact incite, the development of new hybrids. By 1764, Horace Walpole pronounces himself bored with the limitations of the modern novel’s reading protocols and its version of reality. So Walpole offers his "gothic tale," The Castle of Ortranto, as a self-consciously concocted blend of ancient and modern romance. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;These comments suggest some of the ways I have sought, in my book Licensing Entertainment, to challenge the distinctions, separations and efforts at purification evident in the canonical account of the novel’s acquisition of modern legitimacy, Ian Watt’s The Rise of the Novel. By aligning the formal traits of Richardson’s writing with reality, Watt countersigns the rough drafts for the ‘rise of the novel’ thesis Richardson and Fielding penned during and after the Pamela media event. By making a single novel an object and occasion for sustained critical writing, the Pamela media event defined task of much future novel criticism: selected novels are declared to be more than a vehicle of leisure entertainment. They come to be objectified as "the" novel and valued as a new literary genre. In 
